Sebastián Plut*
El método económico sostiene que una comunidad se compone de individuos racionales y egoístas. De allí se desprenden dos problemas. Por un lado, si este modelo resulta explicativo de las vicisitudes comunitarias y, por otro, cuáles serían las consecuencias de su aplicación (en el marco de las decisiones políticas, económicas, jurídicas).
Según Freud la sociedad proscribe las mociones egoístas y agresivas, no obstante estas forman parte de la constitución humana. Estas pulsiones pueden seguir diversas transformaciones (dirigirse a otras metas, fusionarse, cambiar de objeto, volverse contra la propia persona) pero también pueden simular un cambio y mostrar un altruismo solo aparente. La transformación cabal deriva de dos factores, uno interno (erotismo) y otro externo (compulsión). Sabemos que los medios de los que se vale la cultura (recompensas y castigos) no tendrían por efecto necesario la trasposición antedicha. Puede ocurrir que un individuo, influenciado por recompensas o castigos, se defina por la acción culturalmente buena sin haber mudado sus inclinaciones egoístas en inclinaciones sociales. En tal caso el sujeto sólo será “bueno” en la medida en que tal conducta le traiga ventajas y durante el tiempo que ello ocurra.
El psicoanálisis enumera tres fuentes de sufrimiento: la naturaleza, el propio cuerpo y los vínculos con los otros. Esta última deriva de las normas siempre inacabadas que rigen los vínculos recíprocos en la familia, con el Estado y la sociedad. La regulación de los vínculos impone un freno a la arbitrariedad y a la tendencia a la resolución de conflictos en función de intereses y fuerzas individuales. Precisamente, la violencia dio paso al derecho a partir de reconocer que la unión de muchos contrarrestaba el poder del más fuerte. Claro que allí no acaba el proceso, pues nada cambiaría si la unidad se formara sólo para combatir al más poderoso y se diluyera tras su doblegamiento. El primer paso consiste en cómo se origina la unión, luego cómo perdura y, finalmente, cómo se perpetúa. Todos estos pasos entrañan riesgos en tanto la comunidad se compone de elementos de poder desigual. Por ello, las leyes de esta asociación determinan la medida en que el individuo debe renunciar a la libertad personal de aplicar su fuerza. Freud afirmó que la libertad individual no es un patrimonio de la cultura, más aun, aquella “libertad” fue máxima antes de toda cultura pero carecía de valor pues no se estaba en condiciones de preservarla. En cambio, el hombre de la cultura accede a la renuncia de una porción de placer y libertad a cambio de un trozo de seguridad, seguridad determinada por el tipo de ligazones presentes en un colectivo dado. Pensemos en los fenómenos de pánico colectivo (cuando se pierde todo miramiento por el otro) los cuales no se corresponden con la magnitud de un peligro dado sino con la supresión de las ligazones libidinales que mantenían cohesionados a los miembros.
Solemos hallar, en los medios de comunicación, debates acerca de la falta de políticas efectivas en materia de seguridad, las deficiencias del sistema judicial, etc.; debates que giran insistentemente entre la necesidad o no de un endurecimiento de las penas. Gargarella (1) señala que la visión jurídica dominante concibe individuos fundamentalmente egoístas, en lugar de promover que las personas se sientan “identificadas” con el derecho. La primera orientación (incrementar los castigos frente a los desvíos) transforma el sistema legal en un sistema de premios y castigos que trabaja contra individuos que desearían escapar de su alcance. Cada aumento del delito se vería contrarrestado por un aumento proporcional de las penas, lo cual, presuntamente, llevaría a los sujetos a desistir de la intención de cometer un delito. Finalmente, concluye que esta visión alimenta los aspectos calculadores y egoístas de los individuos sin lograr pacificar la sociedad ni la identificación de los ciudadanos con el sistema legal. Paradójicamente, esta visión del derecho se nutre del egoísmo y se propone como factor de cohesión social.
El valor de la identificación
Podemos distinguir tres tipos de identificación: primaria (con el ideal), secundaria (con el objeto) y por comunidad. Mientras la primera apunta al ser y la segunda al tener, conjeturamos que la tercera corresponde al “ser parte de”. La identificación por comunidad está presente en las ligazones afectivas entre los miembros de la masa. La ontogénesis de la comunidad remite a la identificación del infante con otros niños (por ejemplo sus hermanos) ante la imposibilidad de perseverar en una actitud hostil. Esta formación reactiva impone una primera y rudimentaria justicia que restringe las posiciones de privilegio en el conjunto fraterno. Adviértase que la justicia es ante todo, una restricción de la libertad individual. El sentimiento social, pues, deriva de la transformación de un sentimiento hostil en sentimiento tierno por vía de la identificación, y dicho proceso se consuma por efecto de una ligazón tierna común con una persona situada fuera de la masa.
Por otra parte, Freud dice que el trabajo liga al individuo a la realidad y lo inserta en forma segura en la comunidad humana. De modo similar, señala que la justicia corresponde a la seguridad de que el orden jurídico establecido no se quebrantará para favorecer a un individuo. En suma, el sentimiento de seguridad dependerá más de la acción igualitaria de la justicia que de la magnitud de los delitos. También refiere que la comunidad de intereses –el mercado- no lleva por sí sola (sin contribución libidinosa) a la tolerancia recíproca. El mercado, sin ligazones libidinales ni restricciones del narcisismo, no logra sostener la reciprocidad por más tiempo que la ventaja inmediata que se extrae de la colaboración del otro.
¿Qué lugares puede tener el mercado en el marco de una sociedad? En principio, entiendo que existen al menos tres alternativas: que sea hegemónico, que esté contenido (en el doble sentido de incluido y restringido) o bien que esté excluido. En cada caso, se presentarán conflictos diversos. La primera opción supone su predominio a partir de la entronización del ideal de la ganancia. En el segundo caso, estamos ante una sociedad que antepone la regulación y reunión de las diferencias por sobre la lógica de la competencia entre individuos aislados. Finalmente, si el mercado no está integrado, puede ocurrir que se desarrolle de modo clandestino. Pensamos que el mercado (como espacio natural de individuos racionales y egoístas) no promueve sino identificaciones rudimentarias. Como dicen los teóricos de la acción colectiva, la racionalidad individual conduce a la irracionalidad colectiva.
La formación de la sociedad y las producciones culturales requieren de la ya comentada renuncia pulsional y ello comporta una restricción duradera del narcisismo que deja un inevitable sedimento de hostilidad. Dicha restricción sólo se logra, justamente, a partir de las ligazones libidinosas presentes en la comunidad. Freud dice que la expectativa de que la comunidad de intereses contribuya al desarrollo de la ética fue una expectativa falsa pues los individuos ponen en primer plano la satisfacción de sus pasiones. La cooperación mutua podrá dar lugar a la creación de ligazones amorosas siempre que se sostengan en una meta que vaya más allá de lo meramente ventajoso. Es decir, si aquella meta deriva de aspiraciones sexuales de meta inhibida, las cuales no son susceptibles de una satisfacción directa.
La guerra perfora los lazos comunitarios entre los pueblos enfrentados y deja como secuela una rivalidad enquistada por largo tiempo. Acaso podamos preguntarnos si altos niveles de desempleo o la corrupción extendida y duradera, no promueven efectos similares, claro que ya no entre pueblos en disputa sino al interior de una misma comunidad. Así, la oposición a sujetarse a las normas éticas deriva del debilitamiento ético de los dirigentes. Si la ética en la regulación de los vínculos supone el encuentro de la afinidad en la diferencia, la violencia social (sobre todo cuando es ejercida desde el poder) abole los nexos con lo diverso e intensifica los riesgos disolventes que aspiran a una nivelación descomplejizante. Este liderazgo incrementa su destructividad a medida que pierde legitimidad y su correlato social es la disolución de los vínculos de identificación, la degradación de los ideales colectivos hacia afanes individuales y, consecuentemente, da lugar a la liberación de la agresividad y las luchas fraticidas.
Finalmente, recordemos a Camus cuando en La peste decía que “conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere”.
* Doctor en Psicología
(1) “Un derecho penal para una sociedad menos fraterna”, Diario Página/12, 15/04/04.
Presentando el Blog
Psicoanálisis y Economía
viernes, 3 de julio de 2009
Sobre las elecciones
Sebastián Plut
Si el voto es una de las prácticas propias de la democracia, no lo es porque el más votado sea, necesariamente, un personaje democrático. Lo diré rápidamente: entiendo que lo que le confiere un sentido democrático al voto es su mínima incidencia. Este rasgo que, para algunos es causa de una vivencia de insignificancia (expresada como apatía) para mí es, precisamente, el que determina su potencia democrática.
Dicho de otro modo, lo que para algunos será “mi voto no mueve la aguja”, para mí significa que “mi poder como ciudadano no debe ser más que una medida restringida”. De hecho, matemáticamente, cuanto mayor cantidad de votos obtiene un candidato, menor es el porcentaje de incidencia del voto de cada uno de los que lo eligió.
Adhiero, pues, a una política entendida como renuncia pulsional ya que la pasión, aun cuando cohesione a cierto número de personas, no parece ser democrática. Si las ma-dres de Plaza de Mayo han resultado ejemplares no ha sido, precisamente, por los ex-abruptos de Bonafini, sino por una búsqueda interminable de justicia sin haber cedido a la injusticia por mano propia.
El concepto de renuncia también se aplica a una teoría sobre la representación política. Suele decirse con creciente malestar que los políticos no nos representan. Es cierto pero, al mismo tiempo, acaso sí sean representativos de algún fragmento intersubjeti-vo específico. Un político podrá ser representante de uno o más sectores del entrama-do psíquico y vincular: nuestros deseos, la realidad o los valores. Podrá ocurrir que un político no represente nuestros ideales pero sí represente nuestros deseos; más aun, que sus acciones subroguen la consumación irrestricta de nuestros procesos desidera-tivos.
Claro que no alcanzará con que alguien subraye “tengo que” (en lugar de “quiero”). A menudo escuchamos personas que (se) dicen “tengo que” hacer tal cosa y luego no lo hacen. Esto es, apelar al deber o al tener que, más de una vez es una forma de sobor-nar al superyó (propio o ajeno) para luego transgredirlo o bien no hacer nada.
La publicidad medicinal solo en una pequeña leyenda nos dice que ante cualquier “du-da” consultemos a un médico. Raro, ¿no? ¿Acaso la duda no debería ser lo primero? Nos persuaden sobre la felicidad en grageas y, en letra casi ilegible, nos recuerdan que podemos (¿conviene?) dudar.
Dudar significa que en la política no es bueno ni necesario que prevalezca nuestra “creencia” sino la “credibilidad” del candidato. Veamos un ejemplo. En un diálogo sobre la religión podemos preguntarle a alguien si “cree” en Dios, hasta que quizá alguien afirme que la pregunta no es si cree en Dios, sino si Dios es creíble.
En un capítulo de Dr. House, una monja intenta describirle –al irónico médico- la hipo-condría de su compañera y le dice que es importante que él sepa que la otra monja (quien llega enferma a la clínica) cree cosas que no son. Dr. House, entonces, le pre-gunta si, acaso, eso no es obligatorio en el trabajo de ellas.
La política, pues, se parece más a la salud que a la religión: no es necesario creer lo que no es.
Cuando era niño, recuerdo que mientras iba en micro hacia el colegio veía leyendas en la calle que decían: “Prohibido fijar carteles”. Para mi ingenuidad e ignorancia infantil “fijar” solo quería decir “mirar”, al punto que interpreté que estaba prohibido mirar los carteles. En el micro, entonces yo miraba de reojo los carteles, con la curiosidad resul-tante de la presunta prohibición pero también con el temor de ser descubierto.
No recuerdo cuántos días después pensé: “no puede ser que pongan un cartel para decir que está prohibido leer los carteles”. Recién salí de la confusión cuando advertí la contradicción.
Digámoslo así: podemos recuperar nuestra lucidez si tomamos nota (y conciencia) de las contradicciones que nos entrampan. Contradicciones entre el ayer y el hoy de un candidato, entre lo que vemos y oímos, entre lo que percibimos y lo que sentimos, etc. Solo estar atentos, las incongruencias se muestran en cualquier esquina. En suma, las promesas y consignas son de los otros, las dudas y el pensamiento son de nosotros.
Si el voto es una de las prácticas propias de la democracia, no lo es porque el más votado sea, necesariamente, un personaje democrático. Lo diré rápidamente: entiendo que lo que le confiere un sentido democrático al voto es su mínima incidencia. Este rasgo que, para algunos es causa de una vivencia de insignificancia (expresada como apatía) para mí es, precisamente, el que determina su potencia democrática.
Dicho de otro modo, lo que para algunos será “mi voto no mueve la aguja”, para mí significa que “mi poder como ciudadano no debe ser más que una medida restringida”. De hecho, matemáticamente, cuanto mayor cantidad de votos obtiene un candidato, menor es el porcentaje de incidencia del voto de cada uno de los que lo eligió.
Adhiero, pues, a una política entendida como renuncia pulsional ya que la pasión, aun cuando cohesione a cierto número de personas, no parece ser democrática. Si las ma-dres de Plaza de Mayo han resultado ejemplares no ha sido, precisamente, por los ex-abruptos de Bonafini, sino por una búsqueda interminable de justicia sin haber cedido a la injusticia por mano propia.
El concepto de renuncia también se aplica a una teoría sobre la representación política. Suele decirse con creciente malestar que los políticos no nos representan. Es cierto pero, al mismo tiempo, acaso sí sean representativos de algún fragmento intersubjeti-vo específico. Un político podrá ser representante de uno o más sectores del entrama-do psíquico y vincular: nuestros deseos, la realidad o los valores. Podrá ocurrir que un político no represente nuestros ideales pero sí represente nuestros deseos; más aun, que sus acciones subroguen la consumación irrestricta de nuestros procesos desidera-tivos.
Claro que no alcanzará con que alguien subraye “tengo que” (en lugar de “quiero”). A menudo escuchamos personas que (se) dicen “tengo que” hacer tal cosa y luego no lo hacen. Esto es, apelar al deber o al tener que, más de una vez es una forma de sobor-nar al superyó (propio o ajeno) para luego transgredirlo o bien no hacer nada.
La publicidad medicinal solo en una pequeña leyenda nos dice que ante cualquier “du-da” consultemos a un médico. Raro, ¿no? ¿Acaso la duda no debería ser lo primero? Nos persuaden sobre la felicidad en grageas y, en letra casi ilegible, nos recuerdan que podemos (¿conviene?) dudar.
Dudar significa que en la política no es bueno ni necesario que prevalezca nuestra “creencia” sino la “credibilidad” del candidato. Veamos un ejemplo. En un diálogo sobre la religión podemos preguntarle a alguien si “cree” en Dios, hasta que quizá alguien afirme que la pregunta no es si cree en Dios, sino si Dios es creíble.
En un capítulo de Dr. House, una monja intenta describirle –al irónico médico- la hipo-condría de su compañera y le dice que es importante que él sepa que la otra monja (quien llega enferma a la clínica) cree cosas que no son. Dr. House, entonces, le pre-gunta si, acaso, eso no es obligatorio en el trabajo de ellas.
La política, pues, se parece más a la salud que a la religión: no es necesario creer lo que no es.
Cuando era niño, recuerdo que mientras iba en micro hacia el colegio veía leyendas en la calle que decían: “Prohibido fijar carteles”. Para mi ingenuidad e ignorancia infantil “fijar” solo quería decir “mirar”, al punto que interpreté que estaba prohibido mirar los carteles. En el micro, entonces yo miraba de reojo los carteles, con la curiosidad resul-tante de la presunta prohibición pero también con el temor de ser descubierto.
No recuerdo cuántos días después pensé: “no puede ser que pongan un cartel para decir que está prohibido leer los carteles”. Recién salí de la confusión cuando advertí la contradicción.
Digámoslo así: podemos recuperar nuestra lucidez si tomamos nota (y conciencia) de las contradicciones que nos entrampan. Contradicciones entre el ayer y el hoy de un candidato, entre lo que vemos y oímos, entre lo que percibimos y lo que sentimos, etc. Solo estar atentos, las incongruencias se muestran en cualquier esquina. En suma, las promesas y consignas son de los otros, las dudas y el pensamiento son de nosotros.
La pulsión laboral y el desempleo (*)
Sebastián Plut
“No los impelía la necesidad simple del trabajo,
sino la ira impotente de perderlo”
(La caverna, José Saramago)
Introducción
Abordar la desocupación, y en particular sus efectos psicológicos, resulta una tarea compleja por un conjunto heterogéneo de razones. Algunos estudios obtienen conclusiones estadísticas a partir de seleccionar poblaciones según distintos criterios (edad, nivel cultural, género, nivel socioeconómico, etc.). Ello arroja ciertos datos útiles pero que escasamente avanzan más allá de observaciones descriptivas. También se han realizado investigaciones en el campo de la psicología social que toman diversas variables tales como autoestima, identidad, etc. Desde el psicoanálisis se ha estudiado el desempleo como un trauma social a partir del cual se desarrollarían ciertos desenlaces psicopatológicos (depresiones, afecciones psicosomáticas, etc.). Dichos desenlaces ponen en evidencia la singularidad de los sujetos (su estructura anímica previa, su repertorio estilístico, sus recursos, etc.) lo cual complejiza la posibilidad de tipificar los efectos del desempleo como factor patógeno. Por último, cabe señalar que podemos desagregar el fenómeno de la desocupación según se trate de la amenaza (más o menos directa), la pérdida de un trabajo y el estado duradero de desempleo.
Desempleo como contexto psicosocial
Desde la perspectiva económica y social se distinguen “cuatro factores cuyo comportamiento regula en forma inmediata el número y la calidad de los empleos” (Monza, 1993): el crecimiento de la población, la tasa de actividad (población económicamente activa), la evolución histórica del producto interno y la evolución del nivel de productividad. De los dos primeros factores deriva la disponibilidad de mano de obra y de los dos siguientes la generación de puestos de trabajo. Si la expansión de la disponibilidad de mano de obra excede la expansión del número de puestos de trabajo surge la brecha de empleo, que se manifiesta como desempleo (abierto u oculto) y subempleo.
La literatura especializada coincide en presentar los siguientes aspectos del problema. Por un lado, prestan atención al tiempo de desempleo, es decir, cuando la desocupación empieza a establecerse como un estado duradero. También han descripto dos tipos de representaciones sociales sobre las causas del desempleo: estructural, el desempleado percibe su situación como consecuencia de fuerzas sociales, económicas o políticas, ajenas a su voluntad y dominio, y conductual, el trabajador atribuye a sus características personales, su pasado, sus acciones, etc., la razón de su falta de trabajo. Ambas representaciones se ha observado que aparecen de manera secuencial; la estructural al momento de ser despedido y la conductual al momento de buscar trabajo y no encontrarlo.
Algunos autores han considerado una situación paradojal: se trata de una amenaza social, un riesgo para el conjunto de la población, y al mismo tiempo aparece desocializado, pues impone resoluciones individuales, mientras cada vez son más escasas las acciones colectivas y la desprotección social va en aumento.
Castel (1997) examina la “cuestión social”, esto es la capacidad de una sociedad de preservar su cohesión, y realiza un exhaustivo estudio de las transformaciones históricas en la lógica asistencial de los riesgos de la existencia. Preocupado por la presencia cada vez mayor de sujetos en “situación de flotación” en la estructura social, pone el acento en la relación salarial y su progresiva precarización. Para Castel existe una fuerte correlación entre el lugar que se ocupa en la división social del trabajo y la participación en redes de sociabilidad y en los sistemas de protección que cubren al individuo. Estas relaciones le permiten identificar tres zonas: integración (con trabajo estable e inserción relacional sólida), la zona de desafiliación (ausencia de participación en actividades productivas y aislamiento relacional) y una zona intermedia de vulnerabilidad (que conjuga precariedad del trabajo y fragilidad de los soportes sociales). El autor se pregunta en qué podrían consistir las protecciones en una sociedad que cada vez más se torna una sociedad de individuos, siendo el amparo una condición de la cohesión social.
Galende (1997) analiza cómo la caída del Estado Benefactor arrastró las consignas de universalidad, igualdad y equidad, dejando librados los riesgos de la existencia a una cobertura que depende de la capacidad económica del aportante. En tanto prevalecen las leyes del mercado por sobre las de la comunidad, y la lógica del contrato sobre la de la justicia social, los riesgos son para la integración. Cuando Freud plantea el irremediable antagonismo entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura, refiere que la justicia social implica que todos deben contribuir con el sacrificio de sus pulsiones, de manera que la violencia individual (la ley del más fuerte o del mercado) no prime sobre el poder comunitario.
Hemos mencionado ya que la representación social del desempleo de tipo conductual es aquella según la cual se atribuye a causas personales (historia laboral, formación, actividad gremial, etc.) el estado de no trabajo. Diversos autores han reparado en ella y examinado sus razones reconociendo allí, en parte, el proceso de desocialización de la problemática laboral. Este proceso se conoce como “juicio de autoculpabilización retrospectiva” y “victimización secundaria”. Un criterio pertinente es diferenciar causas y efectos del desempleo, pues a los fines de la comprensión psicopatológica resulta tan errónea la culpabilización como la pura y compasiva victimización.
Los altos niveles de desempleo han llevado a algunos autores a pensar el problema en términos de la prescindencia del hombre, de una gran masa humana sobrante. Otros (Méda, Racionero) han orientado su examen en función de la prescindencia del trabajo, en tanto el trabajo ya no conservará su centralidad como organizador social.
Racionero (1983) propone un cambio de mentalidad que supere la lógica protestante del trabajo y recupere la tradición del otium cum dignitate. Para el autor el crecimiento económico continuo es una enfermedad y no un éxito, pues toda fuerza, aunque beneficiosa inicialmente, se torna nociva y de signo opuesto si se aplica indefinidamente. En este sentido, opone al “más de lo mismo” (incremento cuantitativo) el desarrollo cualitativo (aumento de calidad y complejización social). Curiosamente el afán económico (como fin absoluto) genera cada vez más pobreza, mientras que para el autor se trata de incluirlo en el seno de una cosmovisión ecológica. Ello implica, desde el punto de vista de la comunidad, despertar el “poder de renunciación”, inverso al poder de la riqueza más desempleo. Dice: “El mundo de la escasez a nivel material es el mundo del miedo a nivel psicológico y el mundo de la autoridad a nivel social. La escasez engendra miedo, que justifica el autoritarismo” (op. cit., pág. 23).
En los estudios psicosociales hay dos modelos frecuentemente utilizados. Uno es la Teoría de la Privación (Jahoda) que parte de considerar aquello que el trabajo brinda (organización temporal, vínculos exogámicos, objetivos trascendentes e identidad social) y desde allí investigar qué provoca el desempleo, de qué priva al individuo. El otro modelo es el que describe el proceso psicosocial que transita el desempleado: shock, búsqueda activa, pesimismo y fatalismo. Esta secuencia también se conoce como Síndrome del desocupado (negación, angustia y resignación). La edad aparece como un capítulo particular, ya sea que consideremos el grupo etáreo central (adultos), la vejez o el desempleo juvenil (final de la adolescencia).
En nuestro medio, uno de los autores que ha encarado el estudio de las consecuencias psicosociales del desempleo es Malfé. En su libro Fantásmata examina cuatro formas de representación del trabajo (arcaica, tradicional, moderna y flexible) cuya prevalencia de una u otra en cada quien (si bien se presentan como mentalidades yuxtapuestas) determina las configuraciones y repercusiones subjetivas de la desocupación. En otro texto (Galli y Malfé; 1996) se detienen en los conceptos de conflicto y crisis. Por un lado los diferencian entre sí (las crisis son más globales y duraderas que los conflictos). Por otro, categorizan tres tipos de crisis: previsibles (por ejemplo, adolescencia, jubilación, etc.), previsibles pero no datables por anticipado (fallecimiento de progenitores, por ejemplo) y posibles pero no previsibles (accidentes, despidos, etc.). Finalmente establecen tres parámetros para considerar el valor potencialmente patógeno de una crisis. No será patológica mientras no altere la capacidad de transformar y transformarse activamente, se conserve la percepción del sufrimiento como parte de la vida y con un sentido y permanezca la capacidad de imaginar.
