La presentación se llevó a cabo en el Museo Roca, y en esa ocasión expusieron Gilda Sabsay de Foks, David Maldavsky y Sebastián Plut.
Presentando el Blog
Psicoanálisis y Economía
domingo, 26 de agosto de 2012
lunes, 20 de agosto de 2012
La configuración del enemigo. Continuidad y ruptura entre George W. Bush y Barack Obama
Sebastián Plut
“Cuando nos enteramos de los hechos crueles de la historia,
tenemos la impresión de que los motivos ideales
solo sirvieron de pretexto a las apetencias destructivas”
(S. Freud, ¿Por qué la guerra?)
“Un alfabeto convencional del oprobio
define también a los polemistas”
(Jorge Luis Borges, “Arte de injuriar”)
Introducción
El término fundamentalismo, si bien designa a un movimiento religioso que aplica sus doctrinas de modo rígido y literal, suele tener un valor estigmatizante. Por extensión, también puede ser utilizado para aludir a la manera en que se expresan ideas políticas, científicas o económicas (por ejemplo, hablar de los fundamentalistas del mercado o comparar a los fundamentalistas con los nazis, etc.). En cualquier caso intenta responder a la pregunta sobre el destino que un cierto colectivo le da al que es diferente. Actualmente, el adjetivo inmediato que sigue al sustantivo fundamentalismo, es islámico, no obstante algunos autores señalan que algo similar podría decirse de los EE.UU. Chomsky (2006), por ejemplo, sostiene que el fundamentalismo constituye el esfuerzo por socavar las políticas sociales progresistas.
Una perspectiva complementaria del estudio que proponemos acá resultaría de estudiar los fenómenos psicosociales de adhesión que un pueblo o comunidad exhibe frente al ímpetu bélico de sus gobernantes. En efecto, Tokatlian (2012) ante el horizonte de guerras perpetuas norteamericanas, se pregunta: “¿qué hace que un país se haya acostumbrado tanto a las guerras y cada vez las cuestione menos? ¿qué explica la poca sensibilidad, en general, de la ciudadanía frente a las muertes y destrucción que produce EE.UU. más allá de sus fronteras? La habituación a los conflictos armados y la indiferencia frente a las víctimas no estadounidenses exigen un análisis sociológico, antropológico, psicológico e histórico profundo y ponderado”. En este marco, contamos con algunos trabajos que estudiaron el patriotismo como un fenómeno no solo político, histórico y social, sino que, además, lo analizaron desde una perspectiva psicológica. Bar-Tal (1994, 1995), por ejemplo, consideró las creencias centrales desde las que surge una red semántica de significados y que se acompañan de emociones y motivaciones que influyen en los juicios, valoraciones y conductas de los ciudadanos. Asimismo, y advirtiendo que el patriotismo no siempre tiene un sentido negativo, lo distingue de otras nociones, tales como nacionalismo, etnocentrismo, intolerancia, prejuicio o chauvinismo.
Nuestro trabajo, en cambio, se incluye en la tradición de estudios que, aun con enfoques y métodos diversos, procuran establecer nexos entre la eficacia de la subjetividad y el contexto histórico social partiendo, especialmente, de la primera (Delgado Fernández, 2004; Dorna, 2008; Elovitz, 1997; Freud y Bullit, 1938; García Beaudoux et al., 2009; Greenstein, 1997; Maldavsky et al., 2012; Plut 2012). En esta presentación nos interesa, particularmente, analizar los discursos de asunción de dos Presidentes de los EE.UU.: George W. Bush y Barack Obama, en particular los fragmentos en que cada relator se refiere a la lucha contra el terrorismo. Es decir, nos interesa examinar parte de su argumentación relativa a las acciones contra la violencia fundamentalista.
La configuración del enemigo
Cuando Obama sucedió a Bush en la presidencia de los EE.UU. el cambio político incluía la expectativa de una reducción significativa de las acciones bélicas. De hecho, así lo anunció en su campaña y lo ratificó en su discurso de asunción, lo cual seguramente formó parte de las razones por las que unos meses después recibiera el Premio Nóbel de la Paz.
Sin embargo, numerosos analistas políticos señalan que la política exterior en materia militar (seguridad y defensa) no solo no ha disminuido sino que se ha fortalecido. Véase Dudziak (2012) Engelhardt (2010), Tirman (2011), Tokatlian (2012). Para algunos, la conversión de Obama es consecuencia de las restricciones económicas y políticas que lo llevaron a ceder ante presiones de políticos, empresarios y militares; para otros se trata de una estrategia frente a las próximas elecciones y ante el avance de la derecha republicana. Sea como fuere, la retórica del actual presidente de los EE.UU., sostienen los analistas, continúa la metafísica militar de Bush y, de hecho, los gastos del Pentágono, del Departamento de Seguridad Nacional, etc., se habrían multiplicado. El estado de guerra parece fijarse como un estado constante (por ejemplo, los detenidos bajo la acusación de “terrorismo” continúan encarcelados más allá de la intervención en un país específico) y la definición de guerra se ha ido extendiendo más allá de los límites geográficos y temporales.
La política norteamericana hacia Medio Oriente tiene una larga historia desde la denominada doctrina de la contención (de fines de la década del ’40 del siglo pasado) hasta la actual guerra preventiva. Durante estos 60 años se ha ido modificando el mapa de alianzas así como también la configuración del enemigo: el comunismo, el nacionalismo árabe, el radicalismo islámico y, finalmente, el terrorismo entendido como islamista. Entre los países que han tenido sea la posición de aliado, sea la del enemigo, podemos enumerar: Irak, Irán, Corea del Norte, Israel, Egipto, Turquía, Pakistán, la República Árabe Unida, El Líbano, Siria, Yemen, Libia, Somalia, Afganistán, entre otros.
La estrategia de contención se proponía frenar la presunta expansión comunista, cuando el comunismo se constituía como amenaza ante la cual pelear, y los países amigos conformaban la alianza antisoviética. En la era Reagan, la contención dio paso a la doctrina del roll-back, por la cual ya no solo se buscaba detener el avance comunista sino revertirlo en los países que había llegado al poder. Años más tarde, ya ocurrido el derrumbe de la Unión Soviética, y bajo el gobierno de George W. Bush, los blancos centrales de la política estadounidense fueron los países incluidos bajo el eje del mal. A partir de la Guerra del Golfo se radicaliza el fundamentalismo islámico y en particular la organización de Osama Bin Laden quien, años antes, había sido colaborador de los EE.UU. para combatir la presencia soviética en Afganistán. Especialmente como consecuencia del ataque a las Torres Gemelas, Bush legitima la llamada guerra preventiva. La llegada de Obama al poder parecía implicar una modificación sustantiva en la política exterior norteamericana, siendo algunas de sus decisiones cerrar la ilegal cárcel de Guantánamo y abandonar Irak y Afganistán. Sin embargo, y a pesar de ciertos signos que muestran el intento de hacer prevalecer “la diplomacia sobre los cañones” aun persiste la “ausencia de una estrategia clara de Obama en la región” (Zeraoui, 2009).
Estructura, significación y función del discurso político
El análisis del discurso político, frecuentemente, procuró detectar si las narraciones poseen (o no) una forma específica y/o más o menos estable. Scavino (2012) sostiene que toda narración política establece una distinción entre amigos y enemigos, entre un “nosotros” y un “ellos”. Esta proposición ha sido sostenida por autores de orientaciones y épocas diversas (Schmitt, Laclau, entre otros). Para ello, con independencia de su orientación ideológica, el relator utiliza una gramática política que se despliega en una secuencia de tres momentos: denuncia (del orden establecido), exhortación (a la lucha contra los enemigos del pueblo) y promesa (de redención o salvación). Las variaciones, pues, se darán en función de cuál es el sistema que se denuncia, a qué sujetos se exhorta y qué triunfo se les promete.
Por otro lado, afirma que hay política en tanto un partido se arrogue la representación del pueblo en su totalidad, lo cual constituye un aspecto central del discurso. Por ejemplo, si un partido o grupo combate contra el comunismo, no lo hace en nombre del “anticomunismo”, sino en representación de todo el pueblo, la nación, la patria, etc.
Veamos, entonces, concretamente los componentes que distingue Scavino:
a) un grupo víctima (que sufre la invasión, es oprimido, estafado, desempleado, etc.);
b) un agresor, enemigo, culpable o responsable (los especuladores, los infiltrados, los corruptos, el imperialismo, los militares, etc.);
c) un héroe salvador (persona, partido, ideología, ejército, etc.);
d) qué es lo que hay que restablecer, cuál es la promesa (orden, justicia, libertad, prosperidad, distribución equitativa, etc.).
En suma, la política para Scavino consiste en la constitución de la unidad popular a partir de un antagonismo. Una pregunta que, nos parece, aun requiere de mayores estudios, es cuál es el factor eficaz para la unidad: ¿el líder, la localización del adversario o ambos son las dos caras de una misma moneda?
De hecho, cita a Proudhon cuando sostuvo que “quien dice humanidad, desea embaucar”, ya que quien habla (un líder, un partido) lo hace en nombre de una “totalidad” no obstante pertenece a un grupo específico.
Aquí el asunto será contar con instrumentos que permitan pesquisar si los ideales expresados (por ejemplo, al hablar de la “humanidad” o de la “nación”, etc.) corresponden a ideales de mayor o menor abarcatividad. Veremos, en efecto, que hablar en nombre de un presunto “todos” (por ejemplo, en nombre del “país” o de la “comunidad internacional”) puede configurar una apariencia que encubre un exiguo nivel de abstracción. Dicho de otro modo, el problema requiere no solo tomar nota del ideal expresado por el líder, sino en qué medida dicho líder supone ser él mismo el ideal, cuál es la distancia que sostiene entre su yo y lo que aspira a ser.
La construcción de la posición ajena (hostil) y, por consiguiente, de la propia presenta algunos pasos lógicos:
a) determinados “sujetos” poseen un determinado atributo (por ejemplo, “hay judíos usureros” o “empleados públicos ñoquis” o “algunos jóvenes son violentos”);
b) generalización: todos los miembros del grupo de ese sujeto tienen la misma característica (“todos los judíos…”, o “todos los jóvenes….”, etc.);
c) ese grupo con sus conductas constituyen la causa y explicación de todos los males.
A su vez, al localizar a un determinado grupo como hostil (por ejemplo, los comunistas), combatirlos no será tarea únicamente de los anticomunistas sino de todo el pueblo, nación o país. Esto es, el que no se oponga al comunismo será objeto de las mismas acusaciones o críticas.
Otro aspecto destacado por Scavino refiere al modo en que cada productor de un relato político construye una continuidad entre el pasado y el presente, al punto que grupos o sectores antagónicos entre sí (por ejemplo, yrigoyenistas, fascistas o montoneros) pueden proponer como su punto de partida un mismo suceso histórico (por ejemplo, la Revolución de Mayo).
De este modo, analiza expresiones habituales del tipo “hoy como ayer” o “una vez más” para advertir que la narración política cuenta una historia “épica” que establece un lazo temporal (continuidad) entre dos o más épocas, como si el antagonismo “entre nosotros y ellos” hubiese sido siempre el mismo (dimensión mítica del grupo). Más aun, para el autor las narraciones políticas se adueñan de los acontecimientos fundacionales de una nación y los transforman en ejemplos dignos de continuarse, en “alegorías proféticas de la revolución venidera” (pág. 163). Por ello, también afirma que el discurso político tiene el sentido de una memoria que no evoca únicamente el pasado sino también el futuro.
A diferencia del planteo de Scavino y de otros autores que jerarquizan el análisis formal del discurso, por nuestra parte lo combinamos con un análisis de contenido, un estudio semántico, por lo cual cobran relevancia tipos específicos de deseos e ideales.
A su vez, categorizamos los ideales por su forma (en términos de su creciente grado de abstracción y abarcatividad) y por su contenido, el cual deriva de una decantación de la erogeneidad. Cabe agregar que a cada uno de estos tipos de ideal le corresponde un modo de representación preconsciente del líder, del propio grupo, de las diferentes posiciones que el yo puede ocupar y también del grupo hostil.
En un trabajo reciente (Maldavsky et al., 2012) nos centramos en los discursos de asunción a la presidencia de la nación y tomamos en cuenta: a) que el relator se empeña en despertar el crédito en el destinatario del mensaje. Es decir, debe convencer a su auditorio respecto de su propio proyecto y de su propia capacidad para conducir el gobierno y afrontar los problemas correspondientes; b) que el discurso pone en evidencia los referentes del relator, las cualidades de su objeto, de sí mismo, de la acción que propone en relación con dicho objeto y del grupo hostil.
Freud no pensaba muy diferente
En la siguiente frase, originalmente de Freud (1908), sustituimos la palabra ‘poeta’ por ‘político’: ‘A nosotros siempre nos intrigó poderosamente averiguar de dónde esa maravillosa personalidad, el político, toma sus materiales, y cómo logra conmovernos con ellos, provocar en nosotros unas excitaciones de las que quizá ni siquiera nos creíamos capaces’.
Efectivamente, algunas peculiaridades del poeta que Freud menciona, además del efecto recién señalado, presentan una importante semejanza con el relato político. Veamos algunas de ellas:
1) Freud sostuvo el nexo entre fantasear e insatisfacción: “deseos insatisfechos son las fuerzas pulsionales de las fantasías, y cada fantasía singular es un cumplimiento de deseo” (op. cit., pág. 130). Es sobre esta insatisfacción, pues, que recae el relato ofrecido por el político, en particular al localizar la propia posición de víctima de aquellos a los que dice representar;
2) Posteriormente, Freud destaca otro nexo, esta vez entre el fantasear y la temporalidad: “una fantasía oscila entre tres tiempos. El trabajo anímico se anuda a una impresión actual, a una ocasión del presente que fue capaz de despertar los grandes deseos de la persona; desde ahí se remonta al recuerdo de una vivencia anterior en que aquel deseo se cumplía, y entonces crea una situación referida al futuro que se figura como el cumplimiento de ese deseo” (op. cit., pág. 130). Esta descripción es consistente con los tres momentos diferenciados por Scavino (denuncia, exhortación y promesa) así como también con la estructura que analizamos en las secuencias narrativas y que derivan del valor formalizador de las fantasias primordiales: despertar del deseo, tentativa de consumación y consecuencias de dicha tentativa (seducción, escena primaria y castración respectivamente). Claro que, además del orden secuencial, cobran relevancia la continuidad temporal establecida de ese modo (entre el pasado y el futuro) y la construcción de un pasado omnipotente del cual el relator se apropia como argumento para afrontar el presente. Algo de esto también ha sido formulado por Freud en otro trabajo (1909) al referirse a la novela familiar como una manera de procurarse padres ideales.
3) Otro componente afín entre el relato del político, del fantaseador, soñante o poeta, es que “todos ellos tienen un héroe situado en el centro del interés y para quien el poeta procura por todos los medios ganar nuestra simpatía” (op. cit., pág. 132). Se advierte aquí la importancia de un personaje particular, el héroe, y la simpatía (identificación) que nos une a aquel. Esto es, se trata de una trama vincular entre el sujeto, su referente y sus destinatarios. Podemos volver, nuevamente, a La novela familiar de los neuróticos, ya que allí retoma el problema del héroe para mencionar la legitimidad que este reclama en comparación con los rivales (hermanos) a los que considera ilegítimos;
4) Freud también menciona la tajante división entre personas “buenas y malas, renunciando a la riqueza de matices que se observa en los caracteres humanos reales” (op. cit., pág. 132). Nos parece que la semejanza entre este punto y la modalidad de las narraciones políticas no merece mayor explicitación, lo cual, evidentemente, sigue la línea del antagonismo como supuesto de base de la construcción política;
5) No puede pasársenos por alto que Freud pone en una misma serie al fantasear neurótico no solo con la poesía, sino también con los mitos, sagas, etc., esto es, no hace sino colocar la actividad poética (y fantaseadora) en el contexto de la ‘psicología de los pueblos’;
6) Por último, la tendencia de la “parte” a colocarse como la representación del “todo” nos condujo a considerar la lógica del fetichismo examinada por Freud (1927) en tanto objeto parcial colocado en lugar del (o a costa del) conjunto.
Asimismo, tengamos en cuenta que el fetiche: a) obtura una percepción; b) se opone a un duelo (por lo que debiera ser resignado); c) permite conservar y sostener una creencia; d) sostiene la omnipotencia narcisista (Freud ilustra su hipótesis afirmando que si estos pacientes admiten la castración, “acaso el adulto vivenciará luego un pánico semejante si se proclama que el trono y el altar peligran” (op. cit., pág. 148). Aquí también Freud desplaza sus premisas desde el ámbito más restringido de la clínica al terreno más amplio de la psicología social).
Instrumentos y procedimientos
En cuanto al método de análisis, se trata del algoritmo David Liberman (ADL), método que se propone la investigación sistemática de la significatividad del discurso en términos psicoanalíticos. En este sentido, la teoría freudiana de la erogeneidad constituye la base semántica para la categorización de las palabras, frases y relatos. Estos (palabras, frases y relatos) son los tres niveles que se distinguen y en los que podemos hallar evidencias de los deseos y de las defensas en juego. Asimismo, en los hechos concretos consideramos una trama, en términos de la copresencia de diversos deseos, entre los que debemos precisar las prevalencias y subordinaciones. La teoría freudiana reseña siete deseos: libido intrasomática (LI), oral primaria (O1), oral secundaria (O2), anal primaria (A1), anal secundaria (A2), fálico uretral (FU) y fálico genital (FG).
El lenguaje del erotismo intrasomático (LI) pone el énfasis en escenas correspondientes a la exacción económica o la intrusión orgánica. En ese sentido tienen importancia las referencias contables o las alusiones a estados corporales. En cuanto al lenguaje oral primario (O1) se destaca el pensar abstracto, alejado o prescindente de los hechos concretos. En el lenguaje oral secundario (O2) importan las escenas de sacrificio, las referencias al sufrimiento, las expresiones de amor y los reproches. En el lenguaje anal primario (A1) tienen valor las luchas justicieras y vengativas, gozar con la humillación ajena, abusar sobre su debilidad, escenas de encierro o parálisis motriz impotente en la derrota así como las palabras usadas como actos (por ejemplo, los insultos). En el lenguaje anal secundario (A2) cobran importancia las escenas de juramento público, la tradición y la moral, los contextos institucionalizados, el deber y la tentativa de dominar y controlar una realidad por medio de un saber ligado a los hechos concretos. En el lenguaje fálico uretral (FU) se destacan escenas de rutina y/o aventura, la desorientación, las preguntas tipo “dónde” o “cuándo” (ligadas con la orientación témporo-espacial), la regulación de distancias y contacto. En el lenguaje fálico genital (FG) cobra importancia la tentativa de impactar estéticamente al modelar la propia imagen según lo que el relator supone que el otro desea. Tienen valor la pregunta “cómo” y los adverbios de modo (terminados en “mente”).
En este estudio aplicaremos tres instrumentos del Algoritmo David Liberman. Por un lado, para estudiar los actos del habla, utilizamos una grilla que nos permite detectar los deseos en las escenas desplegadas. Para el análisis de los deseos en el nivel de las palabras, aplicamos, por un lado, un diccionario computarizado y, luego, una distribución de frecuencias que permite realizar comparaciones entre los resultados de los análisis de diferentes textos tomando en cuenta los percentiles correspondientes. Para los estudios en psicología política contamos con distribuciones de frecuencias únicamente para el análisis de palabras y no para el de los actos del habla (sí contamos con distribuciones de frecuencias para ambos niveles en el terreno de la clínica, tanto para el estudio del discurso de pacientes como el de terapeutas).
Con estos instrumentos, primero, analizamos las palabras de los textos completos de los discursos de asunción de George W. Bush (en 2005) y de Barack Obama (en 2009). Posteriormente, realizamos una selección de fragmentos específicos: tomamos lo sectores en los cuales los relatores describen el adversario o enemigo y exponen el tipo de acción o propósito que llevarán a cabo. Esto último incluye las decisiones concretas y/o la justificación de tales decisiones.
Sobre esta nueva muestra, más acotada, realizamos el análisis de los actos del habla (escenas desplegadas), el análisis con el diccionario y la distribución de frecuencias.
Indagación de la retórica militar en los discursos de G. W. Bush y de B. Obama
Cuando presentamos la distribución de frecuencias de los deseos en las palabras de los discursos presidenciales de asunción (Plut et al.; 2011) expusimos también la comparación de los resultados de algunos discursos concretos. Entre ellos estudiamos los discursos de asunción de cuatro presidentes de los EE.UU.: R. Reagan, B. Clinton, G. W. Bush y B. Obama.
Del conjunto de resultados, prestamos atención a las variaciones del deseo A1 (deseo vengativo), el cual incluye términos ligados con las luchas justicieras, la humillación del otro, los abusos, las derrotas, la impotencia motriz, etc. Más aun, constituye un lenguaje propio del mundo militar. Advertimos, entonces, al estudiar a aquellos cuatro presidentes, que dos de ellos (Reagan y Bush) tenían percentiles medio-altos o altos (77 y 93), en tanto que los dos restantes (Clinton y Obama) presentaban valores medios y medio-bajos (33 y 44). Concluimos, pues, que las diferencias evidenciadas en la distribución de frecuencias podrían explicarse según la afiliación partidaria: valores más altos para los republicanos y más bajos para lo demócratas.
El contraste entre las promesas y expectativas de Obama (en el terreno militar), nuestra comparación de distribuciones de frecuencias y las reflexiones de analistas políticos sobre la situación actual, nos llevaron a profundizar nuestro estudio de los discursos de asunción, claro que, ahora, enfocándolo desde un tema específico. En primer lugar, volvimos a comparar los discursos de G. W. Bush y de B. Obama, esta vez en cuanto a la extensión que, en cada uno de ellos, tiene la temática guerra-defensa-seguridad. Mientras que en el discurso del primero, este tema ocupa el 88,66%, en el discurso de Obama ocupa un 45,14%. Si analizamos este sector del discurso de Obama, que abarca caso al 50% del mismo, hallamos que el único deseo que muestra una variación significativa es A1, el cual alcanza el percentil 82. Este resultado, lógicamente, está influido por la selección de la muestra (escogimos los fragmentos en que alude al tema concreto).
Comencemos por una descripción general de los discursos de asunción de George W. Bush y Barack Obama.
Un primer rasgo llamativo del discurso de Bush es la frecuencia con que utiliza el término libertad. Este aparece 50 veces, contra 7 veces que se presenta en el discurso de Obama. Podemos hallarlo hasta 6 veces en un mismo párrafo.
Como ya hemos indicado, casi la totalidad del discurso de Bush está dedicado al tema de la seguridad y defensa, bajo expresiones que insisten en la lucha por la libertad y la democracia contra la tiranía en el mundo. El resto de su discurso incluye las referencias protocolares de rigor y un breve sector dedicado a otra variante de la libertad: la economía de mercado.
El discurso de Obama presenta referencias a: a) la situación crítica en materia económica; b) referencias al problema de la seguridad, defensa y lucha contra el terrorismo; c) referencias a la historia, valores y tradiciones de los EE.UU.
Cabe señalar, respecto de este último grupo de referencias, que las únicas menciones concretas de episodios que hace Obama, todas corresponden a guerras: Gettysburg (batalla con más bajas en la guerra civil), Normandía (invasión de los aliados en el noroeste de Francia), Khe Sahn (una de las batallas más largas y sangrientas en Vietnam) y Arlington (cementerio en el cual el primer mandatario rinde homenaje a los soldados caídos en combate). Finalmente, su discurso concluye con una cita del “padre de nuestra nación” correspondiente a la batalla de la independencia.
Otra diferencia entre ambos discursos es que mientras Bush alude a las “tiranías” o gobiernos no democráticos sin mencionar al terrorismo, Obama sí alude a esto último.
Muestra
Ya hemos dicho que, una vez analizados con el diccionario los dos discursos completos, estudiamos un sector mucho más breve y específico consistente en la descripción que cada relator hace del enemigo y las acciones, decisiones y justificaciones que proponen:
Síntesis de las frases de Bush:
“Estados Unidos defendió nuestra propia libertad al mantenerse alerta en fronteras distantes”
“Mientras en naciones enteras del mundo hiervan el resentimiento y la tiranía, propensas a ideologías que alimentan el odio y justifican el asesinato, se acumulará la violencia y se multiplicará el poder destructivo, y cruzarán las fronteras mejor defendidas y representarán una amenaza mortal”
“La supervivencia de la libertad en nuestro país depende cada vez más del éxito de la libertad en otros países”
“Poner fin a la tiranía en el mundo”
“Nos defenderemos y defenderemos a nuestros amigos con la fuerza de las armas”
“Mi deber más solemne es proteger a esta nación y sus ciudadanos de más ataques y de amenazas emergentes”
“Algunos han mostrado su devoción a nuestro país con muertes que han honrado sus vidas enteras, y siempre recordaremos sus nombres y su sacrificio”
Síntesis de las frases de Obama:
“Nuestro país está en guerra contra una red de violencia y odio de gran alcance”
“Estamos listos para asumir el liderazgo”
“Comenzaremos a dejar Irak, de manera responsable, en manos de su pueblo, y forjar ua paz duramente ganada en Afganistán”
“Para aquellos que pretenden lograr sus objetivos acudiendo al terrorismo y a la matanza de inocentes, les decimos que ahora nuestro espíritu es más fuerte, no pude romperse; no pueden perdurar más que nosotros les derrotaremos”
“Al contemplar el camino que se abre ante nosotros, recordamos con humilde gratitud a aquellos estadounidenses valientes quienes, en este mismo momento, patrullan lejanos desiertos y distantes montañas”
Análisis
Análisis de las palabras
Las grillas que siguen muestran la distribución de frecuencias de ambos discursos (Bush y Obama) tomando en cuenta los textos completos, así como los sectores específicos seleccionados:
Deseos y percentiles en Bush:
LI: 80
O1: 15
O2: 55
A1: 100
A2: 10
FU: 0
FG: 5
Deseos y percentiles en Obama:
LI: 35
O1: 100
O2: 60
A1: 100
A2: 0
FU: 100
FG: 55
Análisis de los actos del habla
En las escenas desplegadas por Bush encontramos los siguientes actos del habla:
Justificación (A2), descripción de situaciones concretas (A2), advertencia (FU), denuncia (A1), exageraciones (FG), enlace causal (A2), proyecto de acción (A2), amenaza (A1), imposición de obligaciones (A2) y exaltación del sacrificio (O2).
