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Psicoanálisis y Economía

lunes, 10 de noviembre de 2014

Tres tipos de carácter dilucidados por el psicoanálisis. Acreedores, apocalípticos e inseguros

Sebastián Plut

(Trabajo presentado en el Panel "Política y Subjetividad" del VII Congreso Anual de la Asociación Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados, Noviembre 2014)

Buenas tardes. En primer lugar, quiero agradecer a los organizadores del Congreso, y en particular a Miguel Tollo, la invitación a participar de esta mesa. Y digo en primer lugar, pues si ya solo con el término subjetividad podríamos enredarnos de lo lindo, si le agregamos el entrecruzamiento con la política y la perspectiva de la complejidad, dudo de seguir agradeciendo la invitación.

Complejidad es un término que describe la dificultad de todo objeto de estudio y que en parte resulta de la diversidad de variables en juego. Complejidad también es la categoría que nos recuerda, como decía Freud, la imposibilidad de reducir las explicaciones de cualquier problema a una construcción intelectual unitaria. Esto lo dijo cuando fundamentó por qué el psicoanálisis no es una cosmovisión, aunque hallamos otro buen ejemplo del paradigma de la complejidad en su teoría sobre las series complementarias.
Ahora bien: rechazar una explicación unitaria no supone la ilusión de tener todas las explicaciones. No es “muchas” contra “una”. La idea de complejidad no debe llevarnos a la pretensión omniabarcativa de cubrir todas las dimensiones de un problema. Si creemos que recurriendo a disciplinas múltiples y heterogéneas recibiremos el título de magíster en complejidad con un doctorado en holística, solo estaremos reemplazando la omnipotencia del “yo tengo la posta” por la arrogancia del “yo me las sé todas”.
Freud se interrogó por el mundo psíquico y lo sustrajo de las explicaciones biológicas y anatómicas, sin por eso descalificar a esas otras disciplinas ni, mucho menos, desconocer, por ejemplo, la fuente química de la pulsión. Su logro fue demarcar un territorio y los interrogantes específicos a los que puede responder el psicoanálisis.
Fue combatido no solo por mostrar la pequeña porción que ocupa nuestra conciencia o por poner de manifiesto la sexualidad infantil, sino precisamente por tomar distancia de la cultura hegemónica en materia de psicopatología. Entonces, para pensar en subjetividad y política, debemos delimitar desde qué perspectiva encaramos aquellos fenómenos o, si se quiere, qué criterios tener en cuenta para no extraviar al psicoanálisis en el campo de las ciencias sociales. El deslinde que Freud debió hacer de lo psíquico respecto de las ciencias biológicas, también podemos hacerlo respecto de las hipótesis sociológicas. De hecho, creo que el psicoanálisis restituye la escala humana (y subjetiva) en la comprensión de los fenómenos sociales.
Tótem y tabú, por ejemplo, no es un libro de antropología, sino en todo caso la contribución psicoanalítica para pensar la evolución de la especie humana, así como el texto sobre Moisés podría considerarse el aporte freudiano a los estudios sobre historia, o bien su poco conocido libro sobre el Presidente Wilson será un análisis de los fenómenos políticos. Si bien es una forma esquemática de clasificar estos trabajos, es un modo de entender por qué Freud afirmó que la sociología es psicología aplicada, en tanto trata de la conducta de los seres humanos en la sociedad.
Abonar la idea de complejidad, entonces, exige aceptar el carácter limitado y parcial de nuestras conjeturas. Si la política consiste, como en parte expondré luego, en las prácticas para encarar colectivamente nuestro desvalimiento, la complejidad, entonces, es el nombre de nuestro desvalimiento científico.
Hemos estudiado muchos discursos políticos pero ahora voy a presentar tres modalidades subjetivas que encuentro en nosotros mismos como ciudadanos. De allí el título que puse a esta presentación: “Tres tipos de carácter dilucidados por el psicoanálisis. Acreedores, apocalípticos e inseguros”.