Todo ello nos recuerda las afirmaciones de Freud según las cuales el trabajo constituye un elemento de valor en la salud y la economía psíquica, en tanto liga con firmeza al individuo a la realidad y es una vía privilegiada para las transformaciones auto y aloplásticas.
En el próximo apartado examinaré el concepto de trabajo desde la perspectiva psicoanalítica. A partir de construir la noción de pulsión laboral podremos conocer en detalle la dinámica y función del trabajo en lo psíquico, su metapsicología, que constituye una parte del fundamento requerido para comprender la dimensión subjetiva de la desocupación.
La pulsión laboral
Tal vez sorprenda al lector la referencia a una pulsión laboral. Pues bien, creo que resulta pertinente teórica y clínicamente la construcción de dicha noción. Desde la perspectiva del concepto genérico de pulsión recordemos que para Freud se trata de una exigencia de trabajo para lo psíquico. De manera que si nos preguntamos qué es trabajo desde el punto de vista psíquico, la respuesta inicial aparece con la definición de pulsión. Freud también caracteriza a la pulsión como motor del desarrollo. En cuanto al atributo específico (“laboral”), entiendo que se trata de la conjugación de mociones libidinales, egoístas y agresivas que se plasman en la actividad productiva. En rigor tomamos la pulsión laboral como un derivado de otra pulsión compuesta, la pulsión social, “que acaso no sea originaria e irreductible” (Freud; 1921, pág. 68), en tanto se despliega en el mundo del trabajo.
La noción de pulsión social (junto con sus conceptos relacionados) resulta de gran valor para pensar tanto los problemas clínicos (sobre todo aquellos referidos a la intersubjetividad) como las vicisitudes institucionales y, en particular, lo relativo a la organización del trabajo. En distintos textos Freud (1911, 1921) se ha ocupado de la pulsión social para referirse a una inclinación descomponible en elementos egoístas (autoconservación), eróticos (libido homosexual) y agresivos. Dice Freud: “las aspiraciones homosexuales se conjugan con sectores de las pulsiones yoicas para constituir con ellas, como componentes apuntalados, las pulsiones sociales, y gestan así la contribución del erotismo a la amistad, la camaradería, el sentido comunitario y el amor universal por la humanidad” (Freud; 1911, pág. 57). “El sentimiento social descansa en el cambio de un sentimiento primero hostil en una ligazón de cuño positivo” (Freud; 1921, pág. 115). La actividad laboral sostenida en la pulsión social, entonces, es un método apto para orientar la hostilidad en el sentido de lo útil (Plut; 2000).
Dejours es uno de los autores que más ha desarrollado una concepción psicodinámica del trabajo. Inicialmente inauguró la corriente denominada Psicopatología del Trabajo, que fue definida como “el análisis del sufrimiento psíquico resultante de la confrontación de los hombres con la organización del trabajo” (Dejours; 1998, pág. 24). Luego, extendió los alcances de su investigación y su abordaje y optó por la denominación de Psicodinámica del Trabajo, cuyo objeto es “el análisis psicodinámico de los procesos intersubjetivos movilizados por la situación de trabajo” (op. cit.; pág. 24).
En esta orientación toman como base un hallazgo de la ergonomía según el cual existe un desfasaje irreductible entre la tarea prescrita y la actividad real de trabajo. La organización del trabajo no es estrictamente sufrida por los trabajadores pues todas las prescripciones y consignas se reinterpretan y reconstruyen. Lo central de los problemas estudiados por el análisis psicodinámico de las situaciones de trabajo deriva, justamente, del desconocimiento (e incluso la negación) de las dificultades concretas que los trabajadores deben encarar debido a la imperfección irreductible de la organización del trabajo.
Desde esta perspectiva, entonces, el trabajo es la actividad desplegada por los hombres y las mujeres para enfrentar lo que no está dado por la organización prescrita del trabajo. Esta visión los lleva a cuestionar la división tradicional entre trabajo de concepción y trabajo de ejecución, en tanto todo trabajo siempre es, al menos en parte, de concepción. El trabajo es el fragmento humano de la tarea, del proceso, ya que se requiere allí donde el orden tecnológico y de las máquinas es insuficiente.
La perspectiva freudiana del trabajo no ha sido tan desarrollada y es, precisamente, la que hace ya casi una década vengo investigando y aplicando. Desde esta línea de pensamiento nos encontramos con un conjunto de ideas de Freud que no han recibido la necesaria atención. La escasa literatura psicoanalítica sobre esta temática está orientada a problemas organizacionales con tenues consideraciones sobre la subjetividad. Quiero destacar, no obstante, los aportes de Maldavsky (2000), Malfé (1994) y Menninger (1943).
Curiosamente, en ocasión de definir la salud y las metas del tratamiento psicoanalítico, Freud distingue dos terrenos de pertinencia: el amor y el trabajo. También señala que ninguna acción une al individuo tan firmemente a la realidad como el trabajo, este lo inserta en la comunidad humana y regula sus vínculos y la distribución de bienes. En síntesis, pensar la actividad laboral desde el punto de vista psicoanalítico supone considerar el valor del trabajo en la economía psíquica, la importancia de la actividad en su relación con la naturaleza y su función en las relaciones intersubjetivas.
Algunos autores de orientación freudiana han puesto el acento en el concepto de sublimación. Menninger (1943) señala que el trabajo es una forma particular y privilegiada de la sublimación. Para este autor el yo tiene que dirigir no solo los impulsos sexuales sino también tendencias agresivas. Si las mociones eróticas dominan lo suficiente, el resultado será una conducta constructiva; si los impulsos agresivos dominan, el resultado será una conducta más o menos destructiva. De todos los métodos disponibles para orientar las energías agresivas en una dirección útil el trabajo ocupa el primer lugar.
En El malestar en la cultura Freud (1930) examina la oposición entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura, de lo cual deriva una triple fuente de sufrimientos: del cuerpo propio, del hiperpoder de la naturaleza y de los vínculos con los otros. En ese mismo texto, así como en Tipos libidinales (1931), plantea de forma sintética un modo de categorizar los estilos individuales: narcisista, de acción y erótico; según predomine la libido narcisista, la pulsión de dominio o la pulsión sexual.
La satisfacción en el trabajo, entonces, puede estar relacionada con el reconocimiento que se obtiene, o bien puede relacionarse con el producto (un artesano con su obra), o bien puede derivar del placer por la cooperación.
Dejours (1998) toma el triángulo de Sigaut (en relación con la dinámica de la identidad), cuyos vértices son Real - Ego – Otros y lo adapta según la psicodinámica del trabajo: Trabajo – Sufrimiento – Reconocimiento. Si extendemos un poco más estas tres dimensiones podemos establecer diferentes correlaciones.
Por ejemplo, la dimensión de la actividad, se orienta hacia la naturaleza, supone el estilo de acción, comprende la pulsión de dominio y la satisfacción está dada por la obtención de un producto, un resultado. El sufrimiento, en cambio, remite a la dimensión del sujeto, en virtud de su cuerpo y su psiquismo. Asimismo, refiere al estilo narcisista, sostenido en la libido narcisista y la autoconservación, en tanto la satisfacción deviene por el reconocimiento. Por último, la dimensión organizacional (o institucional) supone un eje centrado en los vínculos, requiere del estilo erótico, cuya pulsión en juego es la sexual y la satisfacción se alcanza por la cooperación.
Por último, para cerrar este apartado sobre la noción de trabajo, apuntemos que para Freud la actividad laboral:
- Permite procesar la hostilidad fraterna, libido homosexual, libido narcisista, pulsión de apoderamiento o dominio.
- Constituye un escenario en que pueden desplegarse sentimientos de injusticia, celos, envidia, furia (por obedecer a una realidad contrapuesta al principio de placer).
- Cuestiona los vínculos adhesivos (que se acompañan de una falta de investidura de atención dirigida hacia el mundo).
- Permite desarrollar los sentimientos de pertenencia, la ambición y la creatividad.
- Es un modo de desarrollar los vínculos exogámicos, buscar reconocimiento social y lograr una independencia orgullosa respecto de la autoridad de los progenitores.
Duelo y trauma del desempleo
Sin duda uno de los problemas sobre el que pivotean muchas observaciones es el tipo de duelo que exige el desempleo. A quien ha perdido su trabajo se le impone la necesaria elaboración por aquello que se tuvo, según la lógica que Freud advierte: examen de realidad, clausura, sobreinvestidura y desasimiento (Freud; 1915). El examen de realidad muestra la ausencia del objeto y exhorta a sustraer la libido de sus nexos con él. Este proceso se ejecuta no sin cierta repulsa y se va consumando pieza por pieza con un gran gasto de tiempo y energía. “Cada uno de los recuerdos y cada una de las expectativas en que la libido se anudaba al objeto son clausurados, sobreinvestidos y en ellos se consuma el desasimiento” (op. cit.; pág. 243) (la negrita es mía). Creo que podemos subrayar no solo los cuatro pasos del proceso de duelo sino, además, rastrear el destino de los recuerdos, por un lado, y de las expectativas, por otro. Tengo la impresión de que la finalización relativa del proceso surge de la desinvestidura (aunque sea parcial) de los recuerdos y el deslinde de estos últimos de la investidura de expectativas. Ello permitirá la búsqueda e investidura de objetos sustitutos.
Asimismo cabe preguntarse, en el marco de las dificultades del mundo laboral, acerca de la naturaleza de lo perdido. Puede ocurrir que uno pierda el trabajo, pero también puede suceder que lo perdido sea un compañero a quien han despedido o bien un cierto clima o formas de trabajo (por cambios organizacionales, restricciones económicas, etc.). En el caso de las llamadas reestructuraciones, cuando muchos de los que trabajan “quedan en la calle” pero al menos por un tiempo no le ha tocado a uno, suelen entrar en pugna intensos sentimientos de culpa (e identificación con los que han quedado afuera) con las investiduras narcisistas y egoístas que permiten sustraerse del destino de lo perdido.
La magnitud en aumento del problema, en cuyo horizonte se lo visualiza como irreversible, impone un sesgo peculiar al duelo por el trabajo perdido. Se trata de un duelo casi imposible, un duelo ya no por algo que hemos tenido, sino por lo que no vamos a tener. Un futuro cuyo problema no es la incertidumbre sino la desesperanza, la falta de metas, duelar lo que no va a ser. Progresivamente se va desarrollando un proceso de descomplejización que va sustituyendo la dinámica de la esperanza por un apego desconectado y la resolución por vía del circuito según el modelo del arco reflejo.
También debemos considerar el valor funcional y/o negativo de la vergüenza. He observado, en pacientes que se encuentran sin trabajo, que el sentimiento de vergüenza puede aparecer ligado al estar desocupados o bien al hecho de tener que buscar un empleo. Aquellos en quienes la vergüenza deviene de estar desempleados tienen mayor posibilidad de investir la nueva búsqueda. En cambio, quienes se avergüenzan de buscar manifiestan un sentimiento de injuria narcisista ante la posibilidad, por ejemplo, de ser vistos mientras leen avisos clasificados. Incluso, y llamativamente, les sucede aun estando solos en sus casas. Se van replegando en un estado de apatía y furia (con cierta megalomanía) en el cual va desapareciendo el sentimiento de vergüenza. Cuando Freud diferencia el duelo y la melancolía señala, como uno de los observables, la falta de vergüenza en la segunda. En algunos casos se evidencia la rabia por tener que acatar una realidad, en otros aparece más la tendencia a la autodenigración. Parafraseando a Freud podríamos decir que en ellos la sombra del trabajo cayó sobre el yo.
En lo que sigue presentaré una visión del desempleo a partir de considerarlo como una incitación exógena traumática. Con ello destaco del conjunto de hipótesis freudianas aquellas que permiten reconocer y comprender lo social y la realidad como una fuente de estimulaciones insoportables. Al mismo tiempo este recorte supone dejar de lado numerosos problemas. Menciono solo algunos de los temas que no consideraré aquí: la producción psíquica de lo social y la significatividad especifica y singular del desempleo. También omito desarrollar lo que he dado en llamar la dinerización de la libido (en contraposición a la libidinización del dinero), caracterizada por lo cuantitativo, en procura de un aumento constante de la tensión, la resolución vía alteración interna y el trastorno de la autoconservación. Al principio de este artículo he planteado la complejidad de abordar un examen de los efectos psíquicos del desempleo. En parte, tal complejidad deriva de las múltiples perspectivas teóricas y metodológicas así como de los diversos aspectos que pueden ser considerados. Pero también debemos incluir, entre las razones de la complejidad, nuestra particular implicación en el contexto social. Puede ocurrir que estemos implicados más o menos directamente: estar uno sin trabajo, o bien que un familiar o amigo atreviese esta situación; puede suceder que instituciones de las que formamos parte o hemos sido miembros atreviesen períodos de deterioro (más o menos definitivos). También quedamos implicados según nuestra postura respecto de la injusticia y la desigualdad.
En este marco delimitamos tres parámetros para pesquisar la dimensión y alcance traumático del estado social de desocupación: la posibilidad de desarrollo subjetivo (nexos con lo diverso), cómo y hasta donde se ve trastornada nuestra cotidianeidad y la relación entre incitación exógena y coraza de protección antiestímulo. Este último punto conviene explicarlo brevemente. Freud distingue dos tipos de estímulos externos insoportables. Uno de ellos perfora la coraza de protección y promueve un estado de dolor que impone una redistribución energética para contornear la zona de intrusión, neutralizar su efecto y lograr el restablecimiento. También puede ocurrir que el estímulo arrase con la coraza de protección resultando imposible, al menos temporalmente, el esfuerzo de restablecimiento.
Estas hipótesis pueden complementarse con aquellas que Freud expuso sobre los dos tipos de trauma y combinan el vector de la intensidad con el de la frecuencia. En efecto, Freud afirmó que existen traumas derivados del impacto de un solo golpe y aquellos que resultan de la sumación de incitaciones menores. Tal diferencia podría corresponder a los casos de despido y amenaza cotidiana respectivamente.
Hemos observado que la amenaza de perder el trabajo puede potenciar la disposición a la adicción al trabajo como forma de procesar los componentes persecutorios y celotípicos. También puede ocurrir que se desplieguen tendencias inversas, tales como los vínculos adhesivos y una postura acreedora.
Gonzalo
Gonzalo consultó aproximadamente a los 24 años en un estado de inactividad generalizada. En aquel momento había terminado una relación de pareja, no estudiaba ni trabajaba. Sus días transcurrían despertándose hacia el mediodía y durante la tarde pasaba horas mirando el movimiento de la Bolsa en un canal de televisión por cable. En aquel momento trabajamos sobre su desconexión de la realidad, a la cual sustituía por una suerte de apego a la televisión (que luego, como veremos, se desplazó a la PC y el teléfono en su trabajo). Tal desconexión se consumaba a través de la proyección de su propia motricidad. En lugar de realizar acciones, miraba como variaba la cotización de las acciones, de las cuales quedaba suprimida la cualidad.
Unos meses más tarde comenzó a trabajar en una empresa de telefonía. Su tarea, en el sector de atención al cliente, se desarrollaba de lunes a sábado de 16 a 24 hs. con un teléfono y una PC, y consistía en recibir telefónicamente todo tipo de demandas, reclamos y quejas de los clientes. Todo esto debía desarrollarse con un alto grado de eficiencia en cuanto a la resolución del problema y la rapidez de la respuesta. Toda la información, sea del llamado del cliente, cuanto de la acción del operador, consta en la PC para ser controlada por un supervisor. A ello se le sumaba el requerimiento de un mínimo de 86 llamados diarios que debían ser atendidos y resueltos. No obstante, los operadores eran “alentados” a superar dicho mínimo. Si bien se les otorgaba un plazo inicial de 3 meses (previa capacitación) para superar los 86 llamados, Gonzalo optó por intentarlo desde el comienzo, logrando ya el primer mes resolver adecuadamente un promedio de 125.
Gonzalo, que para ese momento había iniciado sus estudios universitarios en comercialización, se mostraba muy entusiasmado con la organización e intensidad de la tarea, a pesar de prever dificultades horarias en su próxima inscripción en la facultad. Parte del entusiasmo de Gonzalo derivaba de un supuesto trabajo en grupos coordinados por un “líder”. Llamativamente, cuando describía la dinámica de su tarea lo grupal no aparecía más que en las comparaciones competitivas sobre la eficiencia de cada uno, estando toda su jornada en relación con su teléfono y su PC. Por otro lado, refería que recurrentemente (sobre todo los sábados) soñaba con la empresa (sueños en los que el contenido estaba ligado a la exigencia del trabajo) y se despertaba dos o tres veces por noche. Los domingos (único día franco) no podía dejar de pensar en el trabajo pendiente. Incluso algunos domingos concurría “voluntariamente” a terminar algunas tareas. Gonzalo mostraba intensos sentimientos de culpa respecto, por ejemplo, de no poder aumentar la cantidad de llamados. En una ocasión, por su temprano buen rendimiento, su líder le asignó una tarea que habitualmente se le pedía a quienes trabajaban hacía más de tres meses. Como no pudo realizarla correctamente su evaluación fue: “le fallé a mi líder”.
Dos años después, cuando Gonzalo ya había accedido a la posición de líder, la empresa comenzó un fuerte proceso de reestructuración a partir del cual despidieron a gran cantidad de empleados, modificaron el sistema de remuneraciones (redujeron significativamente los premios por productividad) y se desarrollaron cambios en la forma de trabajar (ritmos, líneas de mando, etc.). Ello nos permitirá observar como se ensamblan las vicisitudes subjetivas con las injusticias y el desamparo institucional.
Gonzalo cuenta que diariamente se refieren a la compañía como Expedición Robinson (en alusión al programa televisivo en el que se desarrolla una competencia primero entre dos grupos, de los cuales se van eliminando sus miembros, hasta que en un momento la competencia se desarrolla entre los que van quedando, ya no por grupos). La metáfora utilizada, entonces, contiene los siguientes componentes: un sistema de vida precario, competencia feroz, eliminación de unos por otros, y, según lo decía Gonzalo, “alianzas y solidaridad que en el fondo son débiles y ficticias”. Luego de una sucesión de despidos (“las bombas caen cada vez más cerca”) la superior inmediata de Gonzalo le anuncia que ya “no hay más despidos”. A los pocos días ese anuncio se vio desmentido por la realidad, pues hubo más y más despidos. El argumento de ella fue “no se los podía decir, porque si no ¿cómo se iban a sentir?”.
En cuanto a los objetivos diarios de llamadas atendidas, en virtud de que los sistemas de respuesta automática se fueron sofisticando, se redujo lo requerido. Así como antes los operadores intentaban superarlo ahora “se aspira a no pasarlo” porque ello podría eliminar puestos de trabajo, “el objetivo, ahora, no es crecer sino sobrevivir”. Por momentos Gonzalo se consuela pensando que “el barco no se va a hundir”, con lo cual intenta no solo consolarse sino recuperar algo de aquella idealización por la empresa mediante la cual quedaba fusionado con ella. No obstante, rápidamente se encuentra ante una contradicción: “uno pasa a quedar ubicado en el lugar del que remando no ayuda sino que hunde”. Contradicción que le permite diferenciarse de la empresa (él no es el barco) pero que lo introduce en una batalla con sus compañeros (¿quién quedará remando y quienes no?). “Ahora no tenemos que superar los objetivos porque eso quita un puesto de laburo, así que todo lo que aprendí de motivación, valor agregado, ya no sirve. Están los que desde la rivalidad van a trabajar más, pero no para superarse sino para poder quedarse eliminando a otros. Me cambiaron la empresa, antes éramos los que crecíamos hasta el infinito, ahora volvimos a ser una empresa del Estado”. Cada equipo estaba conformado por 10 operadores y un líder (actual puesto de Gonzalo). Cuando echaron a un líder los 10 operadores de ese grupo fueron redistribuidos en los otros equipos, situación que le da a Gonzalo un cierto “respiro”, pues ahora tendrá la “oportunidad” de que echen a dos o tres de su grupo sin que aun haga falta echarlo a él.
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(*) Publicado en Actualidad Psicológica, N° 293, 2001.
“No los impelía la necesidad simple del trabajo,
sino la ira impotente de perderlo”
(La caverna, José Saramago)
Introducción
Abordar la desocupación, y en particular sus efectos psicológicos, resulta una tarea compleja por un conjunto heterogéneo de razones. Algunos estudios obtienen conclusiones estadísticas a partir de seleccionar poblaciones según distintos criterios (edad, nivel cultural, género, nivel socioeconómico, etc.). Ello arroja ciertos datos útiles pero que escasamente avanzan más allá de observaciones descriptivas. También se han realizado investigaciones en el campo de la psicología social que toman diversas variables tales como autoestima, identidad, etc. Desde el psicoanálisis se ha estudiado el desempleo como un trauma social a partir del cual se desarrollarían ciertos desenlaces psicopatológicos (depresiones, afecciones psicosomáticas, etc.). Dichos desenlaces ponen en evidencia la singularidad de los sujetos (su estructura anímica previa, su repertorio estilístico, sus recursos, etc.) lo cual complejiza la posibilidad de tipificar los efectos del desempleo como factor patógeno. Por último, cabe señalar que podemos desagregar el fenómeno de la desocupación según se trate de la amenaza (más o menos directa), la pérdida de un trabajo y el estado duradero de desempleo.
Desempleo como contexto psicosocial
Desde la perspectiva económica y social se distinguen “cuatro factores cuyo comportamiento regula en forma inmediata el número y la calidad de los empleos” (Monza, 1993): el crecimiento de la población, la tasa de actividad (población económicamente activa), la evolución histórica del producto interno y la evolución del nivel de productividad. De los dos primeros factores deriva la disponibilidad de mano de obra y de los dos siguientes la generación de puestos de trabajo. Si la expansión de la disponibilidad de mano de obra excede la expansión del número de puestos de trabajo surge la brecha de empleo, que se manifiesta como desempleo (abierto u oculto) y subempleo.
La literatura especializada coincide en presentar los siguientes aspectos del problema. Por un lado, prestan atención al tiempo de desempleo, es decir, cuando la desocupación empieza a establecerse como un estado duradero. También han descripto dos tipos de representaciones sociales sobre las causas del desempleo: estructural, el desempleado percibe su situación como consecuencia de fuerzas sociales, económicas o políticas, ajenas a su voluntad y dominio, y conductual, el trabajador atribuye a sus características personales, su pasado, sus acciones, etc., la razón de su falta de trabajo. Ambas representaciones se ha observado que aparecen de manera secuencial; la estructural al momento de ser despedido y la conductual al momento de buscar trabajo y no encontrarlo.
Algunos autores han considerado una situación paradojal: se trata de una amenaza social, un riesgo para el conjunto de la población, y al mismo tiempo aparece desocializado, pues impone resoluciones individuales, mientras cada vez son más escasas las acciones colectivas y la desprotección social va en aumento.
Castel (1997) examina la “cuestión social”, esto es la capacidad de una sociedad de preservar su cohesión, y realiza un exhaustivo estudio de las transformaciones históricas en la lógica asistencial de los riesgos de la existencia. Preocupado por la presencia cada vez mayor de sujetos en “situación de flotación” en la estructura social, pone el acento en la relación salarial y su progresiva precarización. Para Castel existe una fuerte correlación entre el lugar que se ocupa en la división social del trabajo y la participación en redes de sociabilidad y en los sistemas de protección que cubren al individuo. Estas relaciones le permiten identificar tres zonas: integración (con trabajo estable e inserción relacional sólida), la zona de desafiliación (ausencia de participación en actividades productivas y aislamiento relacional) y una zona intermedia de vulnerabilidad (que conjuga precariedad del trabajo y fragilidad de los soportes sociales). El autor se pregunta en qué podrían consistir las protecciones en una sociedad que cada vez más se torna una sociedad de individuos, siendo el amparo una condición de la cohesión social.
Galende (1997) analiza cómo la caída del Estado Benefactor arrastró las consignas de universalidad, igualdad y equidad, dejando librados los riesgos de la existencia a una cobertura que depende de la capacidad económica del aportante. En tanto prevalecen las leyes del mercado por sobre las de la comunidad, y la lógica del contrato sobre la de la justicia social, los riesgos son para la integración. Cuando Freud plantea el irremediable antagonismo entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura, refiere que la justicia social implica que todos deben contribuir con el sacrificio de sus pulsiones, de manera que la violencia individual (la ley del más fuerte o del mercado) no prime sobre el poder comunitario.
