Reportaje a Yannis Stavrakakis realizado por Sebastián Plut
De paso por Buenos Aires, para presentar su último libro, La izquierda lacaniana, con-versamos con su autor. Yannis Stavrakakis es Profesor de la Escuela de Ciencias Políti-cas de la Universidad Aristóteles de Tesalónica y ha publicado diversos libros en los que combina la teoría psicoanalítica lacaniana, la teoría política y el análisis político crítico.
SP: ¿A qué llama Ud. “izquierda lacaniana”?
YS: “Izquierda lacaniana” es un significante, es un término que utilizo para poder refe-rirme a una serie de intervenciones teóricas que usan los conceptos y las teorías laca-nianas en el desarrollo de la teoría política crítica y en los argumentos filosóficos que ubicaríamos en el ala izquierda. También lo uso para referirme a un enfoque político crítico en el análisis de varios fenómenos y problemas, como el consumismo, la identi-dad europea, la post-democracia, etc.
SP: Parafraseando a Lacan, cuando dice que “la mujer no existe”, Ud. afirma que en un “espíritu verdaderamente lacaniano habría que decir que la izquierda lacaniana no existe”. ¿Por qué la denominación entonces?
YS: Exactamente, es una referencia a esa frase de Lacan. Digo esto porque ninguno de los autores que yo estoy examinando (Zizek, Badiou, Laclau) han dicho de sí mis-mos que son parte de la izquierda lacaniana. Entonces, si leemos sus propios textos, la izquierda lacaniana de hecho no existe. Al mismo tiempo, a través de todas estas in-tervenciones, tenemos el surgimiento de un nuevo campo que merece adquirir su pro-pio nombre. A través de este libro yo estoy dando este proceso de dar un nombre. También este proceso de nombramiento lleva a un proceso de construcción.
SP: Hablar de izquierda lacaniana, ¿supone entonces que el nexo entre psicoanálisis y política es entre teoría lacaniana e izquierda política?
YS: Ud. me pregunta si es exclusivamente así. No, este espectro se lleva a cabo dentro de un horizonte más amplio y antes del surgimiento de lo que yo llamo la izquierda lacaniana teníamos la izquierda freudiana. Ya desde la década del ’20 y del ’30, Reich, Marcuse y la Escuela de Frankfurt, trataban de incorporar algunos elementos dentro de la teoría freudiana.
Probablemente, se puede tener elementos de la teoría psicoanalítica utilizados por el discurso de la derecha, como por ejemplo ahora con el tema del matrimonio homo-sexual, la adopción en parejas gay. Hay psicoanalistas que están en contra de eso y otros que están a favor. Lo mismo sucede con las referencias a los argumentos laca-nianos.
Aun así creo que tanto en Freud como en Lacan hay un cierto radicalismo, pero es un radicalismo de un tipo muy particular. Es un radicalismo anti-utópico. Entonces, creo que tanto los argumentos de Freud como los de Lacan están muy cerca de los argu-mentos de la izquierda que tratan de construir un discurso alternativo y tratan de pen-sar un futuro alternativo. Al mismo tiempo, evitan esta fantasía tan fuerte de una uto-pía en el futuro.
SP: Ud. diferencia, para el análisis político, el valor de la teoría de Lacan de su posición política. ¿Cómo considera entonces cuando Lacan sostiene que los procesos revolucio-narios conducen a la reintroducción del discurso del amo?
YS: Esto me lleva mucho a lo que estaba hablando antes y tiene que ver con este sen-timiento anti-utópico. Este mensaje precisamente está siendo corroborado por la expe-riencia de todos los grandes eventos revolucionarios del siglo XX. Esto es algo que toda la izquierda tiene que tener en mente.
Por otro lado, tiene razón, no podemos relacionar la forma en la que desarrollamos la izquierda lacaniana con la biografía de Lacan. De hecho, todo este campo de la iz-quierda lacaniana, como lo describo, es muy diverso. Hay diferentes tipos de política avanzadas por Zizek, hay políticas diferentes en Laclau y Mouffe o en Badiou, etc.
Pero creo que algunas de estas versiones son más leales que otras, si se quiere, a este radicalismo anti-utópico de Lacan. Por ejemplo, las ideas de Laclau y Mouffe sobre la democracia están mucho más cerca de este radicalismo que la idea de Zizek.
En el caso de Zizek creo que hay dos fases diferentes. En la primera fase de su obra su principal referencia es Lacan y sus argumentos están mucho más cerca de este radica-lismo anti-utópico lacaniano. En la segunda fase de su obra, se va a una postura más leninista y desarrolla esta idea del acto radical que se acerca mucho más a una versión revolucionaria de la política, y para desarrollarla se remonta a algunos conceptos laca-nianos. Por ejemplo, toma la admiración de Lacan por Antígona del seminario sobe la ética del psicoanálisis. Allí Lacan habla del deseo puro que encarna Antígona y el acto radical en Zizek es el acto puro.
Sin embargo, después de este seminario sobre la ética del psicoanálisis, Lacan se da cuenta que esta idea de la pureza es una idea muy peligrosa porque no hay deseo puro. La izquierda lacaniana tiene que tomar en cuenta también esta sospecha, si se quiere, contra esta idea de pureza. Sabemos que tenemos que ir más allá de esta idea de pureza, de esta idea de completud, de totalidad. De lo contrario, vamos a un terre-no muy peligroso, antidemocrático.
SP: El concepto de lo real tiene cierta centralidad en su texto. ¿Cuáles serían las impli-caciones políticas de lo real?
YS: Hay muchas implicancias diferentes, porque lo real pasa por diferentes cambios teóricos en la obra de Lacan. La manera en que ha sido apropiado por la teoría política también atraviesa diferentes fases. Al principio está este reconocimiento de lo real a través del reconocimiento de la negatividad, por ejemplo, en la idea de dislocación en Laclau, una dislocación que afecta a un orden o un discurso político en particular. Esto muestra que este orden no puede controlar la totalidad de lo real. Había algo que es-taba dejado afuera y que viene a dislocar este orden supuesto. Esta es una manera de hablar de lo real en términos políticos. Esto es lo que traté de enfatizar en mi libro La-can y lo político.
Ahora estoy prestando mucha más atención a lo real y el concepto de jouissance en la obra de Lacan. Se puede hacer un tipología sobre cómo el goce interviene en el campo político. Tenemos un real imaginario a través de la fantasía que promete un encuentro con el goce en el futuro. Por ejemplo, en el consumismo uno tiene esta promesa, es lo que hace el discurso publicitario. Al comprar un producto en particular uno va a encon-trar un goce fantasmático. Estas fantasías están respaldadas por las experiencias tem-porarias y entonces cuando uno compra algo tiene un tipo de goce o de disfrute, pero es una experiencia muy limitada. Nunca es equivalente a la fantasía propuesta, es un goce parcial. Pero esta insatisfacción que está siendo alimentada por esta parcialidad es lo que nos hace movernos hacia la próxima fantasía, el próximo producto.
Hay una dialéctica entre satisfacción e insatisfacción, entre parcialidad y fantasía de completud, que es crucial en la reproducción de todo el sistema.
Tenemos, entonces, el goce de la fantasía, el goce de los momentos parciales, y todos estos diferentes tipos de goce desarrollan algún tipo de dialéctica para poder sostener diferentes maneras de vida.
SP: ¿A que se refiere, cuando examina la obra de Zizek, con la “dialéctica de la des-mentida”?
YS: No estoy hablando de la vida personal de Zizek (risas). Zizek es un muy buen ami-go, hace 20 años que lo conozco, hice la traducción de sus libros al griego, vino a visi-tarme muchas veces a Grecia, y también vino a visitarme cuando yo estaba en Essex y tuvimos muy buenos encuentros. Pero al mismo tiempo tenemos un debate, que pue-de ser crítico a veces, sobre la forma adecuada de abordar los temas lacanianos y polí-ticos.
Cuando hablo de perversión y desmentida, estoy usando estos términos para darle forma a algunos de sus argumentos. Lo que tenemos en muchos de los argumentos de Zizek es que él parece muy decidido a adherirse a argumentos que parecen contradic-torios.
Por ejemplo, hay una entrevista que nosotros mantuvimos en la cual yo estoy como empujándolo para revelar su postura. Yo le pregunto si él acepta esta idea que tene-mos del límite, de la falta, de la finitud, de la contingencia. Y él dice: “por supuesto, todos estarían de acuerdo en esto”. No obstante, al mismo tiempo, dice que quiere poner el énfasis en esta idea del acto radical, y cuando leemos sus trabajos acerca del acto radical es algo que transgrede o va más allá de la finitud, de la falta.
La pregunta es: ¿se pueden mantener estas dos posturas simultáneamente? Esta es exactamente la estructura de la desmentida: “por supuesto que lo sé, pero…”. Esto es lo que estoy tratando de describir. Es interesante para mí observar que Zizek no clarifi-ca este punto. Tranquilamente podría decir “cambié de idea, al principio pensaba así y ahora pienso de esta manera”. O podría encontrar otra manera de vincular las dos ideas. El hecho de que él no esté esclareciendo este punto justifica la idea de la estruc-tura de la desmentida.
SP: Le pregunté por la cuestión de la desmentida, porque he notado que en los dife-rentes autores que combinan psicoanálisis y marxismo, precisamente, hay algunas omisiones que me parecen significativas. Una de ellas es que suelen aludir a la repre-sión (por ejemplo, Marcuse), y no tanto a la desmentida, que para Freud es una de-fensa frente a la realidad. Incluso, cuando Ud. habla de Kuhn y las anomalías, se refie-re al retorno de lo reprimido y no al retorno de lo desmentido.
YS: Estoy totalmente de acuerdo. Toda esta tradición de la izquierda freudiana presen-ta una versión muy empobrecida de conceptos psicoanalíticos. No solamente en rela-ción con la represión o con la desmentida, sino también respecto de la pulsión de muerte que no está tan presente en esos autores.
El capitalismo domestica algunas estructuras, como la estructura del deseo, entre otras, y retroactivamente parece que no se pueden distinguir del capitalismo, pero que no significa que emergen con el capitalismo.
Para volver a la idea de desmentida, estoy totalmente de acuerdo con Ud., ya que es mucho más interesante para el análisis de los fenómenos contemporáneos. Zizek tiene razón aquí cuando, en El sublime objeto de la ideología, habla de formas ideológicas contemporáneas como una falsa conciencia iluminada. Pero no es una conciencia falsa en la forma de la represión, sino que se acerca mucho más a la estructura de la des-mentida: “sé que las cosas son así, pero al mismo tiempo continúo actuando como si…”. Esto hace que la crítica sea mucho más difícil.
SP: Ud. habla de las formas de identificación de largo plazo y de las dificultades para el cambio, y vi que solo escasamente hace referencia al superyó. Este es otro de los conceptos que Freud cuestionó que los marxistas de su época dejaran de lado, ya que el superyó es uno de los factores de resistencia al cambio.
YS: Creo que hablo del superyó cuando hablo del consumismo y la forma en que este se relaciona con el capitalismo tardío. Digo que está reproducido a través de la función del superyó, pero no el superyó como una agencia prohibitiva, sino como el superyó que Lacan formuló en los´50 o ´60, como un llamado al goce. Este nuevo concepto de superyó como algo que llama al goce es lo que encontramos en el consumismo, este llamado al goce, al disfrute. Este llamado viene de la publicidad, los amigos, etc. Si uno no disfruta lo suficiente, uno debe sentirse culpable. Esto también muestra cómo este aspecto liberador del consumismo esconde un cierto límite, un aspecto debilitador, un aspecto muy problemático.
Esto es algo que estoy tratando de desarrollar en mi investigación actual, después de La izquierda lacaniana. Es como ver diferentes aspectos del superyó, el superyó como prohibición y el superyó como llamado al goce, al disfrute, como el goce obligado. Esto funciona en una relación mutua, en un enganche mutuo, para poder reproducir el sis-tema. Este ángulo nos puede ayudar para ver las continuidades y diferencias entre el capitalismo y las formas más antiguas de regular los lazos sociales, por ejemplo en el feudalismo.
Cuando leemos acerca del feudalismo y las cortes, uno ve que lo que funciona allí es esta idea del consumo continuo. Los aristócratas tenían que gastar para poder mante-ner el status dentro de la corte, pero no lo hacen por propia voluntad sino que están obligados a hacerlo para mantener su posición. Entonces, es un tipo de goce obligado también.
Después del feudalismo, las sociedades burguesas critican mucho esta actitud de la aristocracia, pero al mismo tiempo incorporan algo de esta, de estas actitudes, junto con el ascetismo, que corresponde a un superyó prohibitivo y que Weber lo analizó muy bien en la ética protestante. Junto con esta ética, tenemos el consumo y algún tipo de goce obligado también en el buen gusto, en la moda. No se puede tener lo uno sin lo otro, porque lo que se produce en esta ética del ascetismo tiene que ser consu-mido por alguien para que el sistema funcione. Gradualmente volvemos a esta idea del goce obligado que afecta a la burguesía, y después de la Segunda Guerra Mundial, esto de alguna manera se democratiza y todos tienen derecho a consumir, a disfrutar. Tal vez la crisis económica hoy en día, es una crisis de este modelo. Ahora en los me-dios vemos un debate entre la ética del goce y la ética de la prohibición.
SP: Un tercer concepto freudiano que entiendo no se ha tomado en cuenta (además de desmentida y superyó), es el de filogénesis. ¿Qué piensa al respecto?
YS: (Risas). No estoy tan seguro, realmente no estoy seguro. Soy un poco escéptico…, tendría que pensarlo. Podría llegar a tener que relacionarse con algún modelo biológi-co. Habría que ver cómo este aspecto biológico se articula con el aspecto cultural. Está bien, tal vez podría funcionar, por ejemplo en el paso del instinto al impulso, pero es algo que uno tiene que pensar en profundidad.
SP: Creo que en La razón populista Laclau sostiene que el psicoanálisis constituye una ontología general. ¿Coincide Ud. con esta idea?
YS: Me gusta mucho el hecho de que él lo diga así, porque es un signo de la centrali-dad en aumento del psicoanálisis en su obra. Si uno estudia su obra desde los ’70 has-ta ahora se ve que hay una evolución, una importancia creciente del psicoanálisis en él. En términos sustantivos, creo que el aspecto más importante que el psicoanálisis trae a esta área no solamente se relaciona con el sujeto como entidad individual, sino que la parte más crucial es que lo social en sí mismo está ontológicamente implicado en la creación del sujeto.
Creo que tanto en Freud como en Lacan la información o el insight más importante, y lo que nos permite el uso de todas estas teorías en el análisis sociopolítico, es esta dialéctica ontológica constitutiva entre sujeto y objeto, entre lo subjetivo y lo colectivo. Esto es lo que Laclau también encuentra de su interés.
SP: Al describir la creciente hegemonía del discurso consumista, Ud. no solo alude al valor del psicoanálisis en el análisis de este fenómeno, sino que también dice que la teoría lacaniana está más capacitada que las críticas convencionales de la izquierda. ¿Podría explicarnos esto último?
YS: Lo que encuentro problemático en la crítica de la izquierda hacia el consumo es que en general está basada en un punto muy simplista, muy elemental, sobre la nece-sidad. La idea es que los humanos tienen ciertas necesidades básicas y que el consu-mismo crea deseos falsos, y que hay que criticar estos deseos falsos desde el punto de vista de estas necesidades previas.
Todos los que están familiarizados con la teoría lacaniana saben que Lacan critica esta idea de necesidad, porque los humanos son criaturas lingüísticas y por su nacimiento prematuro tienen que articular sus necesidades y sus demandas, las de su madre, de su familia, de la sociedad en general. Esto desestabiliza, desnaturaliza, esta dimensión de la necesidad y abre las puertas a todo el campo del deseo. Entonces, en los huma-nos el deseo ya está desnaturalizado desde el comienzo. Es difícil pensar acerca de una necesidad natural que sea suficiente para la vida humana y lo sabemos por el deseo sexual y por otros deseos. En este sentido, creo que el consumismo domestica los de-seos para sus propios fines.
Para criticar en forma efectiva al capitalismo nosotros mismos tenemos que tomar muy en serio estas dimensiones del deseo. Entonces, la crítica al consumismo no se puede tomar como un retorno a las necesidades primarias. Solo se puede tomar como ir más allá de esta fantasía y este deseo que está subyacente en el consumismo, de esta pro-mesa de goce completo. Por eso uso la distinción entre el goce fálico que subyace al consumismo y la alternativa del goce femenino que puede proveer una estructura al-ternativa y un deseo también.
SP: ¿Estaría de acuerdo en que el título de este reportaje sea “La izquierda lacaniana no existe”?
YS: ¿Por qué no?
Presentando el Blog
Psicoanálisis y Economía
miércoles, 17 de noviembre de 2010
jueves, 25 de marzo de 2010
Si me dices que vas a Cracovia (*)
Sebastián Plut
“Los individuos son malos jueces
de la sinceridad de los demás en la situación cara a cara”
(D. Meltzer, Sinceridad)
“-¿Acaso podría afirmar algo semejante? –preguntó Guillermo,
y comprendí que había formulado la pregunta de modo que
el Abad no pudiese afirmar que sí podía, y aprovechó el silencio de Abbone
para desviar el curso de la conversación-”
(U. Eco, El nombre de la rosa)
Introducción
La práctica del counseling, como la sesión analítica, se realiza bajo la forma de un diá-logo. Cada tipo de diálogo podrá examinarse en sus formas y contenidos específicos o bien podrán considerarse problemas que atañen a diversos tipos de conversación . Esto último me interesa ahora y, específicamente, me centraré en el tema de las men-tiras. Al decir que es un problema del diálogo, subrayo que es un asunto del discurso en una escena intersubjetiva.
Las mentiras se presentan en la cotidianeidad de la vida familiar, entre personas que trabajan juntas, el paciente con su analista, el acusado frente al juez, el político ante la comunidad, etc. . En cada contexto la mentira supone conflictos diferenciales y tam-bién se distinguen los objetivos que se persiguen con su detección: mientras el juez procura conocer los hechos de un delito con el fin de establecer una condena, el psi-coanalista se enfoca en los mecanismos de defensa y su meta es el cambio psíquico del paciente.
Existen muchas formas de mentir (simular, desviar la atención, ocultar, etc.) y cada mentira tiene finalidades diferentes. Nuestro propósito consiste en analizar la eficacia de las mentiras, sus fundamentos y tipos y exponer los problemas metodológicos que hacen a su localización. Contamos con diversas teorías sobre los discursos falsos, las cuales desarrollaron taxonomías más o menos precisas. Sin embargo, el problema aun irresuelto es el de la detección de la mentira ya que no resulta sencillo advertir en los hechos sus manifestaciones concretas.
Por último, expliquemos el título del artículo. El psicoanalista habrá advertido que evo-ca el chiste analizado por Freud en el cual un judío responde que va a Cracovia y otro judío le dice: “¡Pero mira qué mentiroso eres! Cuando dices que viajas a Cracovia me quieres hacer creer que viajas a Lemberg. Pero yo sé bien que realmente viajas a Cra-covia. ¿Por qué mientes entonces?” (1905, pág. 108). Freud incluye este ejemplo en un cuarto grupo de chistes: los escépticos (sumado a los obscenos, los hostiles y los cínicos) no obstante, nuestro interés es otro: a) que la verdad y/o la mentira es un asunto entre dos o más sujetos; b) cómo pueden expresarse y detectarse las falseda-des (se puede mentir diciendo la verdad y se puede decir la verdad mintiendo).
Presentación del problema
En tanto escena intersubjetiva la mentira se desarrolla por lo menos entre dos per-sonas: uno que falsea y otro que cree o desconfía. Entonces: a) ¿por qué alguien miente, cuál es su finalidad?; b) ¿con qué recursos construye y disfraza la mentira?; c) ¿por qué alguien cree? (incluimos a quienes creen en sus propios pensamientos fal-sos); d) ¿por qué y cómo el mentiroso se autodelata?
El primer tema (a) comprende los tipos de mentiras y las metas que se persiguen; los puntos b) y d) incluyen los componentes que tomamos como indicadores. Concreta-mente, el análisis de las mentiras incluye 4 niveles: la mentira (escena relatada), los actos del habla verbales (escena desplegada), los componentes paraverbales y la mo-tricidad . Además, para construir la mentira, el sujeto suele captar algo de su interlocu-tor: cosas que le interesan o ante las cuales es más vulnerable. Recuerdo un colega que comentaba cómo era distraído por un paciente que le hablaba de asuntos intelec-tuales que captaban su atención. Otro ejemplo fue advertido por Woizinski (2009) en su análisis de Ricardo III: éste capta cuánto atrapa a Lady Anne ser elogiada por sus encantos. Respecto de por qué alguien cree (c) estudiamos por qué no advierte la mentira ajena, aunque también encontramos situaciones clínicas –o de la vida cotidia-na- en que algunos sujetos piden que les mientan. Un paciente llamaba a prostitutas, cuyos teléfonos tomaba del diario, y les preguntaba si “de verdad” eran tan lindas co-mo decía el aviso. La respuesta siempre era la misma (que sí, eran así de lindas) .
Las investigaciones sobre detección de mentiras parten de un supuesto: el comporta-miento fisiológico, conductual y/o paraverbal del mentiroso es cualitativa y cuantitati-vamente diferente del comportamiento del sujeto sincero (Hernández Fernaud, 2000). Algunos autores sostienen que también hay diferencias entre los relatos que formulan unos y otros. Como se advierte, intentan descubrir por qué canales y de qué for-mas se revela la verdad. Existe cierto consenso en jerarquizar los signos motrices y paraverbales pues, a diferencia de lo que ocurre en el nivel verbal: a) es más difícil reprimir movimientos o tonos de voz; b) estos signos tienen estrecha relación con las emociones; c) sus manifestaciones son más evidentes para el receptor que para el emisor (DePaulo, 1992). Recordemos que los desarrollos de afecto son procesos de descarga y no de investidura, por lo cual el yo sólo ejerce un dominio parcial para mantenerlos en amago (Freud, 1921, 1950). Otra premisa es que no deben conside-rarse signos aislados sino cómo se combinan (contradictoria o armónicamente) las in-formaciones que provienen de diferentes canales (Ekman, 2001). Por ejemplo, cómo se reúnen un determinado relato, ciertos deslices verbales, una expresión facial y una manifestación fisiológica. Respecto de la tendencia a autodelatarse (el criminal siempre vuelve a la escena del crimen) Ekman planteó tres motivos: la culpa por mentir, el te-mor a ser descubierto y el placer por engañar . No obstante, conviene exponer algunos problemas. Dos de ellos han sido expuestos por Ekman, el riesgo de Brokaw (perder de vista las diferencias interindividuales o aspectos idiosincrásicos) y el error de Otelo (ver un culpable donde hay un inocente). Igualmente, sobre este último conviene diferen-ciar los errores técnicos (confundir signos) de los celos por proyección como transfor-mación de la frase “yo lo amo” (Freud, 1911; Maldavsky, 1998). Por otro lado, muchos métodos presentan problemas de validez en tanto no definen con claridad en qué me-dida los signos observados son indicadores fehacientes de una mentira y no, por ejem-plo, de otros conflictos o variaciones emocionales. Tales limitaciones derivan de que los indicadores no remiten a hipótesis teóricas sino que surgieron inductivamente por me-dio de la observación. Se han señalado también problemas de validez ecológica ya que no siempre las conclusiones de laboratorio pueden trasladarse a situaciones cotidianas. Por último, coincidimos con Burgoon, Burk y Pfau (1990) en que en muchos de los modelos que se utilizan la operacionalización de los correlatos conductuales y paraver-bales de la mentira es endeble.
Enfoque psicoanalítico
Freud (1916) ofrece un esclarecimiento a la criminología cuando advierte que ciertos sujetos cometen un delito motivados por su conciencia de culpa. En efecto, afirma que la razón de sus delitos es la búsqueda de un castigo para aliviar el sentimiento de cul-pa. Esta hipótesis tiene algún nexo con la propuesta de Ekman según la cual parte de los errores que los sujetos cometen al mentir deriva de la culpa (por el delito o por el acto mismo de mentir). El autor sostiene que el castigo es lo único que aminora el sen-timiento de culpa y el motivo de que confiese. Sin embargo, entre ambas ideas hay una diferencia, ya que para Freud, en aquellos casos, el sentimiento de culpa precede al delito .
Freud (1915) también aludió a las conductas socialmente buenas pero que encubren el egoísmo y la agresividad. Un individuo, influenciado por recompensas o castigos, pue-de optar por la acción aparentemente buena sin haber mudado sus inclinaciones egoís-tas en inclinaciones sociales. En tal caso, el sujeto sólo será bueno en la medida en que tal conducta le traiga ciertas ventajas y durante el tiempo que ello ocurra. A esta conducta, Freud no duda en llamarla hipócrita . Meltzer por su parte, sostiene que “si bien la intención siempre implica un plan de comportamiento, las intenciones no pue-den juzgarse por la conducta” (1971, pág. 174).
En el marco de la clínica, Maldavsky (2004) destacó la dificultad de detectar el erotis-mo sádico anal primario y el consiguiente afán vengativo, propio de pacientes trans-gresores, en su combinación con la desmentida. Dicha dificultad no resulta tal cuando el paciente relata escenas de engaño sino cuando toma al analista como destinatario de su afán vengativo. Dicho deseo requiere que no sea advertido, por lo cual puede que el analista capte tardíamente el problema clínico. En tal caso, el discurso del pa-ciente “puede asemejarse al de ciertos comentaristas políticos, que tienen una apa-riencia de objetividad con la cual pretenden disminuir la desconfianza ajena” (pág. 153). Si bien es cierto que las segundas intenciones pujan por expresarse, con ello no desaparece el problema: cómo detectar los momentos en que la desmentida dominan-te afecta a la capacidad pensante del analista. En ocasiones el analista podrá advertir la situación clínica, no obstante si el paciente logra promover un estado de fascinación en su interlocutor éste quedará en un estado de desorientación, inquietud e, incluso, irritación.
De este comentario se derivan puntos de interés para lo que sigue: a) considerar las fijaciones pulsionales y las defensas para definir los tipos de mentiras ; b) diferenciar entre defensas exitosas y fracasadas; c) afinar los criterios para detectar la objetividad aparente; d) distinguir el nivel de los relatos (lo que un sujeto cuenta) del nivel de los actos del habla, es decir, las escenas que despliega al relatar; e) incluir como posible indicio el estado propio del receptor al escuchar a un sujeto.
