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Psicoanálisis y Economía

jueves, 16 de mayo de 2013

Carta abierta a un opositor constructivo



Sebastián Plut


Estimado opositor

Tal vez usted suponga, acaso por el título de esta carta, que su autor es oficialista y ya se esté preparando para leer alguna encendida defensa del gobierno; una defensa –imagino que imagina- que subraye (¿sobredimensione?) los aciertos de los funcionarios actuales de la Nación y que, sobre todo, destaque los errores, desaciertos y desvaríos de políticos adversarios.
La realidad es que no soy oficialista, ni kirchnerista y, tampoco, peronista. Tal vez sea un requisito autoimpuesto, algo influido por las circunstancias actuales, el hecho de comenzar presentándome por esta particular vía de lo que “no soy”, pero que de ningún modo corresponde a una formulación en tiempo presente del “yo no fui” que busca quedar eximido de alguna responsabilidad.
Es que tampoco estoy pensando si usted es miembro de algún partido de la oposición o se siente más o menos representado por alguno de sus dirigentes. En todo caso, lo supongo una suerte de independiente que está en desacuerdo con el kirchnerismo, que tal vez haya ido –o no- a algunas de las marchas que se hicieron y que, con lucidez o ingenuidad, asume los cuestionamientos que se le hacen al gobierno.
Si se trata de evidenciar mi propia posición, a modo de encuadrar estas líneas en el contexto del denominado sujeto de la enunciación, podría decir que luego de 10 años de kirchnerismo tengo unas cuantas dudas sobre el gobierno. Tal vez, entonces, la diferencia con gobiernos precedentes es que respecto de aquellos no tuve ninguna duda. Intento, pues, que la mencionada duda no constituya una oscilación obsesiva entre dos o más opciones, sino que me permita sostener interrogantes y, por qué no, soportar la diferencia entre el propio pensar y la realidad.

Suele decirse que actualmente hay viejos amigos que ya no se hablan entre sí, o familiares que ya no se reúnen como antes, porque las discusiones políticas alcanzan grados insoportables de violencia. Se sugiere también que los kirchneristas serían tan agresivos e intolerantes que resulta imposible todo diálogo. ¿Es realimente la intensidad de la pasión con que se expresan ciertas posturas y, sobre todo, el modo en que lo hacen quienes defienden las políticas “K”, la causa de este presunto imposible diálogo? ¿No será, más bien, que el resurgimiento del debate puso de manifiesto la sordera habitual que padecemos los seres humanos, sordera inadvertida en tiempos de apatía cívica?
Es probable que la forma misma en que planteo el interrogante exhiba la evidencia de lo que al menos yo respondería. Esto es, no creo que estas supuestas discusiones expulsivas se eliminen al suprimir la antinomia kirchnerismo-antikirchnerismo, sino que requieren de un cambio en nuestra propia capacidad de darle cabida, como ya señalé, a la diferencia entre el propio pensar y la realidad.
Sobre la corrupción, de hecho, tengo una consideración similar. Por grave que sea, no me parece que sea un problema que vaya a resolverse solo por un cambio de gobierno porque no es un problema de “los políticos” sino de los “ciudadanos”.
En ambos casos, coincida o no con lo que digo, advertirá que se trate de la sordera o que se trate de la corrupción, no logro considerarlo como un problema que solo pueda imputarse a un “ellos” que se diferencie de un “nosotros”, un trastorno que solo comprenda a un conjunto del cual me supongo –iluminadamente- afuera y exento.
Ciertamente, no estoy aplanando responsabilidades al modo de “todos somos culpables” ni, mucho menos, adhiero a una suerte de “roban pero hacen”, así como tampoco minimizo el problema si de corrupción hablamos. Solo que me parece algo ingenuo acotar, si se me permite, una patología a un número limitado y específico de casos. Para decirlo de otro modo, no guardo ninguna expectativa ligada con resolver la corrupción en las próximas elecciones.