Hemos mencionado ya que la representación social del desempleo de tipo conductual es aquella según la cual se atribuye a causas personales (historia laboral, formación, actividad gremial, etc.) el estado de no trabajo. Diversos autores han reparado en ella y examinado sus razones reconociendo allí, en parte, el proceso de desocialización de la problemática laboral. Este proceso se conoce como “juicio de autoculpabilización retrospectiva” y “victimización secundaria”. Un criterio pertinente es diferenciar causas y efectos del desempleo, pues a los fines de la comprensión psicopatológica resulta tan errónea la culpabilización como la pura y compasiva victimización.
Los altos niveles de desempleo han llevado a algunos autores a pensar el problema en términos de la prescindencia del hombre, de una gran masa humana sobrante. Otros (Méda, Racionero) han orientado su examen en función de la prescindencia del trabajo, en tanto el trabajo ya no conservará su centralidad como organizador social.
Racionero (1983) propone un cambio de mentalidad que supere la lógica protestante del trabajo y recupere la tradición del otium cum dignitate. Para el autor el crecimiento económico continuo es una enfermedad y no un éxito, pues toda fuerza, aunque beneficiosa inicialmente, se torna nociva y de signo opuesto si se aplica indefinidamente. En este sentido, opone al “más de lo mismo” (incremento cuantitativo) el desarrollo cualitativo (aumento de calidad y complejización social). Curiosamente el afán económico (como fin absoluto) genera cada vez más pobreza, mientras que para el autor se trata de incluirlo en el seno de una cosmovisión ecológica. Ello implica, desde el punto de vista de la comunidad, despertar el “poder de renunciación”, inverso al poder de la riqueza más desempleo. Dice: “El mundo de la escasez a nivel material es el mundo del miedo a nivel psicológico y el mundo de la autoridad a nivel social. La escasez engendra miedo, que justifica el autoritarismo” (op. cit., pág. 23).
En los estudios psicosociales hay dos modelos frecuentemente utilizados. Uno es la Teoría de la Privación (Jahoda) que parte de considerar aquello que el trabajo brinda (organización temporal, vínculos exogámicos, objetivos trascendentes e identidad social) y desde allí investigar qué provoca el desempleo, de qué priva al individuo. El otro modelo es el que describe el proceso psicosocial que transita el desempleado: shock, búsqueda activa, pesimismo y fatalismo. Esta secuencia también se conoce como Síndrome del desocupado (negación, angustia y resignación). La edad aparece como un capítulo particular, ya sea que consideremos el grupo etáreo central (adultos), la vejez o el desempleo juvenil (final de la adolescencia).
En nuestro medio, uno de los autores que ha encarado el estudio de las consecuencias psicosociales del desempleo es Malfé. En su libro Fantásmata examina cuatro formas de representación del trabajo (arcaica, tradicional, moderna y flexible) cuya prevalencia de una u otra en cada quien (si bien se presentan como mentalidades yuxtapuestas) determina las configuraciones y repercusiones subjetivas de la desocupación. En otro texto (Galli y Malfé; 1996) se detienen en los conceptos de conflicto y crisis. Por un lado los diferencian entre sí (las crisis son más globales y duraderas que los conflictos). Por otro, categorizan tres tipos de crisis: previsibles (por ejemplo, adolescencia, jubilación, etc.), previsibles pero no datables por anticipado (fallecimiento de progenitores, por ejemplo) y posibles pero no previsibles (accidentes, despidos, etc.). Finalmente establecen tres parámetros para considerar el valor potencialmente patógeno de una crisis. No será patológica mientras no altere la capacidad de transformar y transformarse activamente, se conserve la percepción del sufrimiento como parte de la vida y con un sentido y permanezca la capacidad de imaginar.
Todo ello nos recuerda las afirmaciones de Freud según las cuales el trabajo constituye un elemento de valor en la salud y la economía psíquica, en tanto liga con firmeza al individuo a la realidad y es una vía privilegiada para las transformaciones auto y aloplásticas.
En el próximo apartado examinaré el concepto de trabajo desde la perspectiva psicoanalítica. A partir de construir la noción de pulsión laboral podremos conocer en detalle la dinámica y función del trabajo en lo psíquico, su metapsicología, que constituye una parte del fundamento requerido para comprender la dimensión subjetiva de la desocupación.
La pulsión laboral
Tal vez sorprenda al lector la referencia a una pulsión laboral. Pues bien, creo que resulta pertinente teórica y clínicamente la construcción de dicha noción. Desde la perspectiva del concepto genérico de pulsión recordemos que para Freud se trata de una exigencia de trabajo para lo psíquico. De manera que si nos preguntamos qué es trabajo desde el punto de vista psíquico, la respuesta inicial aparece con la definición de pulsión. Freud también caracteriza a la pulsión como motor del desarrollo. En cuanto al atributo específico (“laboral”), entiendo que se trata de la conjugación de mociones libidinales, egoístas y agresivas que se plasman en la actividad productiva. En rigor tomamos la pulsión laboral como un derivado de otra pulsión compuesta, la pulsión social, “que acaso no sea originaria e irreductible” (Freud; 1921, pág. 68), en tanto se despliega en el mundo del trabajo.
La noción de pulsión social (junto con sus conceptos relacionados) resulta de gran valor para pensar tanto los problemas clínicos (sobre todo aquellos referidos a la intersubjetividad) como las vicisitudes institucionales y, en particular, lo relativo a la organización del trabajo. En distintos textos Freud (1911, 1921) se ha ocupado de la pulsión social para referirse a una inclinación descomponible en elementos egoístas (autoconservación), eróticos (libido homosexual) y agresivos. Dice Freud: “las aspiraciones homosexuales se conjugan con sectores de las pulsiones yoicas para constituir con ellas, como componentes apuntalados, las pulsiones sociales, y gestan así la contribución del erotismo a la amistad, la camaradería, el sentido comunitario y el amor universal por la humanidad” (Freud; 1911, pág. 57). “El sentimiento social descansa en el cambio de un sentimiento primero hostil en una ligazón de cuño positivo” (Freud; 1921, pág. 115). La actividad laboral sostenida en la pulsión social, entonces, es un método apto para orientar la hostilidad en el sentido de lo útil (Plut; 2000).
Dejours es uno de los autores que más ha desarrollado una concepción psicodinámica del trabajo. Inicialmente inauguró la corriente denominada Psicopatología del Trabajo, que fue definida como “el análisis del sufrimiento psíquico resultante de la confrontación de los hombres con la organización del trabajo” (Dejours; 1998, pág. 24). Luego, extendió los alcances de su investigación y su abordaje y optó por la denominación de Psicodinámica del Trabajo, cuyo objeto es “el análisis psicodinámico de los procesos intersubjetivos movilizados por la situación de trabajo” (op. cit.; pág. 24).
En esta orientación toman como base un hallazgo de la ergonomía según el cual existe un desfasaje irreductible entre la tarea prescrita y la actividad real de trabajo. La organización del trabajo no es estrictamente sufrida por los trabajadores pues todas las prescripciones y consignas se reinterpretan y reconstruyen. Lo central de los problemas estudiados por el análisis psicodinámico de las situaciones de trabajo deriva, justamente, del desconocimiento (e incluso la negación) de las dificultades concretas que los trabajadores deben encarar debido a la imperfección irreductible de la organización del trabajo.
Desde esta perspectiva, entonces, el trabajo es la actividad desplegada por los hombres y las mujeres para enfrentar lo que no está dado por la organización prescrita del trabajo. Esta visión los lleva a cuestionar la división tradicional entre trabajo de concepción y trabajo de ejecución, en tanto todo trabajo siempre es, al menos en parte, de concepción. El trabajo es el fragmento humano de la tarea, del proceso, ya que se requiere allí donde el orden tecnológico y de las máquinas es insuficiente.
La perspectiva freudiana del trabajo no ha sido tan desarrollada y es, precisamente, la que hace ya casi una década vengo investigando y aplicando. Desde esta línea de pensamiento nos encontramos con un conjunto de ideas de Freud que no han recibido la necesaria atención. La escasa literatura psicoanalítica sobre esta temática está orientada a problemas organizacionales con tenues consideraciones sobre la subjetividad. Quiero destacar, no obstante, los aportes de Maldavsky (2000), Malfé (1994) y Menninger (1943).
Curiosamente, en ocasión de definir la salud y las metas del tratamiento psicoanalítico, Freud distingue dos terrenos de pertinencia: el amor y el trabajo. También señala que ninguna acción une al individuo tan firmemente a la realidad como el trabajo, este lo inserta en la comunidad humana y regula sus vínculos y la distribución de bienes. En síntesis, pensar la actividad laboral desde el punto de vista psicoanalítico supone considerar el valor del trabajo en la economía psíquica, la importancia de la actividad en su relación con la naturaleza y su función en las relaciones intersubjetivas.
Algunos autores de orientación freudiana han puesto el acento en el concepto de sublimación. Menninger (1943) señala que el trabajo es una forma particular y privilegiada de la sublimación. Para este autor el yo tiene que dirigir no solo los impulsos sexuales sino también tendencias agresivas. Si las mociones eróticas dominan lo suficiente, el resultado será una conducta constructiva; si los impulsos agresivos dominan, el resultado será una conducta más o menos destructiva. De todos los métodos disponibles para orientar las energías agresivas en una dirección útil el trabajo ocupa el primer lugar.
En El malestar en la cultura Freud (1930) examina la oposición entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura, de lo cual deriva una triple fuente de sufrimientos: del cuerpo propio, del hiperpoder de la naturaleza y de los vínculos con los otros. En ese mismo texto, así como en Tipos libidinales (1931), plantea de forma sintética un modo de categorizar los estilos individuales: narcisista, de acción y erótico; según predomine la libido narcisista, la pulsión de dominio o la pulsión sexual.
La satisfacción en el trabajo, entonces, puede estar relacionada con el reconocimiento que se obtiene, o bien puede relacionarse con el producto (un artesano con su obra), o bien puede derivar del placer por la cooperación.
Dejours (1998) toma el triángulo de Sigaut (en relación con la dinámica de la identidad), cuyos vértices son Real - Ego – Otros y lo adapta según la psicodinámica del trabajo: Trabajo – Sufrimiento – Reconocimiento. Si extendemos un poco más estas tres dimensiones podemos establecer diferentes correlaciones.
Por ejemplo, la dimensión de la actividad, se orienta hacia la naturaleza, supone el estilo de acción, comprende la pulsión de dominio y la satisfacción está dada por la obtención de un producto, un resultado. El sufrimiento, en cambio, remite a la dimensión del sujeto, en virtud de su cuerpo y su psiquismo. Asimismo, refiere al estilo narcisista, sostenido en la libido narcisista y la autoconservación, en tanto la satisfacción deviene por el reconocimiento. Por último, la dimensión organizacional (o institucional) supone un eje centrado en los vínculos, requiere del estilo erótico, cuya pulsión en juego es la sexual y la satisfacción se alcanza por la cooperación.
Por último, para cerrar este apartado sobre la noción de trabajo, apuntemos que para Freud la actividad laboral:
- Permite procesar la hostilidad fraterna, libido homosexual, libido narcisista, pulsión de apoderamiento o dominio.
- Constituye un escenario en que pueden desplegarse sentimientos de injusticia, celos, envidia, furia (por obedecer a una realidad contrapuesta al principio de placer).
- Cuestiona los vínculos adhesivos (que se acompañan de una falta de investidura de atención dirigida hacia el mundo).
- Permite desarrollar los sentimientos de pertenencia, la ambición y la creatividad.
- Es un modo de desarrollar los vínculos exogámicos, buscar reconocimiento social y lograr una independencia orgullosa respecto de la autoridad de los progenitores.
Duelo y trauma del desempleo
Sin duda uno de los problemas sobre el que pivotean muchas observaciones es el tipo de duelo que exige el desempleo. A quien ha perdido su trabajo se le impone la necesaria elaboración por aquello que se tuvo, según la lógica que Freud advierte: examen de realidad, clausura, sobreinvestidura y desasimiento (Freud; 1915). El examen de realidad muestra la ausencia del objeto y exhorta a sustraer la libido de sus nexos con él. Este proceso se ejecuta no sin cierta repulsa y se va consumando pieza por pieza con un gran gasto de tiempo y energía. “Cada uno de los recuerdos y cada una de las expectativas en que la libido se anudaba al objeto son clausurados, sobreinvestidos y en ellos se consuma el desasimiento” (op. cit.; pág. 243) (la negrita es mía). Creo que podemos subrayar no solo los cuatro pasos del proceso de duelo sino, además, rastrear el destino de los recuerdos, por un lado, y de las expectativas, por otro. Tengo la impresión de que la finalización relativa del proceso surge de la desinvestidura (aunque sea parcial) de los recuerdos y el deslinde de estos últimos de la investidura de expectativas. Ello permitirá la búsqueda e investidura de objetos sustitutos.
Asimismo cabe preguntarse, en el marco de las dificultades del mundo laboral, acerca de la naturaleza de lo perdido. Puede ocurrir que uno pierda el trabajo, pero también puede suceder que lo perdido sea un compañero a quien han despedido o bien un cierto clima o formas de trabajo (por cambios organizacionales, restricciones económicas, etc.). En el caso de las llamadas reestructuraciones, cuando muchos de los que trabajan “quedan en la calle” pero al menos por un tiempo no le ha tocado a uno, suelen entrar en pugna intensos sentimientos de culpa (e identificación con los que han quedado afuera) con las investiduras narcisistas y egoístas que permiten sustraerse del destino de lo perdido.
La magnitud en aumento del problema, en cuyo horizonte se lo visualiza como irreversible, impone un sesgo peculiar al duelo por el trabajo perdido. Se trata de un duelo casi imposible, un duelo ya no por algo que hemos tenido, sino por lo que no vamos a tener. Un futuro cuyo problema no es la incertidumbre sino la desesperanza, la falta de metas, duelar lo que no va a ser. Progresivamente se va desarrollando un proceso de descomplejización que va sustituyendo la dinámica de la esperanza por un apego desconectado y la resolución por vía del circuito según el modelo del arco reflejo.
También debemos considerar el valor funcional y/o negativo de la vergüenza. He observado, en pacientes que se encuentran sin trabajo, que el sentimiento de vergüenza puede aparecer ligado al estar desocupados o bien al hecho de tener que buscar un empleo. Aquellos en quienes la vergüenza deviene de estar desempleados tienen mayor posibilidad de investir la nueva búsqueda. En cambio, quienes se avergüenzan de buscar manifiestan un sentimiento de injuria narcisista ante la posibilidad, por ejemplo, de ser vistos mientras leen avisos clasificados. Incluso, y llamativamente, les sucede aun estando solos en sus casas. Se van replegando en un estado de apatía y furia (con cierta megalomanía) en el cual va desapareciendo el sentimiento de vergüenza. Cuando Freud diferencia el duelo y la melancolía señala, como uno de los observables, la falta de vergüenza en la segunda. En algunos casos se evidencia la rabia por tener que acatar una realidad, en otros aparece más la tendencia a la autodenigración. Parafraseando a Freud podríamos decir que en ellos la sombra del trabajo cayó sobre el yo.
En lo que sigue presentaré una visión del desempleo a partir de considerarlo como una incitación exógena traumática. Con ello destaco del conjunto de hipótesis freudianas aquellas que permiten reconocer y comprender lo social y la realidad como una fuente de estimulaciones insoportables. Al mismo tiempo este recorte supone dejar de lado numerosos problemas. Menciono solo algunos de los temas que no consideraré aquí: la producción psíquica de lo social y la significatividad especifica y singular del desempleo. También omito desarrollar lo que he dado en llamar la dinerización de la libido (en contraposición a la libidinización del dinero), caracterizada por lo cuantitativo, en procura de un aumento constante de la tensión, la resolución vía alteración interna y el trastorno de la autoconservación. Al principio de este artículo he planteado la complejidad de abordar un examen de los efectos psíquicos del desempleo. En parte, tal complejidad deriva de las múltiples perspectivas teóricas y metodológicas así como de los diversos aspectos que pueden ser considerados. Pero también debemos incluir, entre las razones de la complejidad, nuestra particular implicación en el contexto social. Puede ocurrir que estemos implicados más o menos directamente: estar uno sin trabajo, o bien que un familiar o amigo atreviese esta situación; puede suceder que instituciones de las que formamos parte o hemos sido miembros atreviesen períodos de deterioro (más o menos definitivos). También quedamos implicados según nuestra postura respecto de la injusticia y la desigualdad.
En este marco delimitamos tres parámetros para pesquisar la dimensión y alcance traumático del estado social de desocupación: la posibilidad de desarrollo subjetivo (nexos con lo diverso), cómo y hasta donde se ve trastornada nuestra cotidianeidad y la relación entre incitación exógena y coraza de protección antiestímulo. Este último punto conviene explicarlo brevemente. Freud distingue dos tipos de estímulos externos insoportables. Uno de ellos perfora la coraza de protección y promueve un estado de dolor que impone una redistribución energética para contornear la zona de intrusión, neutralizar su efecto y lograr el restablecimiento. También puede ocurrir que el estímulo arrase con la coraza de protección resultando imposible, al menos temporalmente, el esfuerzo de restablecimiento.
Estas hipótesis pueden complementarse con aquellas que Freud expuso sobre los dos tipos de trauma y combinan el vector de la intensidad con el de la frecuencia. En efecto, Freud afirmó que existen traumas derivados del impacto de un solo golpe y aquellos que resultan de la sumación de incitaciones menores. Tal diferencia podría corresponder a los casos de despido y amenaza cotidiana respectivamente.
Hemos observado que la amenaza de perder el trabajo puede potenciar la disposición a la adicción al trabajo como forma de procesar los componentes persecutorios y celotípicos. También puede ocurrir que se desplieguen tendencias inversas, tales como los vínculos adhesivos y una postura acreedora.
Gonzalo
Gonzalo consultó aproximadamente a los 24 años en un estado de inactividad generalizada. En aquel momento había terminado una relación de pareja, no estudiaba ni trabajaba. Sus días transcurrían despertándose hacia el mediodía y durante la tarde pasaba horas mirando el movimiento de la Bolsa en un canal de televisión por cable. En aquel momento trabajamos sobre su desconexión de la realidad, a la cual sustituía por una suerte de apego a la televisión (que luego, como veremos, se desplazó a la PC y el teléfono en su trabajo). Tal desconexión se consumaba a través de la proyección de su propia motricidad. En lugar de realizar acciones, miraba como variaba la cotización de las acciones, de las cuales quedaba suprimida la cualidad.
Unos meses más tarde comenzó a trabajar en una empresa de telefonía. Su tarea, en el sector de atención al cliente, se desarrollaba de lunes a sábado de 16 a 24 hs. con un teléfono y una PC, y consistía en recibir telefónicamente todo tipo de demandas, reclamos y quejas de los clientes. Todo esto debía desarrollarse con un alto grado de eficiencia en cuanto a la resolución del problema y la rapidez de la respuesta. Toda la información, sea del llamado del cliente, cuanto de la acción del operador, consta en la PC para ser controlada por un supervisor. A ello se le sumaba el requerimiento de un mínimo de 86 llamados diarios que debían ser atendidos y resueltos. No obstante, los operadores eran “alentados” a superar dicho mínimo. Si bien se les otorgaba un plazo inicial de 3 meses (previa capacitación) para superar los 86 llamados, Gonzalo optó por intentarlo desde el comienzo, logrando ya el primer mes resolver adecuadamente un promedio de 125.
Gonzalo, que para ese momento había iniciado sus estudios universitarios en comercialización, se mostraba muy entusiasmado con la organización e intensidad de la tarea, a pesar de prever dificultades horarias en su próxima inscripción en la facultad. Parte del entusiasmo de Gonzalo derivaba de un supuesto trabajo en grupos coordinados por un “líder”. Llamativamente, cuando describía la dinámica de su tarea lo grupal no aparecía más que en las comparaciones competitivas sobre la eficiencia de cada uno, estando toda su jornada en relación con su teléfono y su PC. Por otro lado, refería que recurrentemente (sobre todo los sábados) soñaba con la empresa (sueños en los que el contenido estaba ligado a la exigencia del trabajo) y se despertaba dos o tres veces por noche. Los domingos (único día franco) no podía dejar de pensar en el trabajo pendiente. Incluso algunos domingos concurría “voluntariamente” a terminar algunas tareas. Gonzalo mostraba intensos sentimientos de culpa respecto, por ejemplo, de no poder aumentar la cantidad de llamados. En una ocasión, por su temprano buen rendimiento, su líder le asignó una tarea que habitualmente se le pedía a quienes trabajaban hacía más de tres meses. Como no pudo realizarla correctamente su evaluación fue: “le fallé a mi líder”.
Dos años después, cuando Gonzalo ya había accedido a la posición de líder, la empresa comenzó un fuerte proceso de reestructuración a partir del cual despidieron a gran cantidad de empleados, modificaron el sistema de remuneraciones (redujeron significativamente los premios por productividad) y se desarrollaron cambios en la forma de trabajar (ritmos, líneas de mando, etc.). Ello nos permitirá observar como se ensamblan las vicisitudes subjetivas con las injusticias y el desamparo institucional.
Gonzalo cuenta que diariamente se refieren a la compañía como Expedición Robinson (en alusión al programa televisivo en el que se desarrolla una competencia primero entre dos grupos, de los cuales se van eliminando sus miembros, hasta que en un momento la competencia se desarrolla entre los que van quedando, ya no por grupos). La metáfora utilizada, entonces, contiene los siguientes componentes: un sistema de vida precario, competencia feroz, eliminación de unos por otros, y, según lo decía Gonzalo, “alianzas y solidaridad que en el fondo son débiles y ficticias”. Luego de una sucesión de despidos (“las bombas caen cada vez más cerca”) la superior inmediata de Gonzalo le anuncia que ya “no hay más despidos”. A los pocos días ese anuncio se vio desmentido por la realidad, pues hubo más y más despidos. El argumento de ella fue “no se los podía decir, porque si no ¿cómo se iban a sentir?”.
En cuanto a los objetivos diarios de llamadas atendidas, en virtud de que los sistemas de respuesta automática se fueron sofisticando, se redujo lo requerido. Así como antes los operadores intentaban superarlo ahora “se aspira a no pasarlo” porque ello podría eliminar puestos de trabajo, “el objetivo, ahora, no es crecer sino sobrevivir”. Por momentos Gonzalo se consuela pensando que “el barco no se va a hundir”, con lo cual intenta no solo consolarse sino recuperar algo de aquella idealización por la empresa mediante la cual quedaba fusionado con ella. No obstante, rápidamente se encuentra ante una contradicción: “uno pasa a quedar ubicado en el lugar del que remando no ayuda sino que hunde”. Contradicción que le permite diferenciarse de la empresa (él no es el barco) pero que lo introduce en una batalla con sus compañeros (¿quién quedará remando y quienes no?). “Ahora no tenemos que superar los objetivos porque eso quita un puesto de laburo, así que todo lo que aprendí de motivación, valor agregado, ya no sirve. Están los que desde la rivalidad van a trabajar más, pero no para superarse sino para poder quedarse eliminando a otros. Me cambiaron la empresa, antes éramos los que crecíamos hasta el infinito, ahora volvimos a ser una empresa del Estado”. Cada equipo estaba conformado por 10 operadores y un líder (actual puesto de Gonzalo). Cuando echaron a un líder los 10 operadores de ese grupo fueron redistribuidos en los otros equipos, situación que le da a Gonzalo un cierto “respiro”, pues ahora tendrá la “oportunidad” de que echen a dos o tres de su grupo sin que aun haga falta echarlo a él.
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(*) Publicado en Actualidad Psicológica, N° 293, 2001.
domingo, 28 de junio de 2009
8 apreciaciones
Sebastián Plut
I. Influido por una conversación familiar y por las próximas elecciones, soñé que –durante un almuerzo entre amigos- estaban Prat Gay y Heller. Luego de escucharlos hablar, le pedía a Prat Gay que me cuente sus defectos. Le decía que si había tantos problemas irresueltos, sería bueno que los políticos digan qué es lo que no sabrán o podrán hacer.