En repertorio de actos del habla de Obama, muestra bastantes similitudes:
Descripción de situaciones concretas (A2), advertencia (FU), denuncia (A1), exageraciones (FG), proyecto de acción (A2), amenaza (A1), imposición de obligaciones (A2) y exaltación del sacrificio (O2).
La decisión concreta que plantea Bush es poner fin a las tiranías en el mundo, para lo cual recurre a diversos argumentos. Entre ellos, explica (e intenta persuadir acerca del) peligro que entrañan tales gobiernos antidemocráticos, peligro que justifica una acción defensiva de ataque. Todo ello se refuerza con tres recursos adicionales: por un lado, una serie de advertencias, cuyos destinatarios son los propios ciudadanos norteamericanos, cuya función, conjeturamos, es sembrar temor en la población; por otro lado, el énfasis que conduce a englobar al “otro” en una totalidad homogénea (por ejemplo, cuando alude a “naciones enteras”). Finalmente, la exaltación del sacrificio es un modo de apelar al ideal del amor (o la devoción) a la patria y que contiene un sesgo de manipulación emocional. En cuanto al discurso de Obama, una diferencia con el discurso precedente se da ya no en los deseos ni en los actos del habla, sino en la característica del proyecto de acción (A2). Mientras que Bush propone poner fin a la tiranía, Obama propone el retiro de las tropas de Irak y Afganistán. En cuanto a la caracterización del enemigo, para ambos relatores el adversario posee atributos A1 (tiranos, red de violencia). La diferencia, quizá, es que mientras Bush localiza al enemigo en determinados países, para Obama pierde dicha localización. Por otro lado, en el discurso de Bush resalta más un tipo de lógica que podríamos describir como “no hay mejor defensa que un buen ataque” y, a su vez, también es más evidente en su discurso una cosmovisión según la cual el mundo está poblado por dobles iguales (los que aman la libertad) y dobles hostiles (los que alimentan el odio).
Las siguientes grillas reordenan los resultados del análisis de los actos del habla:
Bush
Descripción del adversario (enemigo): A1
Propósito (decisiones): A2 – A1
Propósito (justificaciones): A2 – O2
Ideales: Justicia, orden y amor
Obama
Descripción del adversario (enemigo): A1
Propósito (decisiones): A2
Propósito (justificaciones): A2 – O2
Ideales: Orden, justicia y amor
Contraste entre ambos niveles de análisis
El contraste que podemos hacer resulta limitado ya que, como señalamos previamente, no contamos con una distribución de frecuencias para el análisis de los actos del habla en el discurso político.
Tengamos en cuenta que el nivel de las palabras nos informa el repertorio de deseos de un sujeto, los cuales podrán, en determinados momentos, expresarse en escenas desplegadas o bien mantenerse en amago. En efecto, el nivel de los actos del habla parece ser el más sensible a los influjos del contexto inmediato (Maldavsky; 2012) y de allí puede derivar gran parte de las divergencias entre ambos niveles de análisis (palabras y actos del habla).
En virtud de carecer del instrumento adecuado (distribución de frecuencias para actos del habla) para analizar las diferencias ínter-niveles, podemos estudiar, sobre todo, aquellos deseos que han tenido un alto valor en el nivel de las redes de palabras y una presencia nula en el nivel de los actos del habla y, a la inversa, los deseos que tienen un bajo nivel en las redes de palabras y una presencia significativa en los actos del habla.
Concretamente, podemos subrayar: el valor alto (cerca del extremo superior) para el deseo LI en Bush y el valor extremo alto para el deseo O1 en Obama, en las palabras, en tanto no hemos detectado actos del habla LI para Bush ni O1 para Obama. Nos preguntamos, pues, si en el caso de Bush, la hipertrofia de LI en las palabras acompañadas de una ausencia de actos del habla LI, puede entenderse como tentativa de conservar sin desplegar un argumento económico subyacente a las acciones bélicas. En cambio, en el caso de Obama (hipertrofia de O1 en las palabras y ausencia de dicho deseo en los actos del habla) la diferencia puede ser expresión –no evidenciada- de la falsedad de ciertos argumentos y/o proyectos.
Por otra parte, en el nivel de las redes de palabras, el deseo A2 tiene un percentil muy bajo para Bush (10) y nulo en Obama (0), en tanto que ambos relatores despliegan actos del habla correspondientes a dicho deseo. Conjeturamos, pues, que tales actos del habla (como las justificaciones, descripción de situaciones concretas, enlaces causales, imposición de obligaciones, etc.) responden a un requerimiento del rol y del contexto en cuanto a exhibir racionalidad y ajuste a la legalidad. Ello nos recuerda el dicho latino: “Excusatio non petita, accusatio manifesta”: “Una excusa no pedida, es una acusación manifiesta”. Es decir, quien se esfuerza por dar excusas –sin que nadie se las pida- se delata a sí mismo.
La libertad y sus guerras
Los estudios psicoanalíticos sobre las guerras comprenden tres temas frecuentes: el por qué de las mismas y sus causas; los efectos de las acciones bélicas (en los implicados inmediatos y en la trama social extensa); cómo prevenirla o evitarla (posibilidad del desarrollo del pacifismo).
En diversas ocasiones Freud sostuvo que el derecho contiene, en su fundamento, la denegación de la violencia. Es decir, para Freud la violencia dio paso al derecho a partir de la unión de muchos para compensar el poder del más fuerte. Agrega que la condición psicológica para que se consume este pasaje de la violencia al derecho, la unión de muchos tiene que ser duradera.
Una de las propuestas de Freud relativas a la contención de la violencia consiste en “trasferir el poder a una unidad mayor que se mantiene cohesionada por ligazones de sentimiento entre sus miembros” (1932, pág. 189). Esta construcción de una “unidad mayor” vale tanto para la regulación intrapaís (relación entre ciudadanos) como para el mundo en general (relación entre los países).
Ello nos lleva al problema de los ideales, en particular al examen de su forma. Atribuir o trasferir el poder a una instancia mayor supone, pues, que ningún gobernante deberá creer que él mismo es el poder (o la justicia, o la democracia, etc.). Si Obama plantea ser el “líder” en la lucha contra el terrorismo, está interfiriendo en ese proceso de posicionamiento en relación con una instancia mayor, más amplia. Esta misma preocupación planteó Freud: “en nuestra época no existe una idea a la que pudiera conferirse semejante autoridad unificadora. Es harto evidente que los ideales nacionales que hoy imperan en los pueblos los esfuerzan a una acción contraria” (op. cit., pág. 192).
El ideal del yo tiene una serie de funciones en relación con la representación-grupo: dar cuenta del origen del grupo, de aquello que los hermana y los identifica, garantizar el destino triunfal de dicho grupo, así como la cohesión entre sus integrantes, y ofrecer amparo y sentido psíquico a la vida individual pese a los sinsabores y la miseria de la vida cotidiana.
Hace 80 años Einstein y Freud tuvieron un intercambio epistolar en el que ambos se mostraron preocupados por la amenaza de nuevas guerras y las consecuencias que tendrían. Los temores de ambos, sus interrogantes y, también, algunas de sus hipótesis, siguen vigentes en la actualidad y reclaman renovadas acciones preventivas e investigaciones concretas.
Freud entendía que no podría eliminarse la humana inclinación hacia la agresión aunque sí podría intentarse desviarla en alguna medida. Para ello, deberán reducirse los abusos de poder por parte del Estado así como la incitación bélica de todo tipo. Frente al interrogante común sobre cómo es que han de ocurrir tales atrocidades, la teoría freudiana sugiere partir de un interrogante inverso: no solo por qué puede imponerse la tendencia a la supresión de lo vital, sino cómo ha podido crearse un universo complejo en que predominen la ética, la solidaridad y la ternura.
Freud supuso que la complejización psíquica deriva del encuentro de la afinidad en la diferencia y, de modo global, advertimos dos grandes riesgos: la supresión de la afinidad, que conduce a un rechazo radical del otro o, por el contrario, la pérdida de la diferencia, que conduce a una nivelación inerte. En este sentido, tal vez podamos distinguir el carácter humanista o no de un discurso según dos variables: a) qué tanto ha quedado suprimida la afinidad respecto de los grupos contrarios; b) qué tanto ha quedado suprimida la diferencia al interior del propio grupo.
Los discursos estudiados nos permiten reflexionar, únicamente, sobre el primer criterio: la supresión de la afinidad en relación con aquellos que quedan incluidos en la posición del enemigo. Si en la política quedan jerarquizados los deseos vengativos, los discursos falsos, las manipulaciones emocionales o el afán de ganancia, no estaremos en un escenario político en que predominen los lazos fraternos.
Finalmente, y a la vista de discursos que pregonan un presunto interés por la libertad, no es ocioso recordar las palabras de Freud en El malestar en la cultura:
“La libertad individual no es un patrimonio de la cultura. Fue máxima antes de toda cultura; es verdad que en esos tiempos las más de las veces carecía de valor, porque el individuo difícilmente estaba en condiciones de preservarla. Por obra del desarrollo cultural experimenta limitaciones, y la justicia exige que nadie escape a ellas. Lo que en una comunidad humana se agita como esfuerzo libertario puede ser la rebelión contra una injusticia vigente, en cuyo caso favorecerá un ulterior desarrollo de la cultura, será conciliable con esta. Pero también puede provenir del resto de la personalidad originaria, un resto no domeñado por la cultura, y convertirse de ese modo en base para la hostilidad hacia esta última. El esfuerzo libertario se dirige entonces contra determinadas formas y exigencias de la cultura, o contra ella en general. No parece posible impulsar a los seres humanos, mediante algún tipo de influjo, a trasmudar su naturaleza en la de una termita: defenderá siempre su demanda de libertad individual en contra de la voluntad de la masa. Buena parte de la brega de la humanidad gira en torno de una tarea: hallar un equilibrio acorde a fines, vale decir, dispensador de felicidad, entre esas demandas individuales y las exigencias culturales de la masa; y uno de los problemas que atañen a su destino es saber si mediante determinada configuración cultural ese equilibrio puede alcanzarse o si el conflicto es insalvable”.
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“Cuando nos enteramos de los hechos crueles de la historia,
tenemos la impresión de que los motivos ideales
solo sirvieron de pretexto a las apetencias destructivas”
(S. Freud, ¿Por qué la guerra?)
“Un alfabeto convencional del oprobio
define también a los polemistas”
(Jorge Luis Borges, “Arte de injuriar”)
Introducción
El término fundamentalismo, si bien designa a un movimiento religioso que aplica sus doctrinas de modo rígido y literal, suele tener un valor estigmatizante. Por extensión, también puede ser utilizado para aludir a la manera en que se expresan ideas políticas, científicas o económicas (por ejemplo, hablar de los fundamentalistas del mercado o comparar a los fundamentalistas con los nazis, etc.). En cualquier caso intenta responder a la pregunta sobre el destino que un cierto colectivo le da al que es diferente. Actualmente, el adjetivo inmediato que sigue al sustantivo fundamentalismo, es islámico, no obstante algunos autores señalan que algo similar podría decirse de los EE.UU. Chomsky (2006), por ejemplo, sostiene que el fundamentalismo constituye el esfuerzo por socavar las políticas sociales progresistas.
Una perspectiva complementaria del estudio que proponemos acá resultaría de estudiar los fenómenos psicosociales de adhesión que un pueblo o comunidad exhibe frente al ímpetu bélico de sus gobernantes. En efecto, Tokatlian (2012) ante el horizonte de guerras perpetuas norteamericanas, se pregunta: “¿qué hace que un país se haya acostumbrado tanto a las guerras y cada vez las cuestione menos? ¿qué explica la poca sensibilidad, en general, de la ciudadanía frente a las muertes y destrucción que produce EE.UU. más allá de sus fronteras? La habituación a los conflictos armados y la indiferencia frente a las víctimas no estadounidenses exigen un análisis sociológico, antropológico, psicológico e histórico profundo y ponderado”. En este marco, contamos con algunos trabajos que estudiaron el patriotismo como un fenómeno no solo político, histórico y social, sino que, además, lo analizaron desde una perspectiva psicológica. Bar-Tal (1994, 1995), por ejemplo, consideró las creencias centrales desde las que surge una red semántica de significados y que se acompañan de emociones y motivaciones que influyen en los juicios, valoraciones y conductas de los ciudadanos. Asimismo, y advirtiendo que el patriotismo no siempre tiene un sentido negativo, lo distingue de otras nociones, tales como nacionalismo, etnocentrismo, intolerancia, prejuicio o chauvinismo.
Nuestro trabajo, en cambio, se incluye en la tradición de estudios que, aun con enfoques y métodos diversos, procuran establecer nexos entre la eficacia de la subjetividad y el contexto histórico social partiendo, especialmente, de la primera (Delgado Fernández, 2004; Dorna, 2008; Elovitz, 1997; Freud y Bullit, 1938; García Beaudoux et al., 2009; Greenstein, 1997; Maldavsky et al., 2012; Plut 2012). En esta presentación nos interesa, particularmente, analizar los discursos de asunción de dos Presidentes de los EE.UU.: George W. Bush y Barack Obama, en particular los fragmentos en que cada relator se refiere a la lucha contra el terrorismo. Es decir, nos interesa examinar parte de su argumentación relativa a las acciones contra la violencia fundamentalista.
La configuración del enemigo
Cuando Obama sucedió a Bush en la presidencia de los EE.UU. el cambio político incluía la expectativa de una reducción significativa de las acciones bélicas. De hecho, así lo anunció en su campaña y lo ratificó en su discurso de asunción, lo cual seguramente formó parte de las razones por las que unos meses después recibiera el Premio Nóbel de la Paz.
Sin embargo, numerosos analistas políticos señalan que la política exterior en materia militar (seguridad y defensa) no solo no ha disminuido sino que se ha fortalecido. Véase Dudziak (2012) Engelhardt (2010), Tirman (2011), Tokatlian (2012). Para algunos, la conversión de Obama es consecuencia de las restricciones económicas y políticas que lo llevaron a ceder ante presiones de políticos, empresarios y militares; para otros se trata de una estrategia frente a las próximas elecciones y ante el avance de la derecha republicana. Sea como fuere, la retórica del actual presidente de los EE.UU., sostienen los analistas, continúa la metafísica militar de Bush y, de hecho, los gastos del Pentágono, del Departamento de Seguridad Nacional, etc., se habrían multiplicado. El estado de guerra parece fijarse como un estado constante (por ejemplo, los detenidos bajo la acusación de “terrorismo” continúan encarcelados más allá de la intervención en un país específico) y la definición de guerra se ha ido extendiendo más allá de los límites geográficos y temporales.
La política norteamericana hacia Medio Oriente tiene una larga historia desde la denominada doctrina de la contención (de fines de la década del ’40 del siglo pasado) hasta la actual guerra preventiva. Durante estos 60 años se ha ido modificando el mapa de alianzas así como también la configuración del enemigo: el comunismo, el nacionalismo árabe, el radicalismo islámico y, finalmente, el terrorismo entendido como islamista. Entre los países que han tenido sea la posición de aliado, sea la del enemigo, podemos enumerar: Irak, Irán, Corea del Norte, Israel, Egipto, Turquía, Pakistán, la República Árabe Unida, El Líbano, Siria, Yemen, Libia, Somalia, Afganistán, entre otros.
La estrategia de contención se proponía frenar la presunta expansión comunista, cuando el comunismo se constituía como amenaza ante la cual pelear, y los países amigos conformaban la alianza antisoviética. En la era Reagan, la contención dio paso a la doctrina del roll-back, por la cual ya no solo se buscaba detener el avance comunista sino revertirlo en los países que había llegado al poder. Años más tarde, ya ocurrido el derrumbe de la Unión Soviética, y bajo el gobierno de George W. Bush, los blancos centrales de la política estadounidense fueron los países incluidos bajo el eje del mal. A partir de la Guerra del Golfo se radicaliza el fundamentalismo islámico y en particular la organización de Osama Bin Laden quien, años antes, había sido colaborador de los EE.UU. para combatir la presencia soviética en Afganistán. Especialmente como consecuencia del ataque a las Torres Gemelas, Bush legitima la llamada guerra preventiva. La llegada de Obama al poder parecía implicar una modificación sustantiva en la política exterior norteamericana, siendo algunas de sus decisiones cerrar la ilegal cárcel de Guantánamo y abandonar Irak y Afganistán. Sin embargo, y a pesar de ciertos signos que muestran el intento de hacer prevalecer “la diplomacia sobre los cañones” aun persiste la “ausencia de una estrategia clara de Obama en la región” (Zeraoui, 2009).
Estructura, significación y función del discurso político
El análisis del discurso político, frecuentemente, procuró detectar si las narraciones poseen (o no) una forma específica y/o más o menos estable. Scavino (2012) sostiene que toda narración política establece una distinción entre amigos y enemigos, entre un “nosotros” y un “ellos”. Esta proposición ha sido sostenida por autores de orientaciones y épocas diversas (Schmitt, Laclau, entre otros). Para ello, con independencia de su orientación ideológica, el relator utiliza una gramática política que se despliega en una secuencia de tres momentos: denuncia (del orden establecido), exhortación (a la lucha contra los enemigos del pueblo) y promesa (de redención o salvación). Las variaciones, pues, se darán en función de cuál es el sistema que se denuncia, a qué sujetos se exhorta y qué triunfo se les promete.
Por otro lado, afirma que hay política en tanto un partido se arrogue la representación del pueblo en su totalidad, lo cual constituye un aspecto central del discurso. Por ejemplo, si un partido o grupo combate contra el comunismo, no lo hace en nombre del “anticomunismo”, sino en representación de todo el pueblo, la nación, la patria, etc.
Veamos, entonces, concretamente los componentes que distingue Scavino:
a) un grupo víctima (que sufre la invasión, es oprimido, estafado, desempleado, etc.);
b) un agresor, enemigo, culpable o responsable (los especuladores, los infiltrados, los corruptos, el imperialismo, los militares, etc.);
c) un héroe salvador (persona, partido, ideología, ejército, etc.);
d) qué es lo que hay que restablecer, cuál es la promesa (orden, justicia, libertad, prosperidad, distribución equitativa, etc.).
En suma, la política para Scavino consiste en la constitución de la unidad popular a partir de un antagonismo. Una pregunta que, nos parece, aun requiere de mayores estudios, es cuál es el factor eficaz para la unidad: ¿el líder, la localización del adversario o ambos son las dos caras de una misma moneda?
De hecho, cita a Proudhon cuando sostuvo que “quien dice humanidad, desea embaucar”, ya que quien habla (un líder, un partido) lo hace en nombre de una “totalidad” no obstante pertenece a un grupo específico.
Aquí el asunto será contar con instrumentos que permitan pesquisar si los ideales expresados (por ejemplo, al hablar de la “humanidad” o de la “nación”, etc.) corresponden a ideales de mayor o menor abarcatividad. Veremos, en efecto, que hablar en nombre de un presunto “todos” (por ejemplo, en nombre del “país” o de la “comunidad internacional”) puede configurar una apariencia que encubre un exiguo nivel de abstracción. Dicho de otro modo, el problema requiere no solo tomar nota del ideal expresado por el líder, sino en qué medida dicho líder supone ser él mismo el ideal, cuál es la distancia que sostiene entre su yo y lo que aspira a ser.
La construcción de la posición ajena (hostil) y, por consiguiente, de la propia presenta algunos pasos lógicos:
a) determinados “sujetos” poseen un determinado atributo (por ejemplo, “hay judíos usureros” o “empleados públicos ñoquis” o “algunos jóvenes son violentos”);
b) generalización: todos los miembros del grupo de ese sujeto tienen la misma característica (“todos los judíos…”, o “todos los jóvenes….”, etc.);
c) ese grupo con sus conductas constituyen la causa y explicación de todos los males.
A su vez, al localizar a un determinado grupo como hostil (por ejemplo, los comunistas), combatirlos no será tarea únicamente de los anticomunistas sino de todo el pueblo, nación o país. Esto es, el que no se oponga al comunismo será objeto de las mismas acusaciones o críticas.
Otro aspecto destacado por Scavino refiere al modo en que cada productor de un relato político construye una continuidad entre el pasado y el presente, al punto que grupos o sectores antagónicos entre sí (por ejemplo, yrigoyenistas, fascistas o montoneros) pueden proponer como su punto de partida un mismo suceso histórico (por ejemplo, la Revolución de Mayo).
De este modo, analiza expresiones habituales del tipo “hoy como ayer” o “una vez más” para advertir que la narración política cuenta una historia “épica” que establece un lazo temporal (continuidad) entre dos o más épocas, como si el antagonismo “entre nosotros y ellos” hubiese sido siempre el mismo (dimensión mítica del grupo). Más aun, para el autor las narraciones políticas se adueñan de los acontecimientos fundacionales de una nación y los transforman en ejemplos dignos de continuarse, en “alegorías proféticas de la revolución venidera” (pág. 163). Por ello, también afirma que el discurso político tiene el sentido de una memoria que no evoca únicamente el pasado sino también el futuro.
A diferencia del planteo de Scavino y de otros autores que jerarquizan el análisis formal del discurso, por nuestra parte lo combinamos con un análisis de contenido, un estudio semántico, por lo cual cobran relevancia tipos específicos de deseos e ideales.
A su vez, categorizamos los ideales por su forma (en términos de su creciente grado de abstracción y abarcatividad) y por su contenido, el cual deriva de una decantación de la erogeneidad. Cabe agregar que a cada uno de estos tipos de ideal le corresponde un modo de representación preconsciente del líder, del propio grupo, de las diferentes posiciones que el yo puede ocupar y también del grupo hostil.
En un trabajo reciente (Maldavsky et al., 2012) nos centramos en los discursos de asunción a la presidencia de la nación y tomamos en cuenta: a) que el relator se empeña en despertar el crédito en el destinatario del mensaje. Es decir, debe convencer a su auditorio respecto de su propio proyecto y de su propia capacidad para conducir el gobierno y afrontar los problemas correspondientes; b) que el discurso pone en evidencia los referentes del relator, las cualidades de su objeto, de sí mismo, de la acción que propone en relación con dicho objeto y del grupo hostil.
Freud no pensaba muy diferente
En la siguiente frase, originalmente de Freud (1908), sustituimos la palabra ‘poeta’ por ‘político’: ‘A nosotros siempre nos intrigó poderosamente averiguar de dónde esa maravillosa personalidad, el político, toma sus materiales, y cómo logra conmovernos con ellos, provocar en nosotros unas excitaciones de las que quizá ni siquiera nos creíamos capaces’.
Efectivamente, algunas peculiaridades del poeta que Freud menciona, además del efecto recién señalado, presentan una importante semejanza con el relato político. Veamos algunas de ellas:
1) Freud sostuvo el nexo entre fantasear e insatisfacción: “deseos insatisfechos son las fuerzas pulsionales de las fantasías, y cada fantasía singular es un cumplimiento de deseo” (op. cit., pág. 130). Es sobre esta insatisfacción, pues, que recae el relato ofrecido por el político, en particular al localizar la propia posición de víctima de aquellos a los que dice representar;
2) Posteriormente, Freud destaca otro nexo, esta vez entre el fantasear y la temporalidad: “una fantasía oscila entre tres tiempos. El trabajo anímico se anuda a una impresión actual, a una ocasión del presente que fue capaz de despertar los grandes deseos de la persona; desde ahí se remonta al recuerdo de una vivencia anterior en que aquel deseo se cumplía, y entonces crea una situación referida al futuro que se figura como el cumplimiento de ese deseo” (op. cit., pág. 130). Esta descripción es consistente con los tres momentos diferenciados por Scavino (denuncia, exhortación y promesa) así como también con la estructura que analizamos en las secuencias narrativas y que derivan del valor formalizador de las fantasias primordiales: despertar del deseo, tentativa de consumación y consecuencias de dicha tentativa (seducción, escena primaria y castración respectivamente). Claro que, además del orden secuencial, cobran relevancia la continuidad temporal establecida de ese modo (entre el pasado y el futuro) y la construcción de un pasado omnipotente del cual el relator se apropia como argumento para afrontar el presente. Algo de esto también ha sido formulado por Freud en otro trabajo (1909) al referirse a la novela familiar como una manera de procurarse padres ideales.