Estos puntos nos conducen a los problemas metodológicos, pero antes expondré sinté-ticamente una categorización de cinco tipos de mentiras:
a) Histérica o proton pseudos (Freud, 1950): en la primera mentira histérica se desa-rrolla una fantasía como ficción embellecedora en la tentativa de protegerse de afectos como el asco, el dolor, etc.
b) Psicopática: encubre un deseo vengativo y busca obtener un bien material. El sujeto procura “hacer hacer”, que el otro realice alguna acción en beneficio del primero. Po-see una segunda intención oculta que burla una ley.
c) Lógica: tiene por meta inducir un pensamiento en otro, que crea algo que no es. El objetivo podrá ser esconder el propio pensamiento, apropiarse del pensamiento ajeno o protegerse de un estado de miseria afectiva o económica. Suele incluir una contra-dicción entre dos afirmaciones o bien entre una afirmación y la realidad concreta.
d) Afectiva: habitualmente se denomina manipulación emocional y consiste en “hacer sentir” algo al otro, habitualmente, culpa, gratitud, etc. La inducción promueve que el otro sienta culpa por su presunto egoísmo cuando, en realidad, el egoísta es el emisor.
e) Inconsistente: en este caso, lo que resulta encubierto es la falta de subjetividad.
Con esta distinción advertimos que la mentira no es algo homogéneo, no siempre bus-ca lo mismo. Las diferencias se dan: a) por aquello que se busca y se desea ocultar; b) por las estrategias y recursos con los que se disfraza la mentira. Asimismo, podemos encontrar combinaciones, tal como hacer creer algo al otro, para luego asestarle un golpe, robarle, etc.
Avances metodológicos
El Algoritmo David Liberman (ADL) es un método de investigación de la significatividad del lenguaje (Maldavsky, 1999, 2004; Maldavsky et al., 2007) que permite encarar mu-chos de los problemas expuestos: a) posee un alto nivel de fundamentación y validez teórica (sus hipótesis centrales son las de la pulsión y la defensa y su estado); b) estas hipótesis permiten distinguir tipos de deseos, ideales, afectos, representación-grupo, etc.; c) el alto grado de operacionalización de sus hipótesis permite abrochar de modo consistente el nivel teórico con el de las manifestaciones; d) para el estudio del discur-so (de uno o más sujetos) distingue cinco niveles de análisis: palabras, relatos, actos del habla verbales (escenas desplegadas), componentes paraverbales y motricidad; e) en cada uno de estos niveles localiza escenas específicas; f) obtiene resultados multi-variados y, a su vez, aporta criterios para definir qué es lo prevalente en un discurso.
Un sujeto puede relatar escenas que evidencien un deseo especulativo, cognitivo, amoroso, justiciero, estético, etc., y al hacerlo desplegará escenas que coincidan o no con lo narrado. Alguien podrá relatar una escena de sacrificio al tiempo que acusa, o bien puede procurar impactar estéticamente mientras refiere una escena cognitiva. La escena desplegada, a su vez, incluye componentes verbales, paraverbales y motrices. En efecto, un sujeto puede contar una situación de abuso, mientras se lamenta y todo ello acompañado de chasquidos con la lengua. Por otra parte, en las escenas (narradas o desplegadas) el relator se coloca a sí mismo y a los otros en diversas posiciones (su-jeto, ayudante, rival, doble, etc.) lo cual evidencia el tipo de defensa (patógena, acorde a fines, etc.) y su estado (exitoso, fracasado).
A modo de ejemplo, consideremos el chasquido de lengua mencionado. Este tipo de motricidad corresponde a un tipo específico de deseo (oral primario) y a una defensa (desmentida) en estado fracasado. Como escena es similar a la del bebé que cree estar succionando el pecho materno cuando en realidad se está engañando a sí mismo. Esto es, el chasquido indica la situación dolorosa en la que el sujeto registra no solo la per-sistencia de su necesidad (sed) sino también que se ha engañado a sí mismo (Mal-davsky, 1999). En tal caso, conjeturamos una contradicción entre una afirmación y una realidad concreta.
La mentira que alguien cuenta, entonces, constituye un relato, en tanto que si mani-fiesta un desliz verbal, lo analizamos en el nivel de las redes de palabras. A su vez, en los actos del habla detectamos qué hace el sujeto al narrar, por ejemplo, puede pro-mover algún tipo de entrampamiento en su interlocutor. Tales entrampamientos pue-den ser de diversa índole, pragmáticos, semánticos, lógicos u orgánicos.
En síntesis, el ADL permite identificar múltiples manifestaciones discursivas que pueden ser categorizadas con un alto nivel de especificidad. Asimismo, ofrece una serie de instrucciones para localizar los deseos y defensas en cada una de tales manifestaciones y, luego, analizar cómo se combina el conjunto (si hay armonías o contradicciones).
Algunos ejemplos
1) Comencemos con un ejemplo de Freud. Cuando relata su viaje a la Acrópolis dice que allí le acudió un pensamiento que le resultó asombroso: “¡¿Entonces todo esto existe efectivamente tal como lo aprendimos en la escuela?!” (1936, pág. 214). La compresión del fenómeno (incredulidad) lo conduce a identificar un sentimiento de culpa e inferioridad: “No soy digno de semejante dicha, no la merezco” (pág. 216). La sensación de incredulidad abarcaba tanto a la existencia de la Acrópolis cuanto a su posibilidad de haber llegado hasta allí.
2) Otro ejemplo de Freud: “Cierta mañana abandoné sin pagar la tabaquería donde había hecho mi compra de cigarros. Omisión inocente, pues me conocen y por eso podía esperar que al día siguiente me recordarían la deuda. Esa pequeña falta, el in-tento de contraer deudas, no dejaba de entramarse con las consideraciones presu-puestarias que me habían ocupado durante toda la víspera… Quizás en ningún caso la cultura y la educación hayan vencido más que de manera incompleta la codicia primiti-va del lactante, que procura apoderarse de todos los objetos (para llevárselos a la bo-ca)” (1901, págs. 155-6). En una nota al pie Freud alude a los espejismos del recuerdo por lo cual uno supone haber pagado.
3) Una pareja consulta para que su hijo comience una psicoterapia. Desde la primera entrevista, al analista le llamó la atención una muletilla de la madre. En cada ocasión en que describía cuánto quería y cuidaba a su hijo, agregaba: “¿no es cierto?”. Por ejemplo, podía decir: “A Gustavito yo siempre lo mimé mucho, ¿no es cierto?”.
4) Una mujer relata que cuando estaba en la escuela primaria, en una ocasión falsificó la firma de su padre en un boletín y cuando la maestra le preguntó de quién era la firma, respondió velozmente: “yo, mi papá”.
5) Una escena observada en un bar: una mujer se acerca a una mesa en la cual la esperaba otra mujer a quien la primera, con ademán de taparse la boca, le dice que no le da un beso porque está enferma y podría contagiarla. Minutos después, la mujer que ya estaba en el bar le entrega un regalo y la felicita por su cumpleaños. La señora enferma lo abre, ve un anillo, agradece, se lo prueba (sin que su rostro evidencie que le gustara) y en ese momento se levanta, se le acerca y le da un beso.
6) Una propaganda política del nazismo difundía que la culpa de la crisis económica la tenían los ciclistas y los judíos.
Sé que los ejemplos son breves y, sobre todo, no abarcan al conjunto de posibilidades. Sin embargo, permiten realizar algunas observaciones y conjeturas. Por un lado, algu-nos corresponden a la cotidianeidad y otros a la clínica o a los textos freudianos. El ejemplo 1) ilustra un caso en que el sentimiento de culpa conduce a desautorizar un fragmento de realidad objetiva, es decir, cómo un tipo de afecto (culpa) logra restarle crédito a una percepción (incredulidad). El ejemplo 2) me interesó pues se distingue del robo de dinero. En efecto, no se trata ni del deseo de retener dinero, ni del deseo vengativo, sino de una ficción (haber pagado) como forma de sobreponerse a una vi-vencia de miseria. Es decir, el endeudamiento corresponde a un espejismo (tal como se dice que ocurre en el desierto ante la sed) que en este caso se liga a la adicción al tabaco. Nótese que no se trata de un lapsus (“me olvidé de pagar”) sino de una micro-creencia (“ya pagué”) que produce una escena que podría enunciarse del siguiente modo: “no es cierto que padezca una penuria económica”. Resulta sugerente, por otro lado, que Freud lo enlace con la pulsión oral. En el ejemplo 3) nos preguntamos qué valor tenía la insistente muletilla. Podía ser un modo de pedir una confirmación, una forma de orientarse al hablar o bien de no dejar espacio a un interlocutor. Sin embar-go, su significación era otra ya que el componente paraverbal transformaba en pregun-ta lo que era una afirmación: “A Gustavito yo siempre lo mimé mucho: no es cierto”. En rigor, este hecho clínico exige dos interpretaciones. Es decir, al deformar el tono de la afirmación, no solo ocultaba un sector de la realidad, sino que también inducía a que el interlocutor estuviera de acuerdo con ella. Para ello, entiendo que un recurso adicio-nal está dado por el uso de magnificadores (siempre, mucho). Por otro lado, se desli-zaba una forma de reconocer que no era verdad cuanto decía de la atención hacia su hijo, verdad que solo pudo expresarse con una deformación de la entonación. Como se advierte, en este caso el componente paraverbal hace de máscara. Claro que la com-prensión de la frase también tomó en cuenta conocer a su hijo y advertir su fragilidad psíquica y escuchar otros relatos de su madre en que su desconexión se hacía eviden-te. Del ejemplo 4) podríamos considerar la identificación de la relatora con su padre, aunque ahora nos interesa señalar que aquélla se autodelató por vía de un lapsus (al igual que en el primer ejemplo parece tener eficacia el sentimiento de culpa). Sobre la escena 5), es cierto que no sería una buena solución que la destinataria del regalo ex-prese su desagrado. Sin embargo, y a pesar del esfuerzo de la mujer, su gesto final (darle un beso) no hace sino exhibir, de modo a penas encubierto, su hostilidad (ya no evitó el posible contagio). Más allá de que agradecer falsamente un regalo no sería una mentira perjudicial, el ejemplo muestra: a) la concurrencia de diversos canales que aportan información (lo que la mujer dice, lo que evidencian su rostro, su tono de voz y el movimiento de su cuerpo); b) la importancia del contexto para entender la situa-ción (interpretar el beso de agradecimiento no sería posible si no supiéramos que unos minutos antes se opuso a darle un beso). Finalmente, el ejemplo 6) muestra una com-binación entre acusación y falsedad. Ante el absurdo del anuncio la gente tendía a preguntarse por qué los ciclistas, al tiempo que se naturalizaba la presunta responsabi-lidad de los judíos. Es decir, la meta es la localización de un enemigo, para lo cual se recurre a un desvío de la atención a través de lo que denominé el “falso absurdo”: se menciona a los ciclistas como argumento falso pero fácilmente cuestionable.
Reflexiones finales
En trabajos anteriores (Plut, 2000, 2007a, 2008b, 2009a, 2009c, 2009d, 2009e) he estudiado problemas afines a los aquí encarados. En efecto, investigamos los funda-mentos de la credibilidad, el discurso de líderes que se colocan en la posición de un observador hiperlúcido, el discurso y la propaganda política, las burbujas financieras, el problema del rumor, etc. En esta ocasión expuse un panorama global sobre las menti-ras, describí sus tipos y fines y los problemas metodológicos de su detección.
El supuesto de base es que en cada mentira subyace la frase “yo miento” que puja por expresarse de algún modo (verbal, paraverbal o motriz) . Los recursos que se utilizan para el disfraz pueden ser múltiples, tales como las exageraciones, el desvío de la atención, el lamento, ciertas contradicciones y ambigüedades, etc., y todo ello expre-sado en un relato, en los actos del habla o en el componente melódico. De allí que la instrucción jurídica de decir toda la verdad y nada más que la verdad significa: a) no dejar nada de lado; b) no agregar nada. Es que cada mentiroso es en sí mismo una versión de Rashomon ya que comunica contenidos diversos y contradictorios por ca-nales también múltiples.
He señalado que el análisis de las mentiras comprende una escena intersubjetiva y no se puede comprender bien la mentira sin conocer a su destinatario (Martínez Selva, 2009). Sin duda importa la habilidad del mentiroso, no obstante también conviene in-dagar las razones de la credulidad. Para Meltzer el problema es cómo “experimentamos el estado de la mente de otra persona emocionalmente a través de procesos introyec-tivos inconscientes” (1971, pág. 177). Si como dicen Levitt y Dubner (2005) siempre que hay un beneficio en juego surge la tendencia a mentir, lo mismo podríamos decir para el crédulo. Algunos de los motivos para creer son: a) evitar un duelo (Woizinski, 2009); b) protegernos de una desilusión; c) también puede ocurrir que la fascinación provocada por el discurso de quien desmiente encubra la identificación reprimida con el deseo vindicatorio y con la ilusión de omnipotencia del mentiroso; d) o bien, el con-flicto que se despierta por desconfiar podrá conducir, como reacción espontánea, a una tendencia a la fuga (en términos del pensamiento, por ejemplo).
En el problema de la mentira, además, damos especial relevancia a la investigación de mecanismos de la gama de la desmentida, sea en quien se coloca en una posición ac-tiva como en quien padece la mentira (ajena o propia).
De lo expuesto hasta aquí restan muchos aspectos por seguir investigando, entre los cuales puedo destacar: a) profundizar en el discurso cínico; b) investigar en el discurso mentiroso las manifestaciones del éxito y del fracaso de la defensa (cuando un sujeto se autodelata); c) examinar diferencias cuando la mentira afecta al juicio de atribución y cuando afecta al juicio de existencia; d) estudiar el vínculo que propone quien pide que le mientan, vínculo que podríamos denominar “mensonge a deux”; e) comparar la situación en que el lenguaje de la mentira es equivalente al de lo ocultado y aquella en que ambos lenguajes difieren.
Para finalizar quiero agregar que, actualmente, estoy estudiando muchos de estos pro-blemas a través del análisis de películas, tales como Nueve reinas o La leonera, y tam-bién a partir de considerar las diferencias entre el discurso místico y el tipo de mentiras de quien cree (o hace creer) una afirmación contradictoria con los hechos. En efecto, así como Freud contrastó fenómenos patológicos con ciertos procesos psíquicos nor-males (alucinación y sueño, melancolía y duelo) podemos comparar el pensamiento místico (sostenido en la sublimación) con el pensamiento patógeno que prescinde de sus nexos con la realidad material. Algo de ello advertí en un paciente esquizoide que cuestionaba que la gente se plantee si cree o no en Dios en lugar de preguntarse si este último es creíble.
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(*) Publicado en Actualidad Psicológica, N° 382.
“Los individuos son malos jueces
de la sinceridad de los demás en la situación cara a cara”
(D. Meltzer, Sinceridad)
“-¿Acaso podría afirmar algo semejante? –preguntó Guillermo,
y comprendí que había formulado la pregunta de modo que
el Abad no pudiese afirmar que sí podía, y aprovechó el silencio de Abbone
para desviar el curso de la conversación-”
(U. Eco, El nombre de la rosa)
Introducción
La práctica del counseling, como la sesión analítica, se realiza bajo la forma de un diá-logo. Cada tipo de diálogo podrá examinarse en sus formas y contenidos específicos o bien podrán considerarse problemas que atañen a diversos tipos de conversación . Esto último me interesa ahora y, específicamente, me centraré en el tema de las men-tiras. Al decir que es un problema del diálogo, subrayo que es un asunto del discurso en una escena intersubjetiva.
Las mentiras se presentan en la cotidianeidad de la vida familiar, entre personas que trabajan juntas, el paciente con su analista, el acusado frente al juez, el político ante la comunidad, etc. . En cada contexto la mentira supone conflictos diferenciales y tam-bién se distinguen los objetivos que se persiguen con su detección: mientras el juez procura conocer los hechos de un delito con el fin de establecer una condena, el psi-coanalista se enfoca en los mecanismos de defensa y su meta es el cambio psíquico del paciente.
Existen muchas formas de mentir (simular, desviar la atención, ocultar, etc.) y cada mentira tiene finalidades diferentes. Nuestro propósito consiste en analizar la eficacia de las mentiras, sus fundamentos y tipos y exponer los problemas metodológicos que hacen a su localización. Contamos con diversas teorías sobre los discursos falsos, las cuales desarrollaron taxonomías más o menos precisas. Sin embargo, el problema aun irresuelto es el de la detección de la mentira ya que no resulta sencillo advertir en los hechos sus manifestaciones concretas.
Por último, expliquemos el título del artículo. El psicoanalista habrá advertido que evo-ca el chiste analizado por Freud en el cual un judío responde que va a Cracovia y otro judío le dice: “¡Pero mira qué mentiroso eres! Cuando dices que viajas a Cracovia me quieres hacer creer que viajas a Lemberg. Pero yo sé bien que realmente viajas a Cra-covia. ¿Por qué mientes entonces?” (1905, pág. 108). Freud incluye este ejemplo en un cuarto grupo de chistes: los escépticos (sumado a los obscenos, los hostiles y los cínicos) no obstante, nuestro interés es otro: a) que la verdad y/o la mentira es un asunto entre dos o más sujetos; b) cómo pueden expresarse y detectarse las falseda-des (se puede mentir diciendo la verdad y se puede decir la verdad mintiendo).
Presentación del problema
En tanto escena intersubjetiva la mentira se desarrolla por lo menos entre dos per-sonas: uno que falsea y otro que cree o desconfía. Entonces: a) ¿por qué alguien miente, cuál es su finalidad?; b) ¿con qué recursos construye y disfraza la mentira?; c) ¿por qué alguien cree? (incluimos a quienes creen en sus propios pensamientos fal-sos); d) ¿por qué y cómo el mentiroso se autodelata?
El primer tema (a) comprende los tipos de mentiras y las metas que se persiguen; los puntos b) y d) incluyen los componentes que tomamos como indicadores. Concreta-mente, el análisis de las mentiras incluye 4 niveles: la mentira (escena relatada), los actos del habla verbales (escena desplegada), los componentes paraverbales y la mo-tricidad . Además, para construir la mentira, el sujeto suele captar algo de su interlocu-tor: cosas que le interesan o ante las cuales es más vulnerable. Recuerdo un colega que comentaba cómo era distraído por un paciente que le hablaba de asuntos intelec-tuales que captaban su atención. Otro ejemplo fue advertido por Woizinski (2009) en su análisis de Ricardo III: éste capta cuánto atrapa a Lady Anne ser elogiada por sus encantos. Respecto de por qué alguien cree (c) estudiamos por qué no advierte la mentira ajena, aunque también encontramos situaciones clínicas –o de la vida cotidia-na- en que algunos sujetos piden que les mientan. Un paciente llamaba a prostitutas, cuyos teléfonos tomaba del diario, y les preguntaba si “de verdad” eran tan lindas co-mo decía el aviso. La respuesta siempre era la misma (que sí, eran así de lindas) .
Las investigaciones sobre detección de mentiras parten de un supuesto: el comporta-miento fisiológico, conductual y/o paraverbal del mentiroso es cualitativa y cuantitati-vamente diferente del comportamiento del sujeto sincero (Hernández Fernaud, 2000). Algunos autores sostienen que también hay diferencias entre los relatos que formulan unos y otros. Como se advierte, intentan descubrir por qué canales y de qué for-mas se revela la verdad. Existe cierto consenso en jerarquizar los signos motrices y paraverbales pues, a diferencia de lo que ocurre en el nivel verbal: a) es más difícil reprimir movimientos o tonos de voz; b) estos signos tienen estrecha relación con las emociones; c) sus manifestaciones son más evidentes para el receptor que para el emisor (DePaulo, 1992). Recordemos que los desarrollos de afecto son procesos de descarga y no de investidura, por lo cual el yo sólo ejerce un dominio parcial para mantenerlos en amago (Freud, 1921, 1950). Otra premisa es que no deben conside-rarse signos aislados sino cómo se combinan (contradictoria o armónicamente) las in-formaciones que provienen de diferentes canales (Ekman, 2001). Por ejemplo, cómo se reúnen un determinado relato, ciertos deslices verbales, una expresión facial y una manifestación fisiológica. Respecto de la tendencia a autodelatarse (el criminal siempre vuelve a la escena del crimen) Ekman planteó tres motivos: la culpa por mentir, el te-mor a ser descubierto y el placer por engañar . No obstante, conviene exponer algunos problemas. Dos de ellos han sido expuestos por Ekman, el riesgo de Brokaw (perder de vista las diferencias interindividuales o aspectos idiosincrásicos) y el error de Otelo (ver un culpable donde hay un inocente). Igualmente, sobre este último conviene diferen-ciar los errores técnicos (confundir signos) de los celos por proyección como transfor-mación de la frase “yo lo amo” (Freud, 1911; Maldavsky, 1998). Por otro lado, muchos métodos presentan problemas de validez en tanto no definen con claridad en qué me-dida los signos observados son indicadores fehacientes de una mentira y no, por ejem-plo, de otros conflictos o variaciones emocionales. Tales limitaciones derivan de que los indicadores no remiten a hipótesis teóricas sino que surgieron inductivamente por me-dio de la observación. Se han señalado también problemas de validez ecológica ya que no siempre las conclusiones de laboratorio pueden trasladarse a situaciones cotidianas. Por último, coincidimos con Burgoon, Burk y Pfau (1990) en que en muchos de los modelos que se utilizan la operacionalización de los correlatos conductuales y paraver-bales de la mentira es endeble.
Enfoque psicoanalítico
Freud (1916) ofrece un esclarecimiento a la criminología cuando advierte que ciertos sujetos cometen un delito motivados por su conciencia de culpa. En efecto, afirma que la razón de sus delitos es la búsqueda de un castigo para aliviar el sentimiento de cul-pa. Esta hipótesis tiene algún nexo con la propuesta de Ekman según la cual parte de los errores que los sujetos cometen al mentir deriva de la culpa (por el delito o por el acto mismo de mentir). El autor sostiene que el castigo es lo único que aminora el sen-timiento de culpa y el motivo de que confiese. Sin embargo, entre ambas ideas hay una diferencia, ya que para Freud, en aquellos casos, el sentimiento de culpa precede al delito .
Freud (1915) también aludió a las conductas socialmente buenas pero que encubren el egoísmo y la agresividad. Un individuo, influenciado por recompensas o castigos, pue-de optar por la acción aparentemente buena sin haber mudado sus inclinaciones egoís-tas en inclinaciones sociales. En tal caso, el sujeto sólo será bueno en la medida en que tal conducta le traiga ciertas ventajas y durante el tiempo que ello ocurra. A esta conducta, Freud no duda en llamarla hipócrita . Meltzer por su parte, sostiene que “si bien la intención siempre implica un plan de comportamiento, las intenciones no pue-den juzgarse por la conducta” (1971, pág. 174).
En el marco de la clínica, Maldavsky (2004) destacó la dificultad de detectar el erotis-mo sádico anal primario y el consiguiente afán vengativo, propio de pacientes trans-gresores, en su combinación con la desmentida. Dicha dificultad no resulta tal cuando el paciente relata escenas de engaño sino cuando toma al analista como destinatario de su afán vengativo. Dicho deseo requiere que no sea advertido, por lo cual puede que el analista capte tardíamente el problema clínico. En tal caso, el discurso del pa-ciente “puede asemejarse al de ciertos comentaristas políticos, que tienen una apa-riencia de objetividad con la cual pretenden disminuir la desconfianza ajena” (pág. 153). Si bien es cierto que las segundas intenciones pujan por expresarse, con ello no desaparece el problema: cómo detectar los momentos en que la desmentida dominan-te afecta a la capacidad pensante del analista. En ocasiones el analista podrá advertir la situación clínica, no obstante si el paciente logra promover un estado de fascinación en su interlocutor éste quedará en un estado de desorientación, inquietud e, incluso, irritación.
De este comentario se derivan puntos de interés para lo que sigue: a) considerar las fijaciones pulsionales y las defensas para definir los tipos de mentiras ; b) diferenciar entre defensas exitosas y fracasadas; c) afinar los criterios para detectar la objetividad aparente; d) distinguir el nivel de los relatos (lo que un sujeto cuenta) del nivel de los actos del habla, es decir, las escenas que despliega al relatar; e) incluir como posible indicio el estado propio del receptor al escuchar a un sujeto.
Estos puntos nos conducen a los problemas metodológicos, pero antes expondré sinté-ticamente una categorización de cinco tipos de mentiras:
a) Histérica o proton pseudos (Freud, 1950): en la primera mentira histérica se desa-rrolla una fantasía como ficción embellecedora en la tentativa de protegerse de afectos como el asco, el dolor, etc.
b) Psicopática: encubre un deseo vengativo y busca obtener un bien material. El sujeto procura “hacer hacer”, que el otro realice alguna acción en beneficio del primero. Po-see una segunda intención oculta que burla una ley.
c) Lógica: tiene por meta inducir un pensamiento en otro, que crea algo que no es. El objetivo podrá ser esconder el propio pensamiento, apropiarse del pensamiento ajeno o protegerse de un estado de miseria afectiva o económica. Suele incluir una contra-dicción entre dos afirmaciones o bien entre una afirmación y la realidad concreta.
d) Afectiva: habitualmente se denomina manipulación emocional y consiste en “hacer sentir” algo al otro, habitualmente, culpa, gratitud, etc. La inducción promueve que el otro sienta culpa por su presunto egoísmo cuando, en realidad, el egoísta es el emisor.
e) Inconsistente: en este caso, lo que resulta encubierto es la falta de subjetividad.
Con esta distinción advertimos que la mentira no es algo homogéneo, no siempre bus-ca lo mismo. Las diferencias se dan: a) por aquello que se busca y se desea ocultar; b) por las estrategias y recursos con los que se disfraza la mentira. Asimismo, podemos encontrar combinaciones, tal como hacer creer algo al otro, para luego asestarle un golpe, robarle, etc.
Avances metodológicos
El Algoritmo David Liberman (ADL) es un método de investigación de la significatividad del lenguaje (Maldavsky, 1999, 2004; Maldavsky et al., 2007) que permite encarar mu-chos de los problemas expuestos: a) posee un alto nivel de fundamentación y validez teórica (sus hipótesis centrales son las de la pulsión y la defensa y su estado); b) estas hipótesis permiten distinguir tipos de deseos, ideales, afectos, representación-grupo, etc.; c) el alto grado de operacionalización de sus hipótesis permite abrochar de modo consistente el nivel teórico con el de las manifestaciones; d) para el estudio del discur-so (de uno o más sujetos) distingue cinco niveles de análisis: palabras, relatos, actos del habla verbales (escenas desplegadas), componentes paraverbales y motricidad; e) en cada uno de estos niveles localiza escenas específicas; f) obtiene resultados multi-variados y, a su vez, aporta criterios para definir qué es lo prevalente en un discurso.