II. El discurso político suele tener valor como acto, como escena desplegada con algu-na finalidad: generar adhesiones, fortalecer hostilidades, presionar, enmascarar, son actos que generan actos, reforzar la legitimidad, autoridad y credibilidad del enuncia-dor, hacer creer (también hacer sentir o hacer hacer).
III. El político se presenta como una persona objetiva y racional, lo cual tiende a en-cubrir una estrategia inductora. Es decir, expone un conjunto de ideas y valores con el objeto de disminuir la desconfianza ajena. También procura modelar la propia imagen según lo que el otro desea, por lo cual importan sus deseos e ideales pero también los que se atribuyen a quienes escuchan.
IV. Qué lugar debemos darle a un líder político, qué posibilidades efectivas tiene aquel de ser fiel a sus premisas y promesas, qué fragmentos anímicos e intersubjetivos son determinantes de los tipos de elección y, a su vez, quedan representados (o desesti-mados) por los conductores, cómo concilia cada grupo dirigente las exigencias prove-nientes de las aspiraciones de los miembros de una comunidad, de las tradiciones y valores y de la realidad, qué distancias se presentan entre la forma democrática de una elección y el carácter democrático (o no) de un candidato, son algunos de los in-terrogantes que aguardan estudios concretos. Suele decirse con creciente malestar que los políticos no nos representan, dado que cuando asumen persiguen sus propios in-tereses personales o corporativos. Sin embargo, aun siendo cierto, podemos pregun-tarnos si los políticos no son representativos de algún fragmento intersubjetivo especí-fico. Un político podrá ser representante de uno o más sectores del entramado psíquico y vincular: el ello, la realidad y/o el superyó. Podrá ocurrir que un político no represen-te nuestros ideales, no obstante sí represente nuestra vida pulsional; más aun, que sus acciones subroguen la consumación irrestricta de nuestros procesos desiderativos.
V. Freud ha señalado que el otro puede ocupar diversas posiciones: objeto, rival, mo-delo, ayudante y doble. Los objetos, son aquellos con los cuales el sujeto despliega su deseo de hacer (con el otro), en tanto los rivales corresponden a los semejantes cuyo deseo es similar al del sujeto pero a quienes el yo no puede suponer como eliminables. Si en la política quedan jerarquizados los abusos de poder, los discursos falsos, las manipulaciones emocionales o el afán de ganancia, no predominan los lazos fraternos ni los rivales. Es lo que Freud denominó masas de a dos, en las que el yo se rodea de dobles idénticos y ayudantes y se opone a dobles hostiles, con los cuales el único pro-yecto es su eliminación. Algo similar ocurrirá con aquellos que queden colocados en la posición de ayudantes, a quienes no se les considera un deseo sino que son utilizados como instrumentos, que finalmente serán descartados.
VI. La complejización de los ideales deriva del esfuerzo psíquico por darle cabida en lo anímico a una realidad traumatizante: la imposibilidad de que una vivencia permita acceder duraderamente a una felicidad absoluta. Admitir la caída de la ilusión de omni-potencia supone un duelo por la pérdida de un objeto sensual. La función complejizan-te de los duelos, pues, permite fundamentar por qué resulta inconveniente una reelec-ción indefinida en el terreno de los cargos políticos. La renuncia (pulsional) a un objeto idealizado, probablemente decante como complejización comunitaria. Recordemos que el proceso de duelo permite que el objeto perdido continúe –reelaborado- en lo psíqui-co, sin pérdida del yo, a menos que el proceso previo de elección de objeto se haya realizado según el tipo narcisista. La función complejizante del duelo, pues, cuestiona un vínculo narcisista, se opone a la rebaja del sentimiento yoico por depositación libidi-nal (en un líder carismático) y objeta la distribución posicional centrada en los dobles y ayudantes que excluyen el lugar de objeto y rival. La comunidad generada por la dis-posición a la elección narcisista sólo privilegia aquellos objetos en los que el yo puede reconocerse, ya sea que se ubiquen como modelos (lo que desearía ser) o como do-bles. Cuando prevalece un liderazgo de tipo carismático los procesos complejizantes pueden quedar interferidos, dado que rige la lógica de las masas de a dos con la con-siguiente ilusión de coincidencia entre el yo con un ideal (con una desmentida de las diferencias). La fascinación promovida por el líder carismático, por lo tanto, obstaculiza el establecimiento de lazos fraternos entre los miembros del grupo y la decantación como conquista anímica del objeto perdido.
VII. Si el voto es una de las prácticas de la democracia, no lo es porque el más votado sea, necesariamente, un personaje democrático. Lo que le confiere un sentido demo-crático al voto es su mínima incidencia. Este rasgo que, para algunos es causa de una vivencia de insignificancia (expresada como apatía) para mí es, precisamente, el que determina su potencia democrática. Lo que para algunos será “mi voto no mueve la aguja”, para mí significa que “mi poder como ciudadano no debe ser más que una me-dida restringida”. Matemáticamente, a mayor cantidad de votos que obtiene un candi-dato, menor es el porcentaje de incidencia del voto de cada uno de los que lo eligió.
VIII. El mensaje político encuentra su eficacia no tanto en el contenido que transmite, en aquello que se informa, sino en inducir o promover una forma regresiva de pensar (simplificada, sin dudas, por imágenes y creencias, etc.). Recuperamos nuestra lucidez si tomamos nota de las contradicciones que nos entrampan. Contradicciones entre el ayer y el hoy de un candidato, entre lo que vemos y oímos, entre lo que percibimos y lo que sentimos, etc. Con solo estar atentos, las incongruencias se muestran en cual-quier esquina. En suma, las promesas y consignas son de los otros, las dudas y el pen-samiento son de nosotros.
I. Influido por una conversación familiar y por las próximas elecciones, soñé que –durante un almuerzo entre amigos- estaban Prat Gay y Heller. Luego de escucharlos hablar, le pedía a Prat Gay que me cuente sus defectos. Le decía que si había tantos problemas irresueltos, sería bueno que los políticos digan qué es lo que no sabrán o podrán hacer.
II. El discurso político suele tener valor como acto, como escena desplegada con algu-na finalidad: generar adhesiones, fortalecer hostilidades, presionar, enmascarar, son actos que generan actos, reforzar la legitimidad, autoridad y credibilidad del enuncia-dor, hacer creer (también hacer sentir o hacer hacer).
III. El político se presenta como una persona objetiva y racional, lo cual tiende a en-cubrir una estrategia inductora. Es decir, expone un conjunto de ideas y valores con el objeto de disminuir la desconfianza ajena. También procura modelar la propia imagen según lo que el otro desea, por lo cual importan sus deseos e ideales pero también los que se atribuyen a quienes escuchan.
IV. Qué lugar debemos darle a un líder político, qué posibilidades efectivas tiene aquel de ser fiel a sus premisas y promesas, qué fragmentos anímicos e intersubjetivos son determinantes de los tipos de elección y, a su vez, quedan representados (o desesti-mados) por los conductores, cómo concilia cada grupo dirigente las exigencias prove-nientes de las aspiraciones de los miembros de una comunidad, de las tradiciones y valores y de la realidad, qué distancias se presentan entre la forma democrática de una elección y el carácter democrático (o no) de un candidato, son algunos de los in-terrogantes que aguardan estudios concretos. Suele decirse con creciente malestar que los políticos no nos representan, dado que cuando asumen persiguen sus propios in-tereses personales o corporativos. Sin embargo, aun siendo cierto, podemos pregun-tarnos si los políticos no son representativos de algún fragmento intersubjetivo especí-fico. Un político podrá ser representante de uno o más sectores del entramado psíquico y vincular: el ello, la realidad y/o el superyó. Podrá ocurrir que un político no represen-te nuestros ideales, no obstante sí represente nuestra vida pulsional; más aun, que sus acciones subroguen la consumación irrestricta de nuestros procesos desiderativos.
V. Freud ha señalado que el otro puede ocupar diversas posiciones: objeto, rival, mo-delo, ayudante y doble. Los objetos, son aquellos con los cuales el sujeto despliega su deseo de hacer (con el otro), en tanto los rivales corresponden a los semejantes cuyo deseo es similar al del sujeto pero a quienes el yo no puede suponer como eliminables. Si en la política quedan jerarquizados los abusos de poder, los discursos falsos, las manipulaciones emocionales o el afán de ganancia, no predominan los lazos fraternos ni los rivales. Es lo que Freud denominó masas de a dos, en las que el yo se rodea de dobles idénticos y ayudantes y se opone a dobles hostiles, con los cuales el único pro-yecto es su eliminación. Algo similar ocurrirá con aquellos que queden colocados en la posición de ayudantes, a quienes no se les considera un deseo sino que son utilizados como instrumentos, que finalmente serán descartados.
VI. La complejización de los ideales deriva del esfuerzo psíquico por darle cabida en lo anímico a una realidad traumatizante: la imposibilidad de que una vivencia permita acceder duraderamente a una felicidad absoluta. Admitir la caída de la ilusión de omni-potencia supone un duelo por la pérdida de un objeto sensual. La función complejizan-te de los duelos, pues, permite fundamentar por qué resulta inconveniente una reelec-ción indefinida en el terreno de los cargos políticos. La renuncia (pulsional) a un objeto idealizado, probablemente decante como complejización comunitaria. Recordemos que el proceso de duelo permite que el objeto perdido continúe –reelaborado- en lo psíqui-co, sin pérdida del yo, a menos que el proceso previo de elección de objeto se haya realizado según el tipo narcisista. La función complejizante del duelo, pues, cuestiona un vínculo narcisista, se opone a la rebaja del sentimiento yoico por depositación libidi-nal (en un líder carismático) y objeta la distribución posicional centrada en los dobles y ayudantes que excluyen el lugar de objeto y rival. La comunidad generada por la dis-posición a la elección narcisista sólo privilegia aquellos objetos en los que el yo puede reconocerse, ya sea que se ubiquen como modelos (lo que desearía ser) o como do-bles. Cuando prevalece un liderazgo de tipo carismático los procesos complejizantes pueden quedar interferidos, dado que rige la lógica de las masas de a dos con la con-siguiente ilusión de coincidencia entre el yo con un ideal (con una desmentida de las diferencias). La fascinación promovida por el líder carismático, por lo tanto, obstaculiza el establecimiento de lazos fraternos entre los miembros del grupo y la decantación como conquista anímica del objeto perdido.
VII. Si el voto es una de las prácticas de la democracia, no lo es porque el más votado sea, necesariamente, un personaje democrático. Lo que le confiere un sentido demo-crático al voto es su mínima incidencia. Este rasgo que, para algunos es causa de una vivencia de insignificancia (expresada como apatía) para mí es, precisamente, el que determina su potencia democrática. Lo que para algunos será “mi voto no mueve la aguja”, para mí significa que “mi poder como ciudadano no debe ser más que una me-dida restringida”. Matemáticamente, a mayor cantidad de votos que obtiene un candi-dato, menor es el porcentaje de incidencia del voto de cada uno de los que lo eligió.
VIII. El mensaje político encuentra su eficacia no tanto en el contenido que transmite, en aquello que se informa, sino en inducir o promover una forma regresiva de pensar (simplificada, sin dudas, por imágenes y creencias, etc.). Recuperamos nuestra lucidez si tomamos nota de las contradicciones que nos entrampan. Contradicciones entre el ayer y el hoy de un candidato, entre lo que vemos y oímos, entre lo que percibimos y lo que sentimos, etc. Con solo estar atentos, las incongruencias se muestran en cual-quier esquina. En suma, las promesas y consignas son de los otros, las dudas y el pen-samiento son de nosotros.
Revisión epistemológica y crítica del concepto de patologías actuales (*)
Sebastián Plut
Introducción
El desarrollo de una ciencia requiere de un complejo proceso de enlaces sucesivos entre los hechos que procura investigar y la teoría de la cual dispone. Sólo a partir de estos nexos es que dicha ciencia, en nuestro caso el psicoanálisis, podrá conquistar progresivamente una perspec-tiva más sofisticada de los fenómenos abordados (discurso, lenguaje no verbal, motricidad, etc.) y un refinamiento de sus hipótesis. Por mi parte, considero que la investigación científica es un trabajo colectivo en el cual se reúnen los consensos y disensos, los avances y retrocesos, las ratificaciones y rectificaciones. Este proceso supone que se despliegue una tensión fecunda en el encuentro complejizante entre las propuestas originarias y lo nuevo, lo diverso.
En lo que sigue, pues, me propongo examinar, a modo de ejercicio epistemológico, la noción de “patologías actuales”. Conviene aclarar, por un lado, que me ceñiré al examen de esta noción en el marco de los estudios psicoanalíticos. Por otro lado, también deseo agregar que no pre-tendo con estas reflexiones eliminar o invalidar la categoría sujeta a examen, sino esbozar ru-dimentariamente un proceso de puesta a prueba de la misma, tal como toda disciplina científica busca advertir el grado de refutabilidad de cada una de sus propias hipótesis.
Toda denominación suele tener una razón de ser, sea cuando elegimos el nombre de un hijo, sea cuando intentamos acuñar un concepto. En el primer caso, los factores determinantes se-rán, por ejemplo, el simple gusto o la tradición. En cambio, cuando se trata de una noción teó-rica, se presentan otros requerimientos relativos a la justificación y a la explicación. Es decir, será preciso fundamentar por qué se hace necesario dicho concepto y, a la vez, por qué se escoge ese y no otro. La necesidad de un concepto nuevo, a su vez, responde al hallazgo de un fenómeno aun no descripto y a la inexistencia de nociones que resulten válidas para su desig-nación.
Resulta indudable que la realidad se va modificando, se van produciendo transformaciones o alteraciones que pueden ser transitorias o duraderas. Sin embargo, tendremos que ser cuidado-sos al momento de definir de qué se tratan tales cambios, qué aspectos son los que se modifi-can y cuáles son sus consecuencias. Cuando sostenemos la idea de un cambio en la realidad clínica tendremos que ser precisos en cuanto a identificar si tales cambios corresponden a transformaciones en la subjetividad o bien a desarrollos teóricos que permiten refinar nuestros juicios.
Veamos un pequeño ejemplo: un paciente logra concretar el proyecto de ir a hacer un posgrado en una universidad de los Estados Unidos. Al finalizar el mismo, obtiene un importante trabajo en un país de Centroamérica. En ese momento, me solicita retomar el análisis conmigo a través de sesiones telefónicas. Yo acepto su propuesta y trabajamos durante un tiempo. En ese perío-do, en una ocasión me envía un mail pidiéndome un “cambio de hora” pues al día siguiente (en el horario de su sesión) tiene que estar “temprano en su oficina para una reunión con Asia”.
No pretendo hacer un análisis del caso sino solamente mostrar que esta breve viñeta clínica evidencia numerosas transformaciones, ya sea sobre el encuadre psicoanalítico, ya sea sobre la realidad en general. Sobre lo primero (encuadre) puedo mencionar: análisis de una sola sesión semanal, sesiones telefónicas, pedido de cambio de horario vía mail, pago de sesiones por transferencia bancaria. En relación con los cambios sociales, cabe referir no sólo las sucesivas migraciones sino, en particular, aquello que el paciente denominó una “reunión con Asia”. Sin embargo, todos estos cambios no nos dicen mucho acerca de la existencia de nuevos cuadros clínicos. En ocasiones, se alude a “nuevas subjetividades” (por ejemplo, ligadas con las nuevas tecnologías de la información), no obstante cabe señalar que el término “subjetividad” suele resultar ambiguo e impreciso. Esto es, ¿cuál es la definición subyacente del concepto de subje-tividad? ¿En qué niveles o estratos del aparato psíquico se dan los cambios a los que aludimos con “nuevas subjetividades”? tengamos en cuenta que la realidad puede perturbar la erogenei-dad de un sujeto, pero también puede ocurrir que sólo se modifiquen ciertas representaciones-palabra, identificaciones de la superficie anímica, rasgos del carácter, etc. Asimismo, aun así resta examinar el pasaje desde la noción de subjetividad a las consideraciones psicopatológicas.
Las patologías actuales
Una revisión sumaria de diferentes artículos que tratan sobre el tema permite identificar que la denominación “patologías actuales” resulta de enfatizar distintos aspectos:
a) en ocasiones, alude a un conjunto de problemáticas anímicas que serían “novedosas”, se trataría de nuevas formas del padecer anímico;
b) en otras, más bien, no remite tanto a nuevas patologías, sino a cuadros psicopatológicos que, en la actualidad, tendrían una mayor presencia o que registrarían mayor incidencia en el conjunto de los pacientes;
c) algunos trabajos ponen el énfasis en el peso causal que tendrían las actuales condiciones de existencia;
d) por último, ciertos artículos exponen avances teóricos sobre un conjunto de hechos clíni-cos ya identificados en la bibliografía.
En cuanto a la distinción recién expuesta es necesario hacer dos observaciones. Por un lado, sin duda no es exhaustiva; por otro lado, no se trata de grupos de artículos que se excluyan mu-tuamente, sino del valor relativo que en cada publicación adquieren las argumentaciones co-rrespondientes. En efecto, mientras en el primer grupo se señala la presencia de nuevos fenó-menos, en el último se destaca la novedad teórica. Asimismo, mientras el segundo grupo pare-ciera incluir una suerte de consideración epidemiológica, el conjunto c) acentúa un vector etio-lógico presuntamente desconsiderado en la psicopatología.
Sea cuál fuere el enfoque con que se abordan las patologías actuales, un aspecto decisivo pare-ce ser, en todos los casos, que se trataría de problemáticas graves.
Si reunimos los 4 argumentos en una secuencia, tendríamos: 1°) condiciones actuales de exis-tencia 2°) nuevas formas del padecer anímico 3°) presencia estadísticamente significativa 4°) nuevos desarrollos teóricos .
Si lo expuesto hasta aquí posee un cierto grado de validez y pertinencia deberíamos poder res-ponder a un conjunto restringido de interrogantes:
1) ¿Cuáles son los cambios en las condiciones de existencia? ¿Qué aspectos novedosos tendrí-an un valor patógeno? ¿Se modifica con ello el modelo etiológico ya utilizado (supongamos, el de las series complementarias)? En todo caso, ¿Adquiere mayor eficacia alguna de las se-ries? ¿Se ha contrastado la época actual con otros períodos de la historia? ¿Cuál es el pe-ríodo que estamos considerando? ¿Los últimos 20 o 30 años?
2) Si admitimos la existencia de un cambio social de magnitudes y que ello tendría algún tipo de impacto subjetivo, ¿Cuáles son los rasgos subjetivos y/o psicopatológicos que se enlazan con la época? ¿Son aspectos nucleares del aparato psíquico o más bien son componentes de la superficie anímica?
3) ¿A partir de qué criterios se habría definido y detectado una mayor presencia?
4) Los nuevos desarrollos teóricos, ¿reflejan cambios detectados en los hechos clínicos o son modalidades más sofisticadas de comprenderlos?
En suma, los interrogantes que nos formulamos apuntan a: a) detectar la presencia-ausencia de un conjunto de cambios (sociales, clínicos, teóricos); b) definir los nexos entre ellos.
Puesta a prueba de la categoría estudiada
Hasta aquí presenté diversos interrogantes y parámetros que subyacen a la definición de “pato-logías actuales”. En lo que sigue expondré algunos argumentos que podrían constituir, si no objeciones, cuanto menos aspectos irresueltos de la categoría mencionada:
I. En primer lugar, entiendo que es importante diferenciar el desarrollo de un nuevo concepto (por ejemplo, cuando Freud definió la noción de “pulsión”) del desarrollo teórico sobre una nueva patología. Esto es, podría ser que identifiquemos nuevos padecimientos, no obstante podrán –o no- ser explicados con el repertorio de nociones ya existentes. En tal caso, el riesgo es que se presuma introducir un nuevo concepto cuando ya han sido desarrolladas nociones similares (quizá bajo otro nombre). Dicho de otro modo, aquí el problema sería el desconoci-miento de los desarrollos existentes.
II. Por otro lado, también es preciso subrayar que “patologías actuales” no supone, necesaria-mente, “nuevas patologías” .
III. Dada la semejanza con la noción freudiana de “neurosis actuales”, recordemos que la idea de “actuales” para Freud no remitía tanto a problemas psicosociales sino a la ausencia de un sentido histórico o valor simbólico de los síntomas descriptos. De hecho, las denominadas neu-rosis actuales, posteriormente, dieron lugar al desarrollo sobre las llamadas “afecciones psico-somáticas”.
IV. Habida cuenta de los cambios sociales, ¿supone ello un cambio en la estructura anímica de los sujetos? Por otro lado, ¿difiere la cualidad de los cambios actuales con la de otros períodos de la historia? La primera pregunta apunta a su se modifican los conceptos con los cuales com-prendemos el psiquismo. El segundo interrogante remite más bien a comprender la especifici-dad (si la hubiera) de los cambios actuales. Esto implica, a su vez, definir si lo determinante sería el hecho mismo de la transformación social, el estado social resultante, o ambas cosas.
V. Intuyo que las hipótesis que abordan la noción de patologías actuales deben considerar tres riesgos: a) ceder al refrán que dice “no hay nada nuevo bajo el sol”; b) quedar en un estado de fascinación ante discursos novedosos y superficiales; c) quedar presas del horror ante determi-nadas circunstancias. En el primer caso, el problema surgiría al quedar inmersos en una cerra-zón donde no habría nada nuevo que explicar y, a su vez, todo se explicaría con los conceptos e hipótesis ya existentes. El segundo riesgo conduciría, en cambio, a tomar de manera acrítica fórmulas o descripciones sugestivas pero carentes de fundamentación y, en muchas ocasiones, provenientes de otros campos disciplinares. Esto último, en rigor, introduce otro problema que es el de las relaciones interdisciplinarias, es decir, de qué modo las hipótesis de una ciencia se trasladan a otra. Finalmente, el horror puede llevarnos a situaciones similares a la fascinación, quizás con el agregado de una sensación de extrañeza o ajenidad respecto del mundo (social y/o clínico) en el que vivimos.
VI. Tomemos, por ejemplo, el conjunto de pacientes a partir de los cuales se realiza una inves-tigación sobre la transmisión generacional de los traumas. Al respecto, debemos remitirnos a los “traumas” padecidos por las generaciones previas (padres y/o abuelos), por ejemplo, como consecuencia de los campos de concentración. Por ello, más arriba, señalamos la importancia de precisar el lapso de tiempo (últimos 20, 30 años, etc.) que se está considerando. Dicho de otro modo, debemos identificar si los hallazgos remiten al descubrimiento de una nueva patolo-gía en los descendientes o bien remiten a un hallazgo teórico, a saber, la identificación de los mecanismos y vías de la transmisión de traumas. De hecho, si sostenemos la validez de deter-minada teoría (por ejemplo, sobre las neurosis traumáticas, los efectos de la violencia política extrema, etc.) no podemos omitir que la historia de la humanidad, lamentablemente, ha sido generosa en este tipo de hechos. De modo tal que las hipótesis con las que pensamos los efec-tos del nazismo o de las dictaduras en Latinoamérica deberán ser aplicables, al menos parcial-mente, a sucesos más antiguos.
VII. Otro de los puntos que conviene destacar es lo que podríamos denominar la “indigencia de la ciencia”. Con ello nos referimos a que en todos los campos, quizás sobre todo en el ámbito de las ciencias humanas, el avance científico es rezagado respecto de los hechos. Más aun, es frecuente escuchar que el arte describe y/o expresa anticipadamente lo que luego, tardíamente, logar desentrañar la ciencia. Si acordamos en ello, entonces, resultaría cuanto menos llamativo que hubieran aparecido las “patologías actuales” y, casi simultáneamente, la detección de las mismas, el desarrollo de hipótesis teóricas explicativas y el diseño de estrategias de abordaje. Con ello nos preguntamos, pues, si se trata de “patologías actuales” o, más bien, de “teorías actuales”.
VIII. Cuando Freud desarrolló su teoría sobre las neurosis no atinó a pensar que se trataba de “patologías actuales”. Es decir, no se arrogó el mérito de creer que –en tiempo real- estaba descubriendo “un nuevo fenómeno” o problema. Su posición fue la de quien admite que echaba un poco de luz sobre problemáticas existentes. Del mismo modo, cuando Freud desarrolló sus hipótesis sobre la desmentida, la escisión del yo o el fetichismo, no imaginó que la realidad estaba promoviendo –novedosamente- la producción de perversos.