3) Otro componente afín entre el relato del político, del fantaseador, soñante o poeta, es que “todos ellos tienen un héroe situado en el centro del interés y para quien el poeta procura por todos los medios ganar nuestra simpatía” (op. cit., pág. 132). Se advierte aquí la importancia de un personaje particular, el héroe, y la simpatía (identificación) que nos une a aquel. Esto es, se trata de una trama vincular entre el sujeto, su referente y sus destinatarios. Podemos volver, nuevamente, a La novela familiar de los neuróticos, ya que allí retoma el problema del héroe para mencionar la legitimidad que este reclama en comparación con los rivales (hermanos) a los que considera ilegítimos;
4) Freud también menciona la tajante división entre personas “buenas y malas, renunciando a la riqueza de matices que se observa en los caracteres humanos reales” (op. cit., pág. 132). Nos parece que la semejanza entre este punto y la modalidad de las narraciones políticas no merece mayor explicitación, lo cual, evidentemente, sigue la línea del antagonismo como supuesto de base de la construcción política;
5) No puede pasársenos por alto que Freud pone en una misma serie al fantasear neurótico no solo con la poesía, sino también con los mitos, sagas, etc., esto es, no hace sino colocar la actividad poética (y fantaseadora) en el contexto de la ‘psicología de los pueblos’;
6) Por último, la tendencia de la “parte” a colocarse como la representación del “todo” nos condujo a considerar la lógica del fetichismo examinada por Freud (1927) en tanto objeto parcial colocado en lugar del (o a costa del) conjunto.
Asimismo, tengamos en cuenta que el fetiche: a) obtura una percepción; b) se opone a un duelo (por lo que debiera ser resignado); c) permite conservar y sostener una creencia; d) sostiene la omnipotencia narcisista (Freud ilustra su hipótesis afirmando que si estos pacientes admiten la castración, “acaso el adulto vivenciará luego un pánico semejante si se proclama que el trono y el altar peligran” (op. cit., pág. 148). Aquí también Freud desplaza sus premisas desde el ámbito más restringido de la clínica al terreno más amplio de la psicología social).
Instrumentos y procedimientos
En cuanto al método de análisis, se trata del algoritmo David Liberman (ADL), método que se propone la investigación sistemática de la significatividad del discurso en términos psicoanalíticos. En este sentido, la teoría freudiana de la erogeneidad constituye la base semántica para la categorización de las palabras, frases y relatos. Estos (palabras, frases y relatos) son los tres niveles que se distinguen y en los que podemos hallar evidencias de los deseos y de las defensas en juego. Asimismo, en los hechos concretos consideramos una trama, en términos de la copresencia de diversos deseos, entre los que debemos precisar las prevalencias y subordinaciones. La teoría freudiana reseña siete deseos: libido intrasomática (LI), oral primaria (O1), oral secundaria (O2), anal primaria (A1), anal secundaria (A2), fálico uretral (FU) y fálico genital (FG).
El lenguaje del erotismo intrasomático (LI) pone el énfasis en escenas correspondientes a la exacción económica o la intrusión orgánica. En ese sentido tienen importancia las referencias contables o las alusiones a estados corporales. En cuanto al lenguaje oral primario (O1) se destaca el pensar abstracto, alejado o prescindente de los hechos concretos. En el lenguaje oral secundario (O2) importan las escenas de sacrificio, las referencias al sufrimiento, las expresiones de amor y los reproches. En el lenguaje anal primario (A1) tienen valor las luchas justicieras y vengativas, gozar con la humillación ajena, abusar sobre su debilidad, escenas de encierro o parálisis motriz impotente en la derrota así como las palabras usadas como actos (por ejemplo, los insultos). En el lenguaje anal secundario (A2) cobran importancia las escenas de juramento público, la tradición y la moral, los contextos institucionalizados, el deber y la tentativa de dominar y controlar una realidad por medio de un saber ligado a los hechos concretos. En el lenguaje fálico uretral (FU) se destacan escenas de rutina y/o aventura, la desorientación, las preguntas tipo “dónde” o “cuándo” (ligadas con la orientación témporo-espacial), la regulación de distancias y contacto. En el lenguaje fálico genital (FG) cobra importancia la tentativa de impactar estéticamente al modelar la propia imagen según lo que el relator supone que el otro desea. Tienen valor la pregunta “cómo” y los adverbios de modo (terminados en “mente”).
En este estudio aplicaremos tres instrumentos del Algoritmo David Liberman. Por un lado, para estudiar los actos del habla, utilizamos una grilla que nos permite detectar los deseos en las escenas desplegadas. Para el análisis de los deseos en el nivel de las palabras, aplicamos, por un lado, un diccionario computarizado y, luego, una distribución de frecuencias que permite realizar comparaciones entre los resultados de los análisis de diferentes textos tomando en cuenta los percentiles correspondientes. Para los estudios en psicología política contamos con distribuciones de frecuencias únicamente para el análisis de palabras y no para el de los actos del habla (sí contamos con distribuciones de frecuencias para ambos niveles en el terreno de la clínica, tanto para el estudio del discurso de pacientes como el de terapeutas).
Con estos instrumentos, primero, analizamos las palabras de los textos completos de los discursos de asunción de George W. Bush (en 2005) y de Barack Obama (en 2009). Posteriormente, realizamos una selección de fragmentos específicos: tomamos lo sectores en los cuales los relatores describen el adversario o enemigo y exponen el tipo de acción o propósito que llevarán a cabo. Esto último incluye las decisiones concretas y/o la justificación de tales decisiones.
Sobre esta nueva muestra, más acotada, realizamos el análisis de los actos del habla (escenas desplegadas), el análisis con el diccionario y la distribución de frecuencias.
Indagación de la retórica militar en los discursos de G. W. Bush y de B. Obama
Cuando presentamos la distribución de frecuencias de los deseos en las palabras de los discursos presidenciales de asunción (Plut et al.; 2011) expusimos también la comparación de los resultados de algunos discursos concretos. Entre ellos estudiamos los discursos de asunción de cuatro presidentes de los EE.UU.: R. Reagan, B. Clinton, G. W. Bush y B. Obama.
Del conjunto de resultados, prestamos atención a las variaciones del deseo A1 (deseo vengativo), el cual incluye términos ligados con las luchas justicieras, la humillación del otro, los abusos, las derrotas, la impotencia motriz, etc. Más aun, constituye un lenguaje propio del mundo militar. Advertimos, entonces, al estudiar a aquellos cuatro presidentes, que dos de ellos (Reagan y Bush) tenían percentiles medio-altos o altos (77 y 93), en tanto que los dos restantes (Clinton y Obama) presentaban valores medios y medio-bajos (33 y 44). Concluimos, pues, que las diferencias evidenciadas en la distribución de frecuencias podrían explicarse según la afiliación partidaria: valores más altos para los republicanos y más bajos para lo demócratas.
El contraste entre las promesas y expectativas de Obama (en el terreno militar), nuestra comparación de distribuciones de frecuencias y las reflexiones de analistas políticos sobre la situación actual, nos llevaron a profundizar nuestro estudio de los discursos de asunción, claro que, ahora, enfocándolo desde un tema específico. En primer lugar, volvimos a comparar los discursos de G. W. Bush y de B. Obama, esta vez en cuanto a la extensión que, en cada uno de ellos, tiene la temática guerra-defensa-seguridad. Mientras que en el discurso del primero, este tema ocupa el 88,66%, en el discurso de Obama ocupa un 45,14%. Si analizamos este sector del discurso de Obama, que abarca caso al 50% del mismo, hallamos que el único deseo que muestra una variación significativa es A1, el cual alcanza el percentil 82. Este resultado, lógicamente, está influido por la selección de la muestra (escogimos los fragmentos en que alude al tema concreto).
Comencemos por una descripción general de los discursos de asunción de George W. Bush y Barack Obama.
Un primer rasgo llamativo del discurso de Bush es la frecuencia con que utiliza el término libertad. Este aparece 50 veces, contra 7 veces que se presenta en el discurso de Obama. Podemos hallarlo hasta 6 veces en un mismo párrafo.
Como ya hemos indicado, casi la totalidad del discurso de Bush está dedicado al tema de la seguridad y defensa, bajo expresiones que insisten en la lucha por la libertad y la democracia contra la tiranía en el mundo. El resto de su discurso incluye las referencias protocolares de rigor y un breve sector dedicado a otra variante de la libertad: la economía de mercado.
El discurso de Obama presenta referencias a: a) la situación crítica en materia económica; b) referencias al problema de la seguridad, defensa y lucha contra el terrorismo; c) referencias a la historia, valores y tradiciones de los EE.UU.
Cabe señalar, respecto de este último grupo de referencias, que las únicas menciones concretas de episodios que hace Obama, todas corresponden a guerras: Gettysburg (batalla con más bajas en la guerra civil), Normandía (invasión de los aliados en el noroeste de Francia), Khe Sahn (una de las batallas más largas y sangrientas en Vietnam) y Arlington (cementerio en el cual el primer mandatario rinde homenaje a los soldados caídos en combate). Finalmente, su discurso concluye con una cita del “padre de nuestra nación” correspondiente a la batalla de la independencia.
Otra diferencia entre ambos discursos es que mientras Bush alude a las “tiranías” o gobiernos no democráticos sin mencionar al terrorismo, Obama sí alude a esto último.
Muestra
Ya hemos dicho que, una vez analizados con el diccionario los dos discursos completos, estudiamos un sector mucho más breve y específico consistente en la descripción que cada relator hace del enemigo y las acciones, decisiones y justificaciones que proponen:
Síntesis de las frases de Bush:
“Estados Unidos defendió nuestra propia libertad al mantenerse alerta en fronteras distantes”
“Mientras en naciones enteras del mundo hiervan el resentimiento y la tiranía, propensas a ideologías que alimentan el odio y justifican el asesinato, se acumulará la violencia y se multiplicará el poder destructivo, y cruzarán las fronteras mejor defendidas y representarán una amenaza mortal”
“La supervivencia de la libertad en nuestro país depende cada vez más del éxito de la libertad en otros países”
“Poner fin a la tiranía en el mundo”
“Nos defenderemos y defenderemos a nuestros amigos con la fuerza de las armas”
“Mi deber más solemne es proteger a esta nación y sus ciudadanos de más ataques y de amenazas emergentes”
“Algunos han mostrado su devoción a nuestro país con muertes que han honrado sus vidas enteras, y siempre recordaremos sus nombres y su sacrificio”
Síntesis de las frases de Obama:
“Nuestro país está en guerra contra una red de violencia y odio de gran alcance”
“Estamos listos para asumir el liderazgo”
“Comenzaremos a dejar Irak, de manera responsable, en manos de su pueblo, y forjar ua paz duramente ganada en Afganistán”
“Para aquellos que pretenden lograr sus objetivos acudiendo al terrorismo y a la matanza de inocentes, les decimos que ahora nuestro espíritu es más fuerte, no pude romperse; no pueden perdurar más que nosotros les derrotaremos”
“Al contemplar el camino que se abre ante nosotros, recordamos con humilde gratitud a aquellos estadounidenses valientes quienes, en este mismo momento, patrullan lejanos desiertos y distantes montañas”
Análisis
Análisis de las palabras
Las grillas que siguen muestran la distribución de frecuencias de ambos discursos (Bush y Obama) tomando en cuenta los textos completos, así como los sectores específicos seleccionados:
Deseos y percentiles en Bush:
LI: 80
O1: 15
O2: 55
A1: 100
A2: 10
FU: 0
FG: 5
Deseos y percentiles en Obama:
LI: 35
O1: 100
O2: 60
A1: 100
A2: 0
FU: 100
FG: 55
Análisis de los actos del habla
En las escenas desplegadas por Bush encontramos los siguientes actos del habla:
Justificación (A2), descripción de situaciones concretas (A2), advertencia (FU), denuncia (A1), exageraciones (FG), enlace causal (A2), proyecto de acción (A2), amenaza (A1), imposición de obligaciones (A2) y exaltación del sacrificio (O2).
En repertorio de actos del habla de Obama, muestra bastantes similitudes:
Descripción de situaciones concretas (A2), advertencia (FU), denuncia (A1), exageraciones (FG), proyecto de acción (A2), amenaza (A1), imposición de obligaciones (A2) y exaltación del sacrificio (O2).
La decisión concreta que plantea Bush es poner fin a las tiranías en el mundo, para lo cual recurre a diversos argumentos. Entre ellos, explica (e intenta persuadir acerca del) peligro que entrañan tales gobiernos antidemocráticos, peligro que justifica una acción defensiva de ataque. Todo ello se refuerza con tres recursos adicionales: por un lado, una serie de advertencias, cuyos destinatarios son los propios ciudadanos norteamericanos, cuya función, conjeturamos, es sembrar temor en la población; por otro lado, el énfasis que conduce a englobar al “otro” en una totalidad homogénea (por ejemplo, cuando alude a “naciones enteras”). Finalmente, la exaltación del sacrificio es un modo de apelar al ideal del amor (o la devoción) a la patria y que contiene un sesgo de manipulación emocional. En cuanto al discurso de Obama, una diferencia con el discurso precedente se da ya no en los deseos ni en los actos del habla, sino en la característica del proyecto de acción (A2). Mientras que Bush propone poner fin a la tiranía, Obama propone el retiro de las tropas de Irak y Afganistán. En cuanto a la caracterización del enemigo, para ambos relatores el adversario posee atributos A1 (tiranos, red de violencia). La diferencia, quizá, es que mientras Bush localiza al enemigo en determinados países, para Obama pierde dicha localización. Por otro lado, en el discurso de Bush resalta más un tipo de lógica que podríamos describir como “no hay mejor defensa que un buen ataque” y, a su vez, también es más evidente en su discurso una cosmovisión según la cual el mundo está poblado por dobles iguales (los que aman la libertad) y dobles hostiles (los que alimentan el odio).
Las siguientes grillas reordenan los resultados del análisis de los actos del habla:
Bush
Descripción del adversario (enemigo): A1
Propósito (decisiones): A2 – A1
Propósito (justificaciones): A2 – O2
Ideales: Justicia, orden y amor
Obama
Descripción del adversario (enemigo): A1
Propósito (decisiones): A2
Propósito (justificaciones): A2 – O2
Ideales: Orden, justicia y amor
Contraste entre ambos niveles de análisis
El contraste que podemos hacer resulta limitado ya que, como señalamos previamente, no contamos con una distribución de frecuencias para el análisis de los actos del habla en el discurso político.
Tengamos en cuenta que el nivel de las palabras nos informa el repertorio de deseos de un sujeto, los cuales podrán, en determinados momentos, expresarse en escenas desplegadas o bien mantenerse en amago. En efecto, el nivel de los actos del habla parece ser el más sensible a los influjos del contexto inmediato (Maldavsky; 2012) y de allí puede derivar gran parte de las divergencias entre ambos niveles de análisis (palabras y actos del habla).
En virtud de carecer del instrumento adecuado (distribución de frecuencias para actos del habla) para analizar las diferencias ínter-niveles, podemos estudiar, sobre todo, aquellos deseos que han tenido un alto valor en el nivel de las redes de palabras y una presencia nula en el nivel de los actos del habla y, a la inversa, los deseos que tienen un bajo nivel en las redes de palabras y una presencia significativa en los actos del habla.
Concretamente, podemos subrayar: el valor alto (cerca del extremo superior) para el deseo LI en Bush y el valor extremo alto para el deseo O1 en Obama, en las palabras, en tanto no hemos detectado actos del habla LI para Bush ni O1 para Obama. Nos preguntamos, pues, si en el caso de Bush, la hipertrofia de LI en las palabras acompañadas de una ausencia de actos del habla LI, puede entenderse como tentativa de conservar sin desplegar un argumento económico subyacente a las acciones bélicas. En cambio, en el caso de Obama (hipertrofia de O1 en las palabras y ausencia de dicho deseo en los actos del habla) la diferencia puede ser expresión –no evidenciada- de la falsedad de ciertos argumentos y/o proyectos.
Por otra parte, en el nivel de las redes de palabras, el deseo A2 tiene un percentil muy bajo para Bush (10) y nulo en Obama (0), en tanto que ambos relatores despliegan actos del habla correspondientes a dicho deseo. Conjeturamos, pues, que tales actos del habla (como las justificaciones, descripción de situaciones concretas, enlaces causales, imposición de obligaciones, etc.) responden a un requerimiento del rol y del contexto en cuanto a exhibir racionalidad y ajuste a la legalidad. Ello nos recuerda el dicho latino: “Excusatio non petita, accusatio manifesta”: “Una excusa no pedida, es una acusación manifiesta”. Es decir, quien se esfuerza por dar excusas –sin que nadie se las pida- se delata a sí mismo.
La libertad y sus guerras
Los estudios psicoanalíticos sobre las guerras comprenden tres temas frecuentes: el por qué de las mismas y sus causas; los efectos de las acciones bélicas (en los implicados inmediatos y en la trama social extensa); cómo prevenirla o evitarla (posibilidad del desarrollo del pacifismo).
En diversas ocasiones Freud sostuvo que el derecho contiene, en su fundamento, la denegación de la violencia. Es decir, para Freud la violencia dio paso al derecho a partir de la unión de muchos para compensar el poder del más fuerte. Agrega que la condición psicológica para que se consume este pasaje de la violencia al derecho, la unión de muchos tiene que ser duradera.
Una de las propuestas de Freud relativas a la contención de la violencia consiste en “trasferir el poder a una unidad mayor que se mantiene cohesionada por ligazones de sentimiento entre sus miembros” (1932, pág. 189). Esta construcción de una “unidad mayor” vale tanto para la regulación intrapaís (relación entre ciudadanos) como para el mundo en general (relación entre los países).
Ello nos lleva al problema de los ideales, en particular al examen de su forma. Atribuir o trasferir el poder a una instancia mayor supone, pues, que ningún gobernante deberá creer que él mismo es el poder (o la justicia, o la democracia, etc.). Si Obama plantea ser el “líder” en la lucha contra el terrorismo, está interfiriendo en ese proceso de posicionamiento en relación con una instancia mayor, más amplia. Esta misma preocupación planteó Freud: “en nuestra época no existe una idea a la que pudiera conferirse semejante autoridad unificadora. Es harto evidente que los ideales nacionales que hoy imperan en los pueblos los esfuerzan a una acción contraria” (op. cit., pág. 192).
El ideal del yo tiene una serie de funciones en relación con la representación-grupo: dar cuenta del origen del grupo, de aquello que los hermana y los identifica, garantizar el destino triunfal de dicho grupo, así como la cohesión entre sus integrantes, y ofrecer amparo y sentido psíquico a la vida individual pese a los sinsabores y la miseria de la vida cotidiana.
Hace 80 años Einstein y Freud tuvieron un intercambio epistolar en el que ambos se mostraron preocupados por la amenaza de nuevas guerras y las consecuencias que tendrían. Los temores de ambos, sus interrogantes y, también, algunas de sus hipótesis, siguen vigentes en la actualidad y reclaman renovadas acciones preventivas e investigaciones concretas.
Freud entendía que no podría eliminarse la humana inclinación hacia la agresión aunque sí podría intentarse desviarla en alguna medida. Para ello, deberán reducirse los abusos de poder por parte del Estado así como la incitación bélica de todo tipo. Frente al interrogante común sobre cómo es que han de ocurrir tales atrocidades, la teoría freudiana sugiere partir de un interrogante inverso: no solo por qué puede imponerse la tendencia a la supresión de lo vital, sino cómo ha podido crearse un universo complejo en que predominen la ética, la solidaridad y la ternura.
Freud supuso que la complejización psíquica deriva del encuentro de la afinidad en la diferencia y, de modo global, advertimos dos grandes riesgos: la supresión de la afinidad, que conduce a un rechazo radical del otro o, por el contrario, la pérdida de la diferencia, que conduce a una nivelación inerte. En este sentido, tal vez podamos distinguir el carácter humanista o no de un discurso según dos variables: a) qué tanto ha quedado suprimida la afinidad respecto de los grupos contrarios; b) qué tanto ha quedado suprimida la diferencia al interior del propio grupo.
Los discursos estudiados nos permiten reflexionar, únicamente, sobre el primer criterio: la supresión de la afinidad en relación con aquellos que quedan incluidos en la posición del enemigo. Si en la política quedan jerarquizados los deseos vengativos, los discursos falsos, las manipulaciones emocionales o el afán de ganancia, no estaremos en un escenario político en que predominen los lazos fraternos.
Finalmente, y a la vista de discursos que pregonan un presunto interés por la libertad, no es ocioso recordar las palabras de Freud en El malestar en la cultura:
“La libertad individual no es un patrimonio de la cultura. Fue máxima antes de toda cultura; es verdad que en esos tiempos las más de las veces carecía de valor, porque el individuo difícilmente estaba en condiciones de preservarla. Por obra del desarrollo cultural experimenta limitaciones, y la justicia exige que nadie escape a ellas. Lo que en una comunidad humana se agita como esfuerzo libertario puede ser la rebelión contra una injusticia vigente, en cuyo caso favorecerá un ulterior desarrollo de la cultura, será conciliable con esta. Pero también puede provenir del resto de la personalidad originaria, un resto no domeñado por la cultura, y convertirse de ese modo en base para la hostilidad hacia esta última. El esfuerzo libertario se dirige entonces contra determinadas formas y exigencias de la cultura, o contra ella en general. No parece posible impulsar a los seres humanos, mediante algún tipo de influjo, a trasmudar su naturaleza en la de una termita: defenderá siempre su demanda de libertad individual en contra de la voluntad de la masa. Buena parte de la brega de la humanidad gira en torno de una tarea: hallar un equilibrio acorde a fines, vale decir, dispensador de felicidad, entre esas demandas individuales y las exigencias culturales de la masa; y uno de los problemas que atañen a su destino es saber si mediante determinada configuración cultural ese equilibrio puede alcanzarse o si el conflicto es insalvable”.
Bibliografía
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domingo, 5 de agosto de 2012
lunes, 18 de junio de 2012
Estructura, significación y función del discurso político
Sebastián Plut
El análisis del discurso político, frecuentemente, procura detectar si las narraciones poseen (o no) una forma específica y/o más o menos estable. Tomaré, específicamente, las propuestas de Scavino (Rebeldes y confabulados) ya que identifica y sintetiza algunas características canónicas de los relatos políticos.
En primer lugar, sostiene que toda narración política establece una distinción entre amigos y enemigos, entre un “nosotros” y un “ellos” (esta proposición ha sido sostenida por autores de orientaciones y épocas diversas, como Schmitt, Laclau, entre otros). Para ello, con independencia de su orientación ideológica, el relator utiliza una gramática política que se despliega en una secuencia de tres momentos: denuncia (del orden establecido), exhortación (a la lucha contra los enemigos del pueblo) y promesa (de redención o salvación). Las variaciones, pues, se darán en función de cuál es el sistema que se denuncia, a qué sujetos se exhorta y qué triunfo se les promete.
Por otro lado, sostiene que hay política en tanto un partido se arrogue la representación del pueblo en su totalidad, lo cual constituye un aspecto central del discurso. Por ejemplo, si un partido o grupo combate contra el comunismo, no lo hace en nombre del “anticomunismo”, sino en representación de todo el pueblo, la nación, la patria, etc.
Veamos, entonces, concretamente los componentes del relato:
a) un grupo víctima (que sufre la invasión, es oprimido, estafado, desempleado, etc.);
b) un agresor, enemigo, culpable o responsable (los especuladores, los infiltrados, los corruptos, el imperialismo, los militares, etc.);
c) un héroe salvador (persona, partido, ideología, ejército, etc.);
d) qué es lo que hay que restablecer, cuál es la promesa (orden, justicia, libertad, prosperidad, distribución equitativa, etc.).
En suma, la política para Scavino consiste en la constitución de la unidad popular a partir de un antagonismo. Una pregunta que, nos parece, aun requiere de mayores estudios, es cuál es el factor eficaz para la unidad: ¿el líder, la localización del adversario o ambos son las dos caras de una misma moneda?
De hecho, cita a Proudhon cuando sostuvo que “quien dice humanidad, desea embaucar”, ya que quien habla (un líder, un partido) lo hace en nombre de una “totalidad” no obstante pertenece a un grupo específico.
Consideramos que, entonces, resulta relevante contar con instrumentos que permitan pesquisar si los ideales expresados (por ejemplo, al hablar de la “humanidad” o de la “nación”, etc.) corresponden a ideales de mayor o menor abarcatividad. En efecto, hablar en nombre de un presunto “todos” (por ejemplo, en nombre del “país” o de la “comunidad internacional”) puede configurar una apariencia que encubre un exiguo nivel de abstracción. Dicho de otro modo, el problema requiere no solo tomar nota del ideal expresado por el líder, sino en qué medida dicho líder supone ser él mismo el ideal y cuál es la distancia que sostiene entre su yo y lo que aspira a ser.
La construcción de la posición ajena (hostil) y, por consiguiente, de la propia presenta algunos pasos lógicos:
a) determinados “sujetos” poseen un determinado atributo (por ejemplo, “hay judíos usureros”, “ciertos empleados públicos son ñoquis” o “algunos jóvenes son violentos”);
b) generalización: todos los miembros del grupo de ese sujeto tienen la misma característica (“todos los judíos…”, o “todos los jóvenes….”, etc.);
c) ese grupo con sus conductas constituyen la causa y explicación de todos los males.