Un sujeto puede relatar escenas que evidencien un deseo especulativo, cognitivo, amoroso, justiciero, estético, etc., y al hacerlo desplegará escenas que coincidan o no con lo narrado. Alguien podrá relatar una escena de sacrificio al tiempo que acusa, o bien puede procurar impactar estéticamente mientras refiere una escena cognitiva. La escena desplegada, a su vez, incluye componentes verbales, paraverbales y motrices. En efecto, un sujeto puede contar una situación de abuso, mientras se lamenta y todo ello acompañado de chasquidos con la lengua. Por otra parte, en las escenas (narradas o desplegadas) el relator se coloca a sí mismo y a los otros en diversas posiciones (su-jeto, ayudante, rival, doble, etc.) lo cual evidencia el tipo de defensa (patógena, acorde a fines, etc.) y su estado (exitoso, fracasado).
A modo de ejemplo, consideremos el chasquido de lengua mencionado. Este tipo de motricidad corresponde a un tipo específico de deseo (oral primario) y a una defensa (desmentida) en estado fracasado. Como escena es similar a la del bebé que cree estar succionando el pecho materno cuando en realidad se está engañando a sí mismo. Esto es, el chasquido indica la situación dolorosa en la que el sujeto registra no solo la per-sistencia de su necesidad (sed) sino también que se ha engañado a sí mismo (Mal-davsky, 1999). En tal caso, conjeturamos una contradicción entre una afirmación y una realidad concreta.
La mentira que alguien cuenta, entonces, constituye un relato, en tanto que si mani-fiesta un desliz verbal, lo analizamos en el nivel de las redes de palabras. A su vez, en los actos del habla detectamos qué hace el sujeto al narrar, por ejemplo, puede pro-mover algún tipo de entrampamiento en su interlocutor. Tales entrampamientos pue-den ser de diversa índole, pragmáticos, semánticos, lógicos u orgánicos.
En síntesis, el ADL permite identificar múltiples manifestaciones discursivas que pueden ser categorizadas con un alto nivel de especificidad. Asimismo, ofrece una serie de instrucciones para localizar los deseos y defensas en cada una de tales manifestaciones y, luego, analizar cómo se combina el conjunto (si hay armonías o contradicciones).
Algunos ejemplos
1) Comencemos con un ejemplo de Freud. Cuando relata su viaje a la Acrópolis dice que allí le acudió un pensamiento que le resultó asombroso: “¡¿Entonces todo esto existe efectivamente tal como lo aprendimos en la escuela?!” (1936, pág. 214). La compresión del fenómeno (incredulidad) lo conduce a identificar un sentimiento de culpa e inferioridad: “No soy digno de semejante dicha, no la merezco” (pág. 216). La sensación de incredulidad abarcaba tanto a la existencia de la Acrópolis cuanto a su posibilidad de haber llegado hasta allí.
2) Otro ejemplo de Freud: “Cierta mañana abandoné sin pagar la tabaquería donde había hecho mi compra de cigarros. Omisión inocente, pues me conocen y por eso podía esperar que al día siguiente me recordarían la deuda. Esa pequeña falta, el in-tento de contraer deudas, no dejaba de entramarse con las consideraciones presu-puestarias que me habían ocupado durante toda la víspera… Quizás en ningún caso la cultura y la educación hayan vencido más que de manera incompleta la codicia primiti-va del lactante, que procura apoderarse de todos los objetos (para llevárselos a la bo-ca)” (1901, págs. 155-6). En una nota al pie Freud alude a los espejismos del recuerdo por lo cual uno supone haber pagado.
3) Una pareja consulta para que su hijo comience una psicoterapia. Desde la primera entrevista, al analista le llamó la atención una muletilla de la madre. En cada ocasión en que describía cuánto quería y cuidaba a su hijo, agregaba: “¿no es cierto?”. Por ejemplo, podía decir: “A Gustavito yo siempre lo mimé mucho, ¿no es cierto?”.
4) Una mujer relata que cuando estaba en la escuela primaria, en una ocasión falsificó la firma de su padre en un boletín y cuando la maestra le preguntó de quién era la firma, respondió velozmente: “yo, mi papá”.
5) Una escena observada en un bar: una mujer se acerca a una mesa en la cual la esperaba otra mujer a quien la primera, con ademán de taparse la boca, le dice que no le da un beso porque está enferma y podría contagiarla. Minutos después, la mujer que ya estaba en el bar le entrega un regalo y la felicita por su cumpleaños. La señora enferma lo abre, ve un anillo, agradece, se lo prueba (sin que su rostro evidencie que le gustara) y en ese momento se levanta, se le acerca y le da un beso.
6) Una propaganda política del nazismo difundía que la culpa de la crisis económica la tenían los ciclistas y los judíos.
Sé que los ejemplos son breves y, sobre todo, no abarcan al conjunto de posibilidades. Sin embargo, permiten realizar algunas observaciones y conjeturas. Por un lado, algu-nos corresponden a la cotidianeidad y otros a la clínica o a los textos freudianos. El ejemplo 1) ilustra un caso en que el sentimiento de culpa conduce a desautorizar un fragmento de realidad objetiva, es decir, cómo un tipo de afecto (culpa) logra restarle crédito a una percepción (incredulidad). El ejemplo 2) me interesó pues se distingue del robo de dinero. En efecto, no se trata ni del deseo de retener dinero, ni del deseo vengativo, sino de una ficción (haber pagado) como forma de sobreponerse a una vi-vencia de miseria. Es decir, el endeudamiento corresponde a un espejismo (tal como se dice que ocurre en el desierto ante la sed) que en este caso se liga a la adicción al tabaco. Nótese que no se trata de un lapsus (“me olvidé de pagar”) sino de una micro-creencia (“ya pagué”) que produce una escena que podría enunciarse del siguiente modo: “no es cierto que padezca una penuria económica”. Resulta sugerente, por otro lado, que Freud lo enlace con la pulsión oral. En el ejemplo 3) nos preguntamos qué valor tenía la insistente muletilla. Podía ser un modo de pedir una confirmación, una forma de orientarse al hablar o bien de no dejar espacio a un interlocutor. Sin embar-go, su significación era otra ya que el componente paraverbal transformaba en pregun-ta lo que era una afirmación: “A Gustavito yo siempre lo mimé mucho: no es cierto”. En rigor, este hecho clínico exige dos interpretaciones. Es decir, al deformar el tono de la afirmación, no solo ocultaba un sector de la realidad, sino que también inducía a que el interlocutor estuviera de acuerdo con ella. Para ello, entiendo que un recurso adicio-nal está dado por el uso de magnificadores (siempre, mucho). Por otro lado, se desli-zaba una forma de reconocer que no era verdad cuanto decía de la atención hacia su hijo, verdad que solo pudo expresarse con una deformación de la entonación. Como se advierte, en este caso el componente paraverbal hace de máscara. Claro que la com-prensión de la frase también tomó en cuenta conocer a su hijo y advertir su fragilidad psíquica y escuchar otros relatos de su madre en que su desconexión se hacía eviden-te. Del ejemplo 4) podríamos considerar la identificación de la relatora con su padre, aunque ahora nos interesa señalar que aquélla se autodelató por vía de un lapsus (al igual que en el primer ejemplo parece tener eficacia el sentimiento de culpa). Sobre la escena 5), es cierto que no sería una buena solución que la destinataria del regalo ex-prese su desagrado. Sin embargo, y a pesar del esfuerzo de la mujer, su gesto final (darle un beso) no hace sino exhibir, de modo a penas encubierto, su hostilidad (ya no evitó el posible contagio). Más allá de que agradecer falsamente un regalo no sería una mentira perjudicial, el ejemplo muestra: a) la concurrencia de diversos canales que aportan información (lo que la mujer dice, lo que evidencian su rostro, su tono de voz y el movimiento de su cuerpo); b) la importancia del contexto para entender la situa-ción (interpretar el beso de agradecimiento no sería posible si no supiéramos que unos minutos antes se opuso a darle un beso). Finalmente, el ejemplo 6) muestra una com-binación entre acusación y falsedad. Ante el absurdo del anuncio la gente tendía a preguntarse por qué los ciclistas, al tiempo que se naturalizaba la presunta responsabi-lidad de los judíos. Es decir, la meta es la localización de un enemigo, para lo cual se recurre a un desvío de la atención a través de lo que denominé el “falso absurdo”: se menciona a los ciclistas como argumento falso pero fácilmente cuestionable.
Reflexiones finales
En trabajos anteriores (Plut, 2000, 2007a, 2008b, 2009a, 2009c, 2009d, 2009e) he estudiado problemas afines a los aquí encarados. En efecto, investigamos los funda-mentos de la credibilidad, el discurso de líderes que se colocan en la posición de un observador hiperlúcido, el discurso y la propaganda política, las burbujas financieras, el problema del rumor, etc. En esta ocasión expuse un panorama global sobre las menti-ras, describí sus tipos y fines y los problemas metodológicos de su detección.
El supuesto de base es que en cada mentira subyace la frase “yo miento” que puja por expresarse de algún modo (verbal, paraverbal o motriz) . Los recursos que se utilizan para el disfraz pueden ser múltiples, tales como las exageraciones, el desvío de la atención, el lamento, ciertas contradicciones y ambigüedades, etc., y todo ello expre-sado en un relato, en los actos del habla o en el componente melódico. De allí que la instrucción jurídica de decir toda la verdad y nada más que la verdad significa: a) no dejar nada de lado; b) no agregar nada. Es que cada mentiroso es en sí mismo una versión de Rashomon ya que comunica contenidos diversos y contradictorios por ca-nales también múltiples.
He señalado que el análisis de las mentiras comprende una escena intersubjetiva y no se puede comprender bien la mentira sin conocer a su destinatario (Martínez Selva, 2009). Sin duda importa la habilidad del mentiroso, no obstante también conviene in-dagar las razones de la credulidad. Para Meltzer el problema es cómo “experimentamos el estado de la mente de otra persona emocionalmente a través de procesos introyec-tivos inconscientes” (1971, pág. 177). Si como dicen Levitt y Dubner (2005) siempre que hay un beneficio en juego surge la tendencia a mentir, lo mismo podríamos decir para el crédulo. Algunos de los motivos para creer son: a) evitar un duelo (Woizinski, 2009); b) protegernos de una desilusión; c) también puede ocurrir que la fascinación provocada por el discurso de quien desmiente encubra la identificación reprimida con el deseo vindicatorio y con la ilusión de omnipotencia del mentiroso; d) o bien, el con-flicto que se despierta por desconfiar podrá conducir, como reacción espontánea, a una tendencia a la fuga (en términos del pensamiento, por ejemplo).
En el problema de la mentira, además, damos especial relevancia a la investigación de mecanismos de la gama de la desmentida, sea en quien se coloca en una posición ac-tiva como en quien padece la mentira (ajena o propia).
De lo expuesto hasta aquí restan muchos aspectos por seguir investigando, entre los cuales puedo destacar: a) profundizar en el discurso cínico; b) investigar en el discurso mentiroso las manifestaciones del éxito y del fracaso de la defensa (cuando un sujeto se autodelata); c) examinar diferencias cuando la mentira afecta al juicio de atribución y cuando afecta al juicio de existencia; d) estudiar el vínculo que propone quien pide que le mientan, vínculo que podríamos denominar “mensonge a deux”; e) comparar la situación en que el lenguaje de la mentira es equivalente al de lo ocultado y aquella en que ambos lenguajes difieren.
Para finalizar quiero agregar que, actualmente, estoy estudiando muchos de estos pro-blemas a través del análisis de películas, tales como Nueve reinas o La leonera, y tam-bién a partir de considerar las diferencias entre el discurso místico y el tipo de mentiras de quien cree (o hace creer) una afirmación contradictoria con los hechos. En efecto, así como Freud contrastó fenómenos patológicos con ciertos procesos psíquicos nor-males (alucinación y sueño, melancolía y duelo) podemos comparar el pensamiento místico (sostenido en la sublimación) con el pensamiento patógeno que prescinde de sus nexos con la realidad material. Algo de ello advertí en un paciente esquizoide que cuestionaba que la gente se plantee si cree o no en Dios en lugar de preguntarse si este último es creíble.
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(*) Publicado en Actualidad Psicológica, N° 382.
jueves, 18 de marzo de 2010
La promesa incumplida: la discapacidad y el análisis institucional (*)
Sebastián Plut
“Cuando tanta gente se congrega para correr tras una promesa,
y de pronto surge una exigencia,
nunca puede saberse quién es el que habla”
(Umberto Eco, El nombre de la rosa)
1. Introducción
He observado que en diversas instituciones vinculadas a la discapacidad, de manera más o menos reiterada, relatan que los padres de los pacientes plantean un reproche. Este reproche (que puede estar dirigido a docentes, terapeutas, directivos o incluso, a las obras sociales, etc.) suele expresarse de la siguiente forma: “ustedes nos habían prometido…”.
Aquello que presuntamente se les había “prometido” puede ser en cada caso algo diverso: un hogar, una mayor rehabilitación de sus hijos, la gratuidad de alguna prestación, entre otras alternativas.
Me llamó particularmente la atención la repetición de esta situación, dado que se trata de instituciones muy diferentes entre sí, más allá de que todas se encuadren en el ámbito de la discapacidad.
Tales diferencias se dan en el grado de discapacidad de los pacientes, en el tamaño de las instituciones, en el tipo de prácticas que proponen, en el enfoque o cosmovisión que sostienen, en los estilos de sus conductores, en los tipos de formación de sus profesionales, etc. Resulta notable, pues, que a pesar de estas y otras diferencias entre las instituciones, en todas ellas se presente la misma escena, escena que denominaré “promesa incumplida”.
A partir de allí surgen varios interrogantes:
a) ¿De qué se trata la escena de promesa incumplida?
b) ¿Qué relación habría entre dicha escena y la discapacidad?
c) ¿Por qué se presenta bajo la forma de un “reproche”?
d) ¿Qué papel tiene la institución en esa promesa?
e) ¿Qué efectos tiene esta escena?
Estos no son los únicos interrogantes posibles y es probable que tampoco pueda dar cuenta de todos ellos, no obstante avanzaré con algunas respuestas.
Por lo pronto, estas son nuestras hipótesis de trabajo:
a) el nacimiento de un hijo con discapacidad configura un evento traumático para su familia;
b) el carácter traumático del evento impide o bien interfiere en la aprehensión de la belleza y la armonía;
c) esta constelación promueve rasgos específicos en los vínculos que se establecen desde el paciente y su familia con las instituciones que los asisten;
d) uno de los aspectos significativos es el promover que los otros (institución) le prometan el reencuentro con la belleza perdida;
e) por último, el mencionado reencuentro quedará necesariamente frustrado.
2. ¿Qué es una promesa?
Se trata de una frase o acto a través del cual un sujeto promete entregar un don que tiene un valor identificatorio para quien lo recibe. Que tenga un valor identificatorio quiere decir que al recibirlo se accede a una ilusión de ser (o tener).
Quien promete se presenta rodeado de atributos, de encantos, y con su brillo pretende producir una convicción en el otro: que donde falta algo hay una presencia. Imaginemos, por ejemplo, un gran regalo, con un hermoso envoltorio y un gran moño, en cuyo interior solo hay un pequeño y modesto objeto.
En la promesa es esencial que el sujeto (que promete) se coloque en una posición fascinadora que espeje anticipadamente la satisfacción de aquel a quien se dirige la frase.
Habitualmente, esta frase de promesa se despliega en una historia cuyo inicio contiene un estado de orfandad y desvalimiento, y su finalización es de felicidad y plenitud amorosa.
Claro que hay que tener en cuenta que el núcleo de esta promesa no es que lo prometido se cumpla, sino que el acto de prometer implica tomar al futuro como ya presente, con una convicción que se pretende comunicar al destinatario de que lo dicho coincide con una realidad que vendrá después.
En síntesis, la frase de promesa supone: un personaje que se encuentra rodeado de atributos y brillo, quien a través de aquella frase promete entregar ese mismo brillo a otro (desvalido). El destinatario de la promesa necesita creer que donde hay una determinada falta en realidad hay (habrá) una presencia y es eso lo que anticipa la promesa que recibe (o cree recibir) del emisario.
3. Belleza y armonía
Comencemos con un sencillo ejemplo: toda pareja, al momento de parir un hijo, es habitual que lo vea “hermoso”, “muy lindo”, más allá de las cualidades objetivas del neonato. Ello sucede así por la “ternura” con que los padres reciben a su bebé.
Meltzer y Williams (1988) aludieron a la belleza como primer tipo de configuración del mundo sensible, hipótesis que podemos combinar con una propuesta freudiana: la espacialidad mundana (en este caso, la estética) deriva de la proyección de la espacialidad anímica (Freud, 1938; Maldavsky, 1996). En suma, la plasmación estética se enlaza con un tipo de espacialidad anímica caracterizado por el predominio de la ternura.
De este modo podemos considerar la siguiente definición de belleza: se trata del encuentro armónico entre elementos diferentes. Esta definición no solo alude al tipo de encuentro (armónico) sino también al problema de la diferencia. Esta última consiste en la salida de la monotonía y en la creación de una tensión vital. Dicho de otro modo, una condición de la salida de la monotonía es la producción de un ritmo y, sobre todo, del encuentro entre ritmos diversos (intra e intercorporales). Podemos ilustrar estas hipótesis con la situación de acunamiento temprano, en la cual una estimulación de carácter mecánico se acompaña de la ternura. El ritmo monótono del acunamiento proporciona la constancia necesaria, en tanto que la ternura aporta el componente vital y se opone a una tensión desmesurada, hipertrófica.
La situación de acunamiento, pues, se plasma en la conciencia como estado afectivo y permite la generación proyectiva de un universo sensible caracterizado por su armonía. Dicha armonía tiene como fundamento entonces la organización de elementos diferenciales compuestos por ritmos y cualidades. Precisamente, la armonía propia de la belleza captada sensorialmente corresponde a la proyección de la espacialidad propia de los estados afectivos.
3.1. El arruinamiento de la belleza
Parto de considerar que el nacimiento de un hijo con discapacidad constituye una perturbación profunda en la economía libidinal familiar. Por ejemplo, en los hermanos pueden presentarse temores a padecer algo similar, o que la patología recaiga sobre la propia descendencia. En ocasiones, estos hermanos le exigen a sus propias parejas que admitan que una parte importante de su energía libidinal esté destinada al hermano enfermo, etc. En suma, es frecuente que en los hermanos se desarrolle una desinvestidura de lo diverso de ese nexo intrafamiliar.
En los progenitores suele producirse una alteración del carácter y terminan entronizando el desvalimiento de su hijo como rasgo propio y pasan a encarar el mundo exterior desde esta posición. Este amoldamiento costoso se caracteriza por una identificación con los rasgos del hijo ante el mundo y por la tentativa de imponer a los otros este rasgo de carácter en un esfuerzo por nivelar lo diferente, todo lo cual es expresión de la imposibilidad de desarrollar un duelo. Dicho de otro modo, la identificación con las limitaciones orgánicas, simbólicas y libidinales promueve un estado de abulia en el seno de la familia (como si el estado desvalido del hijo constituyera un destino del cual resulta imposible sustraerse).
En síntesis, la aparición de un hijo con discapacidad constituye un evento traumático (como un choque o accidente) e interfiere en el desarrollo de la ternura y del encuentro con lo diferente. En su lugar, pues, sobreviene un empobrecimiento energético y una tendencia a la nivelación en la inercia.
4. Evocando algunos ejemplos
Veamos algunos ejemplos que ponen de manifiesto el sobreesfuerzo de producción de la belleza.
Comencemos por una anécdota ajena al mundo de la discapacidad. Durante el “Corralito” tuve periódicas reuniones con los empleados de un banco, dada la situación crítica que estaban padeciendo. Recuerdo una joven, que trabajaba en atención al público, quien describió así su tarea: “yo recibo cosas lindas todo el día”. De esta forma, el humor le permitió una manera muy particular de describir su trabajo en la situación vigente. La joven sustituyó “agresiones” por “cosas lindas”. Su creatividad (humor) constituía un esfuerzo de transformación de una realidad traumática (insultos, gritos, golpes, etc.). Dicho de otro modo, me interesa destacar el objetivo defensivo que adquiría la tendencia al embellecimiento.
a) En primer lugar, podemos tomar un término habitual en el ámbito de la discapacidad: “integración”. Dicho término es utilizado, por ejemplo, para aludir a la inserción social de los pacientes, aunque también para expresar las dificultades que los padres tienen en “integrarse” a la institución e, incluso, en referencia a la integración de los diversos equipos de una institución entre sí. En tal sentido, la apelación a la “integración” remite a asuntos diversos: por un lado, al encuentro de lo diferente y, más específicamente, a la pugna con un sentimiento de injusticia y exclusión;
b) Una terapeuta alude a una fiesta de fin de año, y dice que fue muy “linda”, no obstante ella siente que no hay “confianza” entre los miembros del equipo.
c) En una reunión, un terapeuta relata fragmentariamente la historia de un paciente: su padre, que abusaba sexualmente del paciente (a quien también golpeaba), se suicidó tomando ácido muriático. A su vez, el paciente tiene un hermano adicto y una hermana que, al igual que su madre, tienen diagnóstico de depresión. Sobre la madre, también refiere que tiene conductas bizarras, por ejemplo, andar en hojotas un día de mucho frío. Recientemente, el paciente se introdujo dos morcillas enteras en la boca y casi se ahoga. Finalmente, concluye el relato diciendo que el paciente es “muy bello, muy armónico”;
d) Una docente dice que un paciente es “tan lindo que no podés decirle nada”;
e) En una reunión de equipo, convocada por conflictos y malestares específicos, durante un largo rato sólo describen situaciones lindas, elogios entre unos y otros y también aluden a la “sinceridad” con la que hablan actualmente. Todo ello resultaba llamativo pues el conflicto convocante remitía al hecho de que unos hablaban a espaldas de otros, situación que ocurrió incluso en el día de la reunión;
f) Una terapeuta propone cambiar la dinámica de las reuniones porque “es difícil para el docente llevarse algo armónico”. Previo a ello, una terapeuta había aludido a los pacientes “disarmónicos”;
g) Otras dos expresiones son recurrentes: por un lado, referirse a un paciente y decir que “es un divino”; por otro lado, la tendencia a no usar el término “discapacitado” sino, por ejemplo, “jóvenes especiales”. Esta última expresión suele acompañarse de un gesto de ternura algo sobreactuada;
h) También es frecuente que organicen reuniones de fin de año en las que les presentan a los padres los trabajos realizados durante el ciclo. Para tales ocasiones es habitual que tales trabajos (dibujos, artesanías, etc.) estén terminados por los mismos docentes o terapeutas, con la finalidad de exhibir producciones más lindas, menos desprolijas, más logradas.
5. Componentes de la escena de promesa incumplida
La escena de promesa contiene una sobreexigencia la cual a su vez incluye diversos componentes. Asimismo, dicho sobreesfuerzo contiene en su interior el anticipo mismo de su fracaso.
Las observaciones que he comentado hasta aquí tienen cierta afinidad con las propuestas de Bion (1972) sobre el supuesto básico de emparejamiento. Especialmente, cuando el autor alude a la “atmósfera de expectación llena de promesas” (pág. 122) y al problema resultante de la realización de tales expectativas. Bion sostiene que la esperanza debe mantenerse como tal, en tanto que las sucesivas concreciones hacen que se desvanezca y, con ello, resurjan sentimientos de odio, destrucción y desesperación .
De sus hipótesis, pues, tomamos la combinación entre promesa e irrealidad la cual a su vez contiene altos montos de hostilidad subyacentes. Dicha irrealidad supone no solo que los hechos concretos difieren en cuanto a lo que se espera, sino que la pervivencia de la promesa constituye un estado de ficción que se procura sostener.
En efecto, si vemos algunos de los ejemplos citados más arriba advertimos que el esfuerzo por “producir belleza” se enlaza con la falta de sinceridad (ausencia de confianza, no decirse ciertas cosas, etc.). Sin embargo, considero que lo insincero no tiene la finalidad de “hacer trampas” sino, más bien, la necesidad de sostener un “como sí” que garantice la vigencia de la promesa.
En lo que sigue, entonces, me interesa examinar dos dimensiones del problema: por un lado, cuáles son los elementos constitutivos y asociados a la escena de promesa incumplida; por otro lado, los modos en que la perturbación libidinal o neurosis traumática del paciente y su familia se plasman en los equipos asistenciales.
No siempre es evidente dónde comienza la escena de promesa incumplida: si la escena se inicia en la institución o se inicia en los padres. Tal vez sea más pertinente pensar que se trata de una escena “necesaria”, en el sentido de que no es contingente o azarosa. Dicho de otro modo, su aparición no dependerá de que en la institución alguien efectivamente hubiera prometido (y luego incumplido) algo. Creo que es una escena inherente a los pacientes con discapacidad, sus familias y las instituciones que los asisten. En algunos casos podrá ser más o menos promovida por los padres, mientras que en otros, podrá ser más o menos alimentada desde la institución.
Ahora bien, no solo la promesa es lo que aparece, sino que irremediablemente también se presentan su incumplimiento y el reproche consiguiente. Con ello quiero decir que se trata de una “historia” que suele aparecer con estos tres componentes (promesa - incumplimiento - reproche) más allá de los hechos objetivos. Esto es, no requiere de que en los hechos, alguien hubiera formulado esa promesa, ni mucho menos que algún profesional o la institución en su conjunto hubiese incumplido con alguna prestación.
A su vez, se agregan otros componentes, tales como el sentimiento de injusticia, una realidad ficticia y una postura acreedora, también inherentes a las familias con un integrante con discapacidad.
Todos estos elementos, pues, configuran una “historia” familiar que se introduce en las instituciones, de manera más o menos intensa y con respuestas diversas desde las instituciones y sus profesionales.
5.1. Crónica de una desilusión anunciada
Ya hemos descripto el estado de empobrecimiento libidinal que suele desarrollarse a partir del nacimiento de un hijo con discapacidad. En tal estado se produce una pérdida del universo simbólico así como también se promueve una nivelación de las diferencias. Con ello, es frecuente entonces que quede interferido el registro de cualidades y, en su lugar, se entronice una monotonía que oscila con estallidos de violencia. Dicho de otro modo, en los procesos anímicos e intersubjetivos prevalece el criterio de la cantidad por sobre el de la cualidad. Un efecto concreto de ello se advierte en la vivencia de los padres en cuanto a que mientras su hijo padece un deterioro orgánico irreversible, los profesionales se enriquecen a su costa (como si el mundo se limitara a los procesos orgánicos y numéricos).