IX. Es frecuente, sobre todo en las últimas décadas, leer textos que realizan pormenorizadas descripciones sobre los cambios sociales, en particular los trabajos de los denominados sociólo-gos o filósofos de la posmodernidad. Asimismo, también solemos encontrar que los analistas que aluden a las patologías actuales toman como base dichas descripciones. En tal sentido, son diversos los problemas a tener en cuenta (muchos de los cuales ya hemos comentado): a) ¿son válidas tales descripciones?; b) aun siendo válidas, ¿comprenden al conjunto de la sociedad o, más bien, remiten a determinadas circunstancias específicas?; c) nuevamente, aun siendo váli-das las descripciones sobre el estado de una sociedad, el tipo de vínculos, etc., ¿es válida la hipótesis del cambio? Es decir, el investigador deberá fundamentar no sólo por qué dice que la sociedad es como dice que es, sino, además, fundamentar la hipótesis acerca de que lo que ocurre no ocurría previamente; d) ¿qué nexos se establecen entre los presuntos cambios socia-les –o bien, las características que tiene una determinada sociedad o época- con la subjetividad y el psiquismo?; e) ¿hay una correlatividad estrecha entre tal estado social y los cambios aními-cos?; f) en todo caso, ¿con qué parámetros se define y caracteriza a dicha correlatividad?; g) por último, ¿son trasladables, sin una reelaboración, las hipótesis de disciplinas como la socio-logía o la filosofía al corpus teórico psicoanalítico?
Unos y otros podremos responder de modo diverso a los interrogantes formulados, no obstan-te, los psicoanalistas podremos prestar atención a algunos textos de Freud y de Lacan.
Freud cita a un neurólogo de su época que dice : “La lucha por la vida exige del individuo muy altos rendimientos, que puede satisfacer únicamente si apela a todas sus fuerzas espirituales; al mismo tiempo, en todos los círculos han crecido los reclamos de goce en la vida, un lujo inaudi-to se ha difundido por estratos de la población que antes lo desconocían por completo; la irreli-giosidad, el descontento y las apetencias han aumentado en vastos círculos populares; merced al intercambio, que ha alcanzado proporciones inconmensurables, merced a las redes telegráfi-cas y telefónicas que envuelven al mundo entero, las condiciones del comercio y del tráfico han experimentado una alteración radical; todo se hace de prisa y en estado de agitación: la noche se aprovecha para viajar, el día para los negocios, aun los viajes de placer son ocasiones de fatiga para el sistema nervioso; la inquietud producida por las grandes crisis políticas, industria-les, financieras, se trasmite a círculos de población más amplios que antes; la participación en la vida pública se ha vuelto universal: luchas políticas, religiosas, sociales, la actividad de los partidos, las agitaciones electorales, el desmesurado crecimiento de las asociaciones, enervan la mente e imponen al espíritu un esfuerzo cada vez mayor, robando tiempo al esparcimiento, al sueño y al descanso; la vida en las grandes ciudades se vuelve cada vez más refinada y des-apacible. Los nervios embotados buscan restaurarse mediante mayores estímulos, picantes goces, y así se fatigan aun más; la literatura moderna trata con preferencia los problemas más espinosos, que atizan todas las pasiones, promueven la sensualidad y el ansia de goces, fomen-tan el desprecio por todos los principios éticos y todos los ideales…; nuestro oído es acosado e hiperestimulado por una música que nos administran en grandes dosis, estridente e insidio-sa…”.
La cita transcripta, con excepción de la referencia al telégrafo, bien podría coincidir con las des-cripciones que muchos autores realizan de la sociedad y época actuales. Si atendemos a ello, pues, es cierto que no se invalidan –necesariamente- las hipótesis de tipo “sociogenético”, pero sí quedarían cuestionadas, al menos parcialmente, las estridentes descripciones que muchas veces se realizan en torno de la posmodernidad.
No mucho después de que Freud escribiera el texto citado (dos décadas aproximadamente), Lacan escribió su ensayo sobre la familia, en el cual toma en cuenta las hipótesis de Durkheim (de fines del Siglo XIX) sobre la ley de contracción familiar, lo cual llevó al psicoanalista francés a proponer la idea de la declinación de la imago paterna. Podemos, entonces, adherir o no a las tesis de Lacan, no obstante no puede menos que llamarnos la atención la coincidencia entre aquéllas y las proposiciones de los filósofos de la posmodernidad .
X. Otro de los problemas que conviene subrayar es el criterio a partir del cuál quedan reunidas una serie de problemáticas anímicas bajo el término “patologías actuales”. En efecto, allí suelen encuadrarse adicciones, depresiones, ataques de pánico, borderlines, desvalimiento, estados fronterizos, patologías del narcisismo, etc. Esto es, lo que se reúne con un criterio “psicosocial” (o ligado con la “realidad”) no refleja, necesariamente un conjunto coherente y organizado desde el punto de vista “psicopatológico”. Más arriba señalé que un rasgo común en los traba-jos sobre “patologías actuales” suele ser la referencia a problemáticas graves, no obstante, pareciera dudoso que los adjetivos “actuales” o “graves” permitan dar coherencia teórica a los cuadros que así quedan reunidos.
Del agrupamiento del caso por caso
En ocasiones se suele decir que, en la actualidad, ya no llegan pacientes neuróticos a los con-sultorios tal como los que atendía Freud. Sobre ello, podemos formular algunos comentarios. En primer lugar, tal como ya he señalado, los avances teóricos y clínicos han permitido identificar procesos anímicos y psicopatológicos y debemos comprender que ello constituyó una novedad teórica pero no fáctica. Al mismo tiempo, si bien el origen del psicoanálisis suele centrarse en el descubrimiento de las neurosis, también es cierto que Freud ha desarrollado hipótesis y obser-vaciones sobre diversos cuadros, tales como las perversiones, las psicosis, las caracteropatías, los procesos tóxicos y traumáticos , etc. Asimismo, podemos señalar que diversos estudios pos-teriores sobre los casos freudianos (Dora, el Hombre de los Lobos, etc.) echaron luz sobre co-rrientes psíquicas no neuróticas en tales sujetos .
Por otro lado, podemos agregar otro comentario en virtud de la comparación que se establece entre los “pacientes” de una y otra época. Cuando uno pretende hacer tal contraste hay cuanto menos dos factores que constituyen si no obstáculos, cuanto menos dificultades: a) en primer lugar, no es sencillo congeniar un enfoque epidemiológico con la perspectiva metapsicológica; b) por otro lado, las “muestras” que se comparan no son homogéneas y ello en dos sentidos. En principio, pues en la actualidad se ha incrementado exponencialmente la masa de sujetos que se psicoanalizan; en segundo lugar pues tales contrastes se hacen intuitivamente y, ade-más, se comparan no tanto los “casos” sino las comprensiones que sobre una y otra muestra son posibles. Esto es, las comparaciones se hacen no entre grupos de casos, sino entre lo que se decía de los pacientes en la época de Freud y lo que se dice actualmente. Como ya hemos visto, las herramientas teóricas y clínicas con las que contamos hoy, difieren de aquellas con las que contaban Freud y sus discípulos.
Estos comentarios sobre la comparación entre “muestras” remiten al problema de la agrupabili-dad en psicoanálisis, esto es, la complejidad de reunir casos en una ciencia que sostiene la importancia del “caso por caso”.
Esta idea (caso por caso) puede conducir a un prejuicio, a saber, que en psicoanálisis no es posible realizar agrupamiento alguno. No obstante, sostendremos que para la metodología pro-pia de una ciencia de la subjetividad y la singularidad, la agrupabilidad es más una complejidad que una imposibilidad.
Cuando un analista cuenta un caso ante sus colegas, suele ocurrir que estos últimos profundi-cen algún aspecto no considerado por el primero, desarrollen otras hipótesis o bien lo compa-ren con otros casos. Con ello estamos indicando que: a) en tal caso, las reglas de juego ya no son las mismas que durante el trabajo en las sesiones; b) el caso ya comienza a circular en relación con otros casos y en relación con la teoría; c) que, aun cuando sea intuitiva o espontá-neamente, sobre todo al comparar con otros casos, ya estamos formulando algún tipo de agru-pamiento . En este sentido, suelo decir que el pensar metodológico no constituye una tentativa de encorsetamiento, sino, por el contrario, una manera de formalizar y de sistematizar de modo conciente el modo en que pensamos. De modo similar, establecer criterios de agrupamiento también es una forma de organizar concientemente un modo de pensamiento que utilizamos frecuentemente.
Si alguien considerase que la noción de “singularidad” resulta un obstáculo insalvable para agrupar casos, en última instancia se vería en la dificultad de reunir diferentes fragmentos de un mismo material clínico. Esto sería así pues no sólo cada paciente es singular sino que cada sesión también es única.
En suma, entiendo que es posible y necesario realizar agrupamientos y debemos definir los criterios para ello, criterios que en gran medida derivan de qué es lo que deseamos investigar.
Por otra parte, debemos aclarar que si bien para agrupar deberemos hallar un elemento común, no es lo mismo “agrupar” que “igualar”, pues, de hecho, una investigación puede tener como meta detectar las diferencias. Por ejemplo, uno puede agrupar casos por “repitencia escolar” para tratar de describir los factores que interfieren en el aprendizaje. Luego, uno puede en el conjunto hallar algunas similitudes y algunas diferencias. En definitiva, el criterio de agrupa-miento responderá, entonces, cuanto menos a dos criterios: a) cuál es el objetivo de la investi-gación; b) la definición de un elemento común.
Si revisamos la obra de Freud hallamos que reunía: 1) pacientes de uno y otro sexo; 2) adultos y niños; 3) descripciones clínicas y textos literarios; 4) fragmentos clínicos y testimonios escri-tos; 5) varias escenas relatadas o escenas relatadas y escenas desplegadas.
En todos los casos, el criterio de reunión consistía en detectar algún rasgo común, y, a su vez, con ello Freud intentaba responder diferentes tipos de interrogantes: 1) psicopatológicos; 2) sobre procesos psíquicos; 3) sobre la singularidad de un caso.
Una vez realizada la investigación, el siguiente interrogante apunta al procesamiento de los resultados, en cuyo caso obtendremos conclusiones que podrán o no ser generalizadas. Si vol-vemos a los escritos freudianos, por ejemplo su libro sobre los sueños, una de las cosas que hace Freud es detectar un concepto unificante (el sueño como realización de deseos). Es decir, uno o más sujetos pueden tener diferentes sueños, con escenas variadas y significaciones hete-rogéneas, pero en todos los casos lo común será la realización de deseos. Otra alternativa, puede consistir en hallar las diferencias pese a los elementos comunes. Por ejemplo, para Freud un elemento común entre los paranoicos era la defensa contra la homosexualidad, no obstante, pese a este elemento común, detectó diferentes tipos de delirio (erotomaníaco, celotípico, me-galomaníaco, persecutorio).
Conclusiones
Lo que hemos expuesto hasta aquí nos conduce a afirmar que nociones como la de “patologías actuales” encuentra dos problemas difíciles de resolver: a) por un lado, la combinación entre investigaciones psicosociales (aun cuando sean con un enfoque psicoanalítico) y las investiga-ciones psicopatológicas; b) por otro lado, las relaciones interteóricas o interdisciplinarias (por ejemplo, estudios que combinen hipótesis del psicoanálisis con postulados de la sociología y/o la filosofía).
En cuanto a lo primero (investigaciones psicosociales y psicopatológicas) no pretendemos afir-mar que las segundas (psicopatológicas) no tomen en cuenta problemas intersubjetivos ni tam-poco sostendremos que la realidad social no posee entidad suficiente para promover alteracio-nes anímicas. Sólo señalamos que: a) aun cuando se de tal orientación etiológica, ello no alcan-za para justificar –como novedad- la existencia de nuevas patologías; b) ambos tipos de inves-tigación (psicosocial y psicopatológica) tienen objetivos diferentes y diseños metodológicos diversos.
Respecto de la relación del psicoanálisis con otras ciencias y disciplinas, acordamos con ello, con su conveniencia y su necesidad, no obstante siempre que se avance hacia ellas a partir de los interrogantes derivados de la teoría y la práctica psicoanalítica . Tal como refiere Maldavs-ky, “de lo contrario se corre el riesgo de recurrir a la teoría no psicoanalítica o bien para susti-tuir sin fundamento un sector de los propuesto por Freud y sus discípulos, o bien para formali-zar arbitrariamente la teoría psicoanalítica en su conjunto” (1998, pág. 268).
En este punto, pues, antes que las investigaciones interdisciplinarias los psicoanalistas quizás nos estemos debiendo una discusión metodológica sobre los nexos entre: a) diferentes escuelas dentro del mismo psicoanálisis; b) el psicoanálisis y otras corrientes de la psicología; c) el psi-coanálisis y otras ciencias. Sobre lo primero, por ejemplo, en ocasiones se oponen conceptos de dos autores (por ejemplo, Klein y Lacan) solamente porque se usa el mismo término (supon-gamos, “objeto”) sin advertir con precisión si ambos términos corresponden al mismo concepto.
En cuanto a la relación del psicoanálisis con otras corrientes de la psicología (por ejemplo, la cognitiva), diremos que no resulta válido el cuestionamiento de una teoría desde la otra. De modo similar a lo anterior, el concepto de “cura” (u objetivos terapéuticos), por ejemplo, no remiten a lo mismo en una y otra teoría. En este sentido, uno puede terminar cuestionando a la psicología cognitiva porque no hace (no busca o no logra) lo que hace el psicoanálisis. Esta posición que podríamos denominar “narcisismo epistemológico” es incorrecta toda vez que una teoría debe revisarse y cuestionarse en función de sus propios fundamentos. El interrogante, entonces, es cómo se determinan la confiabilidad y validez de un método y una teoría.
Volvamos, ahora, a la cuestión de qué sería lo novedoso. Habiendo transcurrido ya más de un siglo de psicoanálisis, es indudable que en su trayectoria se han ido rectificando algunas de sus hipótesis (el mismo Freud lo hizo) y se han ido complejizando otras. Hubieron cambios teóricos (por ejemplo, mayor comprensión de determinados procesos anímicos y psicopatológicos) y técnicos. Tales transformaciones dieron lugar a revisiones sobre la posición del analista, el aná-lisis sin diván, la frecuencia de las sesiones, la inclusión de pacientes que, previamente, caían fuera de la categoría de “analizabilidad”, a propuestas de objetivos terapéuticos diversos (por ejemplo, no son las mismas metas en un paciente neurótico que en un paciente psicosomático), cambios sobre la frecuencia de las sesiones, etc. Es por todo ello, pues, que más que hablar de patologías actuales, pensamos que, en todo caso, asistimos a cambios que dan lugar a “teorías actuales” e, incluso, a “analistas actuales”.
De tal modo, podrá haber dos tipos de cuestionamientos: a) refutar el juicio que sostiene la existencia de patologías actuales; b) cuestionar los fundamentos en los que se sostiene dicho juicio. En este artículo, pues, me he centrado sobre todo en este segundo punto (ya que hemos realizado un estudio con un enfoque más epistemológico que clínico).
Insisto, entonces, que no hemos procurado ratificar o rectificar las impresiones clínicas de las cuales surge la noción estudiada, sino que hemos intentado mostrar la debilidad de algunos de los argumentos en los que se sostiene aquella. Para decirlo con mayor precisión, pues, quizá convenga señalar que la noción de patologías actuales, desde un punto de vista epistemológico, corresponde al denominado “contexto de descubrimiento”, no obstante resta aun su análisis en el marco del “contexto de justificación”.
Este pasaje –de un contexto a otro- es un proceso que podemos advertir en muchos de los textos de Freud. En efecto, muchos de los hallazgos del propio Freud surgían, inicialmente, por vía de la inducción. Es decir, primero ocurre que una cierta recurrencia o reiteración captada inductivamente le llamaba la atención y, luego, intenta explicar por qué ocurre eso y procede a una justificación teórica (deductiva). Ello le permite, entonces, confirmar (o eventualmente rechazar) su impresión inicial y, además, establecer nexos con la teoría general.
Un ejemplo de ello lo encontramos en sus estudios sobre los rasgos de carácter ligados con el erotismo anal. Inicialmente, Freud observa que “harto a menudo tropieza con un tipo singulari-zado por la conjunción de determinadas cualidades de carácter” y lo asocia con el valor que, en la infancia de tales sujetos tuvo “el comportamiento de una cierta función corporal”. Luego agrega: “Ahora ya no sé indicar qué ocasionamientos singulares me dieron la impresión de que entre aquel carácter y esta conducta de órgano existía un nexo orgánico, pero puedo aseverar que ninguna expectativa teórica contribuyó a esa impresión. Una experiencia acumulada reforzó tanto en mi la creencia en ese nexo que me atrevo a comunicarlo” (1908a, pág. 153). Una dé-cada después, retoma estas ideas y señala que “en aquel tiempo me interesaba dar a conocer un vínculo discernido en los hechos”. Dice también que había descuidado la argumentación teórica pero que “desde entonces se ha generalizado la concepción de que cada una de las tres cualidades, avaricia, minuciosidad pedante y terquedad, proviene de las fuentes pulsionales del erotismo anal”. Finalmente, subraya que “algunos años después, a partir de una profusión de impresiones y guiado por una experiencia analítica de particular fuerza probatoria, extraje la conclusión…” (1917, pág. 117).
Las citas transcriptas, pues, ponen de manifiesto el proceso propio de una investigación científi-ca. En primer lugar, la observación de cierto fenómeno que llama la atención; luego, la recu-rrencia o repetición de dicho fenómeno; en tercer lugar, la experiencia acumulada; por último, la conclusión y generalización teórica.
En síntesis, creo que al intentar realizar avances teóricos y precisiones conceptuales en el mar-co de la investigación científica es necesario despojarnos de un pensar arrogante y apocalíp-tico. La arrogancia podrá ser la expresión del narcisismo de las pequeñas diferencias, el cual nos conduce al desconocimiento de lo que es exterior al propio grupo. También podrá ser arro-gancia la pretensión de ser, en cada trabajo, “descubridores” de lo nuevo. La visión apocalíptica se enlaza con la idea de que la época actual sería, toda ella, una sucesión de catástrofes que conducen a un franco deterioro social y psíquico. Con ello estaríamos, quizás también, descono-ciendo que –ni siquiera en eso- esta época resulta original. Asimismo, podríamos estar operan-do más como agoreros del fin del mundo que como investigadores de un conjunto específico de problemas. Algo de esto me resuena cuando escucho hablar de la “caída de las ideologías” co-mo síntoma de una progresiva decadencia humana y social. Tengo la impresión, pues, que cuando se alude a la “caída de las ideologías” (como vivencia de derrumbe) podríamos recono-cer, más bien, una “ideología de la caída” , cosmovisiones ominosas que se asumen como lecturas objetivas de un mundo inminente. Creo en cambio que, en todo caso, resultará más acertada la lenta y progresiva identificación de un proceso histórico de transformaciones con sus movilizaciones correspondientes. Al fin y al cabo, entendemos que el psicoanálisis no ha de ser una cosmovisión.
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(*) Publicado en Psicanálise, Revista da Sociedade Brasileira de Psicanálise de Porto Alegre v.10, n.1, 2008.
Introducción
El desarrollo de una ciencia requiere de un complejo proceso de enlaces sucesivos entre los hechos que procura investigar y la teoría de la cual dispone. Sólo a partir de estos nexos es que dicha ciencia, en nuestro caso el psicoanálisis, podrá conquistar progresivamente una perspec-tiva más sofisticada de los fenómenos abordados (discurso, lenguaje no verbal, motricidad, etc.) y un refinamiento de sus hipótesis. Por mi parte, considero que la investigación científica es un trabajo colectivo en el cual se reúnen los consensos y disensos, los avances y retrocesos, las ratificaciones y rectificaciones. Este proceso supone que se despliegue una tensión fecunda en el encuentro complejizante entre las propuestas originarias y lo nuevo, lo diverso.
En lo que sigue, pues, me propongo examinar, a modo de ejercicio epistemológico, la noción de “patologías actuales”. Conviene aclarar, por un lado, que me ceñiré al examen de esta noción en el marco de los estudios psicoanalíticos. Por otro lado, también deseo agregar que no pre-tendo con estas reflexiones eliminar o invalidar la categoría sujeta a examen, sino esbozar ru-dimentariamente un proceso de puesta a prueba de la misma, tal como toda disciplina científica busca advertir el grado de refutabilidad de cada una de sus propias hipótesis.
Toda denominación suele tener una razón de ser, sea cuando elegimos el nombre de un hijo, sea cuando intentamos acuñar un concepto. En el primer caso, los factores determinantes se-rán, por ejemplo, el simple gusto o la tradición. En cambio, cuando se trata de una noción teó-rica, se presentan otros requerimientos relativos a la justificación y a la explicación. Es decir, será preciso fundamentar por qué se hace necesario dicho concepto y, a la vez, por qué se escoge ese y no otro. La necesidad de un concepto nuevo, a su vez, responde al hallazgo de un fenómeno aun no descripto y a la inexistencia de nociones que resulten válidas para su desig-nación.
Resulta indudable que la realidad se va modificando, se van produciendo transformaciones o alteraciones que pueden ser transitorias o duraderas. Sin embargo, tendremos que ser cuidado-sos al momento de definir de qué se tratan tales cambios, qué aspectos son los que se modifi-can y cuáles son sus consecuencias. Cuando sostenemos la idea de un cambio en la realidad clínica tendremos que ser precisos en cuanto a identificar si tales cambios corresponden a transformaciones en la subjetividad o bien a desarrollos teóricos que permiten refinar nuestros juicios.
Veamos un pequeño ejemplo: un paciente logra concretar el proyecto de ir a hacer un posgrado en una universidad de los Estados Unidos. Al finalizar el mismo, obtiene un importante trabajo en un país de Centroamérica. En ese momento, me solicita retomar el análisis conmigo a través de sesiones telefónicas. Yo acepto su propuesta y trabajamos durante un tiempo. En ese perío-do, en una ocasión me envía un mail pidiéndome un “cambio de hora” pues al día siguiente (en el horario de su sesión) tiene que estar “temprano en su oficina para una reunión con Asia”.
No pretendo hacer un análisis del caso sino solamente mostrar que esta breve viñeta clínica evidencia numerosas transformaciones, ya sea sobre el encuadre psicoanalítico, ya sea sobre la realidad en general. Sobre lo primero (encuadre) puedo mencionar: análisis de una sola sesión semanal, sesiones telefónicas, pedido de cambio de horario vía mail, pago de sesiones por transferencia bancaria. En relación con los cambios sociales, cabe referir no sólo las sucesivas migraciones sino, en particular, aquello que el paciente denominó una “reunión con Asia”. Sin embargo, todos estos cambios no nos dicen mucho acerca de la existencia de nuevos cuadros clínicos. En ocasiones, se alude a “nuevas subjetividades” (por ejemplo, ligadas con las nuevas tecnologías de la información), no obstante cabe señalar que el término “subjetividad” suele resultar ambiguo e impreciso. Esto es, ¿cuál es la definición subyacente del concepto de subje-tividad? ¿En qué niveles o estratos del aparato psíquico se dan los cambios a los que aludimos con “nuevas subjetividades”? tengamos en cuenta que la realidad puede perturbar la erogenei-dad de un sujeto, pero también puede ocurrir que sólo se modifiquen ciertas representaciones-palabra, identificaciones de la superficie anímica, rasgos del carácter, etc. Asimismo, aun así resta examinar el pasaje desde la noción de subjetividad a las consideraciones psicopatológicas.
Las patologías actuales
Una revisión sumaria de diferentes artículos que tratan sobre el tema permite identificar que la denominación “patologías actuales” resulta de enfatizar distintos aspectos:
a) en ocasiones, alude a un conjunto de problemáticas anímicas que serían “novedosas”, se trataría de nuevas formas del padecer anímico;
b) en otras, más bien, no remite tanto a nuevas patologías, sino a cuadros psicopatológicos que, en la actualidad, tendrían una mayor presencia o que registrarían mayor incidencia en el conjunto de los pacientes;
c) algunos trabajos ponen el énfasis en el peso causal que tendrían las actuales condiciones de existencia;
d) por último, ciertos artículos exponen avances teóricos sobre un conjunto de hechos clíni-cos ya identificados en la bibliografía.