A su vez, al localizar a un determinado grupo como hostil (por ejemplo, los comunistas), combatirlos no será tarea únicamente de los anticomunistas sino de todo el pueblo, nación o país. Esto es, el que no se oponga al comunismo será objeto de las mismas acusaciones o críticas.
Otro aspecto destacado por Scavino refiere al modo en que cada productor de un relato político construye una continuidad entre el pasado y el presente, al punto que grupos o sectores muy diversos entre sí (por ejemplo, yrigoyenistas, fascistas o montoneros) pueden proponer como su punto de partida un mismo suceso histórico (por ejemplo, la Revolución de Mayo).
De este modo, analiza expresiones habituales del tipo “hoy como ayer” o “una vez más” para advertir que la narración política cuenta una historia “épica” que establece un lazo temporal (continuidad) entre dos o más épocas, como si el antagonismo “entre nosotros y ellos” hubiese sido siempre el mismo (dimensión mítica del grupo). Más aun, para el autor las narraciones políticas se adueñan de los acontecimientos fundacionales de una nación y los transforman en ejemplos dignos de continuarse, en “alegorías proféticas de la revolución venidera” (pág. 163). Por ello, también afirma que el discurso político tiene el sentido de una memoria que no evoca únicamente el pasado sino también el futuro.
A diferencia del planteo de Scavino y de otros autores que jerarquizan el análisis formal del discurso, por nuestra parte lo combinamos con un análisis de contenido, un estudio semántico, por lo cual cobran relevancia tipos específicos de deseos e ideales.
A su vez, categorizamos los ideales por su forma (en términos de su creciente grado de abstracción y abarcatividad) y por su contenido, el cual deriva de una decantación de la erogeneidad. Cabe agregar que a cada uno de estos tipos de ideal le corresponde un modo de representación preconsciente del líder, del propio grupo, de las diferentes posiciones que el yo puede ocupar y también del grupo hostil.
En un trabajo reciente nos centramos en los discursos de asunción a la presidencia de la nación y, en parte del estudio, tomamos en cuenta: a) que el relator se empeña en despertar el crédito en el destinatario del mensaje. Es decir, debe convencer a su auditorio respecto de su propio proyecto y de su propia capacidad para conducir el gobierno y afrontar los problemas correspondientes; b) que el discurso pone en evidencia los referentes del relator, las cualidades de su objeto, de sí mismo, de la acción que propone en relación con dicho objeto y del grupo hostil.
Freud: del poeta al político y la psicología de los pueblos
En la siguiente frase, originalmente de Freud, sustituimos la palabra ‘poeta’ por ‘político’: ‘A nosotros siempre nos intrigó poderosamente averiguar de dónde esa maravillosa personalidad, el político, toma sus materiales, y cómo logra conmovernos con ellos, provocar en nosotros unas excitaciones de las que quizá ni siquiera nos creíamos capaces’.
Efectivamente, algunas peculiaridades del poeta que Freud menciona, además del efecto recién señalado, presentan una importante semejanza con el relato político. Veamos algunas de ellas:
1) Freud sostuvo el nexo entre fantasear e insatisfacción: “deseos insatisfechos son las fuerzas pulsionales de las fantasías, y cada fantasía singular es un cumplimiento de deseo”. Es sobre esta insatisfacción, pues, que recae el relato ofrecido por el político, en particular al localizar la propia posición de víctima de aquellos a los que dice representar;
2) Posteriormente, Freud destaca otro nexo, esta vez entre el fantasear y la temporalidad: “una fantasía oscila entre tres tiempos. El trabajo anímico se anuda a una impresión actual, a una ocasión del presente que fue capaz de despertar los grandes deseos de la persona; desde ahí se remonta al recuerdo de una vivencia anterior en que aquel deseo se cumplía, y entonces crea una situación referida al futuro que se figura como el cumplimiento de ese deseo”. Esta descripción es consistente con los tres momentos diferenciados por Scavino (denuncia, exhortación y promesa) así como también con la estructura que analizamos en las secuencias narrativas y que derivan del valor formalizador de las fantasias primordiales: despertar del deseo, tentativa de consumación y consecuencias de dicha tentativa (seducción, escena primaria y castración respectivamente). Claro que, además del orden secuencial, cobran relevancia la continuidad temporal establecida de ese modo (entre el pasado y el futuro) y la construcción de un pasado omnipotente del cual el relator se apropia como argumento para afrontar el presente. Algo de esto también ha sido formulado por Freud en otro trabajo al referirse a la novela familiar como una manera de procurarse padres ideales.
3) Otro componente afín entre el relato del político, del fantaseador, soñante o poeta, es que “todos ellos tienen un héroe situado en el centro del interés y para quien el poeta procura por todos los medios ganar nuestra simpatía”. Se advierte aquí la importancia de un personaje particular, el héroe, y la simpatía (identificación) que nos une a aquel. Esto es, se trata de una trama vincular entre el sujeto, su referente y sus destinatarios. Podemos volver, nuevamente, a La novela familiar de los neuróticos, ya que allí retoma el problema del héroe para mencionar la legitimidad que este reclama en comparación con los rivales (hermanos) a los que considera ilegítimos;
4) Freud también menciona la tajante división entre personas “buenas y malas, renunciando a la riqueza de matices que se observa en los caracteres humanos reales”. Nos parece que la semejanza entre este punto y la modalidad de las narraciones políticas no merece mayor explicitación, lo cual, evidentemente, sigue la línea del antagonismo como supuesto de base de la construcción política;
5) Finalmente, no puede pasársenos por alto que Freud pone en una misma serie al fantasear neurótico no solo con la poesía, sino también con los mitos, sagas, etc., esto es, no hace sino colocar la actividad poética (y fantaseadora) en el contexto de la ‘psicología de los pueblos’.
Por último, la tendencia de la “parte” a colocarse como la representación del “todo” nos condujo a considerar la lógica del fetichismo examinada por Freud en tanto objeto parcial colocado en lugar del (o a costa del) conjunto.
Asimismo, tengamos en cuenta que el fetiche: a) obtura una percepción; b) se opone a un duelo (por lo que debiera ser resignado); c) permite conservar y sostener una creencia; d) sostiene la omnipotencia narcisista.
Freud ilustra su hipótesis afirmando que si estos pacientes (fetichistas) admiten la castración, “acaso el adulto vivenciará luego un pánico semejante si se proclama que el trono y el altar peligran”. Aquí también Freud desplaza sus premisas desde el ámbito más restringido de la clínica al terreno más amplio de la psicología social.
El análisis del discurso político, frecuentemente, procura detectar si las narraciones poseen (o no) una forma específica y/o más o menos estable. Tomaré, específicamente, las propuestas de Scavino (Rebeldes y confabulados) ya que identifica y sintetiza algunas características canónicas de los relatos políticos.
En primer lugar, sostiene que toda narración política establece una distinción entre amigos y enemigos, entre un “nosotros” y un “ellos” (esta proposición ha sido sostenida por autores de orientaciones y épocas diversas, como Schmitt, Laclau, entre otros). Para ello, con independencia de su orientación ideológica, el relator utiliza una gramática política que se despliega en una secuencia de tres momentos: denuncia (del orden establecido), exhortación (a la lucha contra los enemigos del pueblo) y promesa (de redención o salvación). Las variaciones, pues, se darán en función de cuál es el sistema que se denuncia, a qué sujetos se exhorta y qué triunfo se les promete.
Por otro lado, sostiene que hay política en tanto un partido se arrogue la representación del pueblo en su totalidad, lo cual constituye un aspecto central del discurso. Por ejemplo, si un partido o grupo combate contra el comunismo, no lo hace en nombre del “anticomunismo”, sino en representación de todo el pueblo, la nación, la patria, etc.
Veamos, entonces, concretamente los componentes del relato:
a) un grupo víctima (que sufre la invasión, es oprimido, estafado, desempleado, etc.);
b) un agresor, enemigo, culpable o responsable (los especuladores, los infiltrados, los corruptos, el imperialismo, los militares, etc.);
c) un héroe salvador (persona, partido, ideología, ejército, etc.);
d) qué es lo que hay que restablecer, cuál es la promesa (orden, justicia, libertad, prosperidad, distribución equitativa, etc.).
En suma, la política para Scavino consiste en la constitución de la unidad popular a partir de un antagonismo. Una pregunta que, nos parece, aun requiere de mayores estudios, es cuál es el factor eficaz para la unidad: ¿el líder, la localización del adversario o ambos son las dos caras de una misma moneda?
De hecho, cita a Proudhon cuando sostuvo que “quien dice humanidad, desea embaucar”, ya que quien habla (un líder, un partido) lo hace en nombre de una “totalidad” no obstante pertenece a un grupo específico.
Consideramos que, entonces, resulta relevante contar con instrumentos que permitan pesquisar si los ideales expresados (por ejemplo, al hablar de la “humanidad” o de la “nación”, etc.) corresponden a ideales de mayor o menor abarcatividad. En efecto, hablar en nombre de un presunto “todos” (por ejemplo, en nombre del “país” o de la “comunidad internacional”) puede configurar una apariencia que encubre un exiguo nivel de abstracción. Dicho de otro modo, el problema requiere no solo tomar nota del ideal expresado por el líder, sino en qué medida dicho líder supone ser él mismo el ideal y cuál es la distancia que sostiene entre su yo y lo que aspira a ser.
La construcción de la posición ajena (hostil) y, por consiguiente, de la propia presenta algunos pasos lógicos:
a) determinados “sujetos” poseen un determinado atributo (por ejemplo, “hay judíos usureros”, “ciertos empleados públicos son ñoquis” o “algunos jóvenes son violentos”);
b) generalización: todos los miembros del grupo de ese sujeto tienen la misma característica (“todos los judíos…”, o “todos los jóvenes….”, etc.);
c) ese grupo con sus conductas constituyen la causa y explicación de todos los males.
A su vez, al localizar a un determinado grupo como hostil (por ejemplo, los comunistas), combatirlos no será tarea únicamente de los anticomunistas sino de todo el pueblo, nación o país. Esto es, el que no se oponga al comunismo será objeto de las mismas acusaciones o críticas.
Otro aspecto destacado por Scavino refiere al modo en que cada productor de un relato político construye una continuidad entre el pasado y el presente, al punto que grupos o sectores muy diversos entre sí (por ejemplo, yrigoyenistas, fascistas o montoneros) pueden proponer como su punto de partida un mismo suceso histórico (por ejemplo, la Revolución de Mayo).
De este modo, analiza expresiones habituales del tipo “hoy como ayer” o “una vez más” para advertir que la narración política cuenta una historia “épica” que establece un lazo temporal (continuidad) entre dos o más épocas, como si el antagonismo “entre nosotros y ellos” hubiese sido siempre el mismo (dimensión mítica del grupo). Más aun, para el autor las narraciones políticas se adueñan de los acontecimientos fundacionales de una nación y los transforman en ejemplos dignos de continuarse, en “alegorías proféticas de la revolución venidera” (pág. 163). Por ello, también afirma que el discurso político tiene el sentido de una memoria que no evoca únicamente el pasado sino también el futuro.
A diferencia del planteo de Scavino y de otros autores que jerarquizan el análisis formal del discurso, por nuestra parte lo combinamos con un análisis de contenido, un estudio semántico, por lo cual cobran relevancia tipos específicos de deseos e ideales.
A su vez, categorizamos los ideales por su forma (en términos de su creciente grado de abstracción y abarcatividad) y por su contenido, el cual deriva de una decantación de la erogeneidad. Cabe agregar que a cada uno de estos tipos de ideal le corresponde un modo de representación preconsciente del líder, del propio grupo, de las diferentes posiciones que el yo puede ocupar y también del grupo hostil.
En un trabajo reciente nos centramos en los discursos de asunción a la presidencia de la nación y, en parte del estudio, tomamos en cuenta: a) que el relator se empeña en despertar el crédito en el destinatario del mensaje. Es decir, debe convencer a su auditorio respecto de su propio proyecto y de su propia capacidad para conducir el gobierno y afrontar los problemas correspondientes; b) que el discurso pone en evidencia los referentes del relator, las cualidades de su objeto, de sí mismo, de la acción que propone en relación con dicho objeto y del grupo hostil.
Freud: del poeta al político y la psicología de los pueblos
En la siguiente frase, originalmente de Freud, sustituimos la palabra ‘poeta’ por ‘político’: ‘A nosotros siempre nos intrigó poderosamente averiguar de dónde esa maravillosa personalidad, el político, toma sus materiales, y cómo logra conmovernos con ellos, provocar en nosotros unas excitaciones de las que quizá ni siquiera nos creíamos capaces’.
Efectivamente, algunas peculiaridades del poeta que Freud menciona, además del efecto recién señalado, presentan una importante semejanza con el relato político. Veamos algunas de ellas:
1) Freud sostuvo el nexo entre fantasear e insatisfacción: “deseos insatisfechos son las fuerzas pulsionales de las fantasías, y cada fantasía singular es un cumplimiento de deseo”. Es sobre esta insatisfacción, pues, que recae el relato ofrecido por el político, en particular al localizar la propia posición de víctima de aquellos a los que dice representar;
2) Posteriormente, Freud destaca otro nexo, esta vez entre el fantasear y la temporalidad: “una fantasía oscila entre tres tiempos. El trabajo anímico se anuda a una impresión actual, a una ocasión del presente que fue capaz de despertar los grandes deseos de la persona; desde ahí se remonta al recuerdo de una vivencia anterior en que aquel deseo se cumplía, y entonces crea una situación referida al futuro que se figura como el cumplimiento de ese deseo”. Esta descripción es consistente con los tres momentos diferenciados por Scavino (denuncia, exhortación y promesa) así como también con la estructura que analizamos en las secuencias narrativas y que derivan del valor formalizador de las fantasias primordiales: despertar del deseo, tentativa de consumación y consecuencias de dicha tentativa (seducción, escena primaria y castración respectivamente). Claro que, además del orden secuencial, cobran relevancia la continuidad temporal establecida de ese modo (entre el pasado y el futuro) y la construcción de un pasado omnipotente del cual el relator se apropia como argumento para afrontar el presente. Algo de esto también ha sido formulado por Freud en otro trabajo al referirse a la novela familiar como una manera de procurarse padres ideales.
3) Otro componente afín entre el relato del político, del fantaseador, soñante o poeta, es que “todos ellos tienen un héroe situado en el centro del interés y para quien el poeta procura por todos los medios ganar nuestra simpatía”. Se advierte aquí la importancia de un personaje particular, el héroe, y la simpatía (identificación) que nos une a aquel. Esto es, se trata de una trama vincular entre el sujeto, su referente y sus destinatarios. Podemos volver, nuevamente, a La novela familiar de los neuróticos, ya que allí retoma el problema del héroe para mencionar la legitimidad que este reclama en comparación con los rivales (hermanos) a los que considera ilegítimos;
4) Freud también menciona la tajante división entre personas “buenas y malas, renunciando a la riqueza de matices que se observa en los caracteres humanos reales”. Nos parece que la semejanza entre este punto y la modalidad de las narraciones políticas no merece mayor explicitación, lo cual, evidentemente, sigue la línea del antagonismo como supuesto de base de la construcción política;
5) Finalmente, no puede pasársenos por alto que Freud pone en una misma serie al fantasear neurótico no solo con la poesía, sino también con los mitos, sagas, etc., esto es, no hace sino colocar la actividad poética (y fantaseadora) en el contexto de la ‘psicología de los pueblos’.
Por último, la tendencia de la “parte” a colocarse como la representación del “todo” nos condujo a considerar la lógica del fetichismo examinada por Freud en tanto objeto parcial colocado en lugar del (o a costa del) conjunto.
Asimismo, tengamos en cuenta que el fetiche: a) obtura una percepción; b) se opone a un duelo (por lo que debiera ser resignado); c) permite conservar y sostener una creencia; d) sostiene la omnipotencia narcisista.
Freud ilustra su hipótesis afirmando que si estos pacientes (fetichistas) admiten la castración, “acaso el adulto vivenciará luego un pánico semejante si se proclama que el trono y el altar peligran”. Aquí también Freud desplaza sus premisas desde el ámbito más restringido de la clínica al terreno más amplio de la psicología social.
viernes, 15 de junio de 2012
viernes, 30 de marzo de 2012
La banalización sin frenos
Sebastián Plut
¿Asunto cerrado?
El conductor del tren habría declarado que si bien advirtió un problema en los frenos, no se animó a detener el viaje por temor al caos que se desataría con los pasajeros. Curioso fenóme-no que podría sintetizarse en la siguiente expresión: “como no andan los frenos, mejor no fre-no”. Si esto es lo que afirmó y si efectivamente esto es lo que le sucedió, no podemos menos que inferir el alto nivel de sufrimiento que debe padecer, diariamente, en su trabajo. ¿Qué es lo que ocurre, en el desempeño cotidiano del trabajo, para que una persona tome tamaña deci-sión (si es que puede llamarse decisión)?
Christophe Dejours, uno de los autores más destacados en materia de psicodinámica del traba-jo, ha investigado profundamente el sufrimiento laboral. No podré sintetizar aquí sus ideas ni interpretar desde su enfoque el “desastre previsible” que ocurrió hace pocos días en la Estación de Once, pero resulta ilustrativo citar el diálogo entre un ingeniero y un jefe (del servicio fran-cés de ferrocarriles) que transcribe en su libro La banalización de la injusticia social (Ed. Topia). El ingeniero reportó un incidente, en el que las barreras automáticas no habrían funcionado, sin que se produjera accidente alguno, y luego de lo cual, sin mediar ninguna intervención técnica, las mencionadas barreras volvieron a operar normalmente. A pesar de ello, el ingeniero insistía en el problema y sucede el siguiente diálogo (pág. 29):
Jefe: ¿Hubo descarrilamiento?
Ingeniero: No.
Jefe: ¿Hubo colisión con un vehículo o un peatón?
Ingeniero: No.
Jefe: ¿Hubo heridos o muertos?
Ingeniero: No.
Jefe: Entonces, no hubo incidente. El asunto queda cerrado.
Durante algunos días, ciertos medios periodísticos informaron que el maquinista habría dicho que comunicó al área de control que no andaban los frenos, a pesar de lo cual le habrían res-pondido que continuara el viaje.
En rigor de verdad, no puedo saber si el motorman dijo y se desdijo, si se trató una maniobra periodística, o alguna otra alternativa. De todos modos, resulta sugerente la escena así figura-da: alguien pide ayuda (o informa un problema) y otro desoye el anuncio. En cierto sentido, de hecho, no difiere de lo que el conductor del tren habría comentado con posterioridad (respecto de la posible reacción de los usuarios). En efecto, en ambos casos la escena corresponde a un sujeto a quien otros le imponen “seguir” pese a no tener frenos. O, lo que es lo mismo, el suje-to no tiene un destinatario para su pedido. En suma, la vivencia que suelen tener las personas que atraviesan un trauma social comprende la presunción de una indiferencia en el interlocutor. Esto es, la indiferencia captada en el mundo deriva de una proyección de la propia tendencia a desinvestir desarrollada en el yo de quienes pasaron por el trauma. Claro que, si esta proposi-ción es verosímil, su corolario es que el maquinista ya operaba en un estado similar al de los traumatizados, estado que, más allá de sus propias circunstancias vitales, es la resultante de un sistema laboral determinado.
Un “desastre previsible”
En las décadas de los ’60 y ’70 se desarrolló una metodología para el estudio de “accidentes”, denominada “Árbol de causas”, utilizada para determinar los factores intervinientes. Dicha me-todología adopta una perspectiva pluricausal y, a su vez, analiza el suceso como un síntoma que pone de manifiesto perturbaciones funcionales de la organización. Sin embargo, conviene recordar que Robert Villate (El método Árbol de causas, Ed. CEIL) sostiene que el análisis de las causas no es un fin sino un medio y que solo tiene interés si conduce a acciones de prevención.
Asimismo, el autor explica que suelen combinarse errores humanos y técnicos, no obstante aclara que “la posibilidad de que un hombre cometa un error se debe en parte a que otro hom-bre no pudo o no supo preveer esa posibilidad de error y no hizo nada para preverla o eliminar las consecuencias” (pág. 24).
Los familiares de las víctimas (víctimas también) han denominado a la tragedia del 22 de febre-ro un “desastre previsible”. Si bien en otro contexto, Galli y Malfé (“Desocupación, identidad y salud”) distinguen tres tipos de crisis: las previsibles (por ejemplo, la jubilación), las previsibles pero no datables por anticipado (fallecimiento de los progenitores, por ejemplo) y, por último, las posibles pero no previsibles (por ejemplo, un accidente).
Curiosamente, lo que ocurrió en la estación de Once, bajo otras circunstancias, sería un “acci-dente”, aunque si era previsible deja de serlo. Dicho de otro modo, los hechos a los que esta-mos aludiendo no parecen cuadrar claramente en la categorización de aquellos autores. La pregunta, entonces, será: ¿por qué un problema previsible no se transforma en prevenible? ¿Qué es lo que ocurre que las señales no conducen a la acción preventiva? En síntesis, no basta ahora con conocer las causas del suceso (sean errores técnicos y humanos, sea la corrupción política o la desidia empresarial) sino que resulta imperioso comprender no solo cómo se produ-jo el desastre sino, sobre todo, qué impidió su prevención.
Morir en un no-accidente
Hace casi 100 años, y a poco de comenzar la Primera Guerra Mundial, Freud (1915) escribió un artículo, De guerra y muerte, que se compone de dos partes: “La desilusión provocada por la guerra” y “Nuestra actitud hacia la muerte”.
En el primero de ellos, examina los efectos comunitarios de la guerra y, específicamente, las consecuencias que resultan de que el Estado prohíba la injusticia no tanto porque procure eli-minarla sino porque pretende monopolizarla. Agrega, pues, que no “puede asombrar que el aflojamiento de las relaciones éticas entre los individuos rectores de la humanidad haya reper-cutido en la eticidad de los individuos” (pág. 281). En el segundo sector del artículo, dedicado al modo en que pensamos la muerte, sostiene que nadie cree en la propia muerte y que, “por lo general, destacamos el ocasionamiento contingente de la muerte, el accidente, la contracción de una enfermedad, la infección, la edad avanzada, y así dejamos traslucir nuestro afán de rebajar la muerte de necesidad a contingencia” (pág. 291). Las proposiciones freudianas remi-ten a lo irrepresentable de la muerte en el inconciente, a la pervivencia del hombre primitivo en el hombre civilizado y, también, a la ambivalencia de sentimientos, no obstante, aquí pretendo tomar otra dirección. Es decir, si naturalmente nos negamos a admitir la inevitabilidad de la muerte, los traumas sociales imponen aun otra perturbación del pensar, en tanto ya no solo nos habituamos a considerarla una contingencia sino a comprender que tras las muertes siempre hallamos una injusticia. Basta con recordar el atentado a la AMIA, el avión de LAPA, la explo-sión de la fábrica militar de Río Tercero, Cromañón, entre otros tantos episodios, para evocar a todos los familiares en los que su duelo personal e íntimo, se superpone con una exposición mediática en la que, durante años, no cesan de reclamar justicia. Lógicamente, no veo en ello algo sino necesario e imperioso, aunque también advierto que al quedar empujados a la viven-cia de injusticia ello comporta una consecuencia adicional al dolor consistente en una perturba-ción del pensar sobre la muerte.
Aun antes que la injusticia
Retomemos ahora las hipótesis de Dejours a la luz de las ideas de Freud sobre la guerra. Aquél se interesó en estudiar la “banalización de la injusticia social”, especialmente a partir de los procesos de precarización laboral de la década del ’90. Sostiene, entonces, que muchas de las movilizaciones colectivas no encuentran su principal fuente de energía en la esperanza de un bienestar sino en la furia contra el sufrimiento y la injusticia, cuando ya alcanzan niveles intole-rables. Así, la acción colectiva constituye más una reacción que una acción. Lo que el autor entiende es que, paradójicamente, las denuncias conviven con una tolerancia creciente en que la sociedad civil se va familiarizando con la infelicidad. Finalmente, concluye que, como conse-cuencia de la corrupción política y económica, la acción directa de la denuncia es impotente porque, previamente, se desarrolló un proceso de “banalización del mal”. De este modo, propo-ne “reemplazar el objetivo de lucha contra la injusticia y el mal por un la lucha intermedia, que no está directamente dirigida contra el mal y la injusticia sino contra el proceso mismo de bana-lización” (pág. 131).
Escribir el trauma
He investigado e intervenido en diferentes situaciones de trauma social y sé de la fecundidad de las teorías con que contamos y de la importancia del trabajo con las personas afectadas. En este contexto, tienen valor explicativo y heurístico conceptos como duelo o trauma así como tiene eficacia para la elaboración del sufrimiento, la construcción de narrativas. Dicho de mane-ra resumida, esto último permite temporalizar la cantidad resultante de incitaciones exógenas desmesuradas, a través de la localización espacial y temporal, el desarrollo de cualidades y la detección de nexos causales.
Claro que, todo ello, es tan válido y útil como insuficiente, ya que solo toma en cuenta el efecto de un suceso en los afectados directamente. Recuerdo que un empleado bancario, durante el Corralito, decía: “tenemos que defender lo indefendible”. Esta misma frase, por qué no, podría haber sido expresada por el maquinista del tren del 22/02. Recuerdo también haberle dicho: “eso que decís contiene un interrogante: ¿quién defiende al indefenso?”.