Asimismo, en las familias también se presenta un sentimiento de injusticia, como si con el nacimiento de su hijo la realidad o la naturaleza les hubiera impuesto una situación de iniquidad. Freud (1916) expuso una idea afín cuando señaló el carácter de excepción que asumen los sujetos con deformidades físicas, quienes se colocan en una posición acreedora (el mundo les debe algo) . Esta última posición (acreedora) reúne la vivencia de injusticia con el universo cuantitativo (numérico), todo lo cual conduce a que el otro quede colocado en el lugar de un deudor.
También importan los sentimientos de culpa e inutilidad, sea por haber engendrado a dicho hijo, por no padecer las mismas dolencias, o bien porque no han logrado su recuperación.
Sin embargo, todo ello no queda manifestado, sobre todo al inicio del vínculo entre la familia y la institución, no obstante es probable que aun estando subyacente tenga cierta eficacia.
Es en ese contexto, pues, que se instala inadvertidamente la escena de promesa, según la cual los padres “esperan”: a) que el otro se sacrifique por ellos; b) que les alivien la culpa; c) que les “devuelvan” la belleza perdida. La posición sacrificial que se le solicita a los profesionales, a su vez, puede contener: a) que no les exijan nada a los padres (en términos económicos, simbólicos, afectivos, etc.); b) que los mismos profesionales desarrollen un proceso regresivo equivalente al que ellos realizaron (supresión de las diferencias).
La combinación entre todo aquello que no puede ser expresado y la ilusión de una transformación imposible, conduce finalmente a ese estado de ficción o de convicciones falsas.
La constelación descripta configura una suerte de modelo contractual entre las familias y las instituciones y profesionales. Pareciera como si en lugar de prevalecer el contrato de ciertas prestaciones ante un conjunto de problemas específicos, tuviera mayor eficacia el requerimiento (hacia las instituciones y profesionales) de otras posiciones como las arriba descriptas. Claro que todo ello funciona “exitosamente” solo durante un cierto tiempo, toda vez que al fin y al cabo la “realidad” se impone y con ello la emergencia de los sentimientos displacenteros (angustia, culpa, hostilidad, sentimientos de inutilidad, apatía, envidia, etc.) .
6. Donde hubo fuego, cenizas quedan
Lo expuesto permite también encarar un problema adicional, a saber, el riesgo que tienen los profesionales del ámbito de la discapacidad en cuanto al síndrome de burn out (Cantis, 2008). Este síndrome suele presentarse en los profesionales que trabajan con personas que sufren, y en cuyas actividades tienen lugar una fuerte vocación de servicio así como también ideales muy elevados . Por mi parte, en otras ocasiones (Plut; 2005, 2007) he señalado que si los estudios sobre estrés tomaron en cuenta los conflictos derivados de la exigencia de obedecer, las investigaciones sobre burn out refieren a los conflictos ligados con la exigencia de amar el trabajo.
Cabe agregar que preguntarnos por las razones y vicisitudes del síndrome de burn out en los profesionales que trabajan en el ámbito de la discapacidad, supone examinar el carácter vicariante de la traumatización del paciente y su familia.
Cantis (op. cit.) enumera algunas de las características complejas de los pacientes que aumentan el riesgo de desgaste profesional: la extrema pasividad, el discurso querellante de los padres, diversas formas de violencia intrafamiliar (más o menos invisibilizada), desbordes de diversa índole (crisis de angustia, convulsiones epilépticas, accidentes, brotes psicóticos) etc.
Asimismo, conviene incluir otras variables asociadas y que se adicionan al efecto específico de la patología de los pacientes:
- ¿En qué medida los profesionales dimensionan adecuadamente las posibilidades que cada paciente tiene de aprovechar lo que se le ofrece? No me estoy refiriendo a que los profesionales subestimen los recursos del paciente sino más bien a la inversa, esto es, probablemente sobreestimen los factores resilientes del paciente.
- ¿De qué modo afecta (y en qué medida) el impacto estético que produce el paciente?
- ¿Cómo procesa el profesional este impacto (lo expresa, lo desconoce, siente culpa, etc.)?
- ¿Cuánto queda el profesional invadido por un sentimiento de impotencia o inutilidad ante los escasos o restringidos avances de los pacientes?
- ¿Con qué criterios y parámetros los profesionales evalúan el cambio o evolución de los pacientes?
- ¿En qué medida las dificultades propias del paciente se traducen en una herida narcisista para el profesional?
Los profesionales quedan indudablemente afectados y abrumados por este conjunto de procesos y manifestaciones y se ven conducidos a una regresión hacia sus propios núcleos abúlicos. Por mi parte, agregaría una hipótesis institucional a esta observación clínica: cuando ocurre lo que acabamos de describir, los profesionales le reprochan a la institución por la regresión a la que se vieron compelidos por los pacientes.
Tal reproche reúne la furia por el malestar padecido y, al mismo tiempo, una identificación con el paciente por la cual esperan ser tratados del mismo modo.
Por último, los profesionales también pueden sufrir la vivencia de un trabajo sin expectativas. Claro que la falta de expectativa no es objetiva, sino que deriva de:
a) La sobreestimación –vía desmentida- de los recursos del paciente;
b) Los ideales y ambiciones excesivos;
c) Lo que los padres “esperaban” y uno supuso poder aportar;
d) La dificultad para evaluar los progresos de un modo realista.
Bibliografía
Bion, W.; (1972) Experiencias en grupos, Ed. Paidós.
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Plut, S.; (2004a) “El amor y la discordia”, Revista de la Asociación Argentina de Psicología y Psicoterapia de Grupo, T. XXVII, N° 1.
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Plut, S.; (2005) Estrés laboral y trauma social en los empleados bancarios durante el Corralito, Tesis Doctoral, UCES.
Plut, S.: (2007) “El trabajo desde la perspectiva del psicoanálisis”, en Precariedad laboral y crisis de la masculinidad, M. Burin, M.L. Jiménez Guzmán e I. Meler (Comps.), Ed. UCES.
Plut, S.; (2010a) “Si me dices que vas a Cracovia”, Actualidad Psicológica, N° 382.
Plut, S.; (2010b) “El resto que piensa. Variaciones sobre lo institucional”, Revista Argentina de Psicología, N° 48, en prensa.
(*) Presentado en la 9ª Jornada El Desvalimiento en la Clínica (IAEPCIS-UCES).
“Cuando tanta gente se congrega para correr tras una promesa,
y de pronto surge una exigencia,
nunca puede saberse quién es el que habla”
(Umberto Eco, El nombre de la rosa)
1. Introducción
He observado que en diversas instituciones vinculadas a la discapacidad, de manera más o menos reiterada, relatan que los padres de los pacientes plantean un reproche. Este reproche (que puede estar dirigido a docentes, terapeutas, directivos o incluso, a las obras sociales, etc.) suele expresarse de la siguiente forma: “ustedes nos habían prometido…”.
Aquello que presuntamente se les había “prometido” puede ser en cada caso algo diverso: un hogar, una mayor rehabilitación de sus hijos, la gratuidad de alguna prestación, entre otras alternativas.
Me llamó particularmente la atención la repetición de esta situación, dado que se trata de instituciones muy diferentes entre sí, más allá de que todas se encuadren en el ámbito de la discapacidad.
Tales diferencias se dan en el grado de discapacidad de los pacientes, en el tamaño de las instituciones, en el tipo de prácticas que proponen, en el enfoque o cosmovisión que sostienen, en los estilos de sus conductores, en los tipos de formación de sus profesionales, etc. Resulta notable, pues, que a pesar de estas y otras diferencias entre las instituciones, en todas ellas se presente la misma escena, escena que denominaré “promesa incumplida”.
A partir de allí surgen varios interrogantes:
a) ¿De qué se trata la escena de promesa incumplida?
b) ¿Qué relación habría entre dicha escena y la discapacidad?
c) ¿Por qué se presenta bajo la forma de un “reproche”?
d) ¿Qué papel tiene la institución en esa promesa?
e) ¿Qué efectos tiene esta escena?
Estos no son los únicos interrogantes posibles y es probable que tampoco pueda dar cuenta de todos ellos, no obstante avanzaré con algunas respuestas.
Por lo pronto, estas son nuestras hipótesis de trabajo:
a) el nacimiento de un hijo con discapacidad configura un evento traumático para su familia;
b) el carácter traumático del evento impide o bien interfiere en la aprehensión de la belleza y la armonía;
c) esta constelación promueve rasgos específicos en los vínculos que se establecen desde el paciente y su familia con las instituciones que los asisten;
d) uno de los aspectos significativos es el promover que los otros (institución) le prometan el reencuentro con la belleza perdida;
e) por último, el mencionado reencuentro quedará necesariamente frustrado.
2. ¿Qué es una promesa?
Se trata de una frase o acto a través del cual un sujeto promete entregar un don que tiene un valor identificatorio para quien lo recibe. Que tenga un valor identificatorio quiere decir que al recibirlo se accede a una ilusión de ser (o tener).
Quien promete se presenta rodeado de atributos, de encantos, y con su brillo pretende producir una convicción en el otro: que donde falta algo hay una presencia. Imaginemos, por ejemplo, un gran regalo, con un hermoso envoltorio y un gran moño, en cuyo interior solo hay un pequeño y modesto objeto.
En la promesa es esencial que el sujeto (que promete) se coloque en una posición fascinadora que espeje anticipadamente la satisfacción de aquel a quien se dirige la frase.
Habitualmente, esta frase de promesa se despliega en una historia cuyo inicio contiene un estado de orfandad y desvalimiento, y su finalización es de felicidad y plenitud amorosa.
Claro que hay que tener en cuenta que el núcleo de esta promesa no es que lo prometido se cumpla, sino que el acto de prometer implica tomar al futuro como ya presente, con una convicción que se pretende comunicar al destinatario de que lo dicho coincide con una realidad que vendrá después.
En síntesis, la frase de promesa supone: un personaje que se encuentra rodeado de atributos y brillo, quien a través de aquella frase promete entregar ese mismo brillo a otro (desvalido). El destinatario de la promesa necesita creer que donde hay una determinada falta en realidad hay (habrá) una presencia y es eso lo que anticipa la promesa que recibe (o cree recibir) del emisario.
3. Belleza y armonía
Comencemos con un sencillo ejemplo: toda pareja, al momento de parir un hijo, es habitual que lo vea “hermoso”, “muy lindo”, más allá de las cualidades objetivas del neonato. Ello sucede así por la “ternura” con que los padres reciben a su bebé.
Meltzer y Williams (1988) aludieron a la belleza como primer tipo de configuración del mundo sensible, hipótesis que podemos combinar con una propuesta freudiana: la espacialidad mundana (en este caso, la estética) deriva de la proyección de la espacialidad anímica (Freud, 1938; Maldavsky, 1996). En suma, la plasmación estética se enlaza con un tipo de espacialidad anímica caracterizado por el predominio de la ternura.
De este modo podemos considerar la siguiente definición de belleza: se trata del encuentro armónico entre elementos diferentes. Esta definición no solo alude al tipo de encuentro (armónico) sino también al problema de la diferencia. Esta última consiste en la salida de la monotonía y en la creación de una tensión vital. Dicho de otro modo, una condición de la salida de la monotonía es la producción de un ritmo y, sobre todo, del encuentro entre ritmos diversos (intra e intercorporales). Podemos ilustrar estas hipótesis con la situación de acunamiento temprano, en la cual una estimulación de carácter mecánico se acompaña de la ternura. El ritmo monótono del acunamiento proporciona la constancia necesaria, en tanto que la ternura aporta el componente vital y se opone a una tensión desmesurada, hipertrófica.
La situación de acunamiento, pues, se plasma en la conciencia como estado afectivo y permite la generación proyectiva de un universo sensible caracterizado por su armonía. Dicha armonía tiene como fundamento entonces la organización de elementos diferenciales compuestos por ritmos y cualidades. Precisamente, la armonía propia de la belleza captada sensorialmente corresponde a la proyección de la espacialidad propia de los estados afectivos.
3.1. El arruinamiento de la belleza
Parto de considerar que el nacimiento de un hijo con discapacidad constituye una perturbación profunda en la economía libidinal familiar. Por ejemplo, en los hermanos pueden presentarse temores a padecer algo similar, o que la patología recaiga sobre la propia descendencia. En ocasiones, estos hermanos le exigen a sus propias parejas que admitan que una parte importante de su energía libidinal esté destinada al hermano enfermo, etc. En suma, es frecuente que en los hermanos se desarrolle una desinvestidura de lo diverso de ese nexo intrafamiliar.
En los progenitores suele producirse una alteración del carácter y terminan entronizando el desvalimiento de su hijo como rasgo propio y pasan a encarar el mundo exterior desde esta posición. Este amoldamiento costoso se caracteriza por una identificación con los rasgos del hijo ante el mundo y por la tentativa de imponer a los otros este rasgo de carácter en un esfuerzo por nivelar lo diferente, todo lo cual es expresión de la imposibilidad de desarrollar un duelo. Dicho de otro modo, la identificación con las limitaciones orgánicas, simbólicas y libidinales promueve un estado de abulia en el seno de la familia (como si el estado desvalido del hijo constituyera un destino del cual resulta imposible sustraerse).
En síntesis, la aparición de un hijo con discapacidad constituye un evento traumático (como un choque o accidente) e interfiere en el desarrollo de la ternura y del encuentro con lo diferente. En su lugar, pues, sobreviene un empobrecimiento energético y una tendencia a la nivelación en la inercia.
4. Evocando algunos ejemplos
Veamos algunos ejemplos que ponen de manifiesto el sobreesfuerzo de producción de la belleza.
Comencemos por una anécdota ajena al mundo de la discapacidad. Durante el “Corralito” tuve periódicas reuniones con los empleados de un banco, dada la situación crítica que estaban padeciendo. Recuerdo una joven, que trabajaba en atención al público, quien describió así su tarea: “yo recibo cosas lindas todo el día”. De esta forma, el humor le permitió una manera muy particular de describir su trabajo en la situación vigente. La joven sustituyó “agresiones” por “cosas lindas”. Su creatividad (humor) constituía un esfuerzo de transformación de una realidad traumática (insultos, gritos, golpes, etc.). Dicho de otro modo, me interesa destacar el objetivo defensivo que adquiría la tendencia al embellecimiento.
a) En primer lugar, podemos tomar un término habitual en el ámbito de la discapacidad: “integración”. Dicho término es utilizado, por ejemplo, para aludir a la inserción social de los pacientes, aunque también para expresar las dificultades que los padres tienen en “integrarse” a la institución e, incluso, en referencia a la integración de los diversos equipos de una institución entre sí. En tal sentido, la apelación a la “integración” remite a asuntos diversos: por un lado, al encuentro de lo diferente y, más específicamente, a la pugna con un sentimiento de injusticia y exclusión;
b) Una terapeuta alude a una fiesta de fin de año, y dice que fue muy “linda”, no obstante ella siente que no hay “confianza” entre los miembros del equipo.
c) En una reunión, un terapeuta relata fragmentariamente la historia de un paciente: su padre, que abusaba sexualmente del paciente (a quien también golpeaba), se suicidó tomando ácido muriático. A su vez, el paciente tiene un hermano adicto y una hermana que, al igual que su madre, tienen diagnóstico de depresión. Sobre la madre, también refiere que tiene conductas bizarras, por ejemplo, andar en hojotas un día de mucho frío. Recientemente, el paciente se introdujo dos morcillas enteras en la boca y casi se ahoga. Finalmente, concluye el relato diciendo que el paciente es “muy bello, muy armónico”;
d) Una docente dice que un paciente es “tan lindo que no podés decirle nada”;
e) En una reunión de equipo, convocada por conflictos y malestares específicos, durante un largo rato sólo describen situaciones lindas, elogios entre unos y otros y también aluden a la “sinceridad” con la que hablan actualmente. Todo ello resultaba llamativo pues el conflicto convocante remitía al hecho de que unos hablaban a espaldas de otros, situación que ocurrió incluso en el día de la reunión;
f) Una terapeuta propone cambiar la dinámica de las reuniones porque “es difícil para el docente llevarse algo armónico”. Previo a ello, una terapeuta había aludido a los pacientes “disarmónicos”;
g) Otras dos expresiones son recurrentes: por un lado, referirse a un paciente y decir que “es un divino”; por otro lado, la tendencia a no usar el término “discapacitado” sino, por ejemplo, “jóvenes especiales”. Esta última expresión suele acompañarse de un gesto de ternura algo sobreactuada;
h) También es frecuente que organicen reuniones de fin de año en las que les presentan a los padres los trabajos realizados durante el ciclo. Para tales ocasiones es habitual que tales trabajos (dibujos, artesanías, etc.) estén terminados por los mismos docentes o terapeutas, con la finalidad de exhibir producciones más lindas, menos desprolijas, más logradas.
5. Componentes de la escena de promesa incumplida
La escena de promesa contiene una sobreexigencia la cual a su vez incluye diversos componentes. Asimismo, dicho sobreesfuerzo contiene en su interior el anticipo mismo de su fracaso.
Las observaciones que he comentado hasta aquí tienen cierta afinidad con las propuestas de Bion (1972) sobre el supuesto básico de emparejamiento. Especialmente, cuando el autor alude a la “atmósfera de expectación llena de promesas” (pág. 122) y al problema resultante de la realización de tales expectativas. Bion sostiene que la esperanza debe mantenerse como tal, en tanto que las sucesivas concreciones hacen que se desvanezca y, con ello, resurjan sentimientos de odio, destrucción y desesperación .
De sus hipótesis, pues, tomamos la combinación entre promesa e irrealidad la cual a su vez contiene altos montos de hostilidad subyacentes. Dicha irrealidad supone no solo que los hechos concretos difieren en cuanto a lo que se espera, sino que la pervivencia de la promesa constituye un estado de ficción que se procura sostener.
En efecto, si vemos algunos de los ejemplos citados más arriba advertimos que el esfuerzo por “producir belleza” se enlaza con la falta de sinceridad (ausencia de confianza, no decirse ciertas cosas, etc.). Sin embargo, considero que lo insincero no tiene la finalidad de “hacer trampas” sino, más bien, la necesidad de sostener un “como sí” que garantice la vigencia de la promesa.
En lo que sigue, entonces, me interesa examinar dos dimensiones del problema: por un lado, cuáles son los elementos constitutivos y asociados a la escena de promesa incumplida; por otro lado, los modos en que la perturbación libidinal o neurosis traumática del paciente y su familia se plasman en los equipos asistenciales.
No siempre es evidente dónde comienza la escena de promesa incumplida: si la escena se inicia en la institución o se inicia en los padres. Tal vez sea más pertinente pensar que se trata de una escena “necesaria”, en el sentido de que no es contingente o azarosa. Dicho de otro modo, su aparición no dependerá de que en la institución alguien efectivamente hubiera prometido (y luego incumplido) algo. Creo que es una escena inherente a los pacientes con discapacidad, sus familias y las instituciones que los asisten. En algunos casos podrá ser más o menos promovida por los padres, mientras que en otros, podrá ser más o menos alimentada desde la institución.
Ahora bien, no solo la promesa es lo que aparece, sino que irremediablemente también se presentan su incumplimiento y el reproche consiguiente. Con ello quiero decir que se trata de una “historia” que suele aparecer con estos tres componentes (promesa - incumplimiento - reproche) más allá de los hechos objetivos. Esto es, no requiere de que en los hechos, alguien hubiera formulado esa promesa, ni mucho menos que algún profesional o la institución en su conjunto hubiese incumplido con alguna prestación.
A su vez, se agregan otros componentes, tales como el sentimiento de injusticia, una realidad ficticia y una postura acreedora, también inherentes a las familias con un integrante con discapacidad.
Todos estos elementos, pues, configuran una “historia” familiar que se introduce en las instituciones, de manera más o menos intensa y con respuestas diversas desde las instituciones y sus profesionales.
5.1. Crónica de una desilusión anunciada
Ya hemos descripto el estado de empobrecimiento libidinal que suele desarrollarse a partir del nacimiento de un hijo con discapacidad. En tal estado se produce una pérdida del universo simbólico así como también se promueve una nivelación de las diferencias. Con ello, es frecuente entonces que quede interferido el registro de cualidades y, en su lugar, se entronice una monotonía que oscila con estallidos de violencia. Dicho de otro modo, en los procesos anímicos e intersubjetivos prevalece el criterio de la cantidad por sobre el de la cualidad. Un efecto concreto de ello se advierte en la vivencia de los padres en cuanto a que mientras su hijo padece un deterioro orgánico irreversible, los profesionales se enriquecen a su costa (como si el mundo se limitara a los procesos orgánicos y numéricos).
Asimismo, en las familias también se presenta un sentimiento de injusticia, como si con el nacimiento de su hijo la realidad o la naturaleza les hubiera impuesto una situación de iniquidad. Freud (1916) expuso una idea afín cuando señaló el carácter de excepción que asumen los sujetos con deformidades físicas, quienes se colocan en una posición acreedora (el mundo les debe algo) . Esta última posición (acreedora) reúne la vivencia de injusticia con el universo cuantitativo (numérico), todo lo cual conduce a que el otro quede colocado en el lugar de un deudor.
También importan los sentimientos de culpa e inutilidad, sea por haber engendrado a dicho hijo, por no padecer las mismas dolencias, o bien porque no han logrado su recuperación.
Sin embargo, todo ello no queda manifestado, sobre todo al inicio del vínculo entre la familia y la institución, no obstante es probable que aun estando subyacente tenga cierta eficacia.
Es en ese contexto, pues, que se instala inadvertidamente la escena de promesa, según la cual los padres “esperan”: a) que el otro se sacrifique por ellos; b) que les alivien la culpa; c) que les “devuelvan” la belleza perdida. La posición sacrificial que se le solicita a los profesionales, a su vez, puede contener: a) que no les exijan nada a los padres (en términos económicos, simbólicos, afectivos, etc.); b) que los mismos profesionales desarrollen un proceso regresivo equivalente al que ellos realizaron (supresión de las diferencias).
La combinación entre todo aquello que no puede ser expresado y la ilusión de una transformación imposible, conduce finalmente a ese estado de ficción o de convicciones falsas.
La constelación descripta configura una suerte de modelo contractual entre las familias y las instituciones y profesionales. Pareciera como si en lugar de prevalecer el contrato de ciertas prestaciones ante un conjunto de problemas específicos, tuviera mayor eficacia el requerimiento (hacia las instituciones y profesionales) de otras posiciones como las arriba descriptas. Claro que todo ello funciona “exitosamente” solo durante un cierto tiempo, toda vez que al fin y al cabo la “realidad” se impone y con ello la emergencia de los sentimientos displacenteros (angustia, culpa, hostilidad, sentimientos de inutilidad, apatía, envidia, etc.) .
6. Donde hubo fuego, cenizas quedan
Lo expuesto permite también encarar un problema adicional, a saber, el riesgo que tienen los profesionales del ámbito de la discapacidad en cuanto al síndrome de burn out (Cantis, 2008). Este síndrome suele presentarse en los profesionales que trabajan con personas que sufren, y en cuyas actividades tienen lugar una fuerte vocación de servicio así como también ideales muy elevados . Por mi parte, en otras ocasiones (Plut; 2005, 2007) he señalado que si los estudios sobre estrés tomaron en cuenta los conflictos derivados de la exigencia de obedecer, las investigaciones sobre burn out refieren a los conflictos ligados con la exigencia de amar el trabajo.
Cabe agregar que preguntarnos por las razones y vicisitudes del síndrome de burn out en los profesionales que trabajan en el ámbito de la discapacidad, supone examinar el carácter vicariante de la traumatización del paciente y su familia.
Cantis (op. cit.) enumera algunas de las características complejas de los pacientes que aumentan el riesgo de desgaste profesional: la extrema pasividad, el discurso querellante de los padres, diversas formas de violencia intrafamiliar (más o menos invisibilizada), desbordes de diversa índole (crisis de angustia, convulsiones epilépticas, accidentes, brotes psicóticos) etc.
Asimismo, conviene incluir otras variables asociadas y que se adicionan al efecto específico de la patología de los pacientes:
- ¿En qué medida los profesionales dimensionan adecuadamente las posibilidades que cada paciente tiene de aprovechar lo que se le ofrece? No me estoy refiriendo a que los profesionales subestimen los recursos del paciente sino más bien a la inversa, esto es, probablemente sobreestimen los factores resilientes del paciente.
- ¿De qué modo afecta (y en qué medida) el impacto estético que produce el paciente?
- ¿Cómo procesa el profesional este impacto (lo expresa, lo desconoce, siente culpa, etc.)?
- ¿Cuánto queda el profesional invadido por un sentimiento de impotencia o inutilidad ante los escasos o restringidos avances de los pacientes?
- ¿Con qué criterios y parámetros los profesionales evalúan el cambio o evolución de los pacientes?
- ¿En qué medida las dificultades propias del paciente se traducen en una herida narcisista para el profesional?
Los profesionales quedan indudablemente afectados y abrumados por este conjunto de procesos y manifestaciones y se ven conducidos a una regresión hacia sus propios núcleos abúlicos. Por mi parte, agregaría una hipótesis institucional a esta observación clínica: cuando ocurre lo que acabamos de describir, los profesionales le reprochan a la institución por la regresión a la que se vieron compelidos por los pacientes.
Tal reproche reúne la furia por el malestar padecido y, al mismo tiempo, una identificación con el paciente por la cual esperan ser tratados del mismo modo.
Por último, los profesionales también pueden sufrir la vivencia de un trabajo sin expectativas. Claro que la falta de expectativa no es objetiva, sino que deriva de:
a) La sobreestimación –vía desmentida- de los recursos del paciente;
b) Los ideales y ambiciones excesivos;
c) Lo que los padres “esperaban” y uno supuso poder aportar;
d) La dificultad para evaluar los progresos de un modo realista.
Bibliografía
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Plut, S.; (2005) Estrés laboral y trauma social en los empleados bancarios durante el Corralito, Tesis Doctoral, UCES.
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Plut, S.; (2010b) “El resto que piensa. Variaciones sobre lo institucional”, Revista Argentina de Psicología, N° 48, en prensa.
(*) Presentado en la 9ª Jornada El Desvalimiento en la Clínica (IAEPCIS-UCES).
jueves, 18 de febrero de 2010
El cuerpo (del) político
Sebastián Plut
La psicopatología psicoanalítica ha desarrollado precisiones teóricas de gran valor para comprender las afecciones psicosomáticas y, en ese marco, tienen cabida las hipótesis referidas al cuerpo como fuente química de la pulsión, a la angustia automática y al vínculo con un personaje despótico, entre otras.
Tal vez podamos, entonces, aprovechar algunos de tales desarrollos para avanzar en los estudios de psicología política. En efecto, el reciente episodio cerebrovascular de Néstor Kirchner nos permite pensar un nuevo terreno de investigación.