Algunos ven en el actual gobierno un agente de poder autoritario con afanes incontenibles de dominio absoluto. Al partir de esa premisa, todo aquello que haga el gobierno queda naturalmente condenado y lo que propone hacer queda bajo sospecha irrefutable. Puede que me equivoque e, incluso, que yo mismo quede atrapado por la ingenuidad que, previamente, intenté aventar. Igualmente, me sigue pareciendo notable pensar en el supuesto autoritarismo de un gobierno que hace años logró aprobar en el Congreso la ley de medios audiovisuales pero que quienes se oponen, hasta la fecha hayan podido frenarla judicialmente. Del mismo modo, el mote de despotismo se da de cara con aquella otra situación en que el gobierno perdió en el mismo Congreso la votación por la llamada “125”.

Tampoco debería ser desdeñado el hecho de que este gobierno ya ganó tres elecciones presidenciales, dos de las cuales por amplia mayoría. He aquí, pues, otro punto que cabe considerar, mi estimado opositor constructivo.
Efectivamente, una democracia no se reduce al solo evento del acto electoral por medio del cual cada cuatro años se elige al Presidente de la Nación. Claro que ese hecho tampoco carece de importancia democrática. El argumento que solemos escuchar reza: “Hitler también accedió al poder por elecciones”. En rigor, me parece casi innecesario detenerse a analizar esta comparación. No merece ningún centímetro de escritura ni ningún segundo de pensamiento mostrar que entre el dictador nazi y el actual gobierno argentino no hay ninguna semejanza. En suma, que Hitler haya ganado las elecciones no agrega nada ni a favor ni en contra del valor intrínseco del acto de votar.
Si, como es obvio, el haber sido elegido, aun por una mayoría significativa, no otorga ningún poder absoluto y, más bien, debería imponer obligaciones (como cuando Ortega y Gasset decía “nobleza obliga”) también es cierto que a los que no votaron a quien salió electo, también les cabe la tarea de admitir decisiones con las que no están de acuerdo.
En otra ocasión sostuve que si el voto es una de las prácticas propias de la democracia, no lo es porque el más votado sea, necesariamente, un personaje democrático. Lo que le confiere un sentido democrático al voto es su mínima incidencia. Este rasgo que, para algunos es causa de una vivencia de insignificancia (expresada como apatía) para mí es, precisamente, el que determina su potencia democrática. Dicho de otro modo, lo que para algunos será “mi voto no mueve la aguja”, para mí significa que “mi poder como ciudadano no debe ser más que una medida restringida”. De hecho, matemáticamente, a mayor cantidad de votos que obtiene un candidato, menor es el porcentaje de incidencia del voto de cada uno de los que lo eligió.

Estoy llegando al final de esta carta abierta. Aunque parezca paradójico, debo decir que anhelo que surja una oposición razonable, que por el momento no la encuentro. Una oposición que no quede presa de esta misma denominación y que, por lo tanto, no crea que debe estar todo el tiempo en oposición. Al escribir sobre la guerra, Freud consideró que la tendencia a la unión –entendida como el encuentro de lo afín pero diferente- es un modo de neutralizar la fuerza de la disgregación y de la violencia. Así, de hecho, es cómo describió el origen del derecho, como poder de la comunidad, como unión de muchos (débiles y de potencia desigual) para enfrentar el despotismo del más fuerte (o bien la violencia individual). Claro que dicha unión rápidamente debe encarar otro problema: ¿cómo logra ser duradera? Freud anticipaba que “nada se habría conseguido si se formara solo a fin de combatir a un hiperpoderoso y se dispersara tras su doblegamiento”.
Algunos interrogantes que pueden formularse los que se agrupan en algún proyecto podrán ser: ¿Cuál es la meta de esa unión? ¿Qué grado de complejización anímica y societaria está expresando? ¿Qué cabida tienen allí los diferentes intereses sectoriales?
Insisto, anhelo que surja una oposición sana, capaz de mejorar lo que haya para mejorar y conservar las iniciativas actuales que lo merezcan, una oposición que no se unifique en el odio a este gobierno, sino en torno de un proyecto propio y que sea la ternura lo que los ligue entre sí.

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