En síntesis, si solo centramos el trabajo y la reflexión en el impacto que el hecho tuvo en las víctimas directas del choque, en el eslabón más afectado pero que está solo al final de una cadena, estaremos perdiendo de vista el sufrimiento psíquico de los trabajadores ferroviarios, la anestesiada infelicidad cívica cotidiana, la indiferencia empresarial y la apatía de los políticos. Si así ocurre, la banalización seguirá irrefrenable.
¿Asunto cerrado?
El conductor del tren habría declarado que si bien advirtió un problema en los frenos, no se animó a detener el viaje por temor al caos que se desataría con los pasajeros. Curioso fenóme-no que podría sintetizarse en la siguiente expresión: “como no andan los frenos, mejor no fre-no”. Si esto es lo que afirmó y si efectivamente esto es lo que le sucedió, no podemos menos que inferir el alto nivel de sufrimiento que debe padecer, diariamente, en su trabajo. ¿Qué es lo que ocurre, en el desempeño cotidiano del trabajo, para que una persona tome tamaña deci-sión (si es que puede llamarse decisión)?
Christophe Dejours, uno de los autores más destacados en materia de psicodinámica del traba-jo, ha investigado profundamente el sufrimiento laboral. No podré sintetizar aquí sus ideas ni interpretar desde su enfoque el “desastre previsible” que ocurrió hace pocos días en la Estación de Once, pero resulta ilustrativo citar el diálogo entre un ingeniero y un jefe (del servicio fran-cés de ferrocarriles) que transcribe en su libro La banalización de la injusticia social (Ed. Topia). El ingeniero reportó un incidente, en el que las barreras automáticas no habrían funcionado, sin que se produjera accidente alguno, y luego de lo cual, sin mediar ninguna intervención técnica, las mencionadas barreras volvieron a operar normalmente. A pesar de ello, el ingeniero insistía en el problema y sucede el siguiente diálogo (pág. 29):
Jefe: ¿Hubo descarrilamiento?
Ingeniero: No.
Jefe: ¿Hubo colisión con un vehículo o un peatón?
Ingeniero: No.
Jefe: ¿Hubo heridos o muertos?
Ingeniero: No.
Jefe: Entonces, no hubo incidente. El asunto queda cerrado.
Durante algunos días, ciertos medios periodísticos informaron que el maquinista habría dicho que comunicó al área de control que no andaban los frenos, a pesar de lo cual le habrían res-pondido que continuara el viaje.
En rigor de verdad, no puedo saber si el motorman dijo y se desdijo, si se trató una maniobra periodística, o alguna otra alternativa. De todos modos, resulta sugerente la escena así figura-da: alguien pide ayuda (o informa un problema) y otro desoye el anuncio. En cierto sentido, de hecho, no difiere de lo que el conductor del tren habría comentado con posterioridad (respecto de la posible reacción de los usuarios). En efecto, en ambos casos la escena corresponde a un sujeto a quien otros le imponen “seguir” pese a no tener frenos. O, lo que es lo mismo, el suje-to no tiene un destinatario para su pedido. En suma, la vivencia que suelen tener las personas que atraviesan un trauma social comprende la presunción de una indiferencia en el interlocutor. Esto es, la indiferencia captada en el mundo deriva de una proyección de la propia tendencia a desinvestir desarrollada en el yo de quienes pasaron por el trauma. Claro que, si esta proposi-ción es verosímil, su corolario es que el maquinista ya operaba en un estado similar al de los traumatizados, estado que, más allá de sus propias circunstancias vitales, es la resultante de un sistema laboral determinado.
Un “desastre previsible”
En las décadas de los ’60 y ’70 se desarrolló una metodología para el estudio de “accidentes”, denominada “Árbol de causas”, utilizada para determinar los factores intervinientes. Dicha me-todología adopta una perspectiva pluricausal y, a su vez, analiza el suceso como un síntoma que pone de manifiesto perturbaciones funcionales de la organización. Sin embargo, conviene recordar que Robert Villate (El método Árbol de causas, Ed. CEIL) sostiene que el análisis de las causas no es un fin sino un medio y que solo tiene interés si conduce a acciones de prevención.
Asimismo, el autor explica que suelen combinarse errores humanos y técnicos, no obstante aclara que “la posibilidad de que un hombre cometa un error se debe en parte a que otro hom-bre no pudo o no supo preveer esa posibilidad de error y no hizo nada para preverla o eliminar las consecuencias” (pág. 24).
Los familiares de las víctimas (víctimas también) han denominado a la tragedia del 22 de febre-ro un “desastre previsible”. Si bien en otro contexto, Galli y Malfé (“Desocupación, identidad y salud”) distinguen tres tipos de crisis: las previsibles (por ejemplo, la jubilación), las previsibles pero no datables por anticipado (fallecimiento de los progenitores, por ejemplo) y, por último, las posibles pero no previsibles (por ejemplo, un accidente).
Curiosamente, lo que ocurrió en la estación de Once, bajo otras circunstancias, sería un “acci-dente”, aunque si era previsible deja de serlo. Dicho de otro modo, los hechos a los que esta-mos aludiendo no parecen cuadrar claramente en la categorización de aquellos autores. La pregunta, entonces, será: ¿por qué un problema previsible no se transforma en prevenible? ¿Qué es lo que ocurre que las señales no conducen a la acción preventiva? En síntesis, no basta ahora con conocer las causas del suceso (sean errores técnicos y humanos, sea la corrupción política o la desidia empresarial) sino que resulta imperioso comprender no solo cómo se produ-jo el desastre sino, sobre todo, qué impidió su prevención.
Morir en un no-accidente
Hace casi 100 años, y a poco de comenzar la Primera Guerra Mundial, Freud (1915) escribió un artículo, De guerra y muerte, que se compone de dos partes: “La desilusión provocada por la guerra” y “Nuestra actitud hacia la muerte”.
En el primero de ellos, examina los efectos comunitarios de la guerra y, específicamente, las consecuencias que resultan de que el Estado prohíba la injusticia no tanto porque procure eli-minarla sino porque pretende monopolizarla. Agrega, pues, que no “puede asombrar que el aflojamiento de las relaciones éticas entre los individuos rectores de la humanidad haya reper-cutido en la eticidad de los individuos” (pág. 281). En el segundo sector del artículo, dedicado al modo en que pensamos la muerte, sostiene que nadie cree en la propia muerte y que, “por lo general, destacamos el ocasionamiento contingente de la muerte, el accidente, la contracción de una enfermedad, la infección, la edad avanzada, y así dejamos traslucir nuestro afán de rebajar la muerte de necesidad a contingencia” (pág. 291). Las proposiciones freudianas remi-ten a lo irrepresentable de la muerte en el inconciente, a la pervivencia del hombre primitivo en el hombre civilizado y, también, a la ambivalencia de sentimientos, no obstante, aquí pretendo tomar otra dirección. Es decir, si naturalmente nos negamos a admitir la inevitabilidad de la muerte, los traumas sociales imponen aun otra perturbación del pensar, en tanto ya no solo nos habituamos a considerarla una contingencia sino a comprender que tras las muertes siempre hallamos una injusticia. Basta con recordar el atentado a la AMIA, el avión de LAPA, la explo-sión de la fábrica militar de Río Tercero, Cromañón, entre otros tantos episodios, para evocar a todos los familiares en los que su duelo personal e íntimo, se superpone con una exposición mediática en la que, durante años, no cesan de reclamar justicia. Lógicamente, no veo en ello algo sino necesario e imperioso, aunque también advierto que al quedar empujados a la viven-cia de injusticia ello comporta una consecuencia adicional al dolor consistente en una perturba-ción del pensar sobre la muerte.
Aun antes que la injusticia
Retomemos ahora las hipótesis de Dejours a la luz de las ideas de Freud sobre la guerra. Aquél se interesó en estudiar la “banalización de la injusticia social”, especialmente a partir de los procesos de precarización laboral de la década del ’90. Sostiene, entonces, que muchas de las movilizaciones colectivas no encuentran su principal fuente de energía en la esperanza de un bienestar sino en la furia contra el sufrimiento y la injusticia, cuando ya alcanzan niveles intole-rables. Así, la acción colectiva constituye más una reacción que una acción. Lo que el autor entiende es que, paradójicamente, las denuncias conviven con una tolerancia creciente en que la sociedad civil se va familiarizando con la infelicidad. Finalmente, concluye que, como conse-cuencia de la corrupción política y económica, la acción directa de la denuncia es impotente porque, previamente, se desarrolló un proceso de “banalización del mal”. De este modo, propo-ne “reemplazar el objetivo de lucha contra la injusticia y el mal por un la lucha intermedia, que no está directamente dirigida contra el mal y la injusticia sino contra el proceso mismo de bana-lización” (pág. 131).
Escribir el trauma
He investigado e intervenido en diferentes situaciones de trauma social y sé de la fecundidad de las teorías con que contamos y de la importancia del trabajo con las personas afectadas. En este contexto, tienen valor explicativo y heurístico conceptos como duelo o trauma así como tiene eficacia para la elaboración del sufrimiento, la construcción de narrativas. Dicho de mane-ra resumida, esto último permite temporalizar la cantidad resultante de incitaciones exógenas desmesuradas, a través de la localización espacial y temporal, el desarrollo de cualidades y la detección de nexos causales.
Claro que, todo ello, es tan válido y útil como insuficiente, ya que solo toma en cuenta el efecto de un suceso en los afectados directamente. Recuerdo que un empleado bancario, durante el Corralito, decía: “tenemos que defender lo indefendible”. Esta misma frase, por qué no, podría haber sido expresada por el maquinista del tren del 22/02. Recuerdo también haberle dicho: “eso que decís contiene un interrogante: ¿quién defiende al indefenso?”.
En síntesis, si solo centramos el trabajo y la reflexión en el impacto que el hecho tuvo en las víctimas directas del choque, en el eslabón más afectado pero que está solo al final de una cadena, estaremos perdiendo de vista el sufrimiento psíquico de los trabajadores ferroviarios, la anestesiada infelicidad cívica cotidiana, la indiferencia empresarial y la apatía de los políticos. Si así ocurre, la banalización seguirá irrefrenable.
martes, 27 de marzo de 2012
Allí donde el delito es, la subjetividad debe advenir
Sebastián Plut
Que un delito debe recibir algún tipo de sanción es una premisa tan válida como obvia.
Claro que con ello no es mucho lo que se resuelve ni se comprende, dado, por ejemplo, que muchas conductas, aun no delictivas, también conllevan algún tipo de sanción.
La pregunta es: ¿cómo tratar la violencia?
Ante la ocurrencia de un delito, rápidamente se alzan las voces que exigen un endurecimiento de las penas, mayores castigos, incluso, pena de muerte. He dicho en otras ocasiones que lo más probable es que la llamada “mano dura” logre reducir delincuentes pero que dudosamente logre reducir la violencia y la inseguridad.
Si para Freud la neurosis es el negativo de la perversión, su hipótesis sobre el asesinato del padre de la horda, nos conduce a pensar que la sociedad es el negativo del crimen.
Primera aproximación a una respuesta entonces: no se puede tratar ni livianamente ni de cualquier modo a la violencia.
Intuyo que el sistema carcelario de un país puede constituir un analizador social ya que allí identificamos parte del modo en que se trata la violencia.
Para algunos, la finalidad de la prisión es el castigo, la penalización. Para otros, en cambio, el sistema penal tiene el objetivo de una rehabilitación conducente a la reinserción social. Las precarias y penosas condiciones de la vida carcelaria, en rigor, parecen mostrar que este segundo objetivo está muy lejos del horizonte de posibilidades. A su vez, en tales condiciones, el primer objetivo (castigo) parece más bien consistir meramente en un afán vengativo.
En una carta a Arnold Zweig, Freud evoca la novela “The Lady and the tiger”, en la que un prisionero aguarda en un circo a que le larguen el tigre o que entre la dama que habrá de liberarlo. “El relato termina sin que se sepa si por la puerta abierta de su jaula entra la mujer o el tigre. Esto solo puede querer significar que el desenlace ya no le importa al prisionero y que, por lo tanto, no vale la pena de ser comunicado”.
Vivir supone sentirse amado desde dos fuentes: el superyó-ideal del yo y la realidad. Desde ambos lugares el ello significa su amor al yo, y si tales tributos no ocurren el yo padece una desinvestidura (tanto desde el narcisismo como desde la autoconservación) que puede conducirlo a dejarse morir.
Segunda aproximación a una respuesta: para que el sistema carcelario sea eficaz en su doble propósito de penalización y rehabilitación debe promover la subjetivación.
Esta categoría (subjetividad) es abordada por Freud de tres maneras:
1) Oposición entre actividad y pasividad: esta hipótesis parte de la consideración de la relación entre pulsión, yo y objeto. La pulsión es siempre activa para el yo. Si el yo no puede ser activo, cede la posición sujeto a otro. Subjetividad, entonces, será que el yo se vuelva activo.
2) Identificación primaria: alude al nexo con un ideal. Consiste en un vínculo ligado al ser, al sentimiento de sí que se obtiene al conquistar una identificación. Subjetividad implica, por lo tanto, que el pasaje de la pasividad a la actividad se complemente con una identificación con un modelo.
3) Conciencia inicial: refiere al desarrollo cualitativo (afecto) como algo diferente del mundo de las cantidades.
En síntesis, si la subjetividad no se desarrolla, el individuo perpetrará un crimen como una de las tantas vías del dejarse morir.
Que un delito debe recibir algún tipo de sanción es una premisa tan válida como obvia.
Claro que con ello no es mucho lo que se resuelve ni se comprende, dado, por ejemplo, que muchas conductas, aun no delictivas, también conllevan algún tipo de sanción.
La pregunta es: ¿cómo tratar la violencia?
Ante la ocurrencia de un delito, rápidamente se alzan las voces que exigen un endurecimiento de las penas, mayores castigos, incluso, pena de muerte. He dicho en otras ocasiones que lo más probable es que la llamada “mano dura” logre reducir delincuentes pero que dudosamente logre reducir la violencia y la inseguridad.
Si para Freud la neurosis es el negativo de la perversión, su hipótesis sobre el asesinato del padre de la horda, nos conduce a pensar que la sociedad es el negativo del crimen.
Primera aproximación a una respuesta entonces: no se puede tratar ni livianamente ni de cualquier modo a la violencia.
Intuyo que el sistema carcelario de un país puede constituir un analizador social ya que allí identificamos parte del modo en que se trata la violencia.
Para algunos, la finalidad de la prisión es el castigo, la penalización. Para otros, en cambio, el sistema penal tiene el objetivo de una rehabilitación conducente a la reinserción social. Las precarias y penosas condiciones de la vida carcelaria, en rigor, parecen mostrar que este segundo objetivo está muy lejos del horizonte de posibilidades. A su vez, en tales condiciones, el primer objetivo (castigo) parece más bien consistir meramente en un afán vengativo.
En una carta a Arnold Zweig, Freud evoca la novela “The Lady and the tiger”, en la que un prisionero aguarda en un circo a que le larguen el tigre o que entre la dama que habrá de liberarlo. “El relato termina sin que se sepa si por la puerta abierta de su jaula entra la mujer o el tigre. Esto solo puede querer significar que el desenlace ya no le importa al prisionero y que, por lo tanto, no vale la pena de ser comunicado”.
Vivir supone sentirse amado desde dos fuentes: el superyó-ideal del yo y la realidad. Desde ambos lugares el ello significa su amor al yo, y si tales tributos no ocurren el yo padece una desinvestidura (tanto desde el narcisismo como desde la autoconservación) que puede conducirlo a dejarse morir.
Segunda aproximación a una respuesta: para que el sistema carcelario sea eficaz en su doble propósito de penalización y rehabilitación debe promover la subjetivación.
Esta categoría (subjetividad) es abordada por Freud de tres maneras:
1) Oposición entre actividad y pasividad: esta hipótesis parte de la consideración de la relación entre pulsión, yo y objeto. La pulsión es siempre activa para el yo. Si el yo no puede ser activo, cede la posición sujeto a otro. Subjetividad, entonces, será que el yo se vuelva activo.
2) Identificación primaria: alude al nexo con un ideal. Consiste en un vínculo ligado al ser, al sentimiento de sí que se obtiene al conquistar una identificación. Subjetividad implica, por lo tanto, que el pasaje de la pasividad a la actividad se complemente con una identificación con un modelo.
3) Conciencia inicial: refiere al desarrollo cualitativo (afecto) como algo diferente del mundo de las cantidades.
En síntesis, si la subjetividad no se desarrolla, el individuo perpetrará un crimen como una de las tantas vías del dejarse morir.
lunes, 26 de marzo de 2012
Del “mandato de recordar” al “trabajo para no olvidar”
Sebastián Plut
Si uno pretendiera, aun a riesgo de cierto reduccionismo, definir de manera abreviada qué es el psicoanálisis, podrá decir que se trata de una teoría sobre la memoria.
Habrá, sin duda, otras formas de especificar en qué consiste la teoría freudiana, pero esta a mí me resulta particularmente ilustrativa. En efecto, Freud decía que el yo comprende la historia individual, en tanto que el superyó integra la historia familiar y cultural y, por su parte, el ello sintetiza la historia de la especie humana.
En suma, tanto desde el punto de vista singular como desde el punto de vista social, consideramos que el valor de la memoria resulta incuestionable. Como analistas sabemos que el “recordar” siempre estuvo presente entre las metas clínicas e, incluso, permaneció como tal en las sucesivas transformaciones que Freud llevó a cabo tanto en su teoría cuanto en sus técnicas terapéuticas.
En la actualidad asistimos a una jerarquización de la memoria que no podemos sino valorar y abonar, ya que olvidar –que no deja de ser una acción de la memoria- trastoca el recordar por vía de la repetición.
Sin embargo, también debemos precavernos, cuanto menos, de dos riesgos: la banalización de la memoria –que la transforma en un mero slogan- y su hipertrofia.
Ireneo Funes quizá sea uno de los memoriosos más célebres de la literatura. Su extrema capacidad recordatoria, sabemos, fue correlativa de haber quedado “tullido, sin esperanza”. Al tiempo que recordaba cada evento y cada pormenor, “no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”.
Tengamos presente también que, en relación con el trabajo del duelo, Freud señaló la importancia no solo de desinvestir los recuerdos sino de diferenciar estos últimos de las expectativas. Dicho de otro modo, procesar el pasado (y lo perdido) requiere no solo –o no tanto- desinvestir las huellas mnémicas de antiguas vivencias, sino de poder investir las expectativas hacia nuevos objetos y vivencias.
Por otro lado, es conveniente destacar la exclusión recíproca que Freud advirtió entre la memoria y la percepción (“Nota sobre la pizarra mágica”). Allí dice que si uno escribe en una hoja de papel obtiene una huella mnémica duradera, aunque “la desventaja de este procedimiento consiste en que la capacidad de recepción de la superficie de escritura se agota pronto”. Por el contrario, si uno escribe en una pizarra, dispone “de una superficie de recepción que sigue siendo receptiva sin límite temporal alguno… la desventaja, en este caso, consiste en que no puedo obtener una huella duradera”. La conclusión, entonces, es que “capacidad ilimitada de recepción y conservación de huellas duraderas parecen excluirse”.
De este modo se ve llevado a distinguir dos sistemas: por un lado, el sistema percepción-conciencia (que permite recoger nuevas percepciones e investir la realidad) y, por otro lado, un sector de lo anímico en que tienen cabida los recuerdos duraderos.
En síntesis, la hipertrofia de la memoria implicará la imposibilidad de deslindar los recuerdos de las expectativas (por lo cual, solo esperaremos que se perpetúe el pasado) y la restricción para la investidura con atención de las vivencias y hechos del presente.
En todo caso, podemos preguntarnos: ¿las consignas que proponen no olvidar el pasado, modifican profundamente la tendencia a desconocer la realidad? No se tratará, entonces, solamente de la necesidad de esforzarnos en recordar sino de neutralizar la aversión a la realidad.
Si uno pretendiera, aun a riesgo de cierto reduccionismo, definir de manera abreviada qué es el psicoanálisis, podrá decir que se trata de una teoría sobre la memoria.
Habrá, sin duda, otras formas de especificar en qué consiste la teoría freudiana, pero esta a mí me resulta particularmente ilustrativa. En efecto, Freud decía que el yo comprende la historia individual, en tanto que el superyó integra la historia familiar y cultural y, por su parte, el ello sintetiza la historia de la especie humana.
En suma, tanto desde el punto de vista singular como desde el punto de vista social, consideramos que el valor de la memoria resulta incuestionable. Como analistas sabemos que el “recordar” siempre estuvo presente entre las metas clínicas e, incluso, permaneció como tal en las sucesivas transformaciones que Freud llevó a cabo tanto en su teoría cuanto en sus técnicas terapéuticas.
En la actualidad asistimos a una jerarquización de la memoria que no podemos sino valorar y abonar, ya que olvidar –que no deja de ser una acción de la memoria- trastoca el recordar por vía de la repetición.
Sin embargo, también debemos precavernos, cuanto menos, de dos riesgos: la banalización de la memoria –que la transforma en un mero slogan- y su hipertrofia.
Ireneo Funes quizá sea uno de los memoriosos más célebres de la literatura. Su extrema capacidad recordatoria, sabemos, fue correlativa de haber quedado “tullido, sin esperanza”. Al tiempo que recordaba cada evento y cada pormenor, “no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”.
Tengamos presente también que, en relación con el trabajo del duelo, Freud señaló la importancia no solo de desinvestir los recuerdos sino de diferenciar estos últimos de las expectativas. Dicho de otro modo, procesar el pasado (y lo perdido) requiere no solo –o no tanto- desinvestir las huellas mnémicas de antiguas vivencias, sino de poder investir las expectativas hacia nuevos objetos y vivencias.
Por otro lado, es conveniente destacar la exclusión recíproca que Freud advirtió entre la memoria y la percepción (“Nota sobre la pizarra mágica”). Allí dice que si uno escribe en una hoja de papel obtiene una huella mnémica duradera, aunque “la desventaja de este procedimiento consiste en que la capacidad de recepción de la superficie de escritura se agota pronto”. Por el contrario, si uno escribe en una pizarra, dispone “de una superficie de recepción que sigue siendo receptiva sin límite temporal alguno… la desventaja, en este caso, consiste en que no puedo obtener una huella duradera”. La conclusión, entonces, es que “capacidad ilimitada de recepción y conservación de huellas duraderas parecen excluirse”.
De este modo se ve llevado a distinguir dos sistemas: por un lado, el sistema percepción-conciencia (que permite recoger nuevas percepciones e investir la realidad) y, por otro lado, un sector de lo anímico en que tienen cabida los recuerdos duraderos.
En síntesis, la hipertrofia de la memoria implicará la imposibilidad de deslindar los recuerdos de las expectativas (por lo cual, solo esperaremos que se perpetúe el pasado) y la restricción para la investidura con atención de las vivencias y hechos del presente.
En todo caso, podemos preguntarnos: ¿las consignas que proponen no olvidar el pasado, modifican profundamente la tendencia a desconocer la realidad? No se tratará, entonces, solamente de la necesidad de esforzarnos en recordar sino de neutralizar la aversión a la realidad.
martes, 3 de mayo de 2011
La tristeza presidencial (*)
Sebastián Plut
“Como de todos los imposibles
éste siempre me pareció el mayor,
hice de él la materia de mi desvelo cotidiano,
de mi desesperación de todas las horas tristes”
(F. Pessoa, Libro del desasosiego)
Introducción
Los procesos de duelo han sido estudiados, psicoanalíticamente, con gran profundidad y abar-catividad en el último siglo. En efecto, desde Freud en adelante se han caracterizado los pasos del duelo en su desarrollo normal, el duelo patológico, sus nexos con la depresión y la melanco-lía, la economía del dolor, diferentes tipos de tristeza, etc.
En esta ocasión abordaremos una perspectiva escasamente considerada y que no corresponde al ámbito clínico ni psicopatológico sino, más bien, al de la psicología política. Concretamente, estudiaremos el discurso de la Presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner (CFK), en relación con el fallecimiento de su esposo y Ex Presidente de la Nación, Néstor Kirchner (NK).
Es necesario, pues, formular algunas consideraciones preliminares. En primer lugar, como luego se verá, solo tomamos en cuenta discursos próximos en el tiempo a la muerte de NK. Como el duelo es un proceso que requiere de tiempo, sabemos que nuestras conclusiones abren más bien un interrogante acerca de los efectos futuros de dicha pérdida. Asimismo, nuestro foco no es el procesamiento íntimo, personal, que CFK realiza respecto de su duelo, sino cómo éste es expresado públicamente desde su rol político (1).
Se nos podrá preguntar por qué la muerte de NK y el consecuente duelo de CFK constituyen un objeto de estudio para la psicología política. En primer lugar, como ha sido notorio, políticos, periodistas e intelectuales han expuesto diferentes tipos de especulaciones y pronósticos al respecto (ya sea en torno de la mayor debilidad o fortaleza política de CFK, ya sea en relación con el luto que evidencia su vestimenta, etc.). Por otro lado, recordemos que previo al falleci-miento de NK, cuando unos meses antes tuvo un episodio cerebrovascular, asistimos al impacto de la noticia, a la magnitud de las resonancias sociales que tuvo, y al hecho notable de que una dolencia somática pudiera percibirse como factor de debilidad política.