Quienes nos dedicamos a la psicología política, habitualmente, intentamos comprender la subjetividad de los políticos y/o de los ciudadanos, ya sea para detectar las estrate-gias de los primeros para generar adhesiones, promover hostilidades, encubrir, etc., ya sea para identificar la lógica que los segundos utilizan en sus decisiones.
Sin embargo, al leer lo que se ha dicho en torno de la intervención quirúrgica del ex presidente, advertimos dos asuntos significativos: por un lado, la magnitud de las re-sonancias sociales que tiene el suceso mencionado y por otro lado, el hecho notable de que una dolencia somática pueda percibirse (por quien se enferma o por los otros) como debilidad política.
En suma, cuanto menos hallamos dos grandes interrogantes:
¿Cuáles son los nexos entre la política o el poder y el cuerpo?
¿Cuál es el fundamento de la significación de una afección psicosomática como fragilidad política?
En Más allá del principio de placer Freud sostuvo que el encuentro con una sustancia viva diferente pero químicamente afín permite el surgimiento de una tensión vital opuesta a la tendencia a la inercia orgánica. Asimismo, este encuentro con lo diferente puede tornarse mortífero si más que la “afinidad en la diferencia” se pretende la “iden-tidad”. Si ocurren procesos de complejización, pues, nos hallamos en el contexto de la diversidad (afinidad en la diferencia) no obstante pueden presentarse otras dos alter-nativas: que prevalezca la tentativa de supresión de la diversidad o bien que se entro-nice la abolición de la afinidad.
Dicho de otro modo, podrán desarrollarse lógicas sofisticadas para el encuentro con el otro o, por el contrario, procesos psíquicos y vinculares de menor complejidad conduci-rán a la confrontación y la aniquilación.
Estas consideraciones en enlazan con las hipótesis sobre el complejo del semejante y sobre las posiciones psíquicas que Freud expuso en diversos textos (Proyecto de psico-logía, Psicología de las masas y análisis del yo). El prójimo corresponde a ese otro que aun teniendo predicados similares al sujeto posee a su vez un núcleo irreductible. En el nivel de la teoría de los lugares psíquicos ese otro se presenta bajo la forma del objeto y/o del rival, este último entendido como aquel que desea lo mismo que el yo pero a quien no se aspira a eliminar.
En cambio, cuando más que la afinidad en la diversidad se propone la identidad, los vínculos se rigen por la lógica del doble, que Freud denominó “masas de a dos”. En tal caso, el otro ya no será un “semejante”, sino un doble hostil (a quien se elimina) o bien un ayudante, a quien solo se lo utiliza como instrumento.
La reacción más intensa contra el surgimiento de la diferencia consiste en degradar un proceso anímico y vincular a la categoría de lo orgánico. Tal vez ello quede expresado en la situación en que un jefe le dice a su subalterno “vos sos del riñón”, aludiendo a la confianza que se le brinda, pero también a un requerimiento de identidad e indiferenciación. Se trata de una lógica según la cual los distintos miembros constituyen un cuerpo único y quedan desdiferenciados. Quizá no sea excesivo, pues, prestar atención al doble sentido del término “corporación”.
En cuanto al segundo interrogante, hemos identificado que en el discurso, casi invaria-blemente, los políticos se exhiben exitosos (discurriendo sobre sus logros –si ocupan cargos gubernamentales- o bien sobre las soluciones que tienen para los diferentes problemas, cuando forman parte de la oposición). Esto es, no es habitual escuchar a un político decir que fracasó o que no sabe cómo resolver un problema. Hay múltiples ejemplos de ello: un ex presidente, ante la evidente situación crítica que estaba atra-vesando el país, afirmó: “estamos mal, pero vamos bien”. O cuando un periodista le preguntó a una candidata, al día siguiente de perder las elecciones, cómo quedaba la oposición luego de la derrota, aquélla afirmó: “la oposición no ha sido derrotada, está más fuerte que nunca”. Dicho de otro modo, pareciera que el ejercicio del poder conduce a la intolerancia a la derrota. Claro que para los políticos, como para cualquier mortal, la vida es una suma de aciertos y errores, de logros y tropiezos, todo lo cual requiere de saber y poder reconocer unos y otros. Para decirlo rápida y senci-llamente, sostendré que el esfuerzo por sostener una posición omnipotente (siempre exitosa) o la imposibilidad de admitir un fracaso en el ejercicio del poder, retorna como quiebre en el nivel orgánico.
Los dos problemas expuestos podrán desarrollarse con mayor extensión, pero quisiera agregar que no solo comprenden a los políticos sino también al conjunto de los ciuda-danos dado lo que, frecuentemente, esperamos y requerimos de los gobernantes.
La psicopatología psicoanalítica ha desarrollado precisiones teóricas de gran valor para comprender las afecciones psicosomáticas y, en ese marco, tienen cabida las hipótesis referidas al cuerpo como fuente química de la pulsión, a la angustia automática y al vínculo con un personaje despótico, entre otras.
Tal vez podamos, entonces, aprovechar algunos de tales desarrollos para avanzar en los estudios de psicología política. En efecto, el reciente episodio cerebrovascular de Néstor Kirchner nos permite pensar un nuevo terreno de investigación.
Quienes nos dedicamos a la psicología política, habitualmente, intentamos comprender la subjetividad de los políticos y/o de los ciudadanos, ya sea para detectar las estrate-gias de los primeros para generar adhesiones, promover hostilidades, encubrir, etc., ya sea para identificar la lógica que los segundos utilizan en sus decisiones.
Sin embargo, al leer lo que se ha dicho en torno de la intervención quirúrgica del ex presidente, advertimos dos asuntos significativos: por un lado, la magnitud de las re-sonancias sociales que tiene el suceso mencionado y por otro lado, el hecho notable de que una dolencia somática pueda percibirse (por quien se enferma o por los otros) como debilidad política.
En suma, cuanto menos hallamos dos grandes interrogantes:
¿Cuáles son los nexos entre la política o el poder y el cuerpo?
¿Cuál es el fundamento de la significación de una afección psicosomática como fragilidad política?
En Más allá del principio de placer Freud sostuvo que el encuentro con una sustancia viva diferente pero químicamente afín permite el surgimiento de una tensión vital opuesta a la tendencia a la inercia orgánica. Asimismo, este encuentro con lo diferente puede tornarse mortífero si más que la “afinidad en la diferencia” se pretende la “iden-tidad”. Si ocurren procesos de complejización, pues, nos hallamos en el contexto de la diversidad (afinidad en la diferencia) no obstante pueden presentarse otras dos alter-nativas: que prevalezca la tentativa de supresión de la diversidad o bien que se entro-nice la abolición de la afinidad.
Dicho de otro modo, podrán desarrollarse lógicas sofisticadas para el encuentro con el otro o, por el contrario, procesos psíquicos y vinculares de menor complejidad conduci-rán a la confrontación y la aniquilación.
Estas consideraciones en enlazan con las hipótesis sobre el complejo del semejante y sobre las posiciones psíquicas que Freud expuso en diversos textos (Proyecto de psico-logía, Psicología de las masas y análisis del yo). El prójimo corresponde a ese otro que aun teniendo predicados similares al sujeto posee a su vez un núcleo irreductible. En el nivel de la teoría de los lugares psíquicos ese otro se presenta bajo la forma del objeto y/o del rival, este último entendido como aquel que desea lo mismo que el yo pero a quien no se aspira a eliminar.
En cambio, cuando más que la afinidad en la diversidad se propone la identidad, los vínculos se rigen por la lógica del doble, que Freud denominó “masas de a dos”. En tal caso, el otro ya no será un “semejante”, sino un doble hostil (a quien se elimina) o bien un ayudante, a quien solo se lo utiliza como instrumento.
La reacción más intensa contra el surgimiento de la diferencia consiste en degradar un proceso anímico y vincular a la categoría de lo orgánico. Tal vez ello quede expresado en la situación en que un jefe le dice a su subalterno “vos sos del riñón”, aludiendo a la confianza que se le brinda, pero también a un requerimiento de identidad e indiferenciación. Se trata de una lógica según la cual los distintos miembros constituyen un cuerpo único y quedan desdiferenciados. Quizá no sea excesivo, pues, prestar atención al doble sentido del término “corporación”.
En cuanto al segundo interrogante, hemos identificado que en el discurso, casi invaria-blemente, los políticos se exhiben exitosos (discurriendo sobre sus logros –si ocupan cargos gubernamentales- o bien sobre las soluciones que tienen para los diferentes problemas, cuando forman parte de la oposición). Esto es, no es habitual escuchar a un político decir que fracasó o que no sabe cómo resolver un problema. Hay múltiples ejemplos de ello: un ex presidente, ante la evidente situación crítica que estaba atra-vesando el país, afirmó: “estamos mal, pero vamos bien”. O cuando un periodista le preguntó a una candidata, al día siguiente de perder las elecciones, cómo quedaba la oposición luego de la derrota, aquélla afirmó: “la oposición no ha sido derrotada, está más fuerte que nunca”. Dicho de otro modo, pareciera que el ejercicio del poder conduce a la intolerancia a la derrota. Claro que para los políticos, como para cualquier mortal, la vida es una suma de aciertos y errores, de logros y tropiezos, todo lo cual requiere de saber y poder reconocer unos y otros. Para decirlo rápida y senci-llamente, sostendré que el esfuerzo por sostener una posición omnipotente (siempre exitosa) o la imposibilidad de admitir un fracaso en el ejercicio del poder, retorna como quiebre en el nivel orgánico.
Los dos problemas expuestos podrán desarrollarse con mayor extensión, pero quisiera agregar que no solo comprenden a los políticos sino también al conjunto de los ciuda-danos dado lo que, frecuentemente, esperamos y requerimos de los gobernantes.
martes, 29 de diciembre de 2009
Psicología de las finanzas o vivir en Wall “Stress”
Sebastián Plut
Quienes trabajamos en psicoterapia nos proponemos que las personas que nos consul-tan desarrollen o recuperen su capacidad para amar y trabajar. Claro que para cada individuo puede significar algo distinto qué entiende por amor o por trabajo.
Es decir, nuestras teorías no pueden desconocer la importancia de la singularidad de cada quien. Más bien es al contrario, tenemos que reconocer qué es lo que la persona desea, qué es lo que puede hacer y también qué es lo que debe hacer y, en todo caso, ayudarlo a lograr la mejor combinación de esas tres tendencias.
Lo que sí encontramos con bastante regularidad es que ya sea en el amor, ya sea en el trabajo, el dinero suele aparecer como un problema. Conflictos de pareja, alteraciones en las relaciones entre padres e hijos, desavenencias entre hermanos, distanciamientos con amigos, diferencias con un jefe o un colaborador, etc., se originan con el dinero.
Cuando hace algunos años detecté este tipo de problemas, me decidí a investigarlo con mayor profundidad. Quise comprender qué lugar, función y significado tenía el dinero en los diferentes ámbitos, con qué sentidos y objetivos las personas manejamos el dinero. Descubrí, entonces, que la psicología nos ayuda a reconocer un conjunto de factores que intervienen en la economía. Una observación superficial, de hecho, nos permite verificar que el lenguaje económico nuca prescinde de una visión psicológica. Veamos, a modo de ejemplo, algunos términos: comportamiento de los mercados, racionalidad, pánico inflacionario, creencia, descrédito, confianza (o desconfianza) en la moneda, etc.
Lo primero que encontré es que el dinero no siempre significa lo mismo para una mis-ma persona. Quiero decir, no necesariamente me sucede lo mismo cuando voy a un negocio a comprar algo, cuando le doy dinero a mi hijo o cuando realizo una inversión.
Así, respecto del dinero, podemos ganarlo, gastarlo, perderlo, ahorrarlo, invertirlo, de-berlo o, incluso, apostarlo; y en cada caso podrán variar nuestras formas de tomar decisiones, nuestras sensaciones y pensamientos.
En lo que sigue, entonces, quiero contarles una orientación particular que tomó mi trabajo: a partir de estas investigaciones comencé a trabajar con personas y grupos dedicados a la actividad financiera.
¿Somos racionales con nuestra economía?
Se ha dicho que en materia de dinero las personas nos comportamos como un homo economicus, es decir, que somos racionales al realizar una operación. Ser racional sig-nifica que sabemos bien qué cosas preferimos y que hacemos cálculos destinados a pagar el mejor precio. Sin embargo, basta con ir a un shopping para darnos cuenta que no es tan así. Pero ¡ojo! no ser racionales no significa ser “irracionales”, y tampoco está ni mal ni bien. Simplemente quiere decir que no somos computadoras ni nuestra mente funciona como una ecuación algebraica. Dicho de otro modo, la forma en que actuamos, pensamos y decidimos es mucho más compleja y variada. Cuando elegimos un auto, nuestro destino para las vacaciones, ayudamos a un amigo u optamos por un buen vino, intervienen deseos, fantasías y valores que no se limitan a la razón. Para-fraseando al filósofo, podemos decir que el gasto tiene razones que la razón no com-prende.
Y lo mismo sucede, aunque parezca extraño, en la compra de acciones, bonos, meta-les, o en la decisión de cuándo es el momento de vender o transferir activos. También allí, en el mercado de capitales, tienen importancia nuestros deseos, el modo en que imaginamos el futuro, nuestra tolerancia al riesgo y a la espera, nuestra actitud frente al pesimismo y la pérdida.
Los autores de la teoría del comportamiento financiero (Kahneman, Tversky, Shefrin, entre otros) han afirmado precisamente que el mundo de las finanzas es dominado por fenómenos psicológicos. Por ejemplo, nuestras decisiones están influidas por nuestra percepción del riesgo o de la injusticia, así como también importa el contexto y la vola-tilidad de los mercados. Si bien existen buenas teorías matemáticas sobre las probabi-lidades, no por ello haremos ciertamente pronósticos acertados.
En suma, mi experiencia me ha mostrado que en ningún ámbito de la economía pre-domina el simple cálculo, ya que ni siquiera pretender hacerlo resulta suficiente. Por el contrario, los humanos somos seres que damos sentido, atribuimos significados al mundo, a nuestras relaciones, y de allí surgen nuestras decisiones y nuestras acciones.
Time is money
Para entender la psicología financiera, comencemos por tres sencillas preguntas que me planteo con una persona (individual o grupalmente) al iniciar nuestro trabajo:
1) ¿Cuánto de su capital (qué porcentaje del mismo) invierte en operaciones especulativas?
2) ¿Cuánto de su actividad representa su actividad financiera?
3) ¿Cuánto de su cotidianeidad queda afectada por una pérdida?
El primer interrogante apunta a considerar la dimensión de los riesgos en que incurre con su patrimonio; el segundo procura establecer si la actividad financiera es hegemó-nica, complementaria o subordinada a otros proyectos; finalmente, la tercera pregunta trata de definir el impacto que tienen las pérdidas en su vida anímica.
Por otro lado, es habitual que los inversores presenten reacciones excesivas, desmesu-radas, ante las noticias, sean buenas o malas. Por eso es muy importante que cada uno conozca sus formas de: a) hacer pronósticos; b) responder ante una ganancia o una pérdida. Sobre lo primero, frecuentemente los inversores miran al futuro sin darse cuenta que, en realidad, solo están mirando hacia el pasado: aquellas acciones que bajaron son subvaluadas, y las que subieron se sobrevaloran.
Respecto de las “vivencias” que tienen ante ganancias y pérdidas, se trata de un asun-to complejo.
He advertido que el cierre de una operación –con resultado positivo- pocas veces arro-ja, como consecuencia, la sensación de satisfacción por haber tomado una buena deci-sión. Más bien, en tales ocasiones, el inversor suele pensar que podría haber ganado aun un poco más si no vendía sus títulos y que recién en ese momento hubiera logrado estar satisfecho. Sean cuales fueren las ganancias, surge la dificultad de conquistar el sentimiento de satisfacción como resultado de las operaciones económicas. En este tipo de situaciones suele estar más presente la problemática de la tensión-alivio que la del placer-displacer. Cuando están perdiendo, en cambio, suele persistir la expectativa de recuperar algo de lo perdido, aun cuando día a día la merma se incrementa. Creo que es preciso reconocer allí el valor de sentimientos de la gama de la humillación y la vergüenza, una vivencia de fracaso que impide admitir la pérdida. Más aun, encontra-mos que tanto el inversor como su agente comienzan a desplegar estrategias que tien-den a disimular el resultado negativo. En tales ocasiones, pues, pueden ser proclives a aumentar los riesgos, como si en lugar de decretar que “han perdido”, se convencieran de haber iniciado una nueva operación.
Este tipo de situaciones me ha permitido identificar dos problemas específicos a traba-jar: a) la actitud de negar la realidad; b) el tipo de vínculo que se establece entre el inversor y su agente.
Cuando la burbuja explota
Para finalizar, deseo agregar lo que hemos aprendido a partir de las burbujas financie-ras, en especial cuando terminan, cuando los mercados se desploman.
Nuestra experiencia nos ha sido muy útil para afrontar distintas situaciones con que nos encontramos en la reciente crisis financiera. Conocer la “psicología del mercado” nos permitió dimensionar las urgencias, no quedar invadidos por los rumores así como también restablecer un pensar acorde con los hechos. En efecto, una burbuja financie-ra no es simplemente un período alcista, sino, sobre todo, un momento de euforia y convicciones engañosas, un momento que nos invita a creer que el futuro será siempre igual al presente.
¿Por qué sucede que los economistas explican muy bien lo que ocurrió pero no acier-tan en sus pronósticos? Dicho de otro modo, ¿por qué resulta tan difícil “detectar” la burbuja? Creo que tres razones funcionan como un obstáculo. Por un lado, como ya he señalado, pues las personas tenemos una tendencia a “creer” –sin mucho fundamento- que el futuro será como lo deseamos; por otro lado, porque la burbuja nos fascina, nos promete un paraíso que no nos animamos a cuestionar. Por último, porque si “salimos” de la burbuja imaginamos que fracasaremos.
Quienes trabajamos en psicoterapia nos proponemos que las personas que nos consul-tan desarrollen o recuperen su capacidad para amar y trabajar. Claro que para cada individuo puede significar algo distinto qué entiende por amor o por trabajo.
Es decir, nuestras teorías no pueden desconocer la importancia de la singularidad de cada quien. Más bien es al contrario, tenemos que reconocer qué es lo que la persona desea, qué es lo que puede hacer y también qué es lo que debe hacer y, en todo caso, ayudarlo a lograr la mejor combinación de esas tres tendencias.
Lo que sí encontramos con bastante regularidad es que ya sea en el amor, ya sea en el trabajo, el dinero suele aparecer como un problema. Conflictos de pareja, alteraciones en las relaciones entre padres e hijos, desavenencias entre hermanos, distanciamientos con amigos, diferencias con un jefe o un colaborador, etc., se originan con el dinero.
Cuando hace algunos años detecté este tipo de problemas, me decidí a investigarlo con mayor profundidad. Quise comprender qué lugar, función y significado tenía el dinero en los diferentes ámbitos, con qué sentidos y objetivos las personas manejamos el dinero. Descubrí, entonces, que la psicología nos ayuda a reconocer un conjunto de factores que intervienen en la economía. Una observación superficial, de hecho, nos permite verificar que el lenguaje económico nuca prescinde de una visión psicológica. Veamos, a modo de ejemplo, algunos términos: comportamiento de los mercados, racionalidad, pánico inflacionario, creencia, descrédito, confianza (o desconfianza) en la moneda, etc.
Lo primero que encontré es que el dinero no siempre significa lo mismo para una mis-ma persona. Quiero decir, no necesariamente me sucede lo mismo cuando voy a un negocio a comprar algo, cuando le doy dinero a mi hijo o cuando realizo una inversión.
Así, respecto del dinero, podemos ganarlo, gastarlo, perderlo, ahorrarlo, invertirlo, de-berlo o, incluso, apostarlo; y en cada caso podrán variar nuestras formas de tomar decisiones, nuestras sensaciones y pensamientos.
En lo que sigue, entonces, quiero contarles una orientación particular que tomó mi trabajo: a partir de estas investigaciones comencé a trabajar con personas y grupos dedicados a la actividad financiera.
¿Somos racionales con nuestra economía?
Se ha dicho que en materia de dinero las personas nos comportamos como un homo economicus, es decir, que somos racionales al realizar una operación. Ser racional sig-nifica que sabemos bien qué cosas preferimos y que hacemos cálculos destinados a pagar el mejor precio. Sin embargo, basta con ir a un shopping para darnos cuenta que no es tan así. Pero ¡ojo! no ser racionales no significa ser “irracionales”, y tampoco está ni mal ni bien. Simplemente quiere decir que no somos computadoras ni nuestra mente funciona como una ecuación algebraica. Dicho de otro modo, la forma en que actuamos, pensamos y decidimos es mucho más compleja y variada. Cuando elegimos un auto, nuestro destino para las vacaciones, ayudamos a un amigo u optamos por un buen vino, intervienen deseos, fantasías y valores que no se limitan a la razón. Para-fraseando al filósofo, podemos decir que el gasto tiene razones que la razón no com-prende.
Y lo mismo sucede, aunque parezca extraño, en la compra de acciones, bonos, meta-les, o en la decisión de cuándo es el momento de vender o transferir activos. También allí, en el mercado de capitales, tienen importancia nuestros deseos, el modo en que imaginamos el futuro, nuestra tolerancia al riesgo y a la espera, nuestra actitud frente al pesimismo y la pérdida.
Los autores de la teoría del comportamiento financiero (Kahneman, Tversky, Shefrin, entre otros) han afirmado precisamente que el mundo de las finanzas es dominado por fenómenos psicológicos. Por ejemplo, nuestras decisiones están influidas por nuestra percepción del riesgo o de la injusticia, así como también importa el contexto y la vola-tilidad de los mercados. Si bien existen buenas teorías matemáticas sobre las probabi-lidades, no por ello haremos ciertamente pronósticos acertados.
En suma, mi experiencia me ha mostrado que en ningún ámbito de la economía pre-domina el simple cálculo, ya que ni siquiera pretender hacerlo resulta suficiente. Por el contrario, los humanos somos seres que damos sentido, atribuimos significados al mundo, a nuestras relaciones, y de allí surgen nuestras decisiones y nuestras acciones.
Time is money
Para entender la psicología financiera, comencemos por tres sencillas preguntas que me planteo con una persona (individual o grupalmente) al iniciar nuestro trabajo:
1) ¿Cuánto de su capital (qué porcentaje del mismo) invierte en operaciones especulativas?
2) ¿Cuánto de su actividad representa su actividad financiera?
3) ¿Cuánto de su cotidianeidad queda afectada por una pérdida?
El primer interrogante apunta a considerar la dimensión de los riesgos en que incurre con su patrimonio; el segundo procura establecer si la actividad financiera es hegemó-nica, complementaria o subordinada a otros proyectos; finalmente, la tercera pregunta trata de definir el impacto que tienen las pérdidas en su vida anímica.
Por otro lado, es habitual que los inversores presenten reacciones excesivas, desmesu-radas, ante las noticias, sean buenas o malas. Por eso es muy importante que cada uno conozca sus formas de: a) hacer pronósticos; b) responder ante una ganancia o una pérdida. Sobre lo primero, frecuentemente los inversores miran al futuro sin darse cuenta que, en realidad, solo están mirando hacia el pasado: aquellas acciones que bajaron son subvaluadas, y las que subieron se sobrevaloran.
Respecto de las “vivencias” que tienen ante ganancias y pérdidas, se trata de un asun-to complejo.
He advertido que el cierre de una operación –con resultado positivo- pocas veces arro-ja, como consecuencia, la sensación de satisfacción por haber tomado una buena deci-sión. Más bien, en tales ocasiones, el inversor suele pensar que podría haber ganado aun un poco más si no vendía sus títulos y que recién en ese momento hubiera logrado estar satisfecho. Sean cuales fueren las ganancias, surge la dificultad de conquistar el sentimiento de satisfacción como resultado de las operaciones económicas. En este tipo de situaciones suele estar más presente la problemática de la tensión-alivio que la del placer-displacer. Cuando están perdiendo, en cambio, suele persistir la expectativa de recuperar algo de lo perdido, aun cuando día a día la merma se incrementa. Creo que es preciso reconocer allí el valor de sentimientos de la gama de la humillación y la vergüenza, una vivencia de fracaso que impide admitir la pérdida. Más aun, encontra-mos que tanto el inversor como su agente comienzan a desplegar estrategias que tien-den a disimular el resultado negativo. En tales ocasiones, pues, pueden ser proclives a aumentar los riesgos, como si en lugar de decretar que “han perdido”, se convencieran de haber iniciado una nueva operación.
Este tipo de situaciones me ha permitido identificar dos problemas específicos a traba-jar: a) la actitud de negar la realidad; b) el tipo de vínculo que se establece entre el inversor y su agente.
Cuando la burbuja explota
Para finalizar, deseo agregar lo que hemos aprendido a partir de las burbujas financie-ras, en especial cuando terminan, cuando los mercados se desploman.
Nuestra experiencia nos ha sido muy útil para afrontar distintas situaciones con que nos encontramos en la reciente crisis financiera. Conocer la “psicología del mercado” nos permitió dimensionar las urgencias, no quedar invadidos por los rumores así como también restablecer un pensar acorde con los hechos. En efecto, una burbuja financie-ra no es simplemente un período alcista, sino, sobre todo, un momento de euforia y convicciones engañosas, un momento que nos invita a creer que el futuro será siempre igual al presente.
¿Por qué sucede que los economistas explican muy bien lo que ocurrió pero no acier-tan en sus pronósticos? Dicho de otro modo, ¿por qué resulta tan difícil “detectar” la burbuja? Creo que tres razones funcionan como un obstáculo. Por un lado, como ya he señalado, pues las personas tenemos una tendencia a “creer” –sin mucho fundamento- que el futuro será como lo deseamos; por otro lado, porque la burbuja nos fascina, nos promete un paraíso que no nos animamos a cuestionar. Por último, porque si “salimos” de la burbuja imaginamos que fracasaremos.
sábado, 26 de diciembre de 2009
lunes, 14 de diciembre de 2009
El resto que piensa
Variaciones sobre lo institucional
Sebastián Plut
Introducción
La ineludible combinación entre el azar y ciertas inquietudes personales me fue acercando, en mi desarrollo profesional, al trabajo con (y sobre) instituciones. Convocado bajo denominacio-nes diversas (analista institucional, supervisor o asesor) guardo una variada experiencia con organizaciones de diferente tipo (asistenciales, profesionales, etc.) aunque habitualmente desde una posición de cierta extraterritorialidad.