En cuanto a la distinción recién expuesta es necesario hacer dos observaciones. Por un lado, sin duda no es exhaustiva; por otro lado, no se trata de grupos de artículos que se excluyan mu-tuamente, sino del valor relativo que en cada publicación adquieren las argumentaciones co-rrespondientes. En efecto, mientras en el primer grupo se señala la presencia de nuevos fenó-menos, en el último se destaca la novedad teórica. Asimismo, mientras el segundo grupo pare-ciera incluir una suerte de consideración epidemiológica, el conjunto c) acentúa un vector etio-lógico presuntamente desconsiderado en la psicopatología.
Sea cuál fuere el enfoque con que se abordan las patologías actuales, un aspecto decisivo pare-ce ser, en todos los casos, que se trataría de problemáticas graves.
Si reunimos los 4 argumentos en una secuencia, tendríamos: 1°) condiciones actuales de exis-tencia 2°) nuevas formas del padecer anímico 3°) presencia estadísticamente significativa 4°) nuevos desarrollos teóricos .
Si lo expuesto hasta aquí posee un cierto grado de validez y pertinencia deberíamos poder res-ponder a un conjunto restringido de interrogantes:
1) ¿Cuáles son los cambios en las condiciones de existencia? ¿Qué aspectos novedosos tendrí-an un valor patógeno? ¿Se modifica con ello el modelo etiológico ya utilizado (supongamos, el de las series complementarias)? En todo caso, ¿Adquiere mayor eficacia alguna de las se-ries? ¿Se ha contrastado la época actual con otros períodos de la historia? ¿Cuál es el pe-ríodo que estamos considerando? ¿Los últimos 20 o 30 años?
2) Si admitimos la existencia de un cambio social de magnitudes y que ello tendría algún tipo de impacto subjetivo, ¿Cuáles son los rasgos subjetivos y/o psicopatológicos que se enlazan con la época? ¿Son aspectos nucleares del aparato psíquico o más bien son componentes de la superficie anímica?
3) ¿A partir de qué criterios se habría definido y detectado una mayor presencia?
4) Los nuevos desarrollos teóricos, ¿reflejan cambios detectados en los hechos clínicos o son modalidades más sofisticadas de comprenderlos?
En suma, los interrogantes que nos formulamos apuntan a: a) detectar la presencia-ausencia de un conjunto de cambios (sociales, clínicos, teóricos); b) definir los nexos entre ellos.
Puesta a prueba de la categoría estudiada
Hasta aquí presenté diversos interrogantes y parámetros que subyacen a la definición de “pato-logías actuales”. En lo que sigue expondré algunos argumentos que podrían constituir, si no objeciones, cuanto menos aspectos irresueltos de la categoría mencionada:
I. En primer lugar, entiendo que es importante diferenciar el desarrollo de un nuevo concepto (por ejemplo, cuando Freud definió la noción de “pulsión”) del desarrollo teórico sobre una nueva patología. Esto es, podría ser que identifiquemos nuevos padecimientos, no obstante podrán –o no- ser explicados con el repertorio de nociones ya existentes. En tal caso, el riesgo es que se presuma introducir un nuevo concepto cuando ya han sido desarrolladas nociones similares (quizá bajo otro nombre). Dicho de otro modo, aquí el problema sería el desconoci-miento de los desarrollos existentes.
II. Por otro lado, también es preciso subrayar que “patologías actuales” no supone, necesaria-mente, “nuevas patologías” .
III. Dada la semejanza con la noción freudiana de “neurosis actuales”, recordemos que la idea de “actuales” para Freud no remitía tanto a problemas psicosociales sino a la ausencia de un sentido histórico o valor simbólico de los síntomas descriptos. De hecho, las denominadas neu-rosis actuales, posteriormente, dieron lugar al desarrollo sobre las llamadas “afecciones psico-somáticas”.
IV. Habida cuenta de los cambios sociales, ¿supone ello un cambio en la estructura anímica de los sujetos? Por otro lado, ¿difiere la cualidad de los cambios actuales con la de otros períodos de la historia? La primera pregunta apunta a su se modifican los conceptos con los cuales com-prendemos el psiquismo. El segundo interrogante remite más bien a comprender la especifici-dad (si la hubiera) de los cambios actuales. Esto implica, a su vez, definir si lo determinante sería el hecho mismo de la transformación social, el estado social resultante, o ambas cosas.
V. Intuyo que las hipótesis que abordan la noción de patologías actuales deben considerar tres riesgos: a) ceder al refrán que dice “no hay nada nuevo bajo el sol”; b) quedar en un estado de fascinación ante discursos novedosos y superficiales; c) quedar presas del horror ante determi-nadas circunstancias. En el primer caso, el problema surgiría al quedar inmersos en una cerra-zón donde no habría nada nuevo que explicar y, a su vez, todo se explicaría con los conceptos e hipótesis ya existentes. El segundo riesgo conduciría, en cambio, a tomar de manera acrítica fórmulas o descripciones sugestivas pero carentes de fundamentación y, en muchas ocasiones, provenientes de otros campos disciplinares. Esto último, en rigor, introduce otro problema que es el de las relaciones interdisciplinarias, es decir, de qué modo las hipótesis de una ciencia se trasladan a otra. Finalmente, el horror puede llevarnos a situaciones similares a la fascinación, quizás con el agregado de una sensación de extrañeza o ajenidad respecto del mundo (social y/o clínico) en el que vivimos.
VI. Tomemos, por ejemplo, el conjunto de pacientes a partir de los cuales se realiza una inves-tigación sobre la transmisión generacional de los traumas. Al respecto, debemos remitirnos a los “traumas” padecidos por las generaciones previas (padres y/o abuelos), por ejemplo, como consecuencia de los campos de concentración. Por ello, más arriba, señalamos la importancia de precisar el lapso de tiempo (últimos 20, 30 años, etc.) que se está considerando. Dicho de otro modo, debemos identificar si los hallazgos remiten al descubrimiento de una nueva patolo-gía en los descendientes o bien remiten a un hallazgo teórico, a saber, la identificación de los mecanismos y vías de la transmisión de traumas. De hecho, si sostenemos la validez de deter-minada teoría (por ejemplo, sobre las neurosis traumáticas, los efectos de la violencia política extrema, etc.) no podemos omitir que la historia de la humanidad, lamentablemente, ha sido generosa en este tipo de hechos. De modo tal que las hipótesis con las que pensamos los efec-tos del nazismo o de las dictaduras en Latinoamérica deberán ser aplicables, al menos parcial-mente, a sucesos más antiguos.
VII. Otro de los puntos que conviene destacar es lo que podríamos denominar la “indigencia de la ciencia”. Con ello nos referimos a que en todos los campos, quizás sobre todo en el ámbito de las ciencias humanas, el avance científico es rezagado respecto de los hechos. Más aun, es frecuente escuchar que el arte describe y/o expresa anticipadamente lo que luego, tardíamente, logar desentrañar la ciencia. Si acordamos en ello, entonces, resultaría cuanto menos llamativo que hubieran aparecido las “patologías actuales” y, casi simultáneamente, la detección de las mismas, el desarrollo de hipótesis teóricas explicativas y el diseño de estrategias de abordaje. Con ello nos preguntamos, pues, si se trata de “patologías actuales” o, más bien, de “teorías actuales”.
VIII. Cuando Freud desarrolló su teoría sobre las neurosis no atinó a pensar que se trataba de “patologías actuales”. Es decir, no se arrogó el mérito de creer que –en tiempo real- estaba descubriendo “un nuevo fenómeno” o problema. Su posición fue la de quien admite que echaba un poco de luz sobre problemáticas existentes. Del mismo modo, cuando Freud desarrolló sus hipótesis sobre la desmentida, la escisión del yo o el fetichismo, no imaginó que la realidad estaba promoviendo –novedosamente- la producción de perversos.
IX. Es frecuente, sobre todo en las últimas décadas, leer textos que realizan pormenorizadas descripciones sobre los cambios sociales, en particular los trabajos de los denominados sociólo-gos o filósofos de la posmodernidad. Asimismo, también solemos encontrar que los analistas que aluden a las patologías actuales toman como base dichas descripciones. En tal sentido, son diversos los problemas a tener en cuenta (muchos de los cuales ya hemos comentado): a) ¿son válidas tales descripciones?; b) aun siendo válidas, ¿comprenden al conjunto de la sociedad o, más bien, remiten a determinadas circunstancias específicas?; c) nuevamente, aun siendo váli-das las descripciones sobre el estado de una sociedad, el tipo de vínculos, etc., ¿es válida la hipótesis del cambio? Es decir, el investigador deberá fundamentar no sólo por qué dice que la sociedad es como dice que es, sino, además, fundamentar la hipótesis acerca de que lo que ocurre no ocurría previamente; d) ¿qué nexos se establecen entre los presuntos cambios socia-les –o bien, las características que tiene una determinada sociedad o época- con la subjetividad y el psiquismo?; e) ¿hay una correlatividad estrecha entre tal estado social y los cambios aními-cos?; f) en todo caso, ¿con qué parámetros se define y caracteriza a dicha correlatividad?; g) por último, ¿son trasladables, sin una reelaboración, las hipótesis de disciplinas como la socio-logía o la filosofía al corpus teórico psicoanalítico?
Unos y otros podremos responder de modo diverso a los interrogantes formulados, no obstan-te, los psicoanalistas podremos prestar atención a algunos textos de Freud y de Lacan.
Freud cita a un neurólogo de su época que dice : “La lucha por la vida exige del individuo muy altos rendimientos, que puede satisfacer únicamente si apela a todas sus fuerzas espirituales; al mismo tiempo, en todos los círculos han crecido los reclamos de goce en la vida, un lujo inaudi-to se ha difundido por estratos de la población que antes lo desconocían por completo; la irreli-giosidad, el descontento y las apetencias han aumentado en vastos círculos populares; merced al intercambio, que ha alcanzado proporciones inconmensurables, merced a las redes telegráfi-cas y telefónicas que envuelven al mundo entero, las condiciones del comercio y del tráfico han experimentado una alteración radical; todo se hace de prisa y en estado de agitación: la noche se aprovecha para viajar, el día para los negocios, aun los viajes de placer son ocasiones de fatiga para el sistema nervioso; la inquietud producida por las grandes crisis políticas, industria-les, financieras, se trasmite a círculos de población más amplios que antes; la participación en la vida pública se ha vuelto universal: luchas políticas, religiosas, sociales, la actividad de los partidos, las agitaciones electorales, el desmesurado crecimiento de las asociaciones, enervan la mente e imponen al espíritu un esfuerzo cada vez mayor, robando tiempo al esparcimiento, al sueño y al descanso; la vida en las grandes ciudades se vuelve cada vez más refinada y des-apacible. Los nervios embotados buscan restaurarse mediante mayores estímulos, picantes goces, y así se fatigan aun más; la literatura moderna trata con preferencia los problemas más espinosos, que atizan todas las pasiones, promueven la sensualidad y el ansia de goces, fomen-tan el desprecio por todos los principios éticos y todos los ideales…; nuestro oído es acosado e hiperestimulado por una música que nos administran en grandes dosis, estridente e insidio-sa…”.
La cita transcripta, con excepción de la referencia al telégrafo, bien podría coincidir con las des-cripciones que muchos autores realizan de la sociedad y época actuales. Si atendemos a ello, pues, es cierto que no se invalidan –necesariamente- las hipótesis de tipo “sociogenético”, pero sí quedarían cuestionadas, al menos parcialmente, las estridentes descripciones que muchas veces se realizan en torno de la posmodernidad.
No mucho después de que Freud escribiera el texto citado (dos décadas aproximadamente), Lacan escribió su ensayo sobre la familia, en el cual toma en cuenta las hipótesis de Durkheim (de fines del Siglo XIX) sobre la ley de contracción familiar, lo cual llevó al psicoanalista francés a proponer la idea de la declinación de la imago paterna. Podemos, entonces, adherir o no a las tesis de Lacan, no obstante no puede menos que llamarnos la atención la coincidencia entre aquéllas y las proposiciones de los filósofos de la posmodernidad .
X. Otro de los problemas que conviene subrayar es el criterio a partir del cuál quedan reunidas una serie de problemáticas anímicas bajo el término “patologías actuales”. En efecto, allí suelen encuadrarse adicciones, depresiones, ataques de pánico, borderlines, desvalimiento, estados fronterizos, patologías del narcisismo, etc. Esto es, lo que se reúne con un criterio “psicosocial” (o ligado con la “realidad”) no refleja, necesariamente un conjunto coherente y organizado desde el punto de vista “psicopatológico”. Más arriba señalé que un rasgo común en los traba-jos sobre “patologías actuales” suele ser la referencia a problemáticas graves, no obstante, pareciera dudoso que los adjetivos “actuales” o “graves” permitan dar coherencia teórica a los cuadros que así quedan reunidos.
Del agrupamiento del caso por caso
En ocasiones se suele decir que, en la actualidad, ya no llegan pacientes neuróticos a los con-sultorios tal como los que atendía Freud. Sobre ello, podemos formular algunos comentarios. En primer lugar, tal como ya he señalado, los avances teóricos y clínicos han permitido identificar procesos anímicos y psicopatológicos y debemos comprender que ello constituyó una novedad teórica pero no fáctica. Al mismo tiempo, si bien el origen del psicoanálisis suele centrarse en el descubrimiento de las neurosis, también es cierto que Freud ha desarrollado hipótesis y obser-vaciones sobre diversos cuadros, tales como las perversiones, las psicosis, las caracteropatías, los procesos tóxicos y traumáticos , etc. Asimismo, podemos señalar que diversos estudios pos-teriores sobre los casos freudianos (Dora, el Hombre de los Lobos, etc.) echaron luz sobre co-rrientes psíquicas no neuróticas en tales sujetos .
Por otro lado, podemos agregar otro comentario en virtud de la comparación que se establece entre los “pacientes” de una y otra época. Cuando uno pretende hacer tal contraste hay cuanto menos dos factores que constituyen si no obstáculos, cuanto menos dificultades: a) en primer lugar, no es sencillo congeniar un enfoque epidemiológico con la perspectiva metapsicológica; b) por otro lado, las “muestras” que se comparan no son homogéneas y ello en dos sentidos. En principio, pues en la actualidad se ha incrementado exponencialmente la masa de sujetos que se psicoanalizan; en segundo lugar pues tales contrastes se hacen intuitivamente y, ade-más, se comparan no tanto los “casos” sino las comprensiones que sobre una y otra muestra son posibles. Esto es, las comparaciones se hacen no entre grupos de casos, sino entre lo que se decía de los pacientes en la época de Freud y lo que se dice actualmente. Como ya hemos visto, las herramientas teóricas y clínicas con las que contamos hoy, difieren de aquellas con las que contaban Freud y sus discípulos.
Estos comentarios sobre la comparación entre “muestras” remiten al problema de la agrupabili-dad en psicoanálisis, esto es, la complejidad de reunir casos en una ciencia que sostiene la importancia del “caso por caso”.
Esta idea (caso por caso) puede conducir a un prejuicio, a saber, que en psicoanálisis no es posible realizar agrupamiento alguno. No obstante, sostendremos que para la metodología pro-pia de una ciencia de la subjetividad y la singularidad, la agrupabilidad es más una complejidad que una imposibilidad.
Cuando un analista cuenta un caso ante sus colegas, suele ocurrir que estos últimos profundi-cen algún aspecto no considerado por el primero, desarrollen otras hipótesis o bien lo compa-ren con otros casos. Con ello estamos indicando que: a) en tal caso, las reglas de juego ya no son las mismas que durante el trabajo en las sesiones; b) el caso ya comienza a circular en relación con otros casos y en relación con la teoría; c) que, aun cuando sea intuitiva o espontá-neamente, sobre todo al comparar con otros casos, ya estamos formulando algún tipo de agru-pamiento . En este sentido, suelo decir que el pensar metodológico no constituye una tentativa de encorsetamiento, sino, por el contrario, una manera de formalizar y de sistematizar de modo conciente el modo en que pensamos. De modo similar, establecer criterios de agrupamiento también es una forma de organizar concientemente un modo de pensamiento que utilizamos frecuentemente.
Si alguien considerase que la noción de “singularidad” resulta un obstáculo insalvable para agrupar casos, en última instancia se vería en la dificultad de reunir diferentes fragmentos de un mismo material clínico. Esto sería así pues no sólo cada paciente es singular sino que cada sesión también es única.
En suma, entiendo que es posible y necesario realizar agrupamientos y debemos definir los criterios para ello, criterios que en gran medida derivan de qué es lo que deseamos investigar.
Por otra parte, debemos aclarar que si bien para agrupar deberemos hallar un elemento común, no es lo mismo “agrupar” que “igualar”, pues, de hecho, una investigación puede tener como meta detectar las diferencias. Por ejemplo, uno puede agrupar casos por “repitencia escolar” para tratar de describir los factores que interfieren en el aprendizaje. Luego, uno puede en el conjunto hallar algunas similitudes y algunas diferencias. En definitiva, el criterio de agrupa-miento responderá, entonces, cuanto menos a dos criterios: a) cuál es el objetivo de la investi-gación; b) la definición de un elemento común.
Si revisamos la obra de Freud hallamos que reunía: 1) pacientes de uno y otro sexo; 2) adultos y niños; 3) descripciones clínicas y textos literarios; 4) fragmentos clínicos y testimonios escri-tos; 5) varias escenas relatadas o escenas relatadas y escenas desplegadas.
En todos los casos, el criterio de reunión consistía en detectar algún rasgo común, y, a su vez, con ello Freud intentaba responder diferentes tipos de interrogantes: 1) psicopatológicos; 2) sobre procesos psíquicos; 3) sobre la singularidad de un caso.
Una vez realizada la investigación, el siguiente interrogante apunta al procesamiento de los resultados, en cuyo caso obtendremos conclusiones que podrán o no ser generalizadas. Si vol-vemos a los escritos freudianos, por ejemplo su libro sobre los sueños, una de las cosas que hace Freud es detectar un concepto unificante (el sueño como realización de deseos). Es decir, uno o más sujetos pueden tener diferentes sueños, con escenas variadas y significaciones hete-rogéneas, pero en todos los casos lo común será la realización de deseos. Otra alternativa, puede consistir en hallar las diferencias pese a los elementos comunes. Por ejemplo, para Freud un elemento común entre los paranoicos era la defensa contra la homosexualidad, no obstante, pese a este elemento común, detectó diferentes tipos de delirio (erotomaníaco, celotípico, me-galomaníaco, persecutorio).
Conclusiones
Lo que hemos expuesto hasta aquí nos conduce a afirmar que nociones como la de “patologías actuales” encuentra dos problemas difíciles de resolver: a) por un lado, la combinación entre investigaciones psicosociales (aun cuando sean con un enfoque psicoanalítico) y las investiga-ciones psicopatológicas; b) por otro lado, las relaciones interteóricas o interdisciplinarias (por ejemplo, estudios que combinen hipótesis del psicoanálisis con postulados de la sociología y/o la filosofía).
En cuanto a lo primero (investigaciones psicosociales y psicopatológicas) no pretendemos afir-mar que las segundas (psicopatológicas) no tomen en cuenta problemas intersubjetivos ni tam-poco sostendremos que la realidad social no posee entidad suficiente para promover alteracio-nes anímicas. Sólo señalamos que: a) aun cuando se de tal orientación etiológica, ello no alcan-za para justificar –como novedad- la existencia de nuevas patologías; b) ambos tipos de inves-tigación (psicosocial y psicopatológica) tienen objetivos diferentes y diseños metodológicos diversos.
Respecto de la relación del psicoanálisis con otras ciencias y disciplinas, acordamos con ello, con su conveniencia y su necesidad, no obstante siempre que se avance hacia ellas a partir de los interrogantes derivados de la teoría y la práctica psicoanalítica . Tal como refiere Maldavs-ky, “de lo contrario se corre el riesgo de recurrir a la teoría no psicoanalítica o bien para susti-tuir sin fundamento un sector de los propuesto por Freud y sus discípulos, o bien para formali-zar arbitrariamente la teoría psicoanalítica en su conjunto” (1998, pág. 268).
En este punto, pues, antes que las investigaciones interdisciplinarias los psicoanalistas quizás nos estemos debiendo una discusión metodológica sobre los nexos entre: a) diferentes escuelas dentro del mismo psicoanálisis; b) el psicoanálisis y otras corrientes de la psicología; c) el psi-coanálisis y otras ciencias. Sobre lo primero, por ejemplo, en ocasiones se oponen conceptos de dos autores (por ejemplo, Klein y Lacan) solamente porque se usa el mismo término (supon-gamos, “objeto”) sin advertir con precisión si ambos términos corresponden al mismo concepto.
En cuanto a la relación del psicoanálisis con otras corrientes de la psicología (por ejemplo, la cognitiva), diremos que no resulta válido el cuestionamiento de una teoría desde la otra. De modo similar a lo anterior, el concepto de “cura” (u objetivos terapéuticos), por ejemplo, no remiten a lo mismo en una y otra teoría. En este sentido, uno puede terminar cuestionando a la psicología cognitiva porque no hace (no busca o no logra) lo que hace el psicoanálisis. Esta posición que podríamos denominar “narcisismo epistemológico” es incorrecta toda vez que una teoría debe revisarse y cuestionarse en función de sus propios fundamentos. El interrogante, entonces, es cómo se determinan la confiabilidad y validez de un método y una teoría.
Volvamos, ahora, a la cuestión de qué sería lo novedoso. Habiendo transcurrido ya más de un siglo de psicoanálisis, es indudable que en su trayectoria se han ido rectificando algunas de sus hipótesis (el mismo Freud lo hizo) y se han ido complejizando otras. Hubieron cambios teóricos (por ejemplo, mayor comprensión de determinados procesos anímicos y psicopatológicos) y técnicos. Tales transformaciones dieron lugar a revisiones sobre la posición del analista, el aná-lisis sin diván, la frecuencia de las sesiones, la inclusión de pacientes que, previamente, caían fuera de la categoría de “analizabilidad”, a propuestas de objetivos terapéuticos diversos (por ejemplo, no son las mismas metas en un paciente neurótico que en un paciente psicosomático), cambios sobre la frecuencia de las sesiones, etc. Es por todo ello, pues, que más que hablar de patologías actuales, pensamos que, en todo caso, asistimos a cambios que dan lugar a “teorías actuales” e, incluso, a “analistas actuales”.
De tal modo, podrá haber dos tipos de cuestionamientos: a) refutar el juicio que sostiene la existencia de patologías actuales; b) cuestionar los fundamentos en los que se sostiene dicho juicio. En este artículo, pues, me he centrado sobre todo en este segundo punto (ya que hemos realizado un estudio con un enfoque más epistemológico que clínico).
Insisto, entonces, que no hemos procurado ratificar o rectificar las impresiones clínicas de las cuales surge la noción estudiada, sino que hemos intentado mostrar la debilidad de algunos de los argumentos en los que se sostiene aquella. Para decirlo con mayor precisión, pues, quizá convenga señalar que la noción de patologías actuales, desde un punto de vista epistemológico, corresponde al denominado “contexto de descubrimiento”, no obstante resta aun su análisis en el marco del “contexto de justificación”.
Este pasaje –de un contexto a otro- es un proceso que podemos advertir en muchos de los textos de Freud. En efecto, muchos de los hallazgos del propio Freud surgían, inicialmente, por vía de la inducción. Es decir, primero ocurre que una cierta recurrencia o reiteración captada inductivamente le llamaba la atención y, luego, intenta explicar por qué ocurre eso y procede a una justificación teórica (deductiva). Ello le permite, entonces, confirmar (o eventualmente rechazar) su impresión inicial y, además, establecer nexos con la teoría general.