Dos estudios previos
Antes de pasar al estudio concreto del discurso de CFK, haremos una breve referencia a otros trabajos que coinciden con el nuestro en cuanto a: a) investigar el discurso político; b) centrar-se en el nivel de las palabras (Armony, 2005; Calvet, 2008; Esteves, 2003; Martins, 2008). Los tipos de análisis suelen ser: a) análisis factorial de correspondencias: construye la lista de pala-bras y la frecuencia de utilización de cada enunciador (por ejemplo, cuántas veces un político usa la palabra “pueblo”); b) análisis de especificidades (se compara el discurso de un político con una base de datos e identifica términos significativamente sobreutilizados y subutilizados); c) análisis de co-ocurrencias (detecta las redes de asociaciones léxicas en el discurso). Con muchas de estas investigaciones compartimos el interés por estudiar las significaciones del dis-curso político y el valor del análisis de datos textuales.
Por nuestra parte, dedicamos algunos estudios al análisis de las palabras de Cristina Fernández de Kirchner. Concretamente, analizamos las redes de signos en los primeros diez discursos de su mandato y realizamos un contraste –también en el nivel de las palabras- entre su discurso de asunción y el de los dos presidentes que la antecedieron (Plut; 2009a, 2009b, 2010, 2011).
Estas referencias no solo tienen la finalidad de mencionar la base previa del trabajo que ahora presentamos, sino que nos permite exponer uno de los objetivos del análisis de las redes de signos. En efecto, este tipo de estudios tiene valor en el marco de la comparación. Lógicamen-te, son múltiples los tipos de comparaciones que podemos realizar, por ejemplo, entre fragmen-tos de un mismo discurso, entre dos discursos diferentes, sobre el tipo de palabras utilizadas al hablar de determinados temas (justicia, pobreza, inseguridad, desempleo, etc.).
En los artículos citados hicimos dos tipos de comparaciones: entre discursos de la misma relato-ra (los 10 primeros discursos de CFK como Presidenta de la Nación) y entre Cristina Fernández, Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde. El primero de tales estudios nos permitió detectar una cier-ta estabilidad en cuanto a los deseos en juego. A su vez, algunas de las variaciones observadas evidenciaron la importancia del contexto en el cual hablaba la relatora. Es decir, el discurso se organiza en torno de los deseos e ideales de quien habla, pero también en función del contexto en que se desarrolla y de los deseos e ideales que se atribuyen a quienes escuchan. En cuanto al contraste con los discursos de asunción de Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde, nos resultó útil para captar algunas diferencias y similitudes entre ellos, no solo en términos de los deseos sino especialmente en relación con las palabras específicas a las que recurría cada relator.
Metapsicología del duelo
Freud (1917) sostuvo que el duelo consiste en la reacción frente a una pérdida, sea de una persona amada o de una abstracción como la patria, un ideal, etc. Una distinción que formula, al momento de examinar los efectos de la pérdida, corresponde al tipo de elección de aquel objeto que luego ya no se tuvo, por ejemplo, si se trató de una elección narcisista. Asimismo, al describir el proceso del duelo (examen de realidad, clausura, sobreinvestidura y desasimiento), en dos ocasiones refirió el lento camino por el cual la libido se va desprendiendo de cada uno de los recuerdos y expectativas sobre el objeto. De este conjunto de hipótesis se desprenden al menos dos interrogantes. Por un lado, si la pérdida del objeto entraña las mismas consecuen-cias que la pérdida de un ideal o, dicho de otro modo, si más allá de los tipos de elección, exis-te alguna otra diferencia derivada del carácter especifico de lo perdido. Recordemos que el otro puede ocupar diversas posiciones para el yo: modelo, objeto, ayudante, rival o doble (Freud; 1914, 1921). Por otro lado, nos preguntamos sobre la pertinencia de discriminar el anudamien-to de la libido a los recuerdos del anudamiento a las expectativas. Esto es, quizá podamos des-lindar las exigencias inherentes a la desinvestidura de unos y otros. Para decirlo de un modo simplificado, al momento de tener que investir nuevos objetos no será lo mismo conservar re-cuerdos sobre el objeto perdido (con una disminución progresiva de su intensidad) que conser-var expectativas respecto de aquél. De hecho, ante la exhortación de la realidad que muestra que el objeto ya no está, Freud afirmó que el yo, inicialmente, es preguntado acera de “si quie-re compartir ese destino” (1917, pág. 252) para finalmente privilegiar las investiduras narcisis-tas y egoístas que le permiten sustraerse del destino de lo perdido.
Palabras y relatos
En lo que sigue expondremos un breve análisis, con un método de análisis del discurso (el algo-ritmo David Liberman) cuyo objetivo es pesquisar si a partir de la muerte de NK se presentaron variaciones significativas inmediatas en el discurso de CFK. Me refiero a variaciones en el mo-mento posterior a la muerte y no tanto a si tales posibles diferencias se conservarán de manera duradera.
Para ello estudiamos tres discursos: uno pronunciado dos semanas antes del suceso (15/10/10), otro cuatro días después de la muerte de NK (1/11/10) y un tercero de dos sema-nas después (15/11/10). Asimismo, también tomamos como parámetro los 10 discursos del inicio del mandato de CFK, para realizar una comparación adicional.
El discurso del 15/10 (previo a la muerte) no mostró diferencias significativas con los discursos analizados en los estudios previos. Los tres lenguajes más relevantes fueron anal secundario (orden, saber, racionalidad y objetividad), fálico uretral (deseos ambiciosos y orientación tém-poro-espacial) y fálico genital (lucimiento, belleza e impacto estético). También tuvieron algún lugar los lenguajes intrasomático (procesos cuantitativos propios de los estados económicos u orgánicos) y oral secundario (amor, vivencias de abandono, sacrificio, sentimientos de la gama de la culpa o la gratitud). El segundo discurso (inmediato posterior a la muerte de NK) mostró las siguientes variaciones: a) se redujeron los lenguajes FU y LI; b) se incrementó significativa-mente el lenguaje O2, ocupando el primer lugar en un empate técnico con los lenguajes A2 y FG (este último también se incrementó). Finalmente, en el tercer discurso, se evidencia una disminución importante del lenguaje O2 y, simultáneamente, aumenta considerablemente el lenguaje LI.
La primera observación, pues, es que efectivamente se desplegaron algunos cambios en las redes de palabras utilizadas por CFK y que podemos sintetizar del siguiente modo:
1) Aumento inicial de los lenguajes O2 y FG; 2) Posterior incremento del lenguaje LI (en parale-lo con la reducción del lenguaje O2); 3) Disminución progresiva del lenguaje FU.
Veamos, entonces, qué conclusiones podemos extraer del análisis cualitativo de estos datos.
En el discurso del 1/11 (cuatro días después de la muerte de NK) CFK alude al dolor por el que estaba pasando y, al mismo tiempo, manifiesta su gratitud a las miles de personas que se acer-caron y quisieron despedir a su esposo. A modo de ejemplo cito algunas de sus expresiones: “es mi momento más doloroso”, “es el dolor más grande que he tenido en mi vida”, “es la pér-dida de quien fue mi compañero”, “yo quiero agradecer mucho esa inmensa y formidable mues-tra de cariño y de amor”, “permítanme agradecerles en forma especial a las decenas, a las de-cenas de miles y miles de jóvenes que cantaron”, “quiero decirles a todos esos jóvenes que en cada una de sus caras yo vi la cara de él cuando lo conocí”, etc.
De este discurso no me ha llamado la atención la presencia del lenguaje O2 (expresado con términos tales como “”abandonó”, “falleció”, “lloraron”, “pérdida”, etc.) ya que resulta acorde con el contexto: la relatora acababa de perder a su marido y el mensaje por cadena nacional estuvo centrado en ese tema.
Sí, en cambio, me pregunté por el aumento del lenguaje FG, manifestado con palabras ligadas a la alegría, al canto, a la reunión de grandes cantidades de personas y a la intensificación de cualidades. Considero que esta red de signos constituye una suerte de proliferación deslum-brante de atributos como metáfora de una ausencia, una multiplicación como símbolo de lo faltante (Freud, 1940; Maldavsky, 1999). Esto es, se trata de un recurso retórico en el que pre-domina un esfuerzo por sustituir una ausencia por una presencia multiplicada, intensificada (2).
Recordemos que en las escenas propias del deseo FG el sujeto despliega una frase de promesa, centrada en despertar la ilusión de una entrega amorosa. Gracias al brillo, quien promete pre-tende producir la convicción de una presencia en el lugar de lo faltante. Dicho de otro modo, el sujeto aspira a generar un estado de fascinación al espejar anticipatoriamente la consumación del deseo. Dice CFK: “un país que los convocó, en un país que los ama, que los necesita, en un país que vamos a seguir haciéndolo distinto entre todos”.
El análisis de los relatos, de las escenas, muestra que si el lenguaje O2 se manifestó es su ver-sión disfórica (pérdida, soledad, dolor), el lenguaje FG le permite a la relatora exhibir una posi-ción eufórica en la cual se conserva una armonía vincular feliz y duradera.
Analicemos ahora el tercer discurso, del cual destacamos la reducción del lenguaje O2 y el au-mento del lenguaje LI. Este último, si bien no es el que mayor porcentaje presenta, resulta notable pues alcanza una proporción mayor que en cualquiera de los otros discursos de CFK que hemos analizado. En este discurso CFK se refiere solo escasamente al muerte de NK y, en cambio, alude persistentemente al crecimiento de la economía, a la reunión del G-20 en Corea de la cual acababa de participar, a la renegociación de la deuda con el Club de París y, final-mente, al conflicto con la oposición por la sanción del presupuesto. Estas son algunas de sus expresiones: “Todavía tengo muy presente el tema del discurso que hizo Néstor, en las Nacio-nes Unidas, cuando abordando el tema del endeudamiento en la Argentina, sostuvo que los muertos no pagan, que nadie, ningún muerto paga y por tanto era necesario dejar crecer a la Argentina para poder abordar con seriedad el pago de sus obligaciones”, “hemos cumplimenta-do en estos 200 años de historia el crecimiento más importante desde 2003 a la fecha”, etc.
En el conjunto de los relatos, pues, se destaca el carácter eufórico de las referencias económi-cas.
El cuerpo (del) político
El análisis del proceso de duelo que está a nuestro alcance resulta restringido y específico, tan-to por el hecho de tomar discursos de solo dos semanas posteriores a la muerte de NK como por el hecho de limitarnos a las expresiones públicas vertidas por CFK. También hemos dicho que esta problemática (estudiar la subjetividad de un político en duelo) no ha sido tan estudia-da. Es por todo ello que más que conclusiones acabadas nuestro trabajo apunta exponer algu-nos interrogantes particulares.
Las dos consideraciones señaladas al comienzo (fuerte impacto social y enfermedad o muerte como signo de debilidad política) conducen a interrogarnos por la relación entre la política y el cuerpo y, por ende, por la significación de fragilidad política resultante del desfallecimiento or-gánico (3).
En primer lugar, identificamos los siguientes aspectos relativamente evidentes: por un lado, la presencia de un lenguaje apto para expresar el dolor por la pérdida y el sentimiento de soledad y, por otro lado, lenguajes que le permiten a la relatora rescatarse de dicho estado, ya sea alu-diendo a la inmensidad de muestras de cariño y al promisorio futuro del país, ya sea aludiendo a la fortaleza económica conseguida. Con ello, CFK logra dejar atrás una posición disfórica para desplegar una posición eufórica como política. Efectivamente, CFK exhibe su poder de convoca-toria y los logros económicos para contrarrestar la idea de debilidad política (4).
De los discursos proferidos por CFK quisiera detenerme ahora en los dos posteriores a la muer-te de NK. Del primero de ellos destaco cuando a los 4 días de la muerte de NK dice haber visto en la cara de todos los jóvenes presentes la cara de su esposo cuando lo conoció. Del segundo consideremos la evocación de NK cuando habría dicho que los muertos no pagan.
Referirse a la cuestión económica (tema que prevalece en este segundo discurso) puede consti-tuir una defensa frente al sentimiento de estar perdiendo energía como un equivalente de des-fallecimiento orgánico de NK.
La frase que la relatora recuerda (que los muertos no pagan) admite al menos dos conjeturas: a) que ella está colocada como acreedora de un muerto; b) que si los muertos no pagan y ella puede pagar la deuda, por lo tanto no habría un muerto (5). La situación que describe CFK es la de que Argentina estaba muerta, se revitalizó y va a pagar (6). Es decir, en sus discursos se superponen la historia del país (por ejemplo, alude a los que contrajeron la deuda y a los que declararon el default) y la de su propio duelo en el presente.
Tenemos, pues, dos momentos: uno inicial en el cual CFK alude a su dolor y un momento pos-terior cuando dice que vamos a pagar la deuda.
Las escenas eufóricas propias del lenguaje económico (que resultan expresión de los procesos orgánicos, cuantitativos) permiten conjeturar una postura de potencia, en que la relatora dispo-ne de energía, pero que encubre una escena previa y subyacente acerca del muerto que no va a pagar. Esta última, entonces, es la escena que, inferimos, estaba presente en el discurso en que manifiestamente se refirió a su dolor por la muerte de NK. Recordemos que en ese mo-mento dijo haber visto la cara del joven NK en la cara de los miles de jóvenes presentes en la Plaza de Mayo. Esta visión parece constituir un recurso ilusorio de retención del objeto correla-tivo de un momento de desvitalización en que la relatora estaba localizada como acreedora de un muerto. A partir de allí, o bien se conserva la percepción y se continúa creyendo en ella (ver a NK) o bien se advierte el propio estado agonizante. Es así que, posteriormente, en el segundo discurso, la relatora se recupera, se revitaliza, y expone las posibilidades económicas para el pago a los acreedores.
En síntesis, la desvitalización de CFK no se advierte en su primer discurso posterior a la muerte de NK, aunque retroactivamente, dado lo que expuso en el segundo discurso, puede inferirse que estaba subyacente. Esto es, luego de expresar su dolor, pasa a decir que ahora cuenta con las reservas (de dinero o de energía) de las que previamente careció.
Cierre
Desde el punto de vista metodológico, una conclusión que podemos extraer es que para anali-zar un discurso uno tiene que basarse en ese texto más una perspectiva de ese mismo texto desde discursos posteriores. Por eso, si nos atenemos a la premisa que sostiene que el proceso de duelo requiere de un lapso de tiempo mayor al que aquí hemos considerado, sabemos que solo el futuro nos dará la respuesta acerca del mismo. También hemos dicho que no realizamos un estudio clínico, por lo cual una pregunta que nos formulamos es cómo analizar un duelo, su resolución y consecuencias, desde la perspectiva de la función de un político. Que CFK hubiera pasado, en dos semanas, de hablar del duelo y el amor a hablar de la política económica evi-dencia una recuperación de su dimensión como estadista. Al respecto, nos interrogamos sobre cuáles serían los indicadores que den cuenta de la presencia o ausencia de interferencias resul-tantes del proceso de duelo. Consideramos, entonces, cuanto menos dos alternativas: por un lado, que la relatora se torne monótona, en el sentido de una pérdida progresiva de recursos expresivos (supongamos una persona que solo expone denuncias); por otro lado, que se evi-dencie una restricción de su representación-grupo (Freud, 1921; Maldavsky, 1991) por lo cual se vuelva menos abarcativa (por ejemplo, que se enfoque persistentemente en problemas que serían adecuados para un concejal o intendente o bien que comience a rodearse de un grupo de colaboradores inexpertos, que tienen un estrechez de miras cada vez mayor). Hasta donde hemos analizado no advertimos alteraciones en ninguno de los dos sentidos mencionados, pero, insistimos, será el tiempo quien nos diga cómo prosiguió el proceso.
Notas
(1) Cada tipo de procesamiento (íntimo y público) supone características y exigencias diversas y no sabremos si entre ambos puede desarrollarse una sinergia positiva o bien algún tipo de in-terferencia (por ejemplo, que de los requerimientos de la función política derive un costo signi-ficativo en el terreno personal).
(2) Tal vez, las alusiones a las miles y miles de personas en las que CFK veía el rostro de NK también constituyan una evocación de la histórica frase que decía: “volveré y seré millones”.
(3) En la lógica económica, intrasomática, pueden desarrollarse vínculos en los que prevalece la indiferenciación entre los cuerpos. Se trata de una dinámica según la cual los distintos miem-bros constituyen un cuerpo único y quedan desdiferenciados. Quizá no sea excesivo, pues, pre-star atención al doble sentido del término “corporación” con el que frecuentemente se alude al tipo de unión entre miembros de la política.
(4) Al estudiar el problema de la inflación y los fenómenos de masas, Canetti (1960) describió la “voluptuosidad del incremento numérico”.
(5) En la jerga popular suele utilizarse la frase “levantar un muerto” para aludir a una deuda impagable.
(6) Abraham (1917) propuso que las escenas correspondientes a contar con dinero para gastar pueden entenderse como recursos contra la tristeza y para aumentar el sentimiento de sí.
Bibliografía
Abraham, K.; (1917) “El gasto de dinero en los estados de ansiedad”, Psicoanálisis clínico, Ed. Hormé.
Armony, V.; (2005) “Aportes teórico-metodológicos para el estudio de la producción social de sentido a través del análisis del discurso presidencial”, Rev. Argentina de Sociología, N° 4.
Calvet, L.J.; (2008) Les mots de Nicolas Sarkozy, Ed. Seuil.
Canetti, E.; (1960) Masa y poder, Obra Completa, Vol. I, Ed. De Bolsillo.
Esteves, R.; (2003) “Discurso Político en la Democracia Argentina Reciente (1999-2003). La “Deuda” en los Discursos de Asunción de los Presidentes, De la Rúa, Rodríguez Saa, Duhalde y Kirchner”, VI Congreso Nacional de Ciencia Política, Universidad Nacional de Rosario.
Freud, S.; (1914) Introducción del narcisismo, O.C., AE, T. 14.
Freud, S.; (1917) Duelo y melancolía, O.C., AE, T. 14.
Freud, S.; (1921) Psicología de las masas y análisis del yo, O.C., AE, T. 18.
Freud, S.; (1940) La cabeza de Medusa, O.C., AE, T. 18.
Maldavsky, D.; (1991) Procesos y estructuras vinculares, Ed. Nueva Visión.
Maldavsky, D.; (1999) Lenguajes del erotismo, Ed. Nueva Visión.
Maldavsky, D.; (2002) “Lenguajes del erotismo, cosmovisiones y periodismo político”, Actuali-dad Psicológica, N° 306.
Maldavsky, D.; (2004) La investigación psicoanalítica del lenguaje, Ed. Lugar.
Martins, M.; (2008) “De Perón a Cristina: retóricas argumentales de discursos peronistas”, XII Jornadas Nacionales de Investigadores en Comunicación.
Plut, S; (2009a) “Las palabras de Cristina Fernández de Kirchner”, Revista Electrónica de Psico-logía Política, N° 19, Universidad de San Luis.
Plut, S.; (2009b) “Proyecto de psicología para políticos”, Actualidad Psicológica, N° 375.
Plut, S.; (2010) “Aplicación del Diccionario ADL en la investigación psicosocial, con especial énfasis en el análisis del discurso político”, Revista Subjetividad y procesos cognitivos, Vol. 14, N° 2, UCES.
Plut, S.; (2011) “Redes de palabras en discursos de asunción de la Presidencia de la Nación”, Aproximación al análisis de datos cualitativos, Ed. Universidad del Aconcagua (en prensa).
(*) Publicado en Actualidad Psicológica, N° 395.
“Como de todos los imposibles
éste siempre me pareció el mayor,
hice de él la materia de mi desvelo cotidiano,
de mi desesperación de todas las horas tristes”
(F. Pessoa, Libro del desasosiego)
Introducción
Los procesos de duelo han sido estudiados, psicoanalíticamente, con gran profundidad y abar-catividad en el último siglo. En efecto, desde Freud en adelante se han caracterizado los pasos del duelo en su desarrollo normal, el duelo patológico, sus nexos con la depresión y la melanco-lía, la economía del dolor, diferentes tipos de tristeza, etc.
En esta ocasión abordaremos una perspectiva escasamente considerada y que no corresponde al ámbito clínico ni psicopatológico sino, más bien, al de la psicología política. Concretamente, estudiaremos el discurso de la Presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner (CFK), en relación con el fallecimiento de su esposo y Ex Presidente de la Nación, Néstor Kirchner (NK).
Es necesario, pues, formular algunas consideraciones preliminares. En primer lugar, como luego se verá, solo tomamos en cuenta discursos próximos en el tiempo a la muerte de NK. Como el duelo es un proceso que requiere de tiempo, sabemos que nuestras conclusiones abren más bien un interrogante acerca de los efectos futuros de dicha pérdida. Asimismo, nuestro foco no es el procesamiento íntimo, personal, que CFK realiza respecto de su duelo, sino cómo éste es expresado públicamente desde su rol político (1).
Se nos podrá preguntar por qué la muerte de NK y el consecuente duelo de CFK constituyen un objeto de estudio para la psicología política. En primer lugar, como ha sido notorio, políticos, periodistas e intelectuales han expuesto diferentes tipos de especulaciones y pronósticos al respecto (ya sea en torno de la mayor debilidad o fortaleza política de CFK, ya sea en relación con el luto que evidencia su vestimenta, etc.). Por otro lado, recordemos que previo al falleci-miento de NK, cuando unos meses antes tuvo un episodio cerebrovascular, asistimos al impacto de la noticia, a la magnitud de las resonancias sociales que tuvo, y al hecho notable de que una dolencia somática pudiera percibirse como factor de debilidad política.
Dos estudios previos
Antes de pasar al estudio concreto del discurso de CFK, haremos una breve referencia a otros trabajos que coinciden con el nuestro en cuanto a: a) investigar el discurso político; b) centrar-se en el nivel de las palabras (Armony, 2005; Calvet, 2008; Esteves, 2003; Martins, 2008). Los tipos de análisis suelen ser: a) análisis factorial de correspondencias: construye la lista de pala-bras y la frecuencia de utilización de cada enunciador (por ejemplo, cuántas veces un político usa la palabra “pueblo”); b) análisis de especificidades (se compara el discurso de un político con una base de datos e identifica términos significativamente sobreutilizados y subutilizados); c) análisis de co-ocurrencias (detecta las redes de asociaciones léxicas en el discurso). Con muchas de estas investigaciones compartimos el interés por estudiar las significaciones del dis-curso político y el valor del análisis de datos textuales.
Por nuestra parte, dedicamos algunos estudios al análisis de las palabras de Cristina Fernández de Kirchner. Concretamente, analizamos las redes de signos en los primeros diez discursos de su mandato y realizamos un contraste –también en el nivel de las palabras- entre su discurso de asunción y el de los dos presidentes que la antecedieron (Plut; 2009a, 2009b, 2010, 2011).
Estas referencias no solo tienen la finalidad de mencionar la base previa del trabajo que ahora presentamos, sino que nos permite exponer uno de los objetivos del análisis de las redes de signos. En efecto, este tipo de estudios tiene valor en el marco de la comparación. Lógicamen-te, son múltiples los tipos de comparaciones que podemos realizar, por ejemplo, entre fragmen-tos de un mismo discurso, entre dos discursos diferentes, sobre el tipo de palabras utilizadas al hablar de determinados temas (justicia, pobreza, inseguridad, desempleo, etc.).
En los artículos citados hicimos dos tipos de comparaciones: entre discursos de la misma relato-ra (los 10 primeros discursos de CFK como Presidenta de la Nación) y entre Cristina Fernández, Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde. El primero de tales estudios nos permitió detectar una cier-ta estabilidad en cuanto a los deseos en juego. A su vez, algunas de las variaciones observadas evidenciaron la importancia del contexto en el cual hablaba la relatora. Es decir, el discurso se organiza en torno de los deseos e ideales de quien habla, pero también en función del contexto en que se desarrolla y de los deseos e ideales que se atribuyen a quienes escuchan. En cuanto al contraste con los discursos de asunción de Néstor Kirchner y Eduardo Duhalde, nos resultó útil para captar algunas diferencias y similitudes entre ellos, no solo en términos de los deseos sino especialmente en relación con las palabras específicas a las que recurría cada relator.
Metapsicología del duelo
Freud (1917) sostuvo que el duelo consiste en la reacción frente a una pérdida, sea de una persona amada o de una abstracción como la patria, un ideal, etc. Una distinción que formula, al momento de examinar los efectos de la pérdida, corresponde al tipo de elección de aquel objeto que luego ya no se tuvo, por ejemplo, si se trató de una elección narcisista. Asimismo, al describir el proceso del duelo (examen de realidad, clausura, sobreinvestidura y desasimiento), en dos ocasiones refirió el lento camino por el cual la libido se va desprendiendo de cada uno de los recuerdos y expectativas sobre el objeto. De este conjunto de hipótesis se desprenden al menos dos interrogantes. Por un lado, si la pérdida del objeto entraña las mismas consecuen-cias que la pérdida de un ideal o, dicho de otro modo, si más allá de los tipos de elección, exis-te alguna otra diferencia derivada del carácter especifico de lo perdido. Recordemos que el otro puede ocupar diversas posiciones para el yo: modelo, objeto, ayudante, rival o doble (Freud; 1914, 1921). Por otro lado, nos preguntamos sobre la pertinencia de discriminar el anudamien-to de la libido a los recuerdos del anudamiento a las expectativas. Esto es, quizá podamos des-lindar las exigencias inherentes a la desinvestidura de unos y otros. Para decirlo de un modo simplificado, al momento de tener que investir nuevos objetos no será lo mismo conservar re-cuerdos sobre el objeto perdido (con una disminución progresiva de su intensidad) que conser-var expectativas respecto de aquél. De hecho, ante la exhortación de la realidad que muestra que el objeto ya no está, Freud afirmó que el yo, inicialmente, es preguntado acera de “si quie-re compartir ese destino” (1917, pág. 252) para finalmente privilegiar las investiduras narcisis-tas y egoístas que le permiten sustraerse del destino de lo perdido.