Gracias al esfuerzo de quienes nos precedieron y plasmaron sus hipótesis en textos y, también, por decantación de la práctica misma, pude comprender fenómenos complejos y definir las formas de intervención que creí adecuadas. Por ambos caminos obtuve respuesta a muchas preguntas, en tanto otras persisten pulsionando. Al mismo tiempo, advierto que coexiste un proceso inverso, a saber, que el recorrido hecho proporciona una serie de respuestas a la bús-queda de un conjunto de interrogantes.
En lo que sigue, entonces, expondré algunas de las reflexiones que fueron emergiendo en mí a partir de la experiencia mencionada. No me centraré en conceptos teóricos o desarrollos de otros autores, aunque tampoco deseo describir meramente los hechos empíricos. Más bien, pretendo desarrollar mis propios pensamientos clínicos, que se encuentran a mitad de camino entre las abstracciones generales y las manifestaciones concretas.
Interrogantes para una apertura
Quienes trabajamos en el marco del psicoanálisis institucional contamos con una profusión de teorías que dan cuenta acabadamente de problemas tales como la estructura de una organiza-ción, la demanda o motivo de consulta, la dinámica intersubjetiva, el malestar institucional, las relaciones entre del ideal del yo y el líder, etc. (Bion, 1972; Bleger, 1966, 1970; Dejours, 1998; Enriquez, 1989; Fornari, 1989; Freud, 1913, 1921; Fustier, 1989; Jaques y Menzies, 1960; Kaës, 1989, 1998; Kernberg, 1998a, 1998b; Lourau, 1988; Maldavsky, 1991, 1996; Mendel, 1993; Pagés, 1980; Pinel, 1998; Roussillon, 1989).
La enumeración precedente tiene por objeto no solo la referencia bibliográfica de rigor, sino expresar mi reconocimiento a tales autores y relevarme de la necesidad de exponer cada una de sus ideas. Prefiero, más bien, subrayar algunos interrogantes que no me resulta sencillo responder en cada ocasión en que soy consultado desde una institución. Entre ellos, por ejem-plo, suelo preguntarme cuál es el grado de analizabilidad –y cómo definirla- de una institu-ción. Los criterios que definen la analizabilidad de un caso, sabemos, no son estáticos, sino que se han ido modificando con el tiempo. En efecto, Freud sostuvo que ciertas patologías queda-ban por fuera del análisis así como también se preguntó si los niños serían analizables o bien si convenía analizar gerontes dada su pérdida de plasticidad psíquica .
El complemento de este interrogante es la pregunta sobre las metas u objetivos. Algunos autores, por ejemplo, propusieron que la finalidad del trabajo institucional consiste en despejar factores de la psicodinámica subyacente de modo tal que no interfiera en el cumplimiento de los objetivos manifiestos que se plantea la organización. Sin embargo, sin descartar ese proyec-to, podemos formular dos comentarios al respecto. Por un lado, encontramos un número de instituciones que despliegan las acciones necesarias para alcanzar sus fines y, aun así, prevale-ce un malestar creciente. Quizá, entonces pueda redefinirse dicho objetivo: cómo lograr que una organización procure sus fines sin un alto costo anímico de sus miembros. Por otro lado, aun reconociendo como válida aquella meta, veremos que no resulta lo suficientemente especí-fica.
En el contexto del trabajo clínico, Freud planteó una variedad de objetivos: que el sujeto recu-pere se capacidad de amar y trabajar, levantar represiones, suprimir síntomas e inhibiciones, que donde ello era advenga el yo, etc. Lejos de constituir propuestas excluyentes o contradicto-rias, cada una de ellas supone un nivel epistemológico distinto. Mientras recuperar la capacidad de amar y trabajar corresponde al nivel de las metas prácticas, la supresión de síntomas e in-hibiciones es inherente a las metas clínicas y levantar represiones, por ejemplo, pertenece al nivel de las metas teóricas. Hecha esta distinción, pues, se plantea que el programa clínico comprende la articulación del conjunto.
En el caso de las instituciones, y tomando el objetivo expuesto, que una organización pueda alcanzar sus fines sería equivalente a la recuperación de la capacidad de amar y trabajar. Con ello restaría definir las metas concernientes al nivel teórico, lo que nos llevaría a explorar el nexo entre institución y mecanismos de defensa.
En continuidad con lo anterior, nos formulamos un tercer interrogante: ¿conviene pensar las instituciones desde el modelo de la psicopatología? En todo caso, ¿la psicopatología institu-cional se corresponde con la psicopatología singular? Posteriormente, volveré sobre este punto cuando desarrolle lo que llamé “terrenos de pertinencia”. Por ahora, digamos que aun cuando, por ejemplo, pensemos el componente paranoide o las ansiedades psicóticas en las institucio-nes (Jaques y Menzies, 1960; Kernberg, 1998a) ello no coincide necesariamente con la presen-cia de tales patologías en uno o más de sus miembros. O bien, a pesar de la probabilidad de concurrencia, las estrategias y objetivos diferirán ya se trate del caso singular o se trate de un tipo de agrupamiento.
Para finalizar este apartado, pensemos en un cuarto interrogante derivado de los precedentes. ¿Cómo pensar la evolución clínica de una institución? ¿Qué factores ponderamos o qué pa-rámetros podemos tomar para decidir que el trabajo en una institución ha visto algún tipo de progreso?
Explicando el título
El título del presente artículo (El resto que piensa) pone de manifiesto un fragmento de mi pro-pio trabajo psíquico durante uno de los tantos encuentros quincenales con docentes y terapeu-tas de una institución. Se trata de una institución dedicada a la atención de niños autistas y en ella trabajan psicólogos, fonoaudiólogos, terapistas ocupacionales, kinesiólogos, psiquiatras, musicoterapeutas y docentes.
La escena, brevemente, fue la siguiente: luego de que una docente cuente un episodio de vio-lencia entre ella y el director de la institución, pregunté a todos: “¿El resto qué piensa?”. Inme-diatamente pensé en la palabra “resto” y registré –en mí- una sensación de desagrado por diri-girme de ese modo al conjunto de personas que estaban allí. Por un instante imaginé que al-guien podría suponer que aquella palabra tenía un sentido despectivo (como si los estuviera tratando de deshecho). Posteriormente –en parte por una cadena asociativa personal pero también en función del relato sobre el episodio de violencia- intuí que mi propia pregunta con-tenía algo más que la invitación a la asociación libre. Fue en ese momento que transformé la pregunta en una afirmación –tal como aparece en el título- y ya finalizada la reunión entendí que el “resto” correspondía a lo no expresado, lo no elaborado y que, a su vez, incitaba al pen-samiento colectivo. Claro que aquello no expresado o no elaborado, no siempre encuentra cabi-da en el pensamiento (en ocasiones resulta no tanto de lo impensado sino de lo impensable), no siempre logra un grado de figurabilidad psíquica tal que permita su circulación y tramitación intersubjetiva. Más aun, episodios de violencia como el que la docente relató, así como situa-ciones de apatía generalizada, entre otras, ponen de manifiesto –precisamente- los efectos de un resto enquistado, coagulado.
Sin llegar a configurar un concepto, la idea del resto abreva en los desarrollos de otros autores, tales como los elementos beta (Bion, 1972), el sincretismo (Bleger, 1970) y los espacios y tiem-pos intersticiales (Roussillon, 1989).
La existencia del resto, pues, constituye un supuesto de inicio, un punto de partida; es decir, considero que su presencia no resulta de una contingencia. Sin embargo, en cada caso institu-cional hallaremos tres dimensiones en las cuales se verifican sus variaciones. Para decirlo rápi-damente, el diagnóstico de una institución comprende la detección de los modos de producción, tratamiento y resolución de sus restos. A su vez, examinamos la posición de estos últimos según sean hegemónicos, estén contenidos o bien, excluidos. En el primer caso (hegemonía) los restos no elaborados son prevalentes en la dinámica institucional, a partir de lo cual abundan sucesos que oscilan entre la violencia y la indiferencia extrema . La segunda al-ternativa remite a la contención en un doble sentido: los restos están incluidos y acotados. Aquí se los identifica y reconoce, no llegan a vulnerar masivamente los procesos internos y se procu-ra alguna alternativa de elaboración. Finalmente, la exclusión se ubica en el contexto de las hipótesis sobre el clivaje, es decir, en la tentativa de expulsar –como si lo propio fuera ajeno- aquello que resulta amenazante, desestructurante. La espacialidad así constituida se organiza como un exterior, en ocasiones coincidente con el afuera institucional y en ocasiones como un exterior interior. Recuerdo una institución en la cual la apertura concreta de la puerta que daba a la calle era correlativa de severos conflictos, como si desde el exterior acechase un peligro imposible de afrontar.
Otro ejemplo se advierte en la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, en relación con el lugar diferencial que el libro sobre la risa de Aristóteles tenía ya sea para Guillermo, ya sea para Jorge. Mientras que para el primero consistía en un objeto que debía circular y sobre el cual cabía una reflexión crítica, para el segundo suponía un objeto abominable que debía ser exclui-do de su circulación, si bien curiosa y paradójicamente, quedaba conservado secretamente en algún lugar de la enigmática biblioteca (González, 1998; Maldavsky, 1991).
Veamos otro ejemplo ocurrido en una sesión de trabajo con un grupo de profesionales que trabajan en una sala de internación pediátrica. Una de las personas allí presentes aludió a su cansancio por la cantidad de tareas que debía realizar y su angustia por no poder decir que no a nada de lo que se le solicitaba. Asimismo, decía que entre tales tareas, sentía que muchas no le correspondían, como por ejemplo, darle de comer a la gata. En ese momento, le pregunté qué pensaba que ocurriría si un día no le daba de comer a la gata y respondió que no pasaría nada. Luego, le pregunté qué pasaría si no le daba de comer dos días y no pudo emitir palabra e, incluso, nadie más pudo decir nada sobre ello. Al finalizar la reunión, cuando ya estábamos de pie, otra persona, en broma, dice que había que ir a darle de comer a la gata porque si no se iba a morir. Cabe agregar que entre el comentario inicial y la broma final, los profesionales transitaron por varios temas institucionales, en una combinación de queja y monotonía, entre los cuales resaltó el comentario de la nutricionista que se quejaba (y sospechaba) de que los pacientes no recibían la ración de leche diaria que ella estipulaba. La nutricionista decía que, según le informaban, cuando un chico no tomaba la cantidad de leche indicada podía ser, por ejemplo, porque ese paciente estaba con diarrea. Por otro lado, la nutricionista revelaba la for-ma en que advertía la cantidad de leche distribuida: lo hacía mirando cuántos saché de leche había en el tacho de basura. A la luz de los desarrollos de Roussillon (op. cit.) podemos conje-turar que la “broma” sobre la gata pudo ser expresada sólo en un tiempo intersticial, es decir, en el tiempo no estructurado de la reunión, mientras que la información que recogía la nutricio-nista correspondía a un tipo de espacio intersticial: el tacho de basura. Los contenidos no elabo-rados, entonces, remitían a la angustia por la muerte de los pacientes, incluidos quizá los pro-pios deseos homicidas .
En términos de Freud el resto puede enlazarse también con el concepto de masoquismo, en-tendiendo que éste puede adquirir expresiones y significaciones diversas. Es decir, aquello que resulta displacentero podrá ser semantizado de forma heterogénea, no obstante su contenido siempre tendrá el valor de algo dañoso y un efecto sufriente.
Para finalizar, deseo hacer un comentario sobre el concepto de masoquismo. Considero que, sin lugar a dudas, es uno de los conceptos más relevantes y significativos de la obra freudiana. Desde el punto de vista teórico, constituye una piedra fundamental de la metapsicología y de la psicopatología; desde el punto de vista clínico permite comprender no sólo el sufrimiento de un sujeto (o del malestar en una institución) sino que también permite entender ciertos obstáculos en quienes desarrollan su actividad laboral con personas sufrientes. Se ha escrito mucho, por ejemplo, sobre la contratransferencia (erótica u hostil) y cómo aquélla incide perturbando la abstinencia o la neutralidad del analista. Puedo agregar que tanto para el analista, cuanto para diversos profesionales (por ejemplo, los que trabajan con pacientes discapacitados, autistas, etc.) he advertido la eficacia que puede tener la tendencia a desconocer (o desmentir) el masoquismo del interlocutor. Intuyo que en muchas ocasiones no resulta simple dar crédito al juicio que afirma la existencia de un grado sustantivo de masoquismo en el otro. Ocurre co-mo si el profesional se negara a admitirlo con la consecuencia de desaciertos clínicos y la inva-sión por un creciente malestar.
Así como Freud, con mucha sutileza, pudo captar la conflictiva de quienes fracasan al triunfar (por ejemplo, como consecuencia del sentimiento de culpa) ha quedado pendiente un estudio sobre casos en apariencia inversos, los que triunfan al fracasar. Me refiero a situaciones en las que puede pesquisarse que ciertos sujetos conquistan una sensación de éxito (como si se aplaudieran en secreto) en cada ocasión en que naufragan o se arruinan. Es decir, estos desen-laces no constituyen tanto un derivado que sabotea un triunfo sino que es ello mismo su íntimo triunfo .
Algunas premisas construidas en la experiencia
He mencionado ya que tomo la existencia del resto como un punto de partida. Su presencia, aun en posiciones y con significaciones diversas, no es azarosa y mis interrogantes de trabajo parten de ese supuesto. Trataré, pues, de exponer algunas otras proposiciones a las que asigno un estatus similar.
Recuerdo una empresa multinacional en la cual uno de sus miembros decía que allí todos eran muy parecidos. Si bien tenían filiales en distintas partes del mundo, según sus propias palabras, uno podría hacer “copy and paste” con cada uno de los empleados. Se refería a que si un em-pleado de Buenos Aires iba a trabajar a Londres o a Moscú, no había diferencias. No estoy con-vencido de que tal sea el nivel de homogenización o, en todo caso, sólo lo sería en un nivel superficial. En efecto, hablase uno con un licenciado en administración, en química o en psico-logía, todos parecían expertos en marketing .
Sin embargo, aun cuando podamos observar o conjeturar que “rascando un poquito” encontra-remos diferencias, singularidades, también es cierto que en ocasiones encontramos múltiples rasgos compartidos entre los miembros de una institución. ¿Es acaso que las organizaciones solicitan o buscan un “tipo psicológico” específico?
No creo estar en condiciones de responder a esta pregunta aunque intuyo que tampoco resulte fundamental. Considero que antes que pensar en una suerte de teoría institucional de la “media naranja”, es conveniente –y más acorde con los hechos- detectar que las instituciones propo-nen una jerarquización semántica, pragmática, sintáctica, fonética, orgánica y lógica. Es decir, en cada institución prevalecen significaciones, modos de hacer, de relacionarse, tipos de soni-dos, compromisos orgánicos y nexos con referentes, todo ello con cierta especificidad . En ri-gor, no es que haya unidad, y mucho menos coherencia absoluta, sino que más bien hay diver-sidad y coexistencia (por ejemplo, entre dos o más formas de significar una misma realidad). Sin embargo, creo que sí hay una jerarquización, un cierto orden de prevalencias que, una vez más, no necesariamente es estático. Por ejemplo, en determinadas instituciones irse en el hora-rio prefijado es sinónimo de falta de compromiso, o bien ciertos desvíos de la actividad planifi-cada constituyen desorden (en lugar de creatividad). Asimismo, en ocasiones, se atribuye des-potismo a cada consigna o pauta dada desde un nivel jerárquico superior. En este conjunto, las hegemonías (desde las cuales se establecen sentidos, acciones, relaciones, valoraciones, etc.) comprenden a los tipos de deseos, de ideales y a las posiciones en que quedan colocados unos y otros .
Todo ello constituye una segunda premisa que, a su vez, nos conduce a la siguiente: el abor-daje de los fenómenos institucionales requiere identificar y analizar los nexos entre su dimensión etiológica (genética) y su dimensión semántica. Dicho de otro modo, los interrogantes teóricos y clínicos basculan entre las causas y el sentido del padecer anímico e institucional.
La última premisa que deseo mencionar concierne sobre todo al terreno metodológico de la intervención. Presentaré un breve ejemplo para ilustrar lo que quiero decir pero, antes, permí-taseme un comentario. Suele discutirse si determinados fenómenos resultan de los rasgos psí-quicos singulares o bien conviene interpretarlos como una expresión institucional. Por ejemplo, se ha dicho que el ausentismo debe comprenderse como una expresión crítica a la organización (supongamos, respecto de la monotonía del trabajo) o bien que determinadas conductas agre-sivas derivan de la particularidad que adquieren los vínculos intersubjetivos o del tipo de lide-razgo (tal como puede verse en los estudios sobre mobbing). Creo que es erróneo pretender deslindar si la “causa” es individual o institucional y que el riesgo es enfrascarse es una intermi-nable disquisición sobre el huevo o la gallina. Más bien, considero más fecundo plantear una distinción metodológica a la cual, previamente, denominé terrenos de pertinencia.
Vayamos ahora al ejemplo. En una reunión con un grupo de visitadores médicos o agentes de propaganda médica (APM) uno de ellos, con una clara manifestación de ira, comentó que se le había roto “la manija de su valija”. Según relató, existe una normativa acerca del peso máximo que se debe cargar en el maletín, no obstante él lo sobrecarga. Explicó este hecho diciendo que el laboratorio no le paga los gastos del auto, por lo cual decidió –cuando visita a un profesional- no dejar en el auto las muestras que no usará. Es decir, su “venganza” (como él mismo la de-nominó) sería “no entregar el baúl”, a pesar, curiosamente, de seguir usando su propio vehícu-lo. Si el sujeto fuera un paciente de consultorio seguramente consideraríamos su componente paranoide (expresado en su negativa a “entregar el baúl” y en la “venganza”) y, quizá, también abordaríamos sus componentes psicosomáticos (ya que se trata de una persona que presenta-ba diversas lesiones en los escafoides y también padecía de colon irritable). Sin embargo, al ser una situación grupal entiendo que aquél no es el camino más adecuado. En efecto, tratándose del contexto institucional resulta más conducente seguir la línea de la otra expresión, “la manija de la valija” ya que: a) “valija” es el término que utilizan los APM para denominarse a sí mis-mos; b) la frase remite a un problema típico de las instituciones ligado con la cuestión del poder (podríamos decir que el problema planteado por nuestro sujeto apunta a una pugna por quién tiene “la manija”). Dicho de otro modo, opino que esta última frase representa al conjunto (vali-jas o APM) y expresa un asunto grupal e institucional.
La proposición de los terrenos de pertinencia apunta no solo a la etiología de una manifestación sino a una orientación metodológica derivada del contexto particular de trabajo. Dicho con-texto define objetivos, determina el sentido de ciertas expresiones, permite hacer un recorte específico y proporciona una orientación definida.
En síntesis, le damos cabida a las dimensiones etiológica (factores intervinientes), semántica (significatividad) y metodológica (el contexto nos guía en cuanto a qué tomar en cuenta y qué no) .
Parálisis
En el conjunto de interrogantes que mencioné, algunos de ellos refieren al diagnóstico que podemos hacer de una institución y, también, a cómo valorar la evolución o cambios producidos a partir de nuestra intervención.
En la tentativa de abrir un camino a responder tales preguntas, deseo reflexionar ahora sobre las parálisis institucionales. Con dicho término nos referimos a un conjunto no uniforme de al-ternativas problemáticas. Es decir, parálisis podrá significar dificultad para realizar ciertas ta-reas, pero también podrá remitir a la consecución de ciertos objetivos en un estado de monoto-nía . Podemos incluir ciertos fenómenos que, bajo la compulsión a la repetición, encubren la falta de avance en un hacer carente de creatividad o en la falta de apertura a nuevos proyec-tos.
¿Qué he podido observar sobre esto en distintas instituciones?
En primer lugar, he advertido que, en los hechos, muchas veces los miembros de una institu-ción procuran más perpetuarse a sí mismos que dedicar energías a la realización de ciertos proyectos. Si bien esto último es lo que, en definitiva, permitirá la permanencia o la conserva-ción de un lugar, en ciertos casos el pensamiento opera de otro modo. Es decir, en lugar de tomar una función o rol como un medio para hacer, ocurre a la inversa, la tarea es sólo una excusa para persistir en una función.
En esta línea, la parálisis o burocratización (de una institución o de algún sector específico) puede quedar reforzada cuando la existencia de un área es completamente independiente de la decisión de sus miembros. Esto es, cuando más allá de lo que cada uno haga o no, el espacio que ocupan permanecerá. En rigor, en instituciones que ya están consolidadas, supongamos una asociación profesional, es natural que los espacios constituidos estén garantizados, por así decir, por la institución misma. En todo caso, si ello es una realidad inevitable (y, quizá, desea-ble) deberá servir para estar atentos al riesgo que implica .
En paralelo escuché (tanto en instituciones como en ciertos pacientes) la reiteración de frases del tipo “tenemos que…” o “habría que…”, las cuales anuncian una acción que, posteriormente, no se consuma. Inferí, pues, no solo que una decisión tomada no conduce necesariamente a una realidad modificada, sino que la asunción manifiesta del imperativo (“tengo que…”) consti-tuye una suerte de soborno al superyó. Es decir, se pronuncia un “compromiso” como una tentativa de apaciguar las exigencias de la instancia rectora, propia o encarnada en un interlo-cutor y una vez aplacada la “autoridad”, se extingue todo propósito. No me refiero con ello a las escenas en que se intenta transgredir una norma (desmentida psicopática del superyó) para obtener un beneficio, sino más bien a un intento de aplacar los requerimientos para permane-cer en la inacción. Tanto es que no se trata de la desmentida transgresora (aunque sí corres-ponde a otro tipo de desmentida), que incluso se produce una complacencia –entre pares o entre diversos niveles jerárquicos- en la parálisis.
Insisto, no estoy aludiendo a las acciones espurias, a los engaños propios de las segundas in-tenciones, sino a la construcción compartida de una ficción, de una creencia que –durante un tiempo- no reclama la prueba de los hechos. Pasado el tiempo, pues, la defensa fracasa y pue-den devenir, al menos, tres alternativas: a) un cambio en la defensa patógena , consistente en la elaboración del mecanismo colectivo y su sustitución por otra modalidad más benigna; b) otra opción es que alguien “aparente” poner en cuestión la escena creada y proceda a una re-convención que, en realidad, tiene por meta la reiteración del ciclo (volver a decir “tenemos que”); c) la permanencia en el estado fracasado de la defensa.
Quisiera, entonces, detenerme un instante en esta última posibilidad. Cuando uno de los miem-bros o el grupo se enquistan en el fracaso de la defensa, lo que prevalece es la imposibilidad de seguir creyendo en lo que se creía. Dicho de otro modo, cobra relevancia la pérdida de una convicción en lo que se hace y su sustitución, muchas veces, por una presentación inconsis-tente que apenas encubre un estado de apatía. Recuerdo que en ocasión de una intervención institucional en un banco (durante el denominado “corralito”), una de las cosas que llamó mi atención fue la insistencia con la que los empleados bancarios referían expresiones del tipo “yo soy el banco”, mientras que nunca decían “soy bancario”. Entiendo que aquella forma de de-nominarse admite diversas especulaciones (sobre el tipo de identificación, sobre la relación entre lo que se es y lo que se hace, etc.). Por el momento, me interesa consignar que durante aquella experiencia hipoteticé que se trataba de una expresión resultante de la desmentida de la diferencia entre “banquero” y “bancario”. La situación del “corralito” puso en jaque este tipo de identificación (con la puesta en crisis de la convicción correspondiente) lo cual quedó expre-sado elocuentemente por uno de los trabajadores cuando afirmó: “yo antes decía ‘soy el ban-co’, ahora digo que soy el gerente de la sucursal”. Claro que no pronunciaba esa frase desde la perspectiva de un reposicionamiento, sino desde una vivencia de derrota, ira y tristeza que lo dejaba imposibilitado de seguir trabajando.
Puedo agregar que la referencia “bancario” suponía una pertenencia amplia, mientras que “soy el banco” implica que es la propia empresa la que opera como soporte identitario. Entendemos que esta alteración (de bancario a banco) sostenida en la desmentida, es correlativa de un pro-ceso regresivo de degradación del ideal del yo. Por un lado, pues la pertenencia a la “clase bancario” es más abarcativa que la pertenencia al banco (de hecho, en este último caso no se aplica la noción de clase o conjunto). Por otro lado, el proceso identificatorio en juego conduce, regresivamente, a una posición de ilusoria omnipotencia narcisista en la cual el sujeto “es” la empresa. Para decirlo de otro modo, cuanto menos el sujeto se supone miembro de un conjunto, más supone ser él mismo el conjunto o clase.
El panorama expuesto en los párrafos precedentes, por esquemático, tal vez resulte un tanto empobrecido. En virtud de ello, en el apartado siguiente presentaré otra alternativa en que se evidencia el estado de parálisis.
Las urgencias
Una de las múltiples manifestaciones que me ha llamado la atención, por ejemplo por su reite-ración, es la aparición de situaciones de supuesta urgencia . Siempre hay algo que es perento-rio, un problema que surge imprevistamente, una alarma que descoloca. Asimismo, tales ur-gencias constituyen el argumento por el cual no pudieron hacerse ciertas cosas que estaban previstas.
Es cierto que en equipos de salud mental, en profesionales que atienden pacientes con patolo-gías graves, las urgencias pueden tener cierta habitualidad. Sea por una descompensación psi-cótica, un accidente que produce una herida física, una convulsión epiléptica, etc., en todos esos casos conviene operar con cierta rapidez.
Sin embargo, me parece que no siempre se distingue con claridad cuándo se trata de una ur-gencia objetiva y cuándo, más bien, es una tendencia a creer que cualquier asunto que emerge hay que resolverlo ya. Esto es, una primera observación nos conduce a diferenciar cuándo la urgencia es una cualidad de los problemas y cuándo es una forma de resolverlos.
Una segunda impresión recogida es que las urgencias sustituyen decisiones. Es decir, se presentan como resultantes de la pasividad si bien tienen la apariencia de una hiperactividad. Dicha inacción muchas veces corresponde sobre todo a la parálisis de aquellos que tienen algún grado de autoridad, quienes abandonan esa posición.
La secuencia que advertí, entonces, es la siguiente (estos momentos pueden tener una dura-ción variable): un primer momento de pasividad en el que se depone la autoridad (o las deci-siones concretas); luego, le sigue un momento en el que se entroniza una ilusión de amor, de una igualdad en la que todos son hermanos (en los profesionales entre sí, o entre éstos y los pacientes). En un tercer momento, se construye una ficción según la cual “todo está bien”, “no pasa nada”, que disfraza un importante grado de desconexión de la realidad. Finalmente, el desenlace anunciado es la urgencia, un momento de desorganización angustiada en el que retorna, traumáticamente, la conexión con los hechos concretos .