Un ejemplo de ello lo encontramos en sus estudios sobre los rasgos de carácter ligados con el erotismo anal. Inicialmente, Freud observa que “harto a menudo tropieza con un tipo singulari-zado por la conjunción de determinadas cualidades de carácter” y lo asocia con el valor que, en la infancia de tales sujetos tuvo “el comportamiento de una cierta función corporal”. Luego agrega: “Ahora ya no sé indicar qué ocasionamientos singulares me dieron la impresión de que entre aquel carácter y esta conducta de órgano existía un nexo orgánico, pero puedo aseverar que ninguna expectativa teórica contribuyó a esa impresión. Una experiencia acumulada reforzó tanto en mi la creencia en ese nexo que me atrevo a comunicarlo” (1908a, pág. 153). Una dé-cada después, retoma estas ideas y señala que “en aquel tiempo me interesaba dar a conocer un vínculo discernido en los hechos”. Dice también que había descuidado la argumentación teórica pero que “desde entonces se ha generalizado la concepción de que cada una de las tres cualidades, avaricia, minuciosidad pedante y terquedad, proviene de las fuentes pulsionales del erotismo anal”. Finalmente, subraya que “algunos años después, a partir de una profusión de impresiones y guiado por una experiencia analítica de particular fuerza probatoria, extraje la conclusión…” (1917, pág. 117).
Las citas transcriptas, pues, ponen de manifiesto el proceso propio de una investigación científi-ca. En primer lugar, la observación de cierto fenómeno que llama la atención; luego, la recu-rrencia o repetición de dicho fenómeno; en tercer lugar, la experiencia acumulada; por último, la conclusión y generalización teórica.
En síntesis, creo que al intentar realizar avances teóricos y precisiones conceptuales en el mar-co de la investigación científica es necesario despojarnos de un pensar arrogante y apocalíp-tico. La arrogancia podrá ser la expresión del narcisismo de las pequeñas diferencias, el cual nos conduce al desconocimiento de lo que es exterior al propio grupo. También podrá ser arro-gancia la pretensión de ser, en cada trabajo, “descubridores” de lo nuevo. La visión apocalíptica se enlaza con la idea de que la época actual sería, toda ella, una sucesión de catástrofes que conducen a un franco deterioro social y psíquico. Con ello estaríamos, quizás también, descono-ciendo que –ni siquiera en eso- esta época resulta original. Asimismo, podríamos estar operan-do más como agoreros del fin del mundo que como investigadores de un conjunto específico de problemas. Algo de esto me resuena cuando escucho hablar de la “caída de las ideologías” co-mo síntoma de una progresiva decadencia humana y social. Tengo la impresión, pues, que cuando se alude a la “caída de las ideologías” (como vivencia de derrumbe) podríamos recono-cer, más bien, una “ideología de la caída” , cosmovisiones ominosas que se asumen como lecturas objetivas de un mundo inminente. Creo en cambio que, en todo caso, resultará más acertada la lenta y progresiva identificación de un proceso histórico de transformaciones con sus movilizaciones correspondientes. Al fin y al cabo, entendemos que el psicoanálisis no ha de ser una cosmovisión.
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(*) Publicado en Psicanálise, Revista da Sociedade Brasileira de Psicanálise de Porto Alegre v.10, n.1, 2008.
Variaciones sobre el crimen (*)
Sebastián Plut
“Todavía hoy lo que nuestros niños aprenden
en la escuela como historia universal es, en lo esencial,
una seguidilla de matanzas de pueblos”
(Freud, De guerra y muerte)
Habitualmente, ante la invitación a participar en una revista, me veo llevado, primero, a definir el tema y luego a organizar el plan de trabajo. Sin embargo, el efecto de la convocatoria para este número de non nominus fue, inicialmente, naufragar en toda tentativa de cernir algún tópico con especificidad así como también hallarme preso de una persistente evocación de textos de diversa índole (psicoanalíticos, filosóficos, literarios, etc.). Quizá esta multiplicación, al modo de la cabeza de Medusa, no sea otra cosa que la expresión misma de lo inenarrable contenido en la criminalidad.
Aludir al acto criminal en singular quizá sólo sea posible por un artificio del lenguaje. En efecto, los hechos clínicos y sociales nos revelan una diversidad difícil de comprender y de reunir en una unidad. Bajo esa premisa, en lo que sigue expondré una serie de ideas y pensamientos que, con cierta indulgencia del lector, podrán considerarse hipótesis.
I. Homo hominis lupus
Cuando escribimos sobre la violencia solemos centrarnos en modalidades específicas en las que aquella se plasma, ya se trate de los crímenes de lesa humanidad, la violencia sexual, los secuestros u otras formas. Intentaré en lo que sigue, pues, examinar la violencia pura, si se me permite el término, la violencia constitutiva de lo humano. De hecho, el epígrafe que encabeza este artículo nos recuerda que entre las múltiples formas de encarar la historia de la humanidad, una de ellas consiste en tomarla como la historia de los asesinatos.
El horror que nos provoca la violencia nos permite imaginar que somos ajenos a ella, no obstante la fascinación que nos promueve denuncia que nos involucra. Recordemos que el mandamiento que reza «No matarás» sólo es entendible en tanto pertenecemos al linaje de una interminable cadena de generaciones de asesinos. Como ha señalado Frazer (citado por Freud, 1913, pág. 126) “la ley sólo prohíbe a los seres humanos aquello que podrían llevar a cabo bajo el esforzar de sus pulsiones”. Compleja imbricación entre ley y pulsión que no por necesaria deja de ser siempre inacabada .
No hace mucho tiempo un paciente explicaba (o intentaba convencerme) que un suceso verosímilmente hostil hacia su pareja se trataba de un mero azar, un “accidente” que jamás habría deseado cometer. Como en otras ocasiones, recurrí al humor y le dije que los analistas operamos de modo inverso a la mafia. Ante la reacción sorprendida del paciente agregué que los analistas no cedemos a la tentación de que “parezca un accidente”.
Tal como señala Freud (1915), sólo mediante una ilusión podemos imaginar un mundo en que está ausente la violencia pues no hay desarraigo posible de la maldad. En una línea afín, Lacan refiere en su contribución a la criminología que el malestar en la cultura desnuda “la articulación misma de la cultura con la naturaleza” (1950, pág. 119). Es decir, el malestar en la cultura no sería sino la evidencia de un fondo de naturaleza nunca eliminable en toda civilización. Creo, entonces, que sigo la orientación freudiana al pensar que mientras la violencia es constitutiva del sujeto, los imperativos éticos son una conquista de la humanidad.
La violencia será todo acto que desestime la existencia vital y subjetiva del prójimo. La violencia perturba “el significado de las impresiones que nos asedian y sobre el valor de los juicios que formamos” (Freud, 1915, pág. 277). Asimismo, la ética, entendida como la tentativa de darle cabida a la diferencia, supone la renuncia al ejercicio de la crueldad. En suma, en un extremo la violencia, en el otro, la dimensión semántica y ética del sujeto, no obstante ambos extremos conviven en el hombre.
El párrafo previo indica una parte del efecto de la violencia, aunque sin embargo también sostendré la posibilidad de pensar la violencia como la resultante de suponerse no representado en el otro (este otro podrá ser un prójimo, el Estado, etc.).
Lo impensable de la criminalidad halla una representabilidad posible como argumentación sobre la injusticia. Aun así, advierto que ello deja un fondo no iluminado sobre el alma humana. En efecto, las consignas que proponen no olvidar el pasado en ocasiones fracasan pues omiten considerar las tendencias desestimantes. No se tratará, entonces, de la necesidad de esforzarnos en recordar sino de neutralizar la aversión a la realidad.
II. De culpas y penas
En 1916 Freud escribe un conjunto de tres ensayos uno de los cuales dedica al problema de la delincuencia. No obstante, tanto el artículo señalado como los dos restantes (sobre las excepciones y los que fracasan al triunfar) pueden encuadrarse en el estudio de aquello que no responde a una racionalidad esperable. Así, un crimen constituye la suspensión de la regla con que nuestras conciencias pretenden que se organice el mundo . Allí Freud señala la evidencia que indica que ciertos delitos no son la causa del sentimiento de culpa sino, más bien, su consecuencia.
De este breve escrito pueden derivarse diversos interrogantes, dos de los cuales expuso el mismo Freud. Por un lado, se pregunta sobre el origen de aquel sentimiento de culpa preexistente al delito. Sabemos ya que la teoría psicoanalítica reconduce los sentimientos morales al complejo de Edipo (perspectiva ontogenética) y al mito fundante del asesinato del padre de la horda cuando echa mano de la dimensión filogenética.
Por otro lado, Freud se cuestiona si esta hipótesis –la de la culpa como factor determinante de la fechoría- permite comprender la comisión de delitos. En tal caso, dice, será necesario deslindar cuanto menos dos grupos de delincuentes: aquellos que no poseen ningún sentimiento de culpa y aquellos otros en los que sí se presenta dicho sentimiento. Respecto de este segundo grupo la hipótesis freudiana encuentra cabida , mientras que el primer grupo quedaría excluido de la misma (posteriormente denominaré apatía criminal a este grupo).
Finalmente, deseo realizar otra puntuación consistente en profundizar la idea de un “sentimiento” que conduce a un “acto” (culpa y delito respectivamente). Recordemos que Freud (1919) señala que las fantasías (como la de “pegan a un niño”) constituyen escenificaciones necesarias para el procesamiento de una erogeneidad específica. En el artículo sobre los delincuentes dice Freud: “[el malhechor] sufría una acuciante conciencia de culpa… y después de cometer una falta esa presión se aliviaba. Por lo menos, la conciencia de culpa quedaba ocupada de algún modo” (1916, pág. 338). Luego agrega que los delitos son cometidos “para fijar el sentimiento de culpa” (op. cit., pág. 339) (la negrita es mía). Dicho de otro modo, el erotismo pide una escena y así podemos comprender el nexo entre el sentimiento de culpa y el acto delictivo, siendo este segundo la escena solicitada por el primero.
Pasemos ahora a examinar la lógica del castigo.
Hace un tiempo escuché el caso de un joven francés quien luego de asesinar a sus padres pidió clemencia al tribunal por ser un pobre huérfano. Maniobra discursiva que a través del cinismo logra concordar con los hechos y nos conduce a pensar que la pena de muerte no es otra cosa que la muerte de la pena.
Existen numerosos estudios que se han dedicado a objetar ya sea la efectividad o la legitimidad de la pena de muerte. Los primeros han mostrado que, en los hechos, la tasa de criminalidad no disminuye por efecto de la aplicación de la pena máxima. Los autores que cuestionan su legitimidad, a su vez, sostienen –con argumentos diversos- que la ley no puede, en ningún caso, avalar un asesinato.
Koestler (1960) y Camus (1960) son dos de los autores cuyas hipótesis me resultaron más sugerentes. Ambos plantean cuestionamientos de distinta naturaleza, los cuales comprenden los dos tipos de objeciones (eficacia y legitimidad). No me detendré en citar los argumentos correspondientes sino que prefiero centrarme en los efectos de la aplicación de la pena capital. Koestler, por su parte, señala que con la pena de muerte la “barbarie legal se convierte en barbarie común” (op. cit., pág. 47). El autor no desconoce que todo ser humano abrigue impulsos vengativos, pero estos no deben ser ratificados por la ley aun cuando formen parte de nuestra herencia biológica (en un apartado posterior me referiré al problema de la herencia de la especie).
Camus recuerda que, frecuentemente, las legislaciones consideran más grave el crimen premeditado que el crimen por impulso. Así, con fina ironía afirma que la pena de muerte no sería otra cosa que un crimen premeditado. El autor también se ocupa del fundamento que justificaría la pena de muerte en función de la ejemplaridad de la misma y lo refuta en virtud de que tal “ejemplo” no amedrenta a ningún criminal. Puedo agregar que el “asesinato legal” no se traduce en una reflexión sobre lo que podría ocurrirle a quien comete un crimen. Más bien, considero que se transforma en un ejemplo del grado de violencia del que es capaz un ser humano o la sociedad .
La pena de muerte consume (agota) el castigo posible pero no logra eliminar el sentimiento de culpa. Quiero decir, si un crimen da paso al castigo necesario para un sentimiento de culpa, el castigo absoluto libera la culpabilidad para que sean necesarios otros actos delictivos ¿No se trata en esos casos de que la sociedad ya está “resarcida por completo”, y con ello promueve un reinicio del circuito culpa delito? Quizá tengamos que admitir (soportar) la conveniencia de dejar que una porción (simbólica) del delito siga ocurriendo.
La culpa, entonces, es un sentimiento que admite diversas posiciones: o bien como ausente, o bien como determinante del hecho delictivo o bien como freno al mismo. En ocasiones me he preguntado acerca del valor de la vergüenza (Plut, 2001). He señalado que en algunos sujetos la vergüenza actúa como un freno al evento vergonzante (por ejemplo, hay personas que sienten vergüenza por su desocupación y, por ende, tienden a buscar un trabajo), mientras que en otros funciona de otro modo (les da vergüenza “ser vistos” en la búsqueda de trabajo y, por lo tanto, tienden a abandonar dicha búsqueda). En estos últimos, en rigor, la vergüenza va sedimentándose como un estado persistente del cual pretenden salir a través de una progresiva retracción –de tipo narcisista- a pesar de lo cual aquel afecto insiste interminablemente. Del mismo modo, me he preguntado por qué algunos sujetos una y otra vez se precipitan en escenas en que los invade la vergüenza, la humillación u otros sentimientos. Pues bien, entiendo que mientras para algunos los afectos displacenteros operan al modo de un freno, en otros operan como un destino hacia el cual se conducen invariable e irrefrenablemente.
Quizá esta proposición no difiera en mucho de la distinción freudiana entre la angustia señal y la angustia automática y nos sentimos autorizados de proponer, pues, una culpa señal y una culpa automática.
En este sentido, pensando en la criminalidad, podemos pesquisar, cuanto menos tres alternativas:
1) Apatía criminal caracterizada por la ausencia de culpa y subjetividad.
2) Los que delinquen por conciencia de culpa (en cuyo caso la culpa es, a la vez, el punto de partida y el punto de llegada).
3) Aquellos en quienes la culpa interfiere en la comisión del hecho culpógeno.
La apatía criminal nos permite pensar en aquellos sujetos en quienes su crimen no posee los rasgos de la perversidad. Sus actos no procuran la obtención de un bien material a costa de otros, sino que pretenden reducir el estado psíquico del destinatario de la violencia al propio, a la misma condición inerte de quien lo perpetra. Su propósito, entonces, es el de nivelar por lo bajo. Para el caso 2) el derecho opera como castigo, como punición, mientras que para el caso 3) como prohibición. Finalmente, puede advertirse que en esta rudimentaria tipología no hallamos casos en los cuales el sentimiento de culpa sea consecuencia del acto delictivo.
III. La especie humana es la especie de la culpa
Freud sostuvo que la neurosis es el negativo de la perversión, hipótesis que le permitió rastrear el destino de las pulsiones y también identificar posiciones subjetivas diversas al interior de una familia (una esposa neurótica con un marido perverso).
Sin embargo, no deseo centrarme ahora en la problemática de las estructuras clínicas sino en el término “negativo”. Si bien de un modo simplista podemos entender la frase al modo de “el neurótico fantasea lo que el perverso hace”, la primer alternativa impide su inversión. Es decir, podríamos enunciar que el perverso hace lo que el neurótico fantasea pero no podríamos afirmar que la perversión es el negativo de la neurosis. Esto es, el axioma freudiano no supone la negatividad como equivalente de “inverso”; antes bien implica que una –la neurosis- sólo se constituye a condición de la sofocación de la otra –perversión. En este sentido, gran parte del texto sobre el asesinato del padre de la horda primordial puede leerse en clave de “negación”. Para decirlo de otro modo, afirmaré que la sociedad es el negativo del crimen.
Repasemos algunas de las nociones expuestas por Freud (1913) en torno del origen de la ética y la comunidad. Sabemos que recurre a la hipótesis filogenética –herencia de la especie- para comprender el origen y continuidad del sentimiento de culpa. También refiere que el poder ético comprende un conjunto de representaciones y significaciones comunes. La comunidad social, entonces, se establece en la aceptación de las obligaciones recíprocas.
Freud también alude a la comunidad de linaje, y si bien cada uno reúne dentro de sí diversos linajes (su propia familia, su nación, su credo, la humanidad toda) es conveniente especificar que en esta ocasión el linaje al que Freud se refiere es el de la especie humana . Recordemos que en su estudio sobre Schreber Freud apuntó que la pulsión social puede investir diversas representaciones-grupo las cuales pueden tener un grado creciente de abstracción y abarcatividad.
Más allá de cuál es el grado de abarcatividad de un linaje dado, tiene particular interés la hipótesis de que en el clan totémico ciertas acciones (asesinato) estaban prohibidas para el individuo aislado pero eran legítimas cuando todo el linaje asumía la responsabilidad.
Esta descripción nos recuerda que en la modernidad, precisamente, es el Estado quien exige conservar el monopolio de la violencia. Podemos conjeturar que la atribución del monopolio estatal de la violencia deriva de la prescripción totémica de un sacrificio sólo permitido como acción colectiva. El Estado, pues, como instancia que representa al conjunto sería el único ejecutor legítimo de la violencia. Si bien esta delegación tiene por finalidad cierta seguridad social, también entraña determinados riesgos derivados de la concentración de tales magnitudes de hostilidad.
Por otro lado, se presenta un problema de naturaleza diversa que ha sido estudiado por numerosos autores, entre ellos, Agamben (2000) y Arendt (2000). Me refiero a las ocasiones en que el sentimiento de culpabilidad ve dislocado su origen histórico causal y se transforma en una difusa culpabilidad social. Agamben y Arendt examinan los efectos de la ausencia de una responsabilidad individual y jurídica de los implicados directamente en los crímenes de lesa humanidad durante el nazismo. Agamben, por su parte, recuerda la tendencia a asumir una culpa genérica en cada ocasión en que ocurre un fracaso en la resolución de un problema ético. Es decir, la culpa difusa y generalizada (al modo de “todos somos culpables”) resulta de (o invisibiliza) la no asunción –o adjudicación- de las responsabilidades individuales en cada delito cometido.
Podemos formular la siguiente proposición: la lógica según la cual no hay culpabilidad en la medida en que todos participamos de la violencia (claro que bajo la forma de su negatividad), queda pervertida cuando la violencia individual pretende diluir su culpabilidad en una responsabilidad (difusa y) colectiva. Mientras que en el primer caso, la violencia perpetrada por el “todos” se denomina “derecho” o “ley”, en el segundo caso se denomina “impunidad”. En la obra que hemos citado de Koestler, este afirma que “en el fondo de cada hombre civilizado se oculta un hombrecito de la edad de piedra, pronto para el robo y la violación, y que reclama a grandes gritos un ojo por ojo. Pero sería mejor que ese pequeño personaje cubierto con pieles de animales no inspirara la ley de nuestro país” (1960, pág. 104). Camus agrega que “si el crimen está en la naturaleza del hombre, la ley no está hecha para imitar o reproducir esa naturaleza” (1960, pág. 133).
Cada generación, entonces, renueva una y otra vez el parricidio (como un trauma que no cesa de ocurrir) por vía de la desmaterialización del padre y da lugar a la constitución de la sociedad fraterna. La culpa derivada del asesinato del padre deviene en proscripción de asesinar al hermano . De ese modo, la horda paterna queda sustituida por el clan de hermanos que rinde, al mismo tiempo, la constitución de un ideal (del yo). Huelga aclarar que la producción del ideal del yo resultante de la desmaterialización del padre es un proceso diverso (si no el opuesto) de la declinación de su autoridad (tal como lo expusieron, cada uno a su tiempo, Durkheim y Lacan) .
Volvemos con ello a la hipótesis que planteé más arriba: comprender la organización social como el negativo del parricidio. La gran fechoría (como Freud designa al parricidio) es así motivo (dio origen) y límite (lo que debe permanecer irrealizado) de la sociedad.
IV. Una investigación reciente
Hace aproximadamente un año estoy llevando a cabo una investigación sistemática cuyo objeto es el análisis del discurso político desde la perspectiva psicoanalítica (Plut, 2007a, 2007b). Deseo comentar brevemente algunas de las conclusiones derivadas del estudio del discurso escrito de Adolfo Hitler. En primer lugar, consideramos que el nazismo fue un sistema de pensamiento político más que un fenómeno inabordable o inhumano. Por ello acordamos con que no pensar lo que los nazis pensaban frena la posibilidad de pensar lo que hicieron, en cuyo caso aquel pensamiento permanecerá impensado entre nosotros (Badiou, 2005). Muchas de nuestras conclusiones hallaron correlación con observaciones realizadas por otros autores. Se ha señalado que el tipo de fidelidad (camaradería) que exigía Hitler respondía más a una construcción narcisista que a una relación objetal y que la “paz” que perseguía no suponía la reunión armónica (y aun conflictiva) de la diversidad sino aquella que surge de la aniquilación de los enemigos (Merle y De Saussure, 1973). El enemigo para Hitler era aquel que encarnaba la diferencia. Recordemos que para Freud el primer opuesto del amor es la indiferencia, que alude a lo no significativo y a lo no diferenciado. Los mismos autores afirmaron que el proceso decisorio de Hitler se desplegaba creando situaciones cada vez más tensas, seguidas de una descarga de odio hasta llegar a una indiferencia extrema.
Por otra parte, ha sido estudiado el nexo entre el desarrollo del nacionalsocialismo y el proceso inflacionario. Este último promovía un sentimiento de humillación que empujaba a endilgarle la responsabilidad (e inferioridad) a otro, a quien se hacía valer cada vez menos (como la unidad monetaria durante la inflación) (Canetti, 1960). En alguna ocasión escuché que una propaganda del período nazi afirmaba que la culpa de la crisis económica la tenían los ciclistas y los judíos. Ante el absurdo del anuncio, la gente tendía a preguntarse por qué los ciclistas, al tiempo que se instalaba y naturalizaba la presunta responsabilidad de los judíos.
Nuestras propias observaciones nos permitieron pensar en un tipo de liderazgo correlativo a la descomposición de la pulsión social, la disolución de las identificaciones, la convicción omnipotente del líder y la atribución de los males a la exterioridad. En el tipo de liderazgo descripto el proceso de ligadura de la pulsión de muerte recorre un camino descompositivo: la voluntad de poder se degrada progresivamente hacia la pulsión de apoderamiento y de allí hacia la pulsión de destrucción (Freud, 1924).
V. El mercado no hace lazo social
Una disputa clásica entre corrientes económicas y/o políticas opone dos valores: libertad y justicia. Mientras algunas doctrinas (como el neoliberalismo) proponen la libertad como el valor supremo, otras sostienen que el ideal rector debe ser la justicia. Cabe precisar que la libertad aludida es la libertad de mercado mientras que la justicia indicada por la otra postura es sobre todo la justicia social. Para los primeros, los defensores de la libertad de mercado, en todo caso, la justicia queda subordinada a la libertad pero, además, se trata de la justicia inherente o acotada a la seguridad civil (las leyes y normas que garantizan la protección de los bienes individuales).
También se discute, por ejemplo, si la delincuencia aumenta o no con el nivel de pobreza. En este caso, mientras los defensores de una perspectiva “garantista” argumentan que el nivel de inseguridad es consecuencia de la desigualdad social, los liberales refutan que exista un nexo entre ambos problemas. Podemos formular la siguiente hipótesis: es probable que un nivel creciente no sólo de pobreza sino de injusticia social tenga por consecuencia un aumento de los niveles de inseguridad. Asimismo, también consideramos que la inseguridad es –al menos parcialmente- un efecto del debilitamiento de los lazos sociales resultante de la entronización del mercado.
La violencia dio paso a la construcción del derecho a partir de reconocer que la unión de muchos (débiles) podía contrarrestar la violencia del más fuerte . Es decir, la unión quebranta la violencia y da origen al derecho que es el poder de una comunidad. Claro que allí no acaba el proceso, pues nada cambiaría si la unidad se formara sólo para combatir al más poderoso y se diluyera tras su doblegamiento. Dicha unidad logrará ser duradera a través de las ligazones de sentimiento. Un primer paso, entonces, es cómo se origina la unión, luego, cómo perdura y, finalmente, cómo se perpetúa. Todos estos pasos entrañan riesgos en tanto la comunidad se compone de elementos de poder desigual . Por ello, las leyes de esta asociación determinan la medida en que el individuo debe renunciar a la libertad personal de aplicar su fuerza.