Comencemos con el “acreedor”. Luego de mostrar que el sentimiento comunitario surge de una transformación de la envidia Freud sostuvo: “La justicia social quiere decir que uno se deniega muchas cosas para que también los otros deban renunciar a ellas”. Años más tarde agregó: “La libertad individual no es un patrimonio de la cultura. Fue máxima antes de toda cultura; es verdad que en esos tiempos las más de las veces carecía de valor, porque el individuo difícilmente estaba en condiciones de preservarla”. Estas citas sintetizan la concepción de Freud sobre el antagonismo entre las exigencias pulsionales (individuales) y las restricciones impuestas por la cultura y, en ese marco, contrapone dos valores: libertad y justicia. Para decirlo sencillamente, si la libertad corresponde a lo que deseo hacer, la justicia será, sobre todo, lo que no debo hacer, aquello a lo que debo renunciar. Es por ello que la esencia de la ley penal no se agota en su capacidad para castigar (de hecho, si no hubiera leyes podríamos castigarnos sin problema) sino en su función en la inhibición del sadismo vengativo. Así, cuando soy agredido de algún modo, la ley me ampara para actuar en contra del agresor pero, fundamentalmente, reemplaza mi afán vengativo.
Freud describió al derecho como poder de la comunidad, como unión de muchos débiles y de potencia desigual para enfrentar el despotismo del más fuerte (o bien la violencia individual). Si el poder de los débiles consiste en la denegación de la prevalencia del más fuerte, no se trata simplemente de una lucha de muchos contra uno, sino de la lucha contra el propio impulso de prevalecer. El desarrollo cultural y la cohesión comunitaria exigen de aquello que Freud denominó renuncia pulsional y restricción del narcisismo.
El acreedor, entonces, consiste en una modalidad subjetiva (y vincular) que podemos incluir en los estudios psicoanalíticos sobre el carácter. Freud analiza el sentido del rasgo de carácter de los sujetos que exigen ser “excepciones”. Son personas que no toleran renunciar a una satisfacción y pretenden justificar la pretensión de privilegios.  Llamo acreedor a un tipo particular de ejercicio del derecho que expresa una particularidad instituida por la hegemonía de las reglas del mercado, reglas que disuelven el sentimiento comunitario en el caldo de la envidia.
El reclamo de privilegios queda disfrazado con una argumentación sobre una vivencia de injusticia que exige una indemnización. Dicha vivencia toma el carácter de una reivindicación por cuanto el sujeto supone que carece de algo que le es propio y le ha sido sustraído. El mercado nos dice “usted puede” (en artificial apelación a la potencialidad), alimenta nuestro egoísmo y luego reclamamos como acreedores de aquel privilegio que creíamos tener. La vivencia de injusticia disfraza la impotencia del egoísmo y es la resultante de aquello que creímos poder. Lo vivido como injusto es no haber podido satisfacer el egoísmo que el mismo mercado alimentó.
Un breve ejemplo: Las estadísticas muestran que a partir de la década del ’90 los juicios por mala praxis en salud tuvieron un incremento notable. Podemos suponer que dicho aumento expresa, al menos en parte, una mayor conciencia de los pacientes sobre los derechos que los asisten. Sin embargo, ¿no hay una relación entre la mayor cantidad de juicios y los procesos de privatización de la salud y la precarización de la salud pública? Es decir, ¿en qué medida los pacientes denuncian una mala práctica y en qué medida, más bien, reclaman como clientes que siempre creen tener razón?