Por último, podemos extraer de ello una tercera conjetura, relativa a las razones por las cuales se conservan las urgencias, los motivos que sustentan su persistencia. Si los procesos descrip-tos son válidos, es indudable que la urgencia no es tanto una azarosa e indeseada consecuen-cia: aunque fallida y transitoria, la urgencia constituye una precaria garantía para salir de la desconexión.
Exclusiones, expulsiones, escisiones
Una psicopedagoga cuenta que la madre de un paciente (institucional) muestra evidentes pre-ferencias por otro de sus hijos, el cual no presenta problemáticas graves como el primero. Esa diferencia abarca no sólo la manera de tratar a uno y otro, sino a numerosos aspectos de la cotidianeidad (habitación, regalos, ropas, etc.). En paralelo a este relato, hallamos otras dos situaciones en la misma institución: una, en la que el director evidencia distinciones entre dos coordinadores, en cada ocasión elogia a uno y denuesta al otro. Otra escena sucedió directa-mente conmigo como analista institucional. Una coordinadora, cuestiona con enojo lo que yo estaba planteando (respecto de una situación con un paciente) y afirma: “¡Por suerte tengo mi supervisión afuera!”.
Se ha dicho que los profesionales que trabajan en servicios de salud mental tienden a reprodu-cir rasgos o síntomas inherentes a las patologías de los pacientes que atienden (por ejemplo, perturbaciones en la comunicación, etc.). Algo de ello se advierte en la forma en que la escena de “preferencias” se reitera al interior de la institución. Considero que en este tipo de fenóme-nos no se trata solamente de una escisión que “reparte” arbitrariamente aspectos buenos y malos. Tengo la impresión de que lo central está dado por la necesidad de darle un destino (orientado por la proyección) a los aspectos negativos, hostiles. De hecho, los elogios hacia uno de los miembros son en sí mismos parte de la agresión dirigida hacia el otro . Es una dinámica que nos recuerda la lógica que Freud describe sobre la oralidad: lo propio es lo bueno y lo aje-no, lo otro, resulta extraño y queda connotado con características peyorativas. Si la coordinado-ra disiente con el analista institucional y, a su vez, aquella profesional pensó algo en otro ámbi-to (su supervisión externa), ¿por qué ese pensamiento no es traído a la reunión? ¿Por qué ese afuera se utiliza como refugio en el cual encerrarse enojosamente y, sólo se lo menciona para expulsar e invalidar el decir del analista institucional? Nótese que aquello pensado afuera no forma parte de la argumentación de la coordinadora, sin que ésta sólo apela a la mención de su supervisión externa.
Página atrás aludí al “afuera institucional” como una zona en la cual se depositan aspectos dis-valiosos, amenazantes, en tanto que en la escena del párrafo previo el afuera (una supervisión externa) parecería un lugar de refugio ante el conflicto al interior de la institución. Sin embargo, considero que no es tal la diferencia lo cual se advierte en la escena que le siguió. La misma coordinadora afirmó que ya había cumplido su ciclo en la institución, luego dijo sentirse “ataca-da” y abruptamente se levantó y se retiró.
Una semana después pudimos comenzar a analizar las situaciones ocurridas a partir de la si-guiente pregunta: ¿por qué alguien deja un lugar vacante? Conjeturamos, entonces, un proceso con diversos pasos: 1) alguien abandona su lugar o rol; 2) luego se coloca en una posición “exterior”; 3) desde allí supone que alguien lo va a llorar o requerir; 4) desde ese “afuera” re-clama en la posición de expulsado .
Veamos aun otra escena: otra vez la misma coordinadora cuenta que escuchó a algunos docen-tes que hablaban mal de ella “sin que las personas que hablaban se dieran cuenta de mi pre-sencia”.
Resulta notable el valor de la exterioridad: quien comienza colocándose como espía desde afue-ra pasa a sentirse excluida y desvalorizada. Primero, alguien decide quedarse afuera y, luego, se siente dejado afuera.
Parte de estas observaciones y reflexiones me conducen a plantear una gramática de la ex-pulsión que permite identificar una posición activa, como cuando un sujeto es expulsivo, una posición pasiva, cuando alguien es expulsado, y también una posición reflexiva, cuando un su-jeto se autoexpulsa.
Sobre los restos comunicacionales
Una de las formas en que se evidencia la problemática del resto, en el terreno de la comunica-ción, es la de los rumores. Estos pueden constituir el efecto de un déficit de la comunicación pero también pueden ser una vía para interferir en la misma.
Me interesa, entonces, reflexionar sobre los rumores, no sólo en relación con sus contenidos específicos sino en cuanto al rumor como un acto en sí mismo, en virtud de su función y efica-cia. La bibliografía sobre el tema coincide en cuanto a que el rumor: a) prolifera en contextos críticos (Allport y Postman, 1947); b) es correlativo de la falta de información objetivable (All-port y Postman, op. cit.; Pichón-Rivière, 1987) .
De tal modo, el examen del rumor incluye cuanto menos tres dimensiones de análisis: de su contenido , de sus nexos con los hechos concretos y de su finalidad . Allport y Postman desta-can las dos características centrales de un rumor: la importancia y la ambigüedad. Debe tratar-se de un asunto relevante al tiempo que debe ir acompañado de la ausencia de información fehaciente. Sin embargo, nos preguntamos si ambas características constituyen sus rasgos prin-cipales. Puede que un rumor no trate sobre un tema relevante, sino que el rumor mismo sobre-dimensione su trascendencia. Por otro lado, la falta de información fehaciente no necesaria-mente coincide con la falta de veracidad. De todos modos, estos aspectos remiten al contenido y a los nexos con la realidad, pero nos inclinamos a pensar que no deriva de allí la función cen-tral del rumor.
Un rumor puede consistir en la propagación de un dato cierto (por ejemplo, sobre la intimidad de un directivo) cuya finalidad puede ser distraer la atención al enfatizar un aspecto irrelevante. Es decir, se trata de dos aspectos diferenciados (veracidad del rumor y función que puede tener el mismo). Supongamos que se difunde que el presidente de la institución tiene una amante y hay datos que dan fe del asunto. En tal caso, podemos afirmar que la hablilla no carece de soporte objetivo sino que procura dar valor a un dato institucionalmente insignificante. Lo rele-vante del chisme es la intención de desprestigiar al funcionario. Con ello, no pretendo eliminar el análisis de la adecuación del rumor con los hechos concretos sino vislumbrar la complejidad de alternativas y destacar el peso de los objetivos del rumor. Asimismo, el problema del refe-rente (discursos no acordes con los hechos objetivos) trasciende el ámbito del rumor, tal como ocurre en los discursos públicos de determinados funcionarios.
Hasta aquí tenemos tres aspectos (contenido, relación con los hechos y finalidad) cada uno con su importancia relativa. Conviene incluir un cuarto aspecto: cuando hablamos de la finalidad nos referimos a las motivaciones que tiene el autor del infundio, pero no siempre quien lo pro-pala tiene el mismo objetivo. También nos interesa examinar el efecto del rumor en quien lo recibe. Si lo rumoreado remite a la infidelidad (por ejemplo sexual) de un líder, tal es el conte-nido del rumor; si éste fuera veraz o falaz compete a su relación con los hechos concretos; la descalificación, pues, estará ligada con la finalidad del rumor. Pero, ¿por qué alguien lo cree? ¿en qué posición queda quien lo escucha? ¿por qué alguien reproduciría el dato, aun sin tener especial animosidad contra el protagonista del chisme? La eficacia del rumor supone un modo de cooptación de sus destinatarios , lo cual deriva de: el tema y su relevancia, su adecuación –o no- a los hechos, el contexto social en que se desarrolla y un tipo particular de goce ma-soquista. Según sea el contenido de un rumor, éste puede promover (o paralizar) una acción o un pensamiento, pero a ello debemos agregar el proceso específico consistente en “ser pene-trado” por el rumor.
Si se difunde una especie –por ejemplo, descalificando a un directivo- su objetivo será sembrar la desconfianza o que cunda el pesimismo en la población . Más aun, quizá lo que adquiera importancia no sea tanto la información trasmitida cuanto el clima afectivo que se pretende inducir, clima afectivo que combina un tipo de tristeza (pesimismo) y un tipo de angustia (des-confianza).
He dicho más arriba que el problema del referente (cuando los dichos y los hechos no son con-gruentes) trasciende el problema del rumor. En efecto, el discurso público de un político (cuan-do hace un balance de su gestión) puede ser falso no obstante no constituye un rumor. Quizás aquí la distinción no derive de la adecuación o no entre la palabra y la cosa, sino en su carácter eufórico o disfórico: el primer caso, suele darse en el discurso público, mientras que los conte-nidos disfóricos suelen ser propios de los rumores.
La falsa resolución de las fuentes del sufrimiento
Freud (1930) sostuvo que todos nos vemos exigidos de afrontar una triple fuente de sufrimien-tos: la realidad, el cuerpo propio y los otros. De tal modo, por ejemplo, podremos desplegar acciones para transformar la realidad, desarrollar pensamientos que nos modifiquen a nosotros mismos (y obtener reconocimiento) o bien trabajar con otros y hallar el placer de la coopera-ción .
Volvamos a los agentes de propagada médica a los que aludí previamente para escudriñar este problema en tres situaciones diversas.
En una reunión me muestran un libro que se llama: “Usted puede ser emprendedor” y varias personas se entusiasman con todo lo que podrán hacer si siguen las premisas del mismo. Lue-go, me cuentan que el mes próximo comenzarán el taller de motivación que todos los años les ofrecen en la empresa. Por último, me cuentan cómo están organizados y cuáles son las reglas para las comisiones por ventas: dicen que están divididos en grupos porque eso favorece el trabajo en equipo. Cada uno de estos grupos (constituidos por unas 10 personas) tiene como objetivo vender 7.000 unidades por mes y sólo llegando a esa cifra cobrarán el “premio” por rendimiento. Otra cláusula indica que si alguien vendiera menos de 500 unidades, esa persona no cobrará el premio, aun cuando grupalmente lleguen a las 7.000 unidades vendidas.
Debo reconocer que mis reflexiones no pudieron acompañar el entusiasmo del grupo.
1) En cuanto al libro, si bien su título parece una apelación a la potencialidad del sujeto, a lo que “puede hacer”, advierto que las personas sienten que “deben ser emprendedo-ras”. Es decir, se le impone al individuo que quiera ser como se le exige que debe ser .
2) También podemos preguntarnos por qué razones algunas organizaciones, de modo tan frecuente, se proponen motivar a los empleados. Si tales empresas ofrecen trabajos modernos, con modos de gestión sofisticados y condiciones tan atractivas ¿por qué es necesario motivar “crónicamente” a los empleados? Para este interrogante hallamos tres respuestas no excluyentes: porque el placer de tales trabajos es sólo una suerte de glamour superficial y vacío; porque el tipo e intensidad de las exigencias diarias calci-nan cualquier deseo ; porque los cursos o programas más que “motivar”, apuntan a (y encubren) un deber ser.
3) Finalmente, sobre la organización en equipos y las comisiones por ventas. ¿Qué signifi-ca esto? Si yo vendo poco, puedo perjudicar al grupo pues quizás no aporte lo necesa-rio para llegar al objetivo. Al mismo tiempo, si el resto del equipo, a pesar de mis bajas ventas, logra sumar 7.000 unidades, yo no cobraré el premio. Dicho de otro modo: a) en primer lugar, dudosamente podamos reconocer que, en los hechos, haya algo pare-cido al “trabajo en equipo”; b) por otro lado, el cálculo de ventas y premios muestra que el “perjuicio recíproco” es eficaz, pero no es eficaz la “cooperación”. Si alguien vende poco perjudica al resto, pero si algunos venden mucho ello no ayuda a los que venden poco.
En síntesis, creo que es importante y necesario identificar las ocasiones en las que la apelación a la potencialidad del sujeto (capacidad para transformar la realidad), el estímulo para la moti-vación (el trabajo sobre uno mismo) y la estrategias para desarrollar un sentimiento de perte-nencia (los vínculos intersubjetivos), no cumplen con su objetivo sino que van promoviendo un progresivo estado de frustración y desvitalización.
Cierre provisorio
He intentado exponer algunas reflexiones, siempre provisorias, resultantes de mi experiencia como analista institucional. Sé concientemente que aun resta mucho por aprender, ya sea para sofisticar nuestros conocimientos e intervenciones, o para rectificar nuestras premisas. En cual-quier caso, sigue vigente la hipótesis de Freud sobre el triple vasallaje del yo respecto de las exigencias de la pulsión, el superyó y la realidad. Dicho en un lenguaje más simplificado, el yo se ve en la tarea de conciliar lo que desea, lo que debe y lo que puede y cualquier alternativa que suponga el exceso de una de tales interpelaciones en desmedro de las otras, será una fuente de conflictos. Si sólo tomamos en cuenta lo que queremos hacer, el riesgo será la omni-potencia; si sólo respondemos a lo que debemos, el riesgo será el sometimiento, en tanto que si sólo registramos lo que podemos hacer, el riesgo será limitar nuestra imaginación y nuestra creatividad.
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Sebastián Plut
Introducción
La ineludible combinación entre el azar y ciertas inquietudes personales me fue acercando, en mi desarrollo profesional, al trabajo con (y sobre) instituciones. Convocado bajo denominacio-nes diversas (analista institucional, supervisor o asesor) guardo una variada experiencia con organizaciones de diferente tipo (asistenciales, profesionales, etc.) aunque habitualmente desde una posición de cierta extraterritorialidad.
Gracias al esfuerzo de quienes nos precedieron y plasmaron sus hipótesis en textos y, también, por decantación de la práctica misma, pude comprender fenómenos complejos y definir las formas de intervención que creí adecuadas. Por ambos caminos obtuve respuesta a muchas preguntas, en tanto otras persisten pulsionando. Al mismo tiempo, advierto que coexiste un proceso inverso, a saber, que el recorrido hecho proporciona una serie de respuestas a la bús-queda de un conjunto de interrogantes.
En lo que sigue, entonces, expondré algunas de las reflexiones que fueron emergiendo en mí a partir de la experiencia mencionada. No me centraré en conceptos teóricos o desarrollos de otros autores, aunque tampoco deseo describir meramente los hechos empíricos. Más bien, pretendo desarrollar mis propios pensamientos clínicos, que se encuentran a mitad de camino entre las abstracciones generales y las manifestaciones concretas.
Interrogantes para una apertura
Quienes trabajamos en el marco del psicoanálisis institucional contamos con una profusión de teorías que dan cuenta acabadamente de problemas tales como la estructura de una organiza-ción, la demanda o motivo de consulta, la dinámica intersubjetiva, el malestar institucional, las relaciones entre del ideal del yo y el líder, etc. (Bion, 1972; Bleger, 1966, 1970; Dejours, 1998; Enriquez, 1989; Fornari, 1989; Freud, 1913, 1921; Fustier, 1989; Jaques y Menzies, 1960; Kaës, 1989, 1998; Kernberg, 1998a, 1998b; Lourau, 1988; Maldavsky, 1991, 1996; Mendel, 1993; Pagés, 1980; Pinel, 1998; Roussillon, 1989).
La enumeración precedente tiene por objeto no solo la referencia bibliográfica de rigor, sino expresar mi reconocimiento a tales autores y relevarme de la necesidad de exponer cada una de sus ideas. Prefiero, más bien, subrayar algunos interrogantes que no me resulta sencillo responder en cada ocasión en que soy consultado desde una institución. Entre ellos, por ejem-plo, suelo preguntarme cuál es el grado de analizabilidad –y cómo definirla- de una institu-ción. Los criterios que definen la analizabilidad de un caso, sabemos, no son estáticos, sino que se han ido modificando con el tiempo. En efecto, Freud sostuvo que ciertas patologías queda-ban por fuera del análisis así como también se preguntó si los niños serían analizables o bien si convenía analizar gerontes dada su pérdida de plasticidad psíquica .
El complemento de este interrogante es la pregunta sobre las metas u objetivos. Algunos autores, por ejemplo, propusieron que la finalidad del trabajo institucional consiste en despejar factores de la psicodinámica subyacente de modo tal que no interfiera en el cumplimiento de los objetivos manifiestos que se plantea la organización. Sin embargo, sin descartar ese proyec-to, podemos formular dos comentarios al respecto. Por un lado, encontramos un número de instituciones que despliegan las acciones necesarias para alcanzar sus fines y, aun así, prevale-ce un malestar creciente. Quizá, entonces pueda redefinirse dicho objetivo: cómo lograr que una organización procure sus fines sin un alto costo anímico de sus miembros. Por otro lado, aun reconociendo como válida aquella meta, veremos que no resulta lo suficientemente especí-fica.
En el contexto del trabajo clínico, Freud planteó una variedad de objetivos: que el sujeto recu-pere se capacidad de amar y trabajar, levantar represiones, suprimir síntomas e inhibiciones, que donde ello era advenga el yo, etc. Lejos de constituir propuestas excluyentes o contradicto-rias, cada una de ellas supone un nivel epistemológico distinto. Mientras recuperar la capacidad de amar y trabajar corresponde al nivel de las metas prácticas, la supresión de síntomas e in-hibiciones es inherente a las metas clínicas y levantar represiones, por ejemplo, pertenece al nivel de las metas teóricas. Hecha esta distinción, pues, se plantea que el programa clínico comprende la articulación del conjunto.
En el caso de las instituciones, y tomando el objetivo expuesto, que una organización pueda alcanzar sus fines sería equivalente a la recuperación de la capacidad de amar y trabajar. Con ello restaría definir las metas concernientes al nivel teórico, lo que nos llevaría a explorar el nexo entre institución y mecanismos de defensa.
En continuidad con lo anterior, nos formulamos un tercer interrogante: ¿conviene pensar las instituciones desde el modelo de la psicopatología? En todo caso, ¿la psicopatología institu-cional se corresponde con la psicopatología singular? Posteriormente, volveré sobre este punto cuando desarrolle lo que llamé “terrenos de pertinencia”. Por ahora, digamos que aun cuando, por ejemplo, pensemos el componente paranoide o las ansiedades psicóticas en las institucio-nes (Jaques y Menzies, 1960; Kernberg, 1998a) ello no coincide necesariamente con la presen-cia de tales patologías en uno o más de sus miembros. O bien, a pesar de la probabilidad de concurrencia, las estrategias y objetivos diferirán ya se trate del caso singular o se trate de un tipo de agrupamiento.
Para finalizar este apartado, pensemos en un cuarto interrogante derivado de los precedentes. ¿Cómo pensar la evolución clínica de una institución? ¿Qué factores ponderamos o qué pa-rámetros podemos tomar para decidir que el trabajo en una institución ha visto algún tipo de progreso?
Explicando el título
El título del presente artículo (El resto que piensa) pone de manifiesto un fragmento de mi pro-pio trabajo psíquico durante uno de los tantos encuentros quincenales con docentes y terapeu-tas de una institución. Se trata de una institución dedicada a la atención de niños autistas y en ella trabajan psicólogos, fonoaudiólogos, terapistas ocupacionales, kinesiólogos, psiquiatras, musicoterapeutas y docentes.
La escena, brevemente, fue la siguiente: luego de que una docente cuente un episodio de vio-lencia entre ella y el director de la institución, pregunté a todos: “¿El resto qué piensa?”. Inme-diatamente pensé en la palabra “resto” y registré –en mí- una sensación de desagrado por diri-girme de ese modo al conjunto de personas que estaban allí. Por un instante imaginé que al-guien podría suponer que aquella palabra tenía un sentido despectivo (como si los estuviera tratando de deshecho). Posteriormente –en parte por una cadena asociativa personal pero también en función del relato sobre el episodio de violencia- intuí que mi propia pregunta con-tenía algo más que la invitación a la asociación libre. Fue en ese momento que transformé la pregunta en una afirmación –tal como aparece en el título- y ya finalizada la reunión entendí que el “resto” correspondía a lo no expresado, lo no elaborado y que, a su vez, incitaba al pen-samiento colectivo. Claro que aquello no expresado o no elaborado, no siempre encuentra cabi-da en el pensamiento (en ocasiones resulta no tanto de lo impensado sino de lo impensable), no siempre logra un grado de figurabilidad psíquica tal que permita su circulación y tramitación intersubjetiva. Más aun, episodios de violencia como el que la docente relató, así como situa-ciones de apatía generalizada, entre otras, ponen de manifiesto –precisamente- los efectos de un resto enquistado, coagulado.
Sin llegar a configurar un concepto, la idea del resto abreva en los desarrollos de otros autores, tales como los elementos beta (Bion, 1972), el sincretismo (Bleger, 1970) y los espacios y tiem-pos intersticiales (Roussillon, 1989).
La existencia del resto, pues, constituye un supuesto de inicio, un punto de partida; es decir, considero que su presencia no resulta de una contingencia. Sin embargo, en cada caso institu-cional hallaremos tres dimensiones en las cuales se verifican sus variaciones. Para decirlo rápi-damente, el diagnóstico de una institución comprende la detección de los modos de producción, tratamiento y resolución de sus restos. A su vez, examinamos la posición de estos últimos según sean hegemónicos, estén contenidos o bien, excluidos. En el primer caso (hegemonía) los restos no elaborados son prevalentes en la dinámica institucional, a partir de lo cual abundan sucesos que oscilan entre la violencia y la indiferencia extrema . La segunda al-ternativa remite a la contención en un doble sentido: los restos están incluidos y acotados. Aquí se los identifica y reconoce, no llegan a vulnerar masivamente los procesos internos y se procu-ra alguna alternativa de elaboración. Finalmente, la exclusión se ubica en el contexto de las hipótesis sobre el clivaje, es decir, en la tentativa de expulsar –como si lo propio fuera ajeno- aquello que resulta amenazante, desestructurante. La espacialidad así constituida se organiza como un exterior, en ocasiones coincidente con el afuera institucional y en ocasiones como un exterior interior. Recuerdo una institución en la cual la apertura concreta de la puerta que daba a la calle era correlativa de severos conflictos, como si desde el exterior acechase un peligro imposible de afrontar.
Otro ejemplo se advierte en la novela El nombre de la rosa, de Umberto Eco, en relación con el lugar diferencial que el libro sobre la risa de Aristóteles tenía ya sea para Guillermo, ya sea para Jorge. Mientras que para el primero consistía en un objeto que debía circular y sobre el cual cabía una reflexión crítica, para el segundo suponía un objeto abominable que debía ser exclui-do de su circulación, si bien curiosa y paradójicamente, quedaba conservado secretamente en algún lugar de la enigmática biblioteca (González, 1998; Maldavsky, 1991).
Veamos otro ejemplo ocurrido en una sesión de trabajo con un grupo de profesionales que trabajan en una sala de internación pediátrica. Una de las personas allí presentes aludió a su cansancio por la cantidad de tareas que debía realizar y su angustia por no poder decir que no a nada de lo que se le solicitaba. Asimismo, decía que entre tales tareas, sentía que muchas no le correspondían, como por ejemplo, darle de comer a la gata. En ese momento, le pregunté qué pensaba que ocurriría si un día no le daba de comer a la gata y respondió que no pasaría nada. Luego, le pregunté qué pasaría si no le daba de comer dos días y no pudo emitir palabra e, incluso, nadie más pudo decir nada sobre ello. Al finalizar la reunión, cuando ya estábamos de pie, otra persona, en broma, dice que había que ir a darle de comer a la gata porque si no se iba a morir. Cabe agregar que entre el comentario inicial y la broma final, los profesionales transitaron por varios temas institucionales, en una combinación de queja y monotonía, entre los cuales resaltó el comentario de la nutricionista que se quejaba (y sospechaba) de que los pacientes no recibían la ración de leche diaria que ella estipulaba. La nutricionista decía que, según le informaban, cuando un chico no tomaba la cantidad de leche indicada podía ser, por ejemplo, porque ese paciente estaba con diarrea. Por otro lado, la nutricionista revelaba la for-ma en que advertía la cantidad de leche distribuida: lo hacía mirando cuántos saché de leche había en el tacho de basura. A la luz de los desarrollos de Roussillon (op. cit.) podemos conje-turar que la “broma” sobre la gata pudo ser expresada sólo en un tiempo intersticial, es decir, en el tiempo no estructurado de la reunión, mientras que la información que recogía la nutricio-nista correspondía a un tipo de espacio intersticial: el tacho de basura. Los contenidos no elabo-rados, entonces, remitían a la angustia por la muerte de los pacientes, incluidos quizá los pro-pios deseos homicidas .
En términos de Freud el resto puede enlazarse también con el concepto de masoquismo, en-tendiendo que éste puede adquirir expresiones y significaciones diversas. Es decir, aquello que resulta displacentero podrá ser semantizado de forma heterogénea, no obstante su contenido siempre tendrá el valor de algo dañoso y un efecto sufriente.
Para finalizar, deseo hacer un comentario sobre el concepto de masoquismo. Considero que, sin lugar a dudas, es uno de los conceptos más relevantes y significativos de la obra freudiana. Desde el punto de vista teórico, constituye una piedra fundamental de la metapsicología y de la psicopatología; desde el punto de vista clínico permite comprender no sólo el sufrimiento de un sujeto (o del malestar en una institución) sino que también permite entender ciertos obstáculos en quienes desarrollan su actividad laboral con personas sufrientes. Se ha escrito mucho, por ejemplo, sobre la contratransferencia (erótica u hostil) y cómo aquélla incide perturbando la abstinencia o la neutralidad del analista. Puedo agregar que tanto para el analista, cuanto para diversos profesionales (por ejemplo, los que trabajan con pacientes discapacitados, autistas, etc.) he advertido la eficacia que puede tener la tendencia a desconocer (o desmentir) el masoquismo del interlocutor. Intuyo que en muchas ocasiones no resulta simple dar crédito al juicio que afirma la existencia de un grado sustantivo de masoquismo en el otro. Ocurre co-mo si el profesional se negara a admitirlo con la consecuencia de desaciertos clínicos y la inva-sión por un creciente malestar.
Así como Freud, con mucha sutileza, pudo captar la conflictiva de quienes fracasan al triunfar (por ejemplo, como consecuencia del sentimiento de culpa) ha quedado pendiente un estudio sobre casos en apariencia inversos, los que triunfan al fracasar. Me refiero a situaciones en las que puede pesquisarse que ciertos sujetos conquistan una sensación de éxito (como si se aplaudieran en secreto) en cada ocasión en que naufragan o se arruinan. Es decir, estos desen-laces no constituyen tanto un derivado que sabotea un triunfo sino que es ello mismo su íntimo triunfo .