Palabras y relatos
En lo que sigue expondremos un breve análisis, con un método de análisis del discurso (el algo-ritmo David Liberman) cuyo objetivo es pesquisar si a partir de la muerte de NK se presentaron variaciones significativas inmediatas en el discurso de CFK. Me refiero a variaciones en el mo-mento posterior a la muerte y no tanto a si tales posibles diferencias se conservarán de manera duradera.
Para ello estudiamos tres discursos: uno pronunciado dos semanas antes del suceso (15/10/10), otro cuatro días después de la muerte de NK (1/11/10) y un tercero de dos sema-nas después (15/11/10). Asimismo, también tomamos como parámetro los 10 discursos del inicio del mandato de CFK, para realizar una comparación adicional.
El discurso del 15/10 (previo a la muerte) no mostró diferencias significativas con los discursos analizados en los estudios previos. Los tres lenguajes más relevantes fueron anal secundario (orden, saber, racionalidad y objetividad), fálico uretral (deseos ambiciosos y orientación tém-poro-espacial) y fálico genital (lucimiento, belleza e impacto estético). También tuvieron algún lugar los lenguajes intrasomático (procesos cuantitativos propios de los estados económicos u orgánicos) y oral secundario (amor, vivencias de abandono, sacrificio, sentimientos de la gama de la culpa o la gratitud). El segundo discurso (inmediato posterior a la muerte de NK) mostró las siguientes variaciones: a) se redujeron los lenguajes FU y LI; b) se incrementó significativa-mente el lenguaje O2, ocupando el primer lugar en un empate técnico con los lenguajes A2 y FG (este último también se incrementó). Finalmente, en el tercer discurso, se evidencia una disminución importante del lenguaje O2 y, simultáneamente, aumenta considerablemente el lenguaje LI.
La primera observación, pues, es que efectivamente se desplegaron algunos cambios en las redes de palabras utilizadas por CFK y que podemos sintetizar del siguiente modo:
1) Aumento inicial de los lenguajes O2 y FG; 2) Posterior incremento del lenguaje LI (en parale-lo con la reducción del lenguaje O2); 3) Disminución progresiva del lenguaje FU.
Veamos, entonces, qué conclusiones podemos extraer del análisis cualitativo de estos datos.
En el discurso del 1/11 (cuatro días después de la muerte de NK) CFK alude al dolor por el que estaba pasando y, al mismo tiempo, manifiesta su gratitud a las miles de personas que se acer-caron y quisieron despedir a su esposo. A modo de ejemplo cito algunas de sus expresiones: “es mi momento más doloroso”, “es el dolor más grande que he tenido en mi vida”, “es la pér-dida de quien fue mi compañero”, “yo quiero agradecer mucho esa inmensa y formidable mues-tra de cariño y de amor”, “permítanme agradecerles en forma especial a las decenas, a las de-cenas de miles y miles de jóvenes que cantaron”, “quiero decirles a todos esos jóvenes que en cada una de sus caras yo vi la cara de él cuando lo conocí”, etc.
De este discurso no me ha llamado la atención la presencia del lenguaje O2 (expresado con términos tales como “”abandonó”, “falleció”, “lloraron”, “pérdida”, etc.) ya que resulta acorde con el contexto: la relatora acababa de perder a su marido y el mensaje por cadena nacional estuvo centrado en ese tema.
Sí, en cambio, me pregunté por el aumento del lenguaje FG, manifestado con palabras ligadas a la alegría, al canto, a la reunión de grandes cantidades de personas y a la intensificación de cualidades. Considero que esta red de signos constituye una suerte de proliferación deslum-brante de atributos como metáfora de una ausencia, una multiplicación como símbolo de lo faltante (Freud, 1940; Maldavsky, 1999). Esto es, se trata de un recurso retórico en el que pre-domina un esfuerzo por sustituir una ausencia por una presencia multiplicada, intensificada (2).
Recordemos que en las escenas propias del deseo FG el sujeto despliega una frase de promesa, centrada en despertar la ilusión de una entrega amorosa. Gracias al brillo, quien promete pre-tende producir la convicción de una presencia en el lugar de lo faltante. Dicho de otro modo, el sujeto aspira a generar un estado de fascinación al espejar anticipatoriamente la consumación del deseo. Dice CFK: “un país que los convocó, en un país que los ama, que los necesita, en un país que vamos a seguir haciéndolo distinto entre todos”.
El análisis de los relatos, de las escenas, muestra que si el lenguaje O2 se manifestó es su ver-sión disfórica (pérdida, soledad, dolor), el lenguaje FG le permite a la relatora exhibir una posi-ción eufórica en la cual se conserva una armonía vincular feliz y duradera.
Analicemos ahora el tercer discurso, del cual destacamos la reducción del lenguaje O2 y el au-mento del lenguaje LI. Este último, si bien no es el que mayor porcentaje presenta, resulta notable pues alcanza una proporción mayor que en cualquiera de los otros discursos de CFK que hemos analizado. En este discurso CFK se refiere solo escasamente al muerte de NK y, en cambio, alude persistentemente al crecimiento de la economía, a la reunión del G-20 en Corea de la cual acababa de participar, a la renegociación de la deuda con el Club de París y, final-mente, al conflicto con la oposición por la sanción del presupuesto. Estas son algunas de sus expresiones: “Todavía tengo muy presente el tema del discurso que hizo Néstor, en las Nacio-nes Unidas, cuando abordando el tema del endeudamiento en la Argentina, sostuvo que los muertos no pagan, que nadie, ningún muerto paga y por tanto era necesario dejar crecer a la Argentina para poder abordar con seriedad el pago de sus obligaciones”, “hemos cumplimenta-do en estos 200 años de historia el crecimiento más importante desde 2003 a la fecha”, etc.
En el conjunto de los relatos, pues, se destaca el carácter eufórico de las referencias económi-cas.
El cuerpo (del) político
El análisis del proceso de duelo que está a nuestro alcance resulta restringido y específico, tan-to por el hecho de tomar discursos de solo dos semanas posteriores a la muerte de NK como por el hecho de limitarnos a las expresiones públicas vertidas por CFK. También hemos dicho que esta problemática (estudiar la subjetividad de un político en duelo) no ha sido tan estudia-da. Es por todo ello que más que conclusiones acabadas nuestro trabajo apunta exponer algu-nos interrogantes particulares.
Las dos consideraciones señaladas al comienzo (fuerte impacto social y enfermedad o muerte como signo de debilidad política) conducen a interrogarnos por la relación entre la política y el cuerpo y, por ende, por la significación de fragilidad política resultante del desfallecimiento or-gánico (3).
En primer lugar, identificamos los siguientes aspectos relativamente evidentes: por un lado, la presencia de un lenguaje apto para expresar el dolor por la pérdida y el sentimiento de soledad y, por otro lado, lenguajes que le permiten a la relatora rescatarse de dicho estado, ya sea alu-diendo a la inmensidad de muestras de cariño y al promisorio futuro del país, ya sea aludiendo a la fortaleza económica conseguida. Con ello, CFK logra dejar atrás una posición disfórica para desplegar una posición eufórica como política. Efectivamente, CFK exhibe su poder de convoca-toria y los logros económicos para contrarrestar la idea de debilidad política (4).
De los discursos proferidos por CFK quisiera detenerme ahora en los dos posteriores a la muer-te de NK. Del primero de ellos destaco cuando a los 4 días de la muerte de NK dice haber visto en la cara de todos los jóvenes presentes la cara de su esposo cuando lo conoció. Del segundo consideremos la evocación de NK cuando habría dicho que los muertos no pagan.
Referirse a la cuestión económica (tema que prevalece en este segundo discurso) puede consti-tuir una defensa frente al sentimiento de estar perdiendo energía como un equivalente de des-fallecimiento orgánico de NK.
La frase que la relatora recuerda (que los muertos no pagan) admite al menos dos conjeturas: a) que ella está colocada como acreedora de un muerto; b) que si los muertos no pagan y ella puede pagar la deuda, por lo tanto no habría un muerto (5). La situación que describe CFK es la de que Argentina estaba muerta, se revitalizó y va a pagar (6). Es decir, en sus discursos se superponen la historia del país (por ejemplo, alude a los que contrajeron la deuda y a los que declararon el default) y la de su propio duelo en el presente.
Tenemos, pues, dos momentos: uno inicial en el cual CFK alude a su dolor y un momento pos-terior cuando dice que vamos a pagar la deuda.
Las escenas eufóricas propias del lenguaje económico (que resultan expresión de los procesos orgánicos, cuantitativos) permiten conjeturar una postura de potencia, en que la relatora dispo-ne de energía, pero que encubre una escena previa y subyacente acerca del muerto que no va a pagar. Esta última, entonces, es la escena que, inferimos, estaba presente en el discurso en que manifiestamente se refirió a su dolor por la muerte de NK. Recordemos que en ese mo-mento dijo haber visto la cara del joven NK en la cara de los miles de jóvenes presentes en la Plaza de Mayo. Esta visión parece constituir un recurso ilusorio de retención del objeto correla-tivo de un momento de desvitalización en que la relatora estaba localizada como acreedora de un muerto. A partir de allí, o bien se conserva la percepción y se continúa creyendo en ella (ver a NK) o bien se advierte el propio estado agonizante. Es así que, posteriormente, en el segundo discurso, la relatora se recupera, se revitaliza, y expone las posibilidades económicas para el pago a los acreedores.
En síntesis, la desvitalización de CFK no se advierte en su primer discurso posterior a la muerte de NK, aunque retroactivamente, dado lo que expuso en el segundo discurso, puede inferirse que estaba subyacente. Esto es, luego de expresar su dolor, pasa a decir que ahora cuenta con las reservas (de dinero o de energía) de las que previamente careció.
Cierre
Desde el punto de vista metodológico, una conclusión que podemos extraer es que para anali-zar un discurso uno tiene que basarse en ese texto más una perspectiva de ese mismo texto desde discursos posteriores. Por eso, si nos atenemos a la premisa que sostiene que el proceso de duelo requiere de un lapso de tiempo mayor al que aquí hemos considerado, sabemos que solo el futuro nos dará la respuesta acerca del mismo. También hemos dicho que no realizamos un estudio clínico, por lo cual una pregunta que nos formulamos es cómo analizar un duelo, su resolución y consecuencias, desde la perspectiva de la función de un político. Que CFK hubiera pasado, en dos semanas, de hablar del duelo y el amor a hablar de la política económica evi-dencia una recuperación de su dimensión como estadista. Al respecto, nos interrogamos sobre cuáles serían los indicadores que den cuenta de la presencia o ausencia de interferencias resul-tantes del proceso de duelo. Consideramos, entonces, cuanto menos dos alternativas: por un lado, que la relatora se torne monótona, en el sentido de una pérdida progresiva de recursos expresivos (supongamos una persona que solo expone denuncias); por otro lado, que se evi-dencie una restricción de su representación-grupo (Freud, 1921; Maldavsky, 1991) por lo cual se vuelva menos abarcativa (por ejemplo, que se enfoque persistentemente en problemas que serían adecuados para un concejal o intendente o bien que comience a rodearse de un grupo de colaboradores inexpertos, que tienen un estrechez de miras cada vez mayor). Hasta donde hemos analizado no advertimos alteraciones en ninguno de los dos sentidos mencionados, pero, insistimos, será el tiempo quien nos diga cómo prosiguió el proceso.
Notas
(1) Cada tipo de procesamiento (íntimo y público) supone características y exigencias diversas y no sabremos si entre ambos puede desarrollarse una sinergia positiva o bien algún tipo de in-terferencia (por ejemplo, que de los requerimientos de la función política derive un costo signi-ficativo en el terreno personal).
(2) Tal vez, las alusiones a las miles y miles de personas en las que CFK veía el rostro de NK también constituyan una evocación de la histórica frase que decía: “volveré y seré millones”.
(3) En la lógica económica, intrasomática, pueden desarrollarse vínculos en los que prevalece la indiferenciación entre los cuerpos. Se trata de una dinámica según la cual los distintos miem-bros constituyen un cuerpo único y quedan desdiferenciados. Quizá no sea excesivo, pues, pre-star atención al doble sentido del término “corporación” con el que frecuentemente se alude al tipo de unión entre miembros de la política.
(4) Al estudiar el problema de la inflación y los fenómenos de masas, Canetti (1960) describió la “voluptuosidad del incremento numérico”.
(5) En la jerga popular suele utilizarse la frase “levantar un muerto” para aludir a una deuda impagable.
(6) Abraham (1917) propuso que las escenas correspondientes a contar con dinero para gastar pueden entenderse como recursos contra la tristeza y para aumentar el sentimiento de sí.
Bibliografía
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Plut, S.; (2011) “Redes de palabras en discursos de asunción de la Presidencia de la Nación”, Aproximación al análisis de datos cualitativos, Ed. Universidad del Aconcagua (en prensa).
(*) Publicado en Actualidad Psicológica, N° 395.
lunes, 14 de febrero de 2011
Contenido y función del discurso en el periodismo político
Sebastián Plut
Introducción
En nuestros estudios sobre psicología política hemos prestado atención a un conjunto variado de manifestaciones: discursos orales y escritos, de políticos que ocuparon cargos presidenciales y de dirigentes opositores, etc. Asimismo, realizamos análisis en diferentes niveles, esto es, investigamos redes de palabras, relatos y/o actos de enunciación. En este conjunto, también dimos cabida al análisis del discurso periodístico, especialmente de los medios gráficos.
En esta ocasión deseamos investigar un reportaje en el cual si bien el entrevistado no es un político sino un conocido actor (Ricardo Darín), el motivo y tema de la noticia sí es político. La entrevista fue realizada por un periodista del Diario Perfil, para su edición del sábado 5 de febrero de 2011, a propósito de un spot televisivo de Greenpeace, que el actor protagonizó y cuyo objetivo es la concientización respecto de los perjuicios ambientales de las usinas de carbón para la producción de energía eléctrica.
Nuestro propósito, en los trabajos ya citados y en este mismo, no es tanto examinar las ideas políticas sino, más bien, investigar ciertos modos de expresión como testimonio de la subjetividad. Dice Maldavsky: “…nuestro interés es poner en evidencia la eficacia de la subjetividad para concitar acuerdos o disensos, más allá de la orientación política de los actores intervinientes” (2002, pág. 22). De este modo, con este artículo seguimos una orientación ya presentada en trabajos previos (Maldavsky, 2002; Plut 2009, 2010a, 2010b).
El periodismo político
La investigación sobre periodismo político, cuando se trata de una entrevista, comprende dos sectores globales: por un lado, las estrategias de formulación de las preguntas y, por otro lado, las correspondientes a la edición de la nota. Esta segunda dimensión es la estudiada frecuentemente aunque, en rigor, no es específica de los reportajes sino que abarca al conjunto de notas de los medios de comunicación. Van Dijk (1990) se ha referido a los procesos de transformación desde el texto fuente de la noticia al texto periodístico. Para el caso de un reportaje podemos decir que hay un hecho que lo motiva, una primera transformación que opera en la decisión sobre la elección de las preguntas y una segunda transformación que se presenta en la edición.
En general se ha destacado la eficacia e influencia del periodismo en la formación de opinión pública. Según los diversos autores dicha influencia se ejerce sobre la tematización, esto es, sobre el establecimiento de temas, de la agenda. Sin embargo, el establecimiento de la agenda posee múltiples fines: determinar cuáles son los temas, cuál es su relevancia y qué interpretar o pensar sobre aquéllos (Cohen, 1963; D’Adamo, et al., 2000; Sánchez Manzanares, 2008; Van Dijk, 1990). Es decir, la idea central es tomar al discurso periodístico desde la perspectiva de la retórica de la persuasión, en su capacidad de inducir ciertos pensamientos, creencias y actitudes. Cabe agregar que la eficacia de las estrategias periodísticas se sustenta en gran medida en el supuesto de objetividad de la información. Sánchez Manzanares afirma que “en la noticia, por cuanto la dimensión persuasiva tiene que verse en relación con la verosimilitud de la información, el léxico seleccionado para la construcción de una isotopía tiene que parecer neutro” (2008, pág. 14). Por su parte, Perelman y Olbrechts-Tyetca sostienen: “La elección de los términos, para expresar las ideas, pocas veces se produce sin alcance argumentativo” (1989, pág. 240).
En este marco, pues, cobra relevancia el estudio de las estrategias retóricas para orientar la atención, el pensar y el actuar de los ciudadanos. Algunas de las estrategias mencionadas en la bibliografía sobre teoría de la argumentación son: la apelación a valores consensuales, el uso de sobreentendidos, exageraciones, comparaciones metafóricas, etc.
Hay otro aspecto, quizá algo menos investigado, que corresponde a la tentativa de inducir estados afectivos, tales como pesimismo, desconfianza, escepticismo, pánico, entre otros (Maldavsky, 2002; Graber 1994). Graber (op. cit.) ha señalado que la manipulación que ejercen los medios tiende a la creación de un determinado “clima” político.
En suma, el discurso político –en este caso, del periodismo político- tiene valor como acto, como escena desplegada con alguna finalidad: generar adhesiones, fortalecer hostilidades, presionar, enmascarar, hacer hacer, hacer creer, hacer sentir, reforzar la legitimidad, autoridad y credibilidad del enunciador.
Análisis del reportaje a Ricardo Darín
Nuestro estudio se basa en un método de análisis del discurso de orientación freudiana (el algoritmo David Liberman), el cual procura detectar deseos y defensas en tres niveles: palabras, actos del habla y relatos. No expondré aquí las características del método (así como tampoco el detalle del análisis realizado) pero cabe agregar que nos centraremos en el segundo de los niveles mencionados, los actos del habla. Estos expresan las escenas desplegadas por quien habla, más allá de los relatos o hechos a los que se está refiriendo. Si bien, tal como hemos visto en otros autores, tiene relevancia la elección de ciertos términos, optamos por el estudio de los actos del habla pues es tributario de la retórica de la persuasión.
Al estudiar la entrevista publicada en el Diario Perfil partimos de dos interrogantes: a) ¿cuáles son los supuestos y estrategias del periodista al formular las preguntas?; b) ¿cuál es la función (y metas) que se evidencia en la edición?
La nota que contiene la entrevista al actor, hemos dicho, difunde un spot de la organización Greenpeace alertando sobre los riesgos ambientales de las usinas de carbón para producir energía eléctrica. El artículo se compone de dos partes, una inicial en la cual el periodista comenta el spot, describe algunos rasgos de Darín al tiempo que cita algunas de sus frases. Luego, en la segunda parte figura el reportaje propiamente dicho que consta de 8 preguntas. Asimismo, la nota se acompaña de dos fotografías, una en la que se ve al actor y otra en que Darín y dos o tres personas más están mirando el spot.
Suele ocurrir que los lectores de diarios no lean las notas completas sino que solo se detengan en el título, el copete y los destacados. Por tal razón, tales sectores constituyen los fragmentos centrales del artículo. Veamos, entonces, las frases correspondientes.
El título dice: “Darín le pide al Gobierno que la usina de carbón no se construya”.
La primera pregunta que nos hacemos es por qué se menciona a Darín en el título de la nota, cuando, aun siendo el protagonista de spot, es la ONG Greenpeace quien formula el pedido al Gobierno. Una respuesta podemos encontrarla en el final del primer párrafo del artículo: “La gente de Greenpeace seguramente lo tuvo claro: entre tantos actores, nadie mejor que Darín para dar un mensaje creíble”.
¿Por qué debería ser una persona creíble la que protagonice el spot? ¿Es este un atributo necesario para el proyecto de la ONG? Y además, ¿creíble para quién? ¿Para el Gobierno? No, para los televidentes que observarán el spot. De manera que el audiovisual tiene dos destinatarios: un destinatario del “pedido” (el Gobierno) y un destinatario del “acto de pedirle al Gobierno” (los televidentes). Dicho de otro modo, la ONG se propondría mostrarles a los ciudadanos, mediante un personaje público y honesto, que le está pidiendo algo al Gobierno.
Sin embargo, lo que nos interesa aquí no es cuánto y por qué Greenpeace habría jerarquizado la credibilidad del actor, sino qué función tiene en la nota exponer este juicio valorativo sobre Darín.
Conjeturamos que adjetivar así al actor constituye una estrategia de caracterización implícita de los personajes en juego. En efecto, la escena supuesta es la de un conflicto entre una ONG y el Gobierno, siendo que para el periodista la primera (Greenpeace) queda investida de la credibilidad. ¿Qué atributo se deriva, entonces, para el otro actante del enfrentamiento, el destinatario del pedido? Por otra parte, destacar la credibilidad del actor es un modo de ejercer presión ya que por esa vía se reforzaría la validez de lo que se solicita.
La frase del copete se compone de dos partes: 1) “El actor protagoniza un spot de Greenpeace que hace hincapié en el cambio climático”. 2) “Respeta a sus colegas ultrakirchneristas pero dice que se debe discutir más las ideas y no temer a la represalias”.
La primera parte consiste en una información concreta sobre las características del spot, en tanto que la segunda es algo más compleja.
Por un lado, esta frase también toma la forma de una información, en este caso, sobre lo que habría dicho el actor. Sin embargo, en su interior hallamos otros dos actos del habla: a) énfasis o exageración (“ultrakirchneristas”) y b) adversativo (“pero”).
El énfasis adquiere el valor de una descalificación ya que sobredimensiona el grado de adhesión que algunos actores tendrían al personaje (Gobierno) presuntamente cuestionado.
Por su parte, el adversativo une dos partes con la función de objetar y anular la primera por medio de la segunda. Como si Darín hubiera dicho que si bien respeta a los colegas ultrakirchneristas, éstos serían sujetos que no discuten ideas.
Claro que conviene tener en cuenta que: a) Darín no utilizó el término “ultrakirchneristas”, sino que es un recurso del periodista (igual que la alusión a la “credibilidad”); b) el enlace producido por el adversativo (“pero”) también pertenece a la factura periodística (ya que está uniendo frases del actor dichas en dos momentos diferentes, tal como luego veremos). Esto es, la objeción a los adherentes al Gobierno no pertenece a los actos del habla del actor sino del diario.
Uno de los destacados dice: “No tengo miedo de recibir ataques por parte del Gobierno. El mensaje no es agresivo”. ¿Qué piensa el lector al encontrarse con esta frase? Habría al menos dos opciones: o que el actor no le teme a los ataques del Gobierno, o bien que el actor no teme (no cree) que el Gobierno lo ataque. Si vamos al cuerpo de la nota, la frase precedente está casi igual aunque Darín agrega un cierre: “Me parece que, al contrario, invita a la reflexión”. Esto es, el protagonista sostiene que no se trata de una pelea, sino de una reflexión. Como ejercicio, podemos imaginar qué tan diferente sería el destacado si hubiera dicho: “El mensaje invita a la reflexión”. Asimismo, en la nota se omite consignar cuál era la pregunta a la que está respondiendo Darín con esa frase. En efecto, no es lo mismo si el periodista preguntó “¿cómo le parece que el Gobierno recibirá este spot?” que si preguntó “¿cree que el Gobierno lo atacará por esta campaña?”.
Veamos la primera parte del primer párrafo de la nota: “Plano corto, la cara lavada y los ojos bien abiertos. Hay que transmitir una demanda y el rostro de Ricardo Darín es de pocos amigos”.
Globalmente, la frase corresponde a la descripción de una situación concreta. No obstante, también hallamos una exageración (“bien abiertos”) y el final del fragmento contiene un atenuador (“pocos”), el cual pretende, pues, exhibir una supuesta hostilidad del actor, ya que lo amortiguado sería el rasgo amistoso. Es decir, la nota configura la siguiente escena: hay un sujeto (Darín) que enfrenta a un enemigo (el Gobierno) y, entre ambos, el primero es creíble.
Otra frase del actor interpolada en el cuerpo de la nota es la siguiente: “Yo sé qué más allá de varios tipos, de esos que nos enteramos por las revistas que tiene un crecimiento desmedido, hay gente que se levanta todos los días a la mañana para ver cómo pueden hacer las cosas mejor”.
Si bien esta frase no posee un “pero” manifiesto, podemos presuponerlo implícito, como si hubiera dicho: “yo sé que hay funcionarios que se enriquecen, pero hay otros que hacen las cosas bien”. Lo que deseo subrayar pues, son dos cosas: a) si consideramos la frase como adversativa, dicho recurso invierte los posicionamientos de la objeción que el periodista expuso en el copete, ya que Darín estaría destacando la relevancia de los que hacen las cosas bien; b) por otro lado, no podemos desconocer que el actor, en rigor, no utilizó el “pero”, sino otra expresión (“más allá”). Entendemos que las diferencias retóricas entre el periodista y el actor son las siguientes: este último considera que hay funcionarios valiosos sin desconocer los ilícitos de otros, en tanto que el periodista procura persuadir al lector de que Darín no respetaría tanto a sus colegas.