Hablemos ahora del “apocalíptico”. En “El porvenir de una ilusión” Freud plantea qué ocurre cuando dejamos de creer, cuando nuestras creencias se desmoronan. Es decir: el porvenir de una ilusión es siempre una desilusión. Sin embargo, que las creencias contengan algo de la ilusión no significa que desconfiar sea en todos los casos un acto de lucidez. Sobre todo en estos tiempos en los que, para decirlo con un juego de palabras casi paradojal, confiamos demasiado en la desconfianza y desconfiamos de toda confianza. En todo caso, propondré que nuestra capacidad de pensar, en la actualidad, tiene por función preservarnos de una actitud apocalíptica.
Ya sea respecto de problemas sociales, pero también en ciertos discursos sobre la clínica, parece por momentos prevalecer una suerte de vivencia catastrófica, la percepción de que nos hallamos al borde un abismo tal que hasta Winnicott pensaría que se quedó corto con sus descripciones sobre el caer interminablemente. No faltan, incluso, aquellos en quienes la mirada apocalíptica es una especie de narcisismo de la tragedia, como quien siente el extraño privilegio de vivir en la peor de las épocas posibles. Si Freud habló de los que fracasan al triunfar, hoy podemos decir que hay quienes triunfan al fracasar. Es como la versión extrema del “todo tiempo pasado fue mejor” que se exhibe hasta el absurdo cuando, por ejemplo, al hablar del problema de la inseguridad, se afirma que “antes los chorros tenían códigos”. O bien, y más cerca nuestro, cuando pensamos que en nuestros consultorios hay pacientes cada vez más graves, al punto de celebrar cuando nos derivan un neurótico, mientras creemos casi envidiosamente que Freud solo atendía jovencitas que padecían de una cándida insatisfacción sexual. Pues bien, bastaría con releer “Estudios sobre la histeria” y nos preguntemos si a Anna O, Emmy, Katharina o Elisabeth, hoy las diagnosticaríamos como lo hicieron Freud y Breuer.
Describamos la realidad actual con frases como las siguientes: “la lucha por la vida exige del individuo muy altos rendimientos”, “merced a redes telefónicas que envuelven al mundo entero, las condiciones del comercio y del tráfico han experimentado una alteración radical; todo se hace de prisa y en estado de agitación: la noche se aprovecha para viajar, el día para los negocios, aun los ‘viajes de placer’ son ocasiones de fatiga”, “la inquietud producida por las grandes crisis políticas, industriales, financieras, se trasmite a círculos de población más amplios que antes”, “luchas políticas, religiosas, sociales, las agitaciones electorales, enervan la mente e imponen al espíritu un esfuerzo cada vez mayor, robando tiempo al esparcimiento, al sueño y al descanso”, “la vida en las grandes ciudades se vuelve cada vez más desapacible”, “los nervios embotados buscan restaurarse mediante mayores estímulos, picantes goces, y así se fatigan aún más”, “se fomentan el desprecio por todos los principios éticos y todos los ideales”, “nuestro oído es acosado e hiperestimulado por una música que nos administran en grandes dosis, estridente e insidiosa”. Si yo describiera el presente con frases como las que acabo de mencionar, creo que hasta mi madre en un rapto de indignación catártica afirmaría: “es la crisis de la posmodernidad, ya no hay valores”. Pero resulta que esas frases las escribió un neurólogo en 1893 y Freud las citó en 1908 en el texto “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna”.
No estoy diciendo que no tenemos múltiples problemas que afrontar sino que solamente subrayo el malestar resultante de autoconvencernos de la cosmovisión apocalíptica, otra de cuyas manifestaciones se expresa bajo el lema de la “caída de las ideologías”, que no es más que una desfiguración engañosa de la “ideología de la caída”. Puedo decirlo también así: si el porvenir de una ilusión es siempre una desilusión, la desilusión nos lleva retrospectivamente a crear un pasado ilusorio.
Reitero, hay numerosos problemas y conflictos, hoy como antes, y también cabe entonces preguntarnos qué ha cambiado. Si volvemos a El porvenir de una ilusión, vemos que allí como en otros textos Freud habla, por ejemplo, del hiperpoder de la naturaleza, de esa naturaleza cuya fuerza nos hace sentir más nuestro desvalimiento y a la cual el empeño del hombre procuraba dominar. Hoy, en cambio, cuando hablamos de la naturaleza somos más ecologistas, y más que doblegarla debemos preocuparnos por preservarla.
¿Qué conclusión podemos extraer de ello sobre la subjetividad del Prometeo humano? ¿Qué podemos conjeturar a partir de ese pasaje desde el afán de someter a la naturaleza al registro de la necesidad de cuidarla? Creo que la conclusión es que hemos ido tomando una progresiva conciencia de nuestro sadismo, con la consiguiente exigencia de una mayor renuncia pulsional que, a su vez, nos impone buscar caminos menos violentos como forma de sobreponernos a nuestro desvalimiento.