Algunas premisas construidas en la experiencia
He mencionado ya que tomo la existencia del resto como un punto de partida. Su presencia, aun en posiciones y con significaciones diversas, no es azarosa y mis interrogantes de trabajo parten de ese supuesto. Trataré, pues, de exponer algunas otras proposiciones a las que asigno un estatus similar.
Recuerdo una empresa multinacional en la cual uno de sus miembros decía que allí todos eran muy parecidos. Si bien tenían filiales en distintas partes del mundo, según sus propias palabras, uno podría hacer “copy and paste” con cada uno de los empleados. Se refería a que si un em-pleado de Buenos Aires iba a trabajar a Londres o a Moscú, no había diferencias. No estoy con-vencido de que tal sea el nivel de homogenización o, en todo caso, sólo lo sería en un nivel superficial. En efecto, hablase uno con un licenciado en administración, en química o en psico-logía, todos parecían expertos en marketing .
Sin embargo, aun cuando podamos observar o conjeturar que “rascando un poquito” encontra-remos diferencias, singularidades, también es cierto que en ocasiones encontramos múltiples rasgos compartidos entre los miembros de una institución. ¿Es acaso que las organizaciones solicitan o buscan un “tipo psicológico” específico?
No creo estar en condiciones de responder a esta pregunta aunque intuyo que tampoco resulte fundamental. Considero que antes que pensar en una suerte de teoría institucional de la “media naranja”, es conveniente –y más acorde con los hechos- detectar que las instituciones propo-nen una jerarquización semántica, pragmática, sintáctica, fonética, orgánica y lógica. Es decir, en cada institución prevalecen significaciones, modos de hacer, de relacionarse, tipos de soni-dos, compromisos orgánicos y nexos con referentes, todo ello con cierta especificidad . En ri-gor, no es que haya unidad, y mucho menos coherencia absoluta, sino que más bien hay diver-sidad y coexistencia (por ejemplo, entre dos o más formas de significar una misma realidad). Sin embargo, creo que sí hay una jerarquización, un cierto orden de prevalencias que, una vez más, no necesariamente es estático. Por ejemplo, en determinadas instituciones irse en el hora-rio prefijado es sinónimo de falta de compromiso, o bien ciertos desvíos de la actividad planifi-cada constituyen desorden (en lugar de creatividad). Asimismo, en ocasiones, se atribuye des-potismo a cada consigna o pauta dada desde un nivel jerárquico superior. En este conjunto, las hegemonías (desde las cuales se establecen sentidos, acciones, relaciones, valoraciones, etc.) comprenden a los tipos de deseos, de ideales y a las posiciones en que quedan colocados unos y otros .
Todo ello constituye una segunda premisa que, a su vez, nos conduce a la siguiente: el abor-daje de los fenómenos institucionales requiere identificar y analizar los nexos entre su dimensión etiológica (genética) y su dimensión semántica. Dicho de otro modo, los interrogantes teóricos y clínicos basculan entre las causas y el sentido del padecer anímico e institucional.
La última premisa que deseo mencionar concierne sobre todo al terreno metodológico de la intervención. Presentaré un breve ejemplo para ilustrar lo que quiero decir pero, antes, permí-taseme un comentario. Suele discutirse si determinados fenómenos resultan de los rasgos psí-quicos singulares o bien conviene interpretarlos como una expresión institucional. Por ejemplo, se ha dicho que el ausentismo debe comprenderse como una expresión crítica a la organización (supongamos, respecto de la monotonía del trabajo) o bien que determinadas conductas agre-sivas derivan de la particularidad que adquieren los vínculos intersubjetivos o del tipo de lide-razgo (tal como puede verse en los estudios sobre mobbing). Creo que es erróneo pretender deslindar si la “causa” es individual o institucional y que el riesgo es enfrascarse es una intermi-nable disquisición sobre el huevo o la gallina. Más bien, considero más fecundo plantear una distinción metodológica a la cual, previamente, denominé terrenos de pertinencia.
Vayamos ahora al ejemplo. En una reunión con un grupo de visitadores médicos o agentes de propaganda médica (APM) uno de ellos, con una clara manifestación de ira, comentó que se le había roto “la manija de su valija”. Según relató, existe una normativa acerca del peso máximo que se debe cargar en el maletín, no obstante él lo sobrecarga. Explicó este hecho diciendo que el laboratorio no le paga los gastos del auto, por lo cual decidió –cuando visita a un profesional- no dejar en el auto las muestras que no usará. Es decir, su “venganza” (como él mismo la de-nominó) sería “no entregar el baúl”, a pesar, curiosamente, de seguir usando su propio vehícu-lo. Si el sujeto fuera un paciente de consultorio seguramente consideraríamos su componente paranoide (expresado en su negativa a “entregar el baúl” y en la “venganza”) y, quizá, también abordaríamos sus componentes psicosomáticos (ya que se trata de una persona que presenta-ba diversas lesiones en los escafoides y también padecía de colon irritable). Sin embargo, al ser una situación grupal entiendo que aquél no es el camino más adecuado. En efecto, tratándose del contexto institucional resulta más conducente seguir la línea de la otra expresión, “la manija de la valija” ya que: a) “valija” es el término que utilizan los APM para denominarse a sí mis-mos; b) la frase remite a un problema típico de las instituciones ligado con la cuestión del poder (podríamos decir que el problema planteado por nuestro sujeto apunta a una pugna por quién tiene “la manija”). Dicho de otro modo, opino que esta última frase representa al conjunto (vali-jas o APM) y expresa un asunto grupal e institucional.
La proposición de los terrenos de pertinencia apunta no solo a la etiología de una manifestación sino a una orientación metodológica derivada del contexto particular de trabajo. Dicho con-texto define objetivos, determina el sentido de ciertas expresiones, permite hacer un recorte específico y proporciona una orientación definida.
En síntesis, le damos cabida a las dimensiones etiológica (factores intervinientes), semántica (significatividad) y metodológica (el contexto nos guía en cuanto a qué tomar en cuenta y qué no) .
Parálisis
En el conjunto de interrogantes que mencioné, algunos de ellos refieren al diagnóstico que podemos hacer de una institución y, también, a cómo valorar la evolución o cambios producidos a partir de nuestra intervención.
En la tentativa de abrir un camino a responder tales preguntas, deseo reflexionar ahora sobre las parálisis institucionales. Con dicho término nos referimos a un conjunto no uniforme de al-ternativas problemáticas. Es decir, parálisis podrá significar dificultad para realizar ciertas ta-reas, pero también podrá remitir a la consecución de ciertos objetivos en un estado de monoto-nía . Podemos incluir ciertos fenómenos que, bajo la compulsión a la repetición, encubren la falta de avance en un hacer carente de creatividad o en la falta de apertura a nuevos proyec-tos.
¿Qué he podido observar sobre esto en distintas instituciones?
En primer lugar, he advertido que, en los hechos, muchas veces los miembros de una institu-ción procuran más perpetuarse a sí mismos que dedicar energías a la realización de ciertos proyectos. Si bien esto último es lo que, en definitiva, permitirá la permanencia o la conserva-ción de un lugar, en ciertos casos el pensamiento opera de otro modo. Es decir, en lugar de tomar una función o rol como un medio para hacer, ocurre a la inversa, la tarea es sólo una excusa para persistir en una función.
En esta línea, la parálisis o burocratización (de una institución o de algún sector específico) puede quedar reforzada cuando la existencia de un área es completamente independiente de la decisión de sus miembros. Esto es, cuando más allá de lo que cada uno haga o no, el espacio que ocupan permanecerá. En rigor, en instituciones que ya están consolidadas, supongamos una asociación profesional, es natural que los espacios constituidos estén garantizados, por así decir, por la institución misma. En todo caso, si ello es una realidad inevitable (y, quizá, desea-ble) deberá servir para estar atentos al riesgo que implica .
En paralelo escuché (tanto en instituciones como en ciertos pacientes) la reiteración de frases del tipo “tenemos que…” o “habría que…”, las cuales anuncian una acción que, posteriormente, no se consuma. Inferí, pues, no solo que una decisión tomada no conduce necesariamente a una realidad modificada, sino que la asunción manifiesta del imperativo (“tengo que…”) consti-tuye una suerte de soborno al superyó. Es decir, se pronuncia un “compromiso” como una tentativa de apaciguar las exigencias de la instancia rectora, propia o encarnada en un interlo-cutor y una vez aplacada la “autoridad”, se extingue todo propósito. No me refiero con ello a las escenas en que se intenta transgredir una norma (desmentida psicopática del superyó) para obtener un beneficio, sino más bien a un intento de aplacar los requerimientos para permane-cer en la inacción. Tanto es que no se trata de la desmentida transgresora (aunque sí corres-ponde a otro tipo de desmentida), que incluso se produce una complacencia –entre pares o entre diversos niveles jerárquicos- en la parálisis.
Insisto, no estoy aludiendo a las acciones espurias, a los engaños propios de las segundas in-tenciones, sino a la construcción compartida de una ficción, de una creencia que –durante un tiempo- no reclama la prueba de los hechos. Pasado el tiempo, pues, la defensa fracasa y pue-den devenir, al menos, tres alternativas: a) un cambio en la defensa patógena , consistente en la elaboración del mecanismo colectivo y su sustitución por otra modalidad más benigna; b) otra opción es que alguien “aparente” poner en cuestión la escena creada y proceda a una re-convención que, en realidad, tiene por meta la reiteración del ciclo (volver a decir “tenemos que”); c) la permanencia en el estado fracasado de la defensa.
Quisiera, entonces, detenerme un instante en esta última posibilidad. Cuando uno de los miem-bros o el grupo se enquistan en el fracaso de la defensa, lo que prevalece es la imposibilidad de seguir creyendo en lo que se creía. Dicho de otro modo, cobra relevancia la pérdida de una convicción en lo que se hace y su sustitución, muchas veces, por una presentación inconsis-tente que apenas encubre un estado de apatía. Recuerdo que en ocasión de una intervención institucional en un banco (durante el denominado “corralito”), una de las cosas que llamó mi atención fue la insistencia con la que los empleados bancarios referían expresiones del tipo “yo soy el banco”, mientras que nunca decían “soy bancario”. Entiendo que aquella forma de de-nominarse admite diversas especulaciones (sobre el tipo de identificación, sobre la relación entre lo que se es y lo que se hace, etc.). Por el momento, me interesa consignar que durante aquella experiencia hipoteticé que se trataba de una expresión resultante de la desmentida de la diferencia entre “banquero” y “bancario”. La situación del “corralito” puso en jaque este tipo de identificación (con la puesta en crisis de la convicción correspondiente) lo cual quedó expre-sado elocuentemente por uno de los trabajadores cuando afirmó: “yo antes decía ‘soy el ban-co’, ahora digo que soy el gerente de la sucursal”. Claro que no pronunciaba esa frase desde la perspectiva de un reposicionamiento, sino desde una vivencia de derrota, ira y tristeza que lo dejaba imposibilitado de seguir trabajando.
Puedo agregar que la referencia “bancario” suponía una pertenencia amplia, mientras que “soy el banco” implica que es la propia empresa la que opera como soporte identitario. Entendemos que esta alteración (de bancario a banco) sostenida en la desmentida, es correlativa de un pro-ceso regresivo de degradación del ideal del yo. Por un lado, pues la pertenencia a la “clase bancario” es más abarcativa que la pertenencia al banco (de hecho, en este último caso no se aplica la noción de clase o conjunto). Por otro lado, el proceso identificatorio en juego conduce, regresivamente, a una posición de ilusoria omnipotencia narcisista en la cual el sujeto “es” la empresa. Para decirlo de otro modo, cuanto menos el sujeto se supone miembro de un conjunto, más supone ser él mismo el conjunto o clase.
El panorama expuesto en los párrafos precedentes, por esquemático, tal vez resulte un tanto empobrecido. En virtud de ello, en el apartado siguiente presentaré otra alternativa en que se evidencia el estado de parálisis.
Las urgencias
Una de las múltiples manifestaciones que me ha llamado la atención, por ejemplo por su reite-ración, es la aparición de situaciones de supuesta urgencia . Siempre hay algo que es perento-rio, un problema que surge imprevistamente, una alarma que descoloca. Asimismo, tales ur-gencias constituyen el argumento por el cual no pudieron hacerse ciertas cosas que estaban previstas.
Es cierto que en equipos de salud mental, en profesionales que atienden pacientes con patolo-gías graves, las urgencias pueden tener cierta habitualidad. Sea por una descompensación psi-cótica, un accidente que produce una herida física, una convulsión epiléptica, etc., en todos esos casos conviene operar con cierta rapidez.
Sin embargo, me parece que no siempre se distingue con claridad cuándo se trata de una ur-gencia objetiva y cuándo, más bien, es una tendencia a creer que cualquier asunto que emerge hay que resolverlo ya. Esto es, una primera observación nos conduce a diferenciar cuándo la urgencia es una cualidad de los problemas y cuándo es una forma de resolverlos.
Una segunda impresión recogida es que las urgencias sustituyen decisiones. Es decir, se presentan como resultantes de la pasividad si bien tienen la apariencia de una hiperactividad. Dicha inacción muchas veces corresponde sobre todo a la parálisis de aquellos que tienen algún grado de autoridad, quienes abandonan esa posición.
La secuencia que advertí, entonces, es la siguiente (estos momentos pueden tener una dura-ción variable): un primer momento de pasividad en el que se depone la autoridad (o las deci-siones concretas); luego, le sigue un momento en el que se entroniza una ilusión de amor, de una igualdad en la que todos son hermanos (en los profesionales entre sí, o entre éstos y los pacientes). En un tercer momento, se construye una ficción según la cual “todo está bien”, “no pasa nada”, que disfraza un importante grado de desconexión de la realidad. Finalmente, el desenlace anunciado es la urgencia, un momento de desorganización angustiada en el que retorna, traumáticamente, la conexión con los hechos concretos .
Por último, podemos extraer de ello una tercera conjetura, relativa a las razones por las cuales se conservan las urgencias, los motivos que sustentan su persistencia. Si los procesos descrip-tos son válidos, es indudable que la urgencia no es tanto una azarosa e indeseada consecuen-cia: aunque fallida y transitoria, la urgencia constituye una precaria garantía para salir de la desconexión.
Exclusiones, expulsiones, escisiones
Una psicopedagoga cuenta que la madre de un paciente (institucional) muestra evidentes pre-ferencias por otro de sus hijos, el cual no presenta problemáticas graves como el primero. Esa diferencia abarca no sólo la manera de tratar a uno y otro, sino a numerosos aspectos de la cotidianeidad (habitación, regalos, ropas, etc.). En paralelo a este relato, hallamos otras dos situaciones en la misma institución: una, en la que el director evidencia distinciones entre dos coordinadores, en cada ocasión elogia a uno y denuesta al otro. Otra escena sucedió directa-mente conmigo como analista institucional. Una coordinadora, cuestiona con enojo lo que yo estaba planteando (respecto de una situación con un paciente) y afirma: “¡Por suerte tengo mi supervisión afuera!”.
Se ha dicho que los profesionales que trabajan en servicios de salud mental tienden a reprodu-cir rasgos o síntomas inherentes a las patologías de los pacientes que atienden (por ejemplo, perturbaciones en la comunicación, etc.). Algo de ello se advierte en la forma en que la escena de “preferencias” se reitera al interior de la institución. Considero que en este tipo de fenóme-nos no se trata solamente de una escisión que “reparte” arbitrariamente aspectos buenos y malos. Tengo la impresión de que lo central está dado por la necesidad de darle un destino (orientado por la proyección) a los aspectos negativos, hostiles. De hecho, los elogios hacia uno de los miembros son en sí mismos parte de la agresión dirigida hacia el otro . Es una dinámica que nos recuerda la lógica que Freud describe sobre la oralidad: lo propio es lo bueno y lo aje-no, lo otro, resulta extraño y queda connotado con características peyorativas. Si la coordinado-ra disiente con el analista institucional y, a su vez, aquella profesional pensó algo en otro ámbi-to (su supervisión externa), ¿por qué ese pensamiento no es traído a la reunión? ¿Por qué ese afuera se utiliza como refugio en el cual encerrarse enojosamente y, sólo se lo menciona para expulsar e invalidar el decir del analista institucional? Nótese que aquello pensado afuera no forma parte de la argumentación de la coordinadora, sin que ésta sólo apela a la mención de su supervisión externa.
Página atrás aludí al “afuera institucional” como una zona en la cual se depositan aspectos dis-valiosos, amenazantes, en tanto que en la escena del párrafo previo el afuera (una supervisión externa) parecería un lugar de refugio ante el conflicto al interior de la institución. Sin embargo, considero que no es tal la diferencia lo cual se advierte en la escena que le siguió. La misma coordinadora afirmó que ya había cumplido su ciclo en la institución, luego dijo sentirse “ataca-da” y abruptamente se levantó y se retiró.
Una semana después pudimos comenzar a analizar las situaciones ocurridas a partir de la si-guiente pregunta: ¿por qué alguien deja un lugar vacante? Conjeturamos, entonces, un proceso con diversos pasos: 1) alguien abandona su lugar o rol; 2) luego se coloca en una posición “exterior”; 3) desde allí supone que alguien lo va a llorar o requerir; 4) desde ese “afuera” re-clama en la posición de expulsado .
Veamos aun otra escena: otra vez la misma coordinadora cuenta que escuchó a algunos docen-tes que hablaban mal de ella “sin que las personas que hablaban se dieran cuenta de mi pre-sencia”.
Resulta notable el valor de la exterioridad: quien comienza colocándose como espía desde afue-ra pasa a sentirse excluida y desvalorizada. Primero, alguien decide quedarse afuera y, luego, se siente dejado afuera.
Parte de estas observaciones y reflexiones me conducen a plantear una gramática de la ex-pulsión que permite identificar una posición activa, como cuando un sujeto es expulsivo, una posición pasiva, cuando alguien es expulsado, y también una posición reflexiva, cuando un su-jeto se autoexpulsa.
Sobre los restos comunicacionales
Una de las formas en que se evidencia la problemática del resto, en el terreno de la comunica-ción, es la de los rumores. Estos pueden constituir el efecto de un déficit de la comunicación pero también pueden ser una vía para interferir en la misma.
Me interesa, entonces, reflexionar sobre los rumores, no sólo en relación con sus contenidos específicos sino en cuanto al rumor como un acto en sí mismo, en virtud de su función y efica-cia. La bibliografía sobre el tema coincide en cuanto a que el rumor: a) prolifera en contextos críticos (Allport y Postman, 1947); b) es correlativo de la falta de información objetivable (All-port y Postman, op. cit.; Pichón-Rivière, 1987) .
De tal modo, el examen del rumor incluye cuanto menos tres dimensiones de análisis: de su contenido , de sus nexos con los hechos concretos y de su finalidad . Allport y Postman desta-can las dos características centrales de un rumor: la importancia y la ambigüedad. Debe tratar-se de un asunto relevante al tiempo que debe ir acompañado de la ausencia de información fehaciente. Sin embargo, nos preguntamos si ambas características constituyen sus rasgos prin-cipales. Puede que un rumor no trate sobre un tema relevante, sino que el rumor mismo sobre-dimensione su trascendencia. Por otro lado, la falta de información fehaciente no necesaria-mente coincide con la falta de veracidad. De todos modos, estos aspectos remiten al contenido y a los nexos con la realidad, pero nos inclinamos a pensar que no deriva de allí la función cen-tral del rumor.
Un rumor puede consistir en la propagación de un dato cierto (por ejemplo, sobre la intimidad de un directivo) cuya finalidad puede ser distraer la atención al enfatizar un aspecto irrelevante. Es decir, se trata de dos aspectos diferenciados (veracidad del rumor y función que puede tener el mismo). Supongamos que se difunde que el presidente de la institución tiene una amante y hay datos que dan fe del asunto. En tal caso, podemos afirmar que la hablilla no carece de soporte objetivo sino que procura dar valor a un dato institucionalmente insignificante. Lo rele-vante del chisme es la intención de desprestigiar al funcionario. Con ello, no pretendo eliminar el análisis de la adecuación del rumor con los hechos concretos sino vislumbrar la complejidad de alternativas y destacar el peso de los objetivos del rumor. Asimismo, el problema del refe-rente (discursos no acordes con los hechos objetivos) trasciende el ámbito del rumor, tal como ocurre en los discursos públicos de determinados funcionarios.
Hasta aquí tenemos tres aspectos (contenido, relación con los hechos y finalidad) cada uno con su importancia relativa. Conviene incluir un cuarto aspecto: cuando hablamos de la finalidad nos referimos a las motivaciones que tiene el autor del infundio, pero no siempre quien lo pro-pala tiene el mismo objetivo. También nos interesa examinar el efecto del rumor en quien lo recibe. Si lo rumoreado remite a la infidelidad (por ejemplo sexual) de un líder, tal es el conte-nido del rumor; si éste fuera veraz o falaz compete a su relación con los hechos concretos; la descalificación, pues, estará ligada con la finalidad del rumor. Pero, ¿por qué alguien lo cree? ¿en qué posición queda quien lo escucha? ¿por qué alguien reproduciría el dato, aun sin tener especial animosidad contra el protagonista del chisme? La eficacia del rumor supone un modo de cooptación de sus destinatarios , lo cual deriva de: el tema y su relevancia, su adecuación –o no- a los hechos, el contexto social en que se desarrolla y un tipo particular de goce ma-soquista. Según sea el contenido de un rumor, éste puede promover (o paralizar) una acción o un pensamiento, pero a ello debemos agregar el proceso específico consistente en “ser pene-trado” por el rumor.
Si se difunde una especie –por ejemplo, descalificando a un directivo- su objetivo será sembrar la desconfianza o que cunda el pesimismo en la población . Más aun, quizá lo que adquiera importancia no sea tanto la información trasmitida cuanto el clima afectivo que se pretende inducir, clima afectivo que combina un tipo de tristeza (pesimismo) y un tipo de angustia (des-confianza).
He dicho más arriba que el problema del referente (cuando los dichos y los hechos no son con-gruentes) trasciende el problema del rumor. En efecto, el discurso público de un político (cuan-do hace un balance de su gestión) puede ser falso no obstante no constituye un rumor. Quizás aquí la distinción no derive de la adecuación o no entre la palabra y la cosa, sino en su carácter eufórico o disfórico: el primer caso, suele darse en el discurso público, mientras que los conte-nidos disfóricos suelen ser propios de los rumores.
La falsa resolución de las fuentes del sufrimiento
Freud (1930) sostuvo que todos nos vemos exigidos de afrontar una triple fuente de sufrimien-tos: la realidad, el cuerpo propio y los otros. De tal modo, por ejemplo, podremos desplegar acciones para transformar la realidad, desarrollar pensamientos que nos modifiquen a nosotros mismos (y obtener reconocimiento) o bien trabajar con otros y hallar el placer de la coopera-ción .
Volvamos a los agentes de propagada médica a los que aludí previamente para escudriñar este problema en tres situaciones diversas.
En una reunión me muestran un libro que se llama: “Usted puede ser emprendedor” y varias personas se entusiasman con todo lo que podrán hacer si siguen las premisas del mismo. Lue-go, me cuentan que el mes próximo comenzarán el taller de motivación que todos los años les ofrecen en la empresa. Por último, me cuentan cómo están organizados y cuáles son las reglas para las comisiones por ventas: dicen que están divididos en grupos porque eso favorece el trabajo en equipo. Cada uno de estos grupos (constituidos por unas 10 personas) tiene como objetivo vender 7.000 unidades por mes y sólo llegando a esa cifra cobrarán el “premio” por rendimiento. Otra cláusula indica que si alguien vendiera menos de 500 unidades, esa persona no cobrará el premio, aun cuando grupalmente lleguen a las 7.000 unidades vendidas.
Debo reconocer que mis reflexiones no pudieron acompañar el entusiasmo del grupo.
1) En cuanto al libro, si bien su título parece una apelación a la potencialidad del sujeto, a lo que “puede hacer”, advierto que las personas sienten que “deben ser emprendedo-ras”. Es decir, se le impone al individuo que quiera ser como se le exige que debe ser .
2) También podemos preguntarnos por qué razones algunas organizaciones, de modo tan frecuente, se proponen motivar a los empleados. Si tales empresas ofrecen trabajos modernos, con modos de gestión sofisticados y condiciones tan atractivas ¿por qué es necesario motivar “crónicamente” a los empleados? Para este interrogante hallamos tres respuestas no excluyentes: porque el placer de tales trabajos es sólo una suerte de glamour superficial y vacío; porque el tipo e intensidad de las exigencias diarias calci-nan cualquier deseo ; porque los cursos o programas más que “motivar”, apuntan a (y encubren) un deber ser.
3) Finalmente, sobre la organización en equipos y las comisiones por ventas. ¿Qué signifi-ca esto? Si yo vendo poco, puedo perjudicar al grupo pues quizás no aporte lo necesa-rio para llegar al objetivo. Al mismo tiempo, si el resto del equipo, a pesar de mis bajas ventas, logra sumar 7.000 unidades, yo no cobraré el premio. Dicho de otro modo: a) en primer lugar, dudosamente podamos reconocer que, en los hechos, haya algo pare-cido al “trabajo en equipo”; b) por otro lado, el cálculo de ventas y premios muestra que el “perjuicio recíproco” es eficaz, pero no es eficaz la “cooperación”. Si alguien vende poco perjudica al resto, pero si algunos venden mucho ello no ayuda a los que venden poco.
En síntesis, creo que es importante y necesario identificar las ocasiones en las que la apelación a la potencialidad del sujeto (capacidad para transformar la realidad), el estímulo para la moti-vación (el trabajo sobre uno mismo) y la estrategias para desarrollar un sentimiento de perte-nencia (los vínculos intersubjetivos), no cumplen con su objetivo sino que van promoviendo un progresivo estado de frustración y desvitalización.
Cierre provisorio
He intentado exponer algunas reflexiones, siempre provisorias, resultantes de mi experiencia como analista institucional. Sé concientemente que aun resta mucho por aprender, ya sea para sofisticar nuestros conocimientos e intervenciones, o para rectificar nuestras premisas. En cual-quier caso, sigue vigente la hipótesis de Freud sobre el triple vasallaje del yo respecto de las exigencias de la pulsión, el superyó y la realidad. Dicho en un lenguaje más simplificado, el yo se ve en la tarea de conciliar lo que desea, lo que debe y lo que puede y cualquier alternativa que suponga el exceso de una de tales interpelaciones en desmedro de las otras, será una fuente de conflictos. Si sólo tomamos en cuenta lo que queremos hacer, el riesgo será la omni-potencia; si sólo respondemos a lo que debemos, el riesgo será el sometimiento, en tanto que si sólo registramos lo que podemos hacer, el riesgo será limitar nuestra imaginación y nuestra creatividad.
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