Pasemos ahora al reportaje propiamente dicho. La primera pregunta que le formulan es si el “comercial” tiene una finalidad política. El actor dice que no tiene tal finalidad, que no tiene ningún proyecto político personal, que cree en las instituciones y que lo que le pide “a la gente que está dentro de las instituciones es que tome conciencia”. Darín, por lo tanto, responde que no habla como opositor ni está peleando con un rival. Probablemente, el actor también esté respondiendo al supuesto contenido en la pregunta del periodista, a saber, la intención de exponer un enemigo del Gobierno.
Otro aspecto interesante es que el periodista afirma que el actor se estaría “atajando” cuando da esa respuesta, con lo cual le asigna una suerte de estrategia defensiva.
En lo que sigue, transcribo una síntesis de las 7 preguntas y respuestas restantes.
-¿Pensás que a este Gobierno le falta discutir un poco más las ideas?
-Siempre se puede discutir más… Yo conozco gente responsable, sensible e inteligente que está en este Gobierno.
-¿Quiénes son esas personas?
-No me gusta dar nombres… A mí me gusta ejemplificar con acciones, no creo que uno sea absolutamente bueno y otro muy malo.
-¿Qué te parece la posición a favor de varios de tus colegas que han mostrado últimamente?
-Los que creen que tienen que tener una posición, primero, me produce una gran admiración… Después podremos discutir si estás o no de acuerdo con las cosas que dicen.
-Varios han tomado posiciones muy radicalizadas y hasta han dejado de sentarse en almuerzos televisivos.
-Me parece bien: que cada uno haga lo que quiera y discrepe si lo quiere hacer. Tenemos que desprendernos del temor a la posibilidad de las represalias.
-¿Qué cosas son las que te gustan de este Gobierno?
-Me parece extraordinario todo lo referido a los derechos humanos. Hay una vuelta al colegio, provocada por actitudes efectivas que salieron del Gobierno.
-¿Y qué cosas criticás?
-No sé, estoy harto de la gente que menciona las cosas que no funcionan…
-Hablaste de personas sensibles en este Gobierno. ¿Cristina es una de ellas?
-Yo creo que sí: es sensible y preparada…
En primer lugar, advertimos que de las 8 preguntas solo la primera tiene una relación más o menos directa con el tema de la nota (ecología, usinas de carbón, Greenpeace) mientras que las otras 7 son sobre el Gobierno.
Las respuestas a la preguntas sobre si al Gobierno le falta discutir un poco más y sobre qué piensa de sus colegas, es lo que tomó el periodista para construir el copete. Aquí verificamos, pues, no solo que lo que unió el periodista no fue así expresado por el entrevistado, sino que éste tampoco aludió a “ultrakirchneristas” ni dijo que al Gobierno le falta discutir un poco más las ideas. Mientras que la modelación realizada en el copete por el periodista sugiere que el Gobierno discute poco, Darín afirma que “siempre” se puede discutir más.
Otro aspecto global que resalta en las respuestas de Darín es que refuta casi todas las preguntas del periodista: no es un mensaje político, hay gente valiosa en el Gobierno, no le gusta dar nombres, no cuestiona a sus colegas, ni le gusta criticar lo que no funciona.
Por otro lado, un recurso que se reitera en el periodista es el uso de adjetivos y adverbios que magnifican ciertas cualidades (“ultrakirchneristas”, “hasta han dejado de sentarse…”, “posiciones muy radicalizadas”, etc.).
Conclusiones
La realización y publicación de un reportaje político comprende estrategias que, a grandes rasgos, se dividen en: estrategias para la formulación de preguntas y estrategias para la edición de la entrevista. Las primeras apuntan a orientar al entrevistado en determinada dirección o desviarlo de otras, en tanto que las segundas tienen como destinatario al lector. A ello hay que agregar el modo en que se titula la nota, las volantas, copetes y resaltados. Sánchez Manzanares (2008) enumera los siguientes recursos para la modelación de la información: selección de datos, disposición de los mismos y elección léxico-semántica.
Estas observaciones comprenden al análisis de una nota en particular, aunque un estudio mayor podrá considerar el marco general de la política editorial del medio de comunicación, lo cual requiere ya de un estudio longitudinal.
Si partimos del supuesto que dice que un medio de comunicación tiene por objeto influir sobre el lector, hallamos dos vías por las cuales se logar aquella finalidad. Una es la expresión de ciertas ideas políticas y otra alternativa –no excluyente con la previa- es el recurso a ciertos modos de expresión, que son testimonios de una subjetividad. Aquellos modos incluyen también estrategias tales como unir frases que estaban separadas, fragmentar una parte del discurso, adjetivar, descontextualizar, etc.
Podemos sostener que la edición de la entrevista construye al entrevistado, sobre todo cuando este último no aporta la perspectiva que, pareciera, buscaba el periodista. En efecto, el intercambio intersubjetivo muestra a un periodista que trata de exponer a un interlocutor contrario al Gobierno, que lo ataque, aunque fracasa en su intento.
Hay un tipo de lenguaje (o discurso) que es condición necesaria del periodismo. Nos referimos al lenguaje propio de la racionalidad, de la objetividad. Este tipo de discurso es esperable, corresponde al contrato con los lectores y resulta necesario, por ejemplo, para disminuir la desconfianza. Varios de los actos del habla detectados (información y descripción de hechos concretos, juicio valorativo, adversativo, etc.) corresponden a dicho tipo de discurso.
Un segundo componente discursivo está dado por la función pragmática de los textos del periodismo político, por su función inductora, por su propósito de influir. Esta intención puede no manifestarse, no hacerse evidente. En nuestro estudio hemos advertido: que el periodista busca que Darín critique al Gobierno (aunque Darín objeta la postura crítica que se pretende que él asuma), así como también induce cierta desconfianza en el lector (hacia el Gobierno), por ejemplo, cuando describe la credibilidad del actor.
Finalmente, un tercer estilo corresponde a los particulares adverbios y adjetivos que usa el periodista, muchos de los cuales tienden a promover cierto impacto mostrando la magnitud de ciertas cualidades (“ultrakirchneristas”, “muy radicalizadas”, “hasta”, etc.). Umberto Eco (1987) dice que un escritor no se identifica tanto con uno u otro personaje de sus textos, sino con los adverbios.
Quizá sea necesario señalar que no es propósito de este trabajo hablar bien del Gobierno o asumir alguna postura en ese sentido. Más aun, tampoco ha sido nuestro objetivo analizar la posición política –de adhesión o rechazo- que podría tener Ricardo Darín. En suma, nuestra meta consistió, simplemente, en analizar el modo en que un medio periodístico trata y elabora una noticia, en este caso, con una entrevista incluida.
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Introducción
En nuestros estudios sobre psicología política hemos prestado atención a un conjunto variado de manifestaciones: discursos orales y escritos, de políticos que ocuparon cargos presidenciales y de dirigentes opositores, etc. Asimismo, realizamos análisis en diferentes niveles, esto es, investigamos redes de palabras, relatos y/o actos de enunciación. En este conjunto, también dimos cabida al análisis del discurso periodístico, especialmente de los medios gráficos.
En esta ocasión deseamos investigar un reportaje en el cual si bien el entrevistado no es un político sino un conocido actor (Ricardo Darín), el motivo y tema de la noticia sí es político. La entrevista fue realizada por un periodista del Diario Perfil, para su edición del sábado 5 de febrero de 2011, a propósito de un spot televisivo de Greenpeace, que el actor protagonizó y cuyo objetivo es la concientización respecto de los perjuicios ambientales de las usinas de carbón para la producción de energía eléctrica.
Nuestro propósito, en los trabajos ya citados y en este mismo, no es tanto examinar las ideas políticas sino, más bien, investigar ciertos modos de expresión como testimonio de la subjetividad. Dice Maldavsky: “…nuestro interés es poner en evidencia la eficacia de la subjetividad para concitar acuerdos o disensos, más allá de la orientación política de los actores intervinientes” (2002, pág. 22). De este modo, con este artículo seguimos una orientación ya presentada en trabajos previos (Maldavsky, 2002; Plut 2009, 2010a, 2010b).
El periodismo político
La investigación sobre periodismo político, cuando se trata de una entrevista, comprende dos sectores globales: por un lado, las estrategias de formulación de las preguntas y, por otro lado, las correspondientes a la edición de la nota. Esta segunda dimensión es la estudiada frecuentemente aunque, en rigor, no es específica de los reportajes sino que abarca al conjunto de notas de los medios de comunicación. Van Dijk (1990) se ha referido a los procesos de transformación desde el texto fuente de la noticia al texto periodístico. Para el caso de un reportaje podemos decir que hay un hecho que lo motiva, una primera transformación que opera en la decisión sobre la elección de las preguntas y una segunda transformación que se presenta en la edición.
En general se ha destacado la eficacia e influencia del periodismo en la formación de opinión pública. Según los diversos autores dicha influencia se ejerce sobre la tematización, esto es, sobre el establecimiento de temas, de la agenda. Sin embargo, el establecimiento de la agenda posee múltiples fines: determinar cuáles son los temas, cuál es su relevancia y qué interpretar o pensar sobre aquéllos (Cohen, 1963; D’Adamo, et al., 2000; Sánchez Manzanares, 2008; Van Dijk, 1990). Es decir, la idea central es tomar al discurso periodístico desde la perspectiva de la retórica de la persuasión, en su capacidad de inducir ciertos pensamientos, creencias y actitudes. Cabe agregar que la eficacia de las estrategias periodísticas se sustenta en gran medida en el supuesto de objetividad de la información. Sánchez Manzanares afirma que “en la noticia, por cuanto la dimensión persuasiva tiene que verse en relación con la verosimilitud de la información, el léxico seleccionado para la construcción de una isotopía tiene que parecer neutro” (2008, pág. 14). Por su parte, Perelman y Olbrechts-Tyetca sostienen: “La elección de los términos, para expresar las ideas, pocas veces se produce sin alcance argumentativo” (1989, pág. 240).
En este marco, pues, cobra relevancia el estudio de las estrategias retóricas para orientar la atención, el pensar y el actuar de los ciudadanos. Algunas de las estrategias mencionadas en la bibliografía sobre teoría de la argumentación son: la apelación a valores consensuales, el uso de sobreentendidos, exageraciones, comparaciones metafóricas, etc.
Hay otro aspecto, quizá algo menos investigado, que corresponde a la tentativa de inducir estados afectivos, tales como pesimismo, desconfianza, escepticismo, pánico, entre otros (Maldavsky, 2002; Graber 1994). Graber (op. cit.) ha señalado que la manipulación que ejercen los medios tiende a la creación de un determinado “clima” político.
En suma, el discurso político –en este caso, del periodismo político- tiene valor como acto, como escena desplegada con alguna finalidad: generar adhesiones, fortalecer hostilidades, presionar, enmascarar, hacer hacer, hacer creer, hacer sentir, reforzar la legitimidad, autoridad y credibilidad del enunciador.
Análisis del reportaje a Ricardo Darín
Nuestro estudio se basa en un método de análisis del discurso de orientación freudiana (el algoritmo David Liberman), el cual procura detectar deseos y defensas en tres niveles: palabras, actos del habla y relatos. No expondré aquí las características del método (así como tampoco el detalle del análisis realizado) pero cabe agregar que nos centraremos en el segundo de los niveles mencionados, los actos del habla. Estos expresan las escenas desplegadas por quien habla, más allá de los relatos o hechos a los que se está refiriendo. Si bien, tal como hemos visto en otros autores, tiene relevancia la elección de ciertos términos, optamos por el estudio de los actos del habla pues es tributario de la retórica de la persuasión.
Al estudiar la entrevista publicada en el Diario Perfil partimos de dos interrogantes: a) ¿cuáles son los supuestos y estrategias del periodista al formular las preguntas?; b) ¿cuál es la función (y metas) que se evidencia en la edición?
La nota que contiene la entrevista al actor, hemos dicho, difunde un spot de la organización Greenpeace alertando sobre los riesgos ambientales de las usinas de carbón para producir energía eléctrica. El artículo se compone de dos partes, una inicial en la cual el periodista comenta el spot, describe algunos rasgos de Darín al tiempo que cita algunas de sus frases. Luego, en la segunda parte figura el reportaje propiamente dicho que consta de 8 preguntas. Asimismo, la nota se acompaña de dos fotografías, una en la que se ve al actor y otra en que Darín y dos o tres personas más están mirando el spot.
Suele ocurrir que los lectores de diarios no lean las notas completas sino que solo se detengan en el título, el copete y los destacados. Por tal razón, tales sectores constituyen los fragmentos centrales del artículo. Veamos, entonces, las frases correspondientes.
El título dice: “Darín le pide al Gobierno que la usina de carbón no se construya”.
La primera pregunta que nos hacemos es por qué se menciona a Darín en el título de la nota, cuando, aun siendo el protagonista de spot, es la ONG Greenpeace quien formula el pedido al Gobierno. Una respuesta podemos encontrarla en el final del primer párrafo del artículo: “La gente de Greenpeace seguramente lo tuvo claro: entre tantos actores, nadie mejor que Darín para dar un mensaje creíble”.
¿Por qué debería ser una persona creíble la que protagonice el spot? ¿Es este un atributo necesario para el proyecto de la ONG? Y además, ¿creíble para quién? ¿Para el Gobierno? No, para los televidentes que observarán el spot. De manera que el audiovisual tiene dos destinatarios: un destinatario del “pedido” (el Gobierno) y un destinatario del “acto de pedirle al Gobierno” (los televidentes). Dicho de otro modo, la ONG se propondría mostrarles a los ciudadanos, mediante un personaje público y honesto, que le está pidiendo algo al Gobierno.
Sin embargo, lo que nos interesa aquí no es cuánto y por qué Greenpeace habría jerarquizado la credibilidad del actor, sino qué función tiene en la nota exponer este juicio valorativo sobre Darín.
Conjeturamos que adjetivar así al actor constituye una estrategia de caracterización implícita de los personajes en juego. En efecto, la escena supuesta es la de un conflicto entre una ONG y el Gobierno, siendo que para el periodista la primera (Greenpeace) queda investida de la credibilidad. ¿Qué atributo se deriva, entonces, para el otro actante del enfrentamiento, el destinatario del pedido? Por otra parte, destacar la credibilidad del actor es un modo de ejercer presión ya que por esa vía se reforzaría la validez de lo que se solicita.
La frase del copete se compone de dos partes: 1) “El actor protagoniza un spot de Greenpeace que hace hincapié en el cambio climático”. 2) “Respeta a sus colegas ultrakirchneristas pero dice que se debe discutir más las ideas y no temer a la represalias”.
La primera parte consiste en una información concreta sobre las características del spot, en tanto que la segunda es algo más compleja.
Por un lado, esta frase también toma la forma de una información, en este caso, sobre lo que habría dicho el actor. Sin embargo, en su interior hallamos otros dos actos del habla: a) énfasis o exageración (“ultrakirchneristas”) y b) adversativo (“pero”).
El énfasis adquiere el valor de una descalificación ya que sobredimensiona el grado de adhesión que algunos actores tendrían al personaje (Gobierno) presuntamente cuestionado.
Por su parte, el adversativo une dos partes con la función de objetar y anular la primera por medio de la segunda. Como si Darín hubiera dicho que si bien respeta a los colegas ultrakirchneristas, éstos serían sujetos que no discuten ideas.
Claro que conviene tener en cuenta que: a) Darín no utilizó el término “ultrakirchneristas”, sino que es un recurso del periodista (igual que la alusión a la “credibilidad”); b) el enlace producido por el adversativo (“pero”) también pertenece a la factura periodística (ya que está uniendo frases del actor dichas en dos momentos diferentes, tal como luego veremos). Esto es, la objeción a los adherentes al Gobierno no pertenece a los actos del habla del actor sino del diario.
Uno de los destacados dice: “No tengo miedo de recibir ataques por parte del Gobierno. El mensaje no es agresivo”. ¿Qué piensa el lector al encontrarse con esta frase? Habría al menos dos opciones: o que el actor no le teme a los ataques del Gobierno, o bien que el actor no teme (no cree) que el Gobierno lo ataque. Si vamos al cuerpo de la nota, la frase precedente está casi igual aunque Darín agrega un cierre: “Me parece que, al contrario, invita a la reflexión”. Esto es, el protagonista sostiene que no se trata de una pelea, sino de una reflexión. Como ejercicio, podemos imaginar qué tan diferente sería el destacado si hubiera dicho: “El mensaje invita a la reflexión”. Asimismo, en la nota se omite consignar cuál era la pregunta a la que está respondiendo Darín con esa frase. En efecto, no es lo mismo si el periodista preguntó “¿cómo le parece que el Gobierno recibirá este spot?” que si preguntó “¿cree que el Gobierno lo atacará por esta campaña?”.
Veamos la primera parte del primer párrafo de la nota: “Plano corto, la cara lavada y los ojos bien abiertos. Hay que transmitir una demanda y el rostro de Ricardo Darín es de pocos amigos”.
Globalmente, la frase corresponde a la descripción de una situación concreta. No obstante, también hallamos una exageración (“bien abiertos”) y el final del fragmento contiene un atenuador (“pocos”), el cual pretende, pues, exhibir una supuesta hostilidad del actor, ya que lo amortiguado sería el rasgo amistoso. Es decir, la nota configura la siguiente escena: hay un sujeto (Darín) que enfrenta a un enemigo (el Gobierno) y, entre ambos, el primero es creíble.
Otra frase del actor interpolada en el cuerpo de la nota es la siguiente: “Yo sé qué más allá de varios tipos, de esos que nos enteramos por las revistas que tiene un crecimiento desmedido, hay gente que se levanta todos los días a la mañana para ver cómo pueden hacer las cosas mejor”.
Si bien esta frase no posee un “pero” manifiesto, podemos presuponerlo implícito, como si hubiera dicho: “yo sé que hay funcionarios que se enriquecen, pero hay otros que hacen las cosas bien”. Lo que deseo subrayar pues, son dos cosas: a) si consideramos la frase como adversativa, dicho recurso invierte los posicionamientos de la objeción que el periodista expuso en el copete, ya que Darín estaría destacando la relevancia de los que hacen las cosas bien; b) por otro lado, no podemos desconocer que el actor, en rigor, no utilizó el “pero”, sino otra expresión (“más allá”). Entendemos que las diferencias retóricas entre el periodista y el actor son las siguientes: este último considera que hay funcionarios valiosos sin desconocer los ilícitos de otros, en tanto que el periodista procura persuadir al lector de que Darín no respetaría tanto a sus colegas.
Pasemos ahora al reportaje propiamente dicho. La primera pregunta que le formulan es si el “comercial” tiene una finalidad política. El actor dice que no tiene tal finalidad, que no tiene ningún proyecto político personal, que cree en las instituciones y que lo que le pide “a la gente que está dentro de las instituciones es que tome conciencia”. Darín, por lo tanto, responde que no habla como opositor ni está peleando con un rival. Probablemente, el actor también esté respondiendo al supuesto contenido en la pregunta del periodista, a saber, la intención de exponer un enemigo del Gobierno.
Otro aspecto interesante es que el periodista afirma que el actor se estaría “atajando” cuando da esa respuesta, con lo cual le asigna una suerte de estrategia defensiva.
En lo que sigue, transcribo una síntesis de las 7 preguntas y respuestas restantes.
-¿Pensás que a este Gobierno le falta discutir un poco más las ideas?
-Siempre se puede discutir más… Yo conozco gente responsable, sensible e inteligente que está en este Gobierno.
-¿Quiénes son esas personas?
-No me gusta dar nombres… A mí me gusta ejemplificar con acciones, no creo que uno sea absolutamente bueno y otro muy malo.
-¿Qué te parece la posición a favor de varios de tus colegas que han mostrado últimamente?
-Los que creen que tienen que tener una posición, primero, me produce una gran admiración… Después podremos discutir si estás o no de acuerdo con las cosas que dicen.
-Varios han tomado posiciones muy radicalizadas y hasta han dejado de sentarse en almuerzos televisivos.
-Me parece bien: que cada uno haga lo que quiera y discrepe si lo quiere hacer. Tenemos que desprendernos del temor a la posibilidad de las represalias.
-¿Qué cosas son las que te gustan de este Gobierno?
-Me parece extraordinario todo lo referido a los derechos humanos. Hay una vuelta al colegio, provocada por actitudes efectivas que salieron del Gobierno.
-¿Y qué cosas criticás?
-No sé, estoy harto de la gente que menciona las cosas que no funcionan…
-Hablaste de personas sensibles en este Gobierno. ¿Cristina es una de ellas?
-Yo creo que sí: es sensible y preparada…
En primer lugar, advertimos que de las 8 preguntas solo la primera tiene una relación más o menos directa con el tema de la nota (ecología, usinas de carbón, Greenpeace) mientras que las otras 7 son sobre el Gobierno.
Las respuestas a la preguntas sobre si al Gobierno le falta discutir un poco más y sobre qué piensa de sus colegas, es lo que tomó el periodista para construir el copete. Aquí verificamos, pues, no solo que lo que unió el periodista no fue así expresado por el entrevistado, sino que éste tampoco aludió a “ultrakirchneristas” ni dijo que al Gobierno le falta discutir un poco más las ideas. Mientras que la modelación realizada en el copete por el periodista sugiere que el Gobierno discute poco, Darín afirma que “siempre” se puede discutir más.
Otro aspecto global que resalta en las respuestas de Darín es que refuta casi todas las preguntas del periodista: no es un mensaje político, hay gente valiosa en el Gobierno, no le gusta dar nombres, no cuestiona a sus colegas, ni le gusta criticar lo que no funciona.
Por otro lado, un recurso que se reitera en el periodista es el uso de adjetivos y adverbios que magnifican ciertas cualidades (“ultrakirchneristas”, “hasta han dejado de sentarse…”, “posiciones muy radicalizadas”, etc.).
Conclusiones
La realización y publicación de un reportaje político comprende estrategias que, a grandes rasgos, se dividen en: estrategias para la formulación de preguntas y estrategias para la edición de la entrevista. Las primeras apuntan a orientar al entrevistado en determinada dirección o desviarlo de otras, en tanto que las segundas tienen como destinatario al lector. A ello hay que agregar el modo en que se titula la nota, las volantas, copetes y resaltados. Sánchez Manzanares (2008) enumera los siguientes recursos para la modelación de la información: selección de datos, disposición de los mismos y elección léxico-semántica.
Estas observaciones comprenden al análisis de una nota en particular, aunque un estudio mayor podrá considerar el marco general de la política editorial del medio de comunicación, lo cual requiere ya de un estudio longitudinal.
Si partimos del supuesto que dice que un medio de comunicación tiene por objeto influir sobre el lector, hallamos dos vías por las cuales se logar aquella finalidad. Una es la expresión de ciertas ideas políticas y otra alternativa –no excluyente con la previa- es el recurso a ciertos modos de expresión, que son testimonios de una subjetividad. Aquellos modos incluyen también estrategias tales como unir frases que estaban separadas, fragmentar una parte del discurso, adjetivar, descontextualizar, etc.
Podemos sostener que la edición de la entrevista construye al entrevistado, sobre todo cuando este último no aporta la perspectiva que, pareciera, buscaba el periodista. En efecto, el intercambio intersubjetivo muestra a un periodista que trata de exponer a un interlocutor contrario al Gobierno, que lo ataque, aunque fracasa en su intento.
Hay un tipo de lenguaje (o discurso) que es condición necesaria del periodismo. Nos referimos al lenguaje propio de la racionalidad, de la objetividad. Este tipo de discurso es esperable, corresponde al contrato con los lectores y resulta necesario, por ejemplo, para disminuir la desconfianza. Varios de los actos del habla detectados (información y descripción de hechos concretos, juicio valorativo, adversativo, etc.) corresponden a dicho tipo de discurso.
Un segundo componente discursivo está dado por la función pragmática de los textos del periodismo político, por su función inductora, por su propósito de influir. Esta intención puede no manifestarse, no hacerse evidente. En nuestro estudio hemos advertido: que el periodista busca que Darín critique al Gobierno (aunque Darín objeta la postura crítica que se pretende que él asuma), así como también induce cierta desconfianza en el lector (hacia el Gobierno), por ejemplo, cuando describe la credibilidad del actor.
Finalmente, un tercer estilo corresponde a los particulares adverbios y adjetivos que usa el periodista, muchos de los cuales tienden a promover cierto impacto mostrando la magnitud de ciertas cualidades (“ultrakirchneristas”, “muy radicalizadas”, “hasta”, etc.). Umberto Eco (1987) dice que un escritor no se identifica tanto con uno u otro personaje de sus textos, sino con los adverbios.
Quizá sea necesario señalar que no es propósito de este trabajo hablar bien del Gobierno o asumir alguna postura en ese sentido. Más aun, tampoco ha sido nuestro objetivo analizar la posición política –de adhesión o rechazo- que podría tener Ricardo Darín. En suma, nuestra meta consistió, simplemente, en analizar el modo en que un medio periodístico trata y elabora una noticia, en este caso, con una entrevista incluida.
Bibliografía
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D’Adamo, O. et al.; (2000) “Efectos políticos de los medios de comunicación”, Revista de psicología Política, N° 20.
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Sánchez Manzanares, M.; (2008) “Estrategias retóricas en la transformación textual de la noticia: ideología y objetividad en la prensa”, Revista Rhêtorikê, N° 1.
Van Dijk, T.A.; (1990) La noticia como discurso, Ed. Paidós.
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