Podemos agregar que Freud (1930) ha señalado que la libertad individual no es un patrimonio de la cultura, más aun, que aquella “libertad” fue máxima antes de toda cultura (aunque carecía de valor pues no se estaba en condiciones de preservarla). En cambio, el hombre de la cultura accede a la renuncia de una porción de placer y libertad a cambio de un trozo de seguridad. Podemos también intentar una aproximación metapsicológica a partir de los fenómenos de pánico colectivo. Recordemos que estos (cuando se pierde todo miramiento por el otro) no se corresponden con la magnitud de un peligro dado sino, precisamente, con la supresión de las ligazones libidinales que mantenían cohesionados a los miembros .
La desconstitución del ideal del yo conduce a la disolución de la representación-grupo y la descomposición de la pulsión social. Si esta última es la resultante de la desexualización de la libido homosexual apoyada en la autoconservación y de la transformación de la agresividad en sentimiento tierno, rápidamente advertimos los riesgos de la descomposición de aquella pulsión, lo cual da lugar a la liberación de la agresividad, las tendencias suicidas y las luchas fraticidas.
He aludido ya al estado de fascinación y horror en que podemos quedar frente a la criminalidad, y con ello afirmé también que no debemos abordar esta problemática como si fuera ajena. En efecto, frente al interrogante común sobre cómo es que han de ocurrir tales atrocidades, la teoría freudiana sugiere partir de un interrogante inverso: no sólo por qué puede imponerse la tendencia a la supresión de lo vital, sino cómo ha podido crearse un universo complejo en que predominen la ética, la solidaridad y la ternura.
Bibliografía
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(*) Publicado en non nominus, N° 7, Revista Mexicana de Psicoanálisis
“Todavía hoy lo que nuestros niños aprenden
en la escuela como historia universal es, en lo esencial,
una seguidilla de matanzas de pueblos”
(Freud, De guerra y muerte)
Habitualmente, ante la invitación a participar en una revista, me veo llevado, primero, a definir el tema y luego a organizar el plan de trabajo. Sin embargo, el efecto de la convocatoria para este número de non nominus fue, inicialmente, naufragar en toda tentativa de cernir algún tópico con especificidad así como también hallarme preso de una persistente evocación de textos de diversa índole (psicoanalíticos, filosóficos, literarios, etc.). Quizá esta multiplicación, al modo de la cabeza de Medusa, no sea otra cosa que la expresión misma de lo inenarrable contenido en la criminalidad.
Aludir al acto criminal en singular quizá sólo sea posible por un artificio del lenguaje. En efecto, los hechos clínicos y sociales nos revelan una diversidad difícil de comprender y de reunir en una unidad. Bajo esa premisa, en lo que sigue expondré una serie de ideas y pensamientos que, con cierta indulgencia del lector, podrán considerarse hipótesis.
I. Homo hominis lupus
Cuando escribimos sobre la violencia solemos centrarnos en modalidades específicas en las que aquella se plasma, ya se trate de los crímenes de lesa humanidad, la violencia sexual, los secuestros u otras formas. Intentaré en lo que sigue, pues, examinar la violencia pura, si se me permite el término, la violencia constitutiva de lo humano. De hecho, el epígrafe que encabeza este artículo nos recuerda que entre las múltiples formas de encarar la historia de la humanidad, una de ellas consiste en tomarla como la historia de los asesinatos.
El horror que nos provoca la violencia nos permite imaginar que somos ajenos a ella, no obstante la fascinación que nos promueve denuncia que nos involucra. Recordemos que el mandamiento que reza «No matarás» sólo es entendible en tanto pertenecemos al linaje de una interminable cadena de generaciones de asesinos. Como ha señalado Frazer (citado por Freud, 1913, pág. 126) “la ley sólo prohíbe a los seres humanos aquello que podrían llevar a cabo bajo el esforzar de sus pulsiones”. Compleja imbricación entre ley y pulsión que no por necesaria deja de ser siempre inacabada .
No hace mucho tiempo un paciente explicaba (o intentaba convencerme) que un suceso verosímilmente hostil hacia su pareja se trataba de un mero azar, un “accidente” que jamás habría deseado cometer. Como en otras ocasiones, recurrí al humor y le dije que los analistas operamos de modo inverso a la mafia. Ante la reacción sorprendida del paciente agregué que los analistas no cedemos a la tentación de que “parezca un accidente”.
Tal como señala Freud (1915), sólo mediante una ilusión podemos imaginar un mundo en que está ausente la violencia pues no hay desarraigo posible de la maldad. En una línea afín, Lacan refiere en su contribución a la criminología que el malestar en la cultura desnuda “la articulación misma de la cultura con la naturaleza” (1950, pág. 119). Es decir, el malestar en la cultura no sería sino la evidencia de un fondo de naturaleza nunca eliminable en toda civilización. Creo, entonces, que sigo la orientación freudiana al pensar que mientras la violencia es constitutiva del sujeto, los imperativos éticos son una conquista de la humanidad.
La violencia será todo acto que desestime la existencia vital y subjetiva del prójimo. La violencia perturba “el significado de las impresiones que nos asedian y sobre el valor de los juicios que formamos” (Freud, 1915, pág. 277). Asimismo, la ética, entendida como la tentativa de darle cabida a la diferencia, supone la renuncia al ejercicio de la crueldad. En suma, en un extremo la violencia, en el otro, la dimensión semántica y ética del sujeto, no obstante ambos extremos conviven en el hombre.
El párrafo previo indica una parte del efecto de la violencia, aunque sin embargo también sostendré la posibilidad de pensar la violencia como la resultante de suponerse no representado en el otro (este otro podrá ser un prójimo, el Estado, etc.).
Lo impensable de la criminalidad halla una representabilidad posible como argumentación sobre la injusticia. Aun así, advierto que ello deja un fondo no iluminado sobre el alma humana. En efecto, las consignas que proponen no olvidar el pasado en ocasiones fracasan pues omiten considerar las tendencias desestimantes. No se tratará, entonces, de la necesidad de esforzarnos en recordar sino de neutralizar la aversión a la realidad.
II. De culpas y penas
En 1916 Freud escribe un conjunto de tres ensayos uno de los cuales dedica al problema de la delincuencia. No obstante, tanto el artículo señalado como los dos restantes (sobre las excepciones y los que fracasan al triunfar) pueden encuadrarse en el estudio de aquello que no responde a una racionalidad esperable. Así, un crimen constituye la suspensión de la regla con que nuestras conciencias pretenden que se organice el mundo . Allí Freud señala la evidencia que indica que ciertos delitos no son la causa del sentimiento de culpa sino, más bien, su consecuencia.
De este breve escrito pueden derivarse diversos interrogantes, dos de los cuales expuso el mismo Freud. Por un lado, se pregunta sobre el origen de aquel sentimiento de culpa preexistente al delito. Sabemos ya que la teoría psicoanalítica reconduce los sentimientos morales al complejo de Edipo (perspectiva ontogenética) y al mito fundante del asesinato del padre de la horda cuando echa mano de la dimensión filogenética.
Por otro lado, Freud se cuestiona si esta hipótesis –la de la culpa como factor determinante de la fechoría- permite comprender la comisión de delitos. En tal caso, dice, será necesario deslindar cuanto menos dos grupos de delincuentes: aquellos que no poseen ningún sentimiento de culpa y aquellos otros en los que sí se presenta dicho sentimiento. Respecto de este segundo grupo la hipótesis freudiana encuentra cabida , mientras que el primer grupo quedaría excluido de la misma (posteriormente denominaré apatía criminal a este grupo).
Finalmente, deseo realizar otra puntuación consistente en profundizar la idea de un “sentimiento” que conduce a un “acto” (culpa y delito respectivamente). Recordemos que Freud (1919) señala que las fantasías (como la de “pegan a un niño”) constituyen escenificaciones necesarias para el procesamiento de una erogeneidad específica. En el artículo sobre los delincuentes dice Freud: “[el malhechor] sufría una acuciante conciencia de culpa… y después de cometer una falta esa presión se aliviaba. Por lo menos, la conciencia de culpa quedaba ocupada de algún modo” (1916, pág. 338). Luego agrega que los delitos son cometidos “para fijar el sentimiento de culpa” (op. cit., pág. 339) (la negrita es mía). Dicho de otro modo, el erotismo pide una escena y así podemos comprender el nexo entre el sentimiento de culpa y el acto delictivo, siendo este segundo la escena solicitada por el primero.
Pasemos ahora a examinar la lógica del castigo.
Hace un tiempo escuché el caso de un joven francés quien luego de asesinar a sus padres pidió clemencia al tribunal por ser un pobre huérfano. Maniobra discursiva que a través del cinismo logra concordar con los hechos y nos conduce a pensar que la pena de muerte no es otra cosa que la muerte de la pena.
Existen numerosos estudios que se han dedicado a objetar ya sea la efectividad o la legitimidad de la pena de muerte. Los primeros han mostrado que, en los hechos, la tasa de criminalidad no disminuye por efecto de la aplicación de la pena máxima. Los autores que cuestionan su legitimidad, a su vez, sostienen –con argumentos diversos- que la ley no puede, en ningún caso, avalar un asesinato.
Koestler (1960) y Camus (1960) son dos de los autores cuyas hipótesis me resultaron más sugerentes. Ambos plantean cuestionamientos de distinta naturaleza, los cuales comprenden los dos tipos de objeciones (eficacia y legitimidad). No me detendré en citar los argumentos correspondientes sino que prefiero centrarme en los efectos de la aplicación de la pena capital. Koestler, por su parte, señala que con la pena de muerte la “barbarie legal se convierte en barbarie común” (op. cit., pág. 47). El autor no desconoce que todo ser humano abrigue impulsos vengativos, pero estos no deben ser ratificados por la ley aun cuando formen parte de nuestra herencia biológica (en un apartado posterior me referiré al problema de la herencia de la especie).
Camus recuerda que, frecuentemente, las legislaciones consideran más grave el crimen premeditado que el crimen por impulso. Así, con fina ironía afirma que la pena de muerte no sería otra cosa que un crimen premeditado. El autor también se ocupa del fundamento que justificaría la pena de muerte en función de la ejemplaridad de la misma y lo refuta en virtud de que tal “ejemplo” no amedrenta a ningún criminal. Puedo agregar que el “asesinato legal” no se traduce en una reflexión sobre lo que podría ocurrirle a quien comete un crimen. Más bien, considero que se transforma en un ejemplo del grado de violencia del que es capaz un ser humano o la sociedad .
La pena de muerte consume (agota) el castigo posible pero no logra eliminar el sentimiento de culpa. Quiero decir, si un crimen da paso al castigo necesario para un sentimiento de culpa, el castigo absoluto libera la culpabilidad para que sean necesarios otros actos delictivos ¿No se trata en esos casos de que la sociedad ya está “resarcida por completo”, y con ello promueve un reinicio del circuito culpa delito? Quizá tengamos que admitir (soportar) la conveniencia de dejar que una porción (simbólica) del delito siga ocurriendo.
La culpa, entonces, es un sentimiento que admite diversas posiciones: o bien como ausente, o bien como determinante del hecho delictivo o bien como freno al mismo. En ocasiones me he preguntado acerca del valor de la vergüenza (Plut, 2001). He señalado que en algunos sujetos la vergüenza actúa como un freno al evento vergonzante (por ejemplo, hay personas que sienten vergüenza por su desocupación y, por ende, tienden a buscar un trabajo), mientras que en otros funciona de otro modo (les da vergüenza “ser vistos” en la búsqueda de trabajo y, por lo tanto, tienden a abandonar dicha búsqueda). En estos últimos, en rigor, la vergüenza va sedimentándose como un estado persistente del cual pretenden salir a través de una progresiva retracción –de tipo narcisista- a pesar de lo cual aquel afecto insiste interminablemente. Del mismo modo, me he preguntado por qué algunos sujetos una y otra vez se precipitan en escenas en que los invade la vergüenza, la humillación u otros sentimientos. Pues bien, entiendo que mientras para algunos los afectos displacenteros operan al modo de un freno, en otros operan como un destino hacia el cual se conducen invariable e irrefrenablemente.
Quizá esta proposición no difiera en mucho de la distinción freudiana entre la angustia señal y la angustia automática y nos sentimos autorizados de proponer, pues, una culpa señal y una culpa automática.
En este sentido, pensando en la criminalidad, podemos pesquisar, cuanto menos tres alternativas:
1) Apatía criminal caracterizada por la ausencia de culpa y subjetividad.
2) Los que delinquen por conciencia de culpa (en cuyo caso la culpa es, a la vez, el punto de partida y el punto de llegada).
3) Aquellos en quienes la culpa interfiere en la comisión del hecho culpógeno.
La apatía criminal nos permite pensar en aquellos sujetos en quienes su crimen no posee los rasgos de la perversidad. Sus actos no procuran la obtención de un bien material a costa de otros, sino que pretenden reducir el estado psíquico del destinatario de la violencia al propio, a la misma condición inerte de quien lo perpetra. Su propósito, entonces, es el de nivelar por lo bajo. Para el caso 2) el derecho opera como castigo, como punición, mientras que para el caso 3) como prohibición. Finalmente, puede advertirse que en esta rudimentaria tipología no hallamos casos en los cuales el sentimiento de culpa sea consecuencia del acto delictivo.
III. La especie humana es la especie de la culpa
Freud sostuvo que la neurosis es el negativo de la perversión, hipótesis que le permitió rastrear el destino de las pulsiones y también identificar posiciones subjetivas diversas al interior de una familia (una esposa neurótica con un marido perverso).
Sin embargo, no deseo centrarme ahora en la problemática de las estructuras clínicas sino en el término “negativo”. Si bien de un modo simplista podemos entender la frase al modo de “el neurótico fantasea lo que el perverso hace”, la primer alternativa impide su inversión. Es decir, podríamos enunciar que el perverso hace lo que el neurótico fantasea pero no podríamos afirmar que la perversión es el negativo de la neurosis. Esto es, el axioma freudiano no supone la negatividad como equivalente de “inverso”; antes bien implica que una –la neurosis- sólo se constituye a condición de la sofocación de la otra –perversión. En este sentido, gran parte del texto sobre el asesinato del padre de la horda primordial puede leerse en clave de “negación”. Para decirlo de otro modo, afirmaré que la sociedad es el negativo del crimen.
Repasemos algunas de las nociones expuestas por Freud (1913) en torno del origen de la ética y la comunidad. Sabemos que recurre a la hipótesis filogenética –herencia de la especie- para comprender el origen y continuidad del sentimiento de culpa. También refiere que el poder ético comprende un conjunto de representaciones y significaciones comunes. La comunidad social, entonces, se establece en la aceptación de las obligaciones recíprocas.
Freud también alude a la comunidad de linaje, y si bien cada uno reúne dentro de sí diversos linajes (su propia familia, su nación, su credo, la humanidad toda) es conveniente especificar que en esta ocasión el linaje al que Freud se refiere es el de la especie humana . Recordemos que en su estudio sobre Schreber Freud apuntó que la pulsión social puede investir diversas representaciones-grupo las cuales pueden tener un grado creciente de abstracción y abarcatividad.
Más allá de cuál es el grado de abarcatividad de un linaje dado, tiene particular interés la hipótesis de que en el clan totémico ciertas acciones (asesinato) estaban prohibidas para el individuo aislado pero eran legítimas cuando todo el linaje asumía la responsabilidad.
Esta descripción nos recuerda que en la modernidad, precisamente, es el Estado quien exige conservar el monopolio de la violencia. Podemos conjeturar que la atribución del monopolio estatal de la violencia deriva de la prescripción totémica de un sacrificio sólo permitido como acción colectiva. El Estado, pues, como instancia que representa al conjunto sería el único ejecutor legítimo de la violencia. Si bien esta delegación tiene por finalidad cierta seguridad social, también entraña determinados riesgos derivados de la concentración de tales magnitudes de hostilidad.
Por otro lado, se presenta un problema de naturaleza diversa que ha sido estudiado por numerosos autores, entre ellos, Agamben (2000) y Arendt (2000). Me refiero a las ocasiones en que el sentimiento de culpabilidad ve dislocado su origen histórico causal y se transforma en una difusa culpabilidad social. Agamben y Arendt examinan los efectos de la ausencia de una responsabilidad individual y jurídica de los implicados directamente en los crímenes de lesa humanidad durante el nazismo. Agamben, por su parte, recuerda la tendencia a asumir una culpa genérica en cada ocasión en que ocurre un fracaso en la resolución de un problema ético. Es decir, la culpa difusa y generalizada (al modo de “todos somos culpables”) resulta de (o invisibiliza) la no asunción –o adjudicación- de las responsabilidades individuales en cada delito cometido.
Podemos formular la siguiente proposición: la lógica según la cual no hay culpabilidad en la medida en que todos participamos de la violencia (claro que bajo la forma de su negatividad), queda pervertida cuando la violencia individual pretende diluir su culpabilidad en una responsabilidad (difusa y) colectiva. Mientras que en el primer caso, la violencia perpetrada por el “todos” se denomina “derecho” o “ley”, en el segundo caso se denomina “impunidad”. En la obra que hemos citado de Koestler, este afirma que “en el fondo de cada hombre civilizado se oculta un hombrecito de la edad de piedra, pronto para el robo y la violación, y que reclama a grandes gritos un ojo por ojo. Pero sería mejor que ese pequeño personaje cubierto con pieles de animales no inspirara la ley de nuestro país” (1960, pág. 104). Camus agrega que “si el crimen está en la naturaleza del hombre, la ley no está hecha para imitar o reproducir esa naturaleza” (1960, pág. 133).
Cada generación, entonces, renueva una y otra vez el parricidio (como un trauma que no cesa de ocurrir) por vía de la desmaterialización del padre y da lugar a la constitución de la sociedad fraterna. La culpa derivada del asesinato del padre deviene en proscripción de asesinar al hermano . De ese modo, la horda paterna queda sustituida por el clan de hermanos que rinde, al mismo tiempo, la constitución de un ideal (del yo). Huelga aclarar que la producción del ideal del yo resultante de la desmaterialización del padre es un proceso diverso (si no el opuesto) de la declinación de su autoridad (tal como lo expusieron, cada uno a su tiempo, Durkheim y Lacan) .
Volvemos con ello a la hipótesis que planteé más arriba: comprender la organización social como el negativo del parricidio. La gran fechoría (como Freud designa al parricidio) es así motivo (dio origen) y límite (lo que debe permanecer irrealizado) de la sociedad.
IV. Una investigación reciente
Hace aproximadamente un año estoy llevando a cabo una investigación sistemática cuyo objeto es el análisis del discurso político desde la perspectiva psicoanalítica (Plut, 2007a, 2007b). Deseo comentar brevemente algunas de las conclusiones derivadas del estudio del discurso escrito de Adolfo Hitler. En primer lugar, consideramos que el nazismo fue un sistema de pensamiento político más que un fenómeno inabordable o inhumano. Por ello acordamos con que no pensar lo que los nazis pensaban frena la posibilidad de pensar lo que hicieron, en cuyo caso aquel pensamiento permanecerá impensado entre nosotros (Badiou, 2005). Muchas de nuestras conclusiones hallaron correlación con observaciones realizadas por otros autores. Se ha señalado que el tipo de fidelidad (camaradería) que exigía Hitler respondía más a una construcción narcisista que a una relación objetal y que la “paz” que perseguía no suponía la reunión armónica (y aun conflictiva) de la diversidad sino aquella que surge de la aniquilación de los enemigos (Merle y De Saussure, 1973). El enemigo para Hitler era aquel que encarnaba la diferencia. Recordemos que para Freud el primer opuesto del amor es la indiferencia, que alude a lo no significativo y a lo no diferenciado. Los mismos autores afirmaron que el proceso decisorio de Hitler se desplegaba creando situaciones cada vez más tensas, seguidas de una descarga de odio hasta llegar a una indiferencia extrema.
Por otra parte, ha sido estudiado el nexo entre el desarrollo del nacionalsocialismo y el proceso inflacionario. Este último promovía un sentimiento de humillación que empujaba a endilgarle la responsabilidad (e inferioridad) a otro, a quien se hacía valer cada vez menos (como la unidad monetaria durante la inflación) (Canetti, 1960). En alguna ocasión escuché que una propaganda del período nazi afirmaba que la culpa de la crisis económica la tenían los ciclistas y los judíos. Ante el absurdo del anuncio, la gente tendía a preguntarse por qué los ciclistas, al tiempo que se instalaba y naturalizaba la presunta responsabilidad de los judíos.
Nuestras propias observaciones nos permitieron pensar en un tipo de liderazgo correlativo a la descomposición de la pulsión social, la disolución de las identificaciones, la convicción omnipotente del líder y la atribución de los males a la exterioridad. En el tipo de liderazgo descripto el proceso de ligadura de la pulsión de muerte recorre un camino descompositivo: la voluntad de poder se degrada progresivamente hacia la pulsión de apoderamiento y de allí hacia la pulsión de destrucción (Freud, 1924).
V. El mercado no hace lazo social
Una disputa clásica entre corrientes económicas y/o políticas opone dos valores: libertad y justicia. Mientras algunas doctrinas (como el neoliberalismo) proponen la libertad como el valor supremo, otras sostienen que el ideal rector debe ser la justicia. Cabe precisar que la libertad aludida es la libertad de mercado mientras que la justicia indicada por la otra postura es sobre todo la justicia social. Para los primeros, los defensores de la libertad de mercado, en todo caso, la justicia queda subordinada a la libertad pero, además, se trata de la justicia inherente o acotada a la seguridad civil (las leyes y normas que garantizan la protección de los bienes individuales).
También se discute, por ejemplo, si la delincuencia aumenta o no con el nivel de pobreza. En este caso, mientras los defensores de una perspectiva “garantista” argumentan que el nivel de inseguridad es consecuencia de la desigualdad social, los liberales refutan que exista un nexo entre ambos problemas. Podemos formular la siguiente hipótesis: es probable que un nivel creciente no sólo de pobreza sino de injusticia social tenga por consecuencia un aumento de los niveles de inseguridad. Asimismo, también consideramos que la inseguridad es –al menos parcialmente- un efecto del debilitamiento de los lazos sociales resultante de la entronización del mercado.
La violencia dio paso a la construcción del derecho a partir de reconocer que la unión de muchos (débiles) podía contrarrestar la violencia del más fuerte . Es decir, la unión quebranta la violencia y da origen al derecho que es el poder de una comunidad. Claro que allí no acaba el proceso, pues nada cambiaría si la unidad se formara sólo para combatir al más poderoso y se diluyera tras su doblegamiento. Dicha unidad logrará ser duradera a través de las ligazones de sentimiento. Un primer paso, entonces, es cómo se origina la unión, luego, cómo perdura y, finalmente, cómo se perpetúa. Todos estos pasos entrañan riesgos en tanto la comunidad se compone de elementos de poder desigual . Por ello, las leyes de esta asociación determinan la medida en que el individuo debe renunciar a la libertad personal de aplicar su fuerza.
Podemos agregar que Freud (1930) ha señalado que la libertad individual no es un patrimonio de la cultura, más aun, que aquella “libertad” fue máxima antes de toda cultura (aunque carecía de valor pues no se estaba en condiciones de preservarla). En cambio, el hombre de la cultura accede a la renuncia de una porción de placer y libertad a cambio de un trozo de seguridad. Podemos también intentar una aproximación metapsicológica a partir de los fenómenos de pánico colectivo. Recordemos que estos (cuando se pierde todo miramiento por el otro) no se corresponden con la magnitud de un peligro dado sino, precisamente, con la supresión de las ligazones libidinales que mantenían cohesionados a los miembros .
La desconstitución del ideal del yo conduce a la disolución de la representación-grupo y la descomposición de la pulsión social. Si esta última es la resultante de la desexualización de la libido homosexual apoyada en la autoconservación y de la transformación de la agresividad en sentimiento tierno, rápidamente advertimos los riesgos de la descomposición de aquella pulsión, lo cual da lugar a la liberación de la agresividad, las tendencias suicidas y las luchas fraticidas.
He aludido ya al estado de fascinación y horror en que podemos quedar frente a la criminalidad, y con ello afirmé también que no debemos abordar esta problemática como si fuera ajena. En efecto, frente al interrogante común sobre cómo es que han de ocurrir tales atrocidades, la teoría freudiana sugiere partir de un interrogante inverso: no sólo por qué puede imponerse la tendencia a la supresión de lo vital, sino cómo ha podido crearse un universo complejo en que predominen la ética, la solidaridad y la ternura.
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(*) Publicado en non nominus, N° 7, Revista Mexicana de Psicoanálisis
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