Por último, voy a hablar del “inseguro”. Los estudios sobre sentimiento de inseguridad relacionado con el delito intentan responder a dos tipos de preguntas: cuál es la opinión pública acerca de la inseguridad, es decir, qué creen, sienten y hacen las personas y, por otro lado, analizan en qué medida el sentimiento de inseguridad está influido por los medios de comunicación, esto es, cómo se crea aquella opinión pública.
El concepto de opinión pública no es una categoría que todos entiendan igual. Mientras para algunos existe, otros consideran que no. Los hay que llaman opinión pública a la percepción dominante sobre un tema, en tanto otros rescatan la variedad, o bien están quienes sostienen que la opinión pública debería llamarse, en rigor, opinión publicada. Freud, por su parte, aludió en varias ocasiones al tema y en una de ellas dijo: “más oprimente que la censura de los gobiernos es la censura que la opinión pública ejerce sobre nuestra labor espiritual”. También aludió a este problema cuando se ocupó del contagio afectivo y señaló que ciertos afectos e ideas se consolidan a partir de su frecuencia (o repetición) y sobre todo su semejanza. Es decir, opinión pública no es solo “cuántos pensamos de tal o cual modo”, sino cómo tendemos a asimilar nuestro pensamiento y nuestro sentir al de los otros.
Respecto del sentimiento de inseguridad, también debemos estar dispuestos a encontrarnos con una diversidad de opiniones, a no aspirar a encontrar ni vivencias homogéneas ni, mucho menos, explicaciones unitarias. Así ocurre cuando escuchamos lo que los ciudadanos piensan, sienten y/o proponen hacer en materia de inseguridad pero también si procuramos reconstruir la historia de la inseguridad y sus fuentes.
Sin embargo, no es esta heterogeneidad lo que llamó nuestra atención, ya que la sociedad es compleja, múltiple, y la pluralidad de vivencias y percepciones ni siquiera se ajusta a las denominadas variables sociodemográficas como edad, género o clase social.
Lo que, en cambio, sí resulta sorprendente es la brecha que existe entre lo que afirman los estudios académicos de investigaciones realizadas en universidades públicas y privadas, nacionales e internacionales, y lo que sostiene una cierta porción de aquella opinión pública. Incluso, diría, es notable el rechazo que he encontrado a siquiera considerar –escuchar- algo de lo que aquellas investigaciones plantean.
En efecto, con solo aludir al sintagma “sentimiento de inseguridad” rápidamente aparece algún interlocutor que nos dirá algo así como “espero que a vos nunca te pase lo que me pasó a mí” u otro que dé por supuesto que quien habla está “negando” la existencia de una determinada tasa de delitos.
Nos preguntamos, entonces, por qué tantas personas no quieren saber nada acerca de los hallazgos de investigadores especializados en la materia.
Pensamos lo siguiente: cuando ocurre un delito, en la víctima o en los allegados directos puede desarrollarse una neurosis traumática, y entre quienes luego reciben información se despliega una identificación con la víctima. Uno de los desenlaces frecuentes de los eventos traumáticos consiste en captar una supuesta indiferencia de algún grupo social. Es cierto que dicha indiferencia en ocasiones efectivamente ocurre, como cuando un grupo pretende desconocer ciertos sucesos. Sin embargo, aquella captación no es azarosa. Por el contrario, la indiferencia atribuida al mundo resulta de la proyección de la propia tendencia desinvestir la realidad que sobreviene en el yo de quienes padecieron el trauma. Tal es el germen anímico que pugna por hacer recordable lo vivido en aquellos otros a quienes se les atribuye una desconexión de la realidad. A su vez, la identificación con la víctima da lugar a lo que conocemos como contagio afectivo.
Estas hipótesis, ampliamente desarrolladas por numerosos psicoanalistas, tienen correlación con una percepción que hemos detectado al estudiar el sentimiento de inseguridad: la vivencia de estar en manos de funcionarios o jueces desconectados de la realidad. En ocasiones se afirma, por ejemplo, que los jueces “no ven la realidad”, están elucubrando teorías alejadas de los hechos concretos, “viven en otro país”, “creen que esto es Suiza”, etc.
Todo ello permite comprender por qué quienes sufrieron un hecho delictivo y/o quienes se sienten afectados por la sensación de inseguridad, apelan a argumentos del tipo “a vos te tendría que pasar lo que viví yo” o bien suponen, rápidamente, que quien pretende explicar por vías diversas el sentimiento de inseguridad estaría “negando” la existencia de los delitos.
Mi propuesta, entonces, es que el esfuerzo debe estar también del lado de quienes no son leídos o escuchados, ya que pese a realizar investigaciones serias y arribar a conclusiones sumamente válidas, no parecen lograr una forma de transmitir sus hallazgos de modo de establecer, por así decir, un puente entre la teoría y el caso.

Para terminar. Si nos colocamos como acreedores, no entenderemos el derecho como denegación de ciertos privilegios sino, únicamente, como un bien privado. Pero cuando el acreedor advierte la amenaza a ese ilusorio poder, queda preso de aquel sentir apocalíptico y, en sus cotidianeidad, no puede vislumbrar más que inseguridades. En ese contexto, es frecuente que se expresen frases tales como “tenemos que…”, pero que lejos de configurar un compromiso concreto con un proyecto a futuro, solo funcionan como soborno al superyó propio y/o ajeno. Freud dijo que el yo responde a una triple fuente de exigencias, el ello, el superyó y la realidad o, dicho con simplicidad, debemos intentar armonizar lo que deseamos, lo que debemos y lo que podemos. Claro que si solo tomamos en cuenta lo que queremos hacer, el riesgo será la omnipotencia; si solo tomamos en cuenta lo que debemos hacer, el riesgo será el sometimiento; y si solo tomamos en cuenta lo que podemos hacer, el riesgo será limitar nuestra imaginación y nuestra creatividad.
Muchas gracias.




 Sebastián Plut es Doctor en Psicología. Psicoanalista. Profesor Titular del Doctorado en Psicología y de la Maestría en Problemas y Patologías del Desvalimiento (UCES). Es Miembro del Comité Editor de la Revista Subjetividad y procesos cognitivos. Autor de los libros “Estrés laboral y trauma social de los empleados bancarios durante el Corralito” y “Psicoanálisis del discurso político”, y del Blog “Demócratas Freudianos”